Andrea Fischer
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Andrea Fischer

Tiene muchos, muchos años que empecé a escribir. Creo que casi fue de manera instintiva. Vi a mi mamá hacerlo y asumí que yo también podía hacerlo. Quizás, no estaba equivocada. O no tanto.

Primero lo busqué para encontrarme. Luego, empecé a estudiarlo. Entré a la Licenciatura en Comunicación en la Ibero de la Ciudad de México. No porque los medios fueran mi pasión, sino porque era la única carrera que me permitía escribir.

Quería leer, claro. Pero sobre todo quería escribir. En la carrera, descubrí cosas que no sabía que me gustaban, como la fotografía análoga. Me compré una Minolta ’98, que tiene exactamente mi misma edad, y la uso cuando necesito ver cosas.

Hacia los últimos semestres, entré a la especialidad en periodismo. Una maestra me invitó a trabajar en Editorial Televisa. Y empecé a escribir porque necesitaba hacerlo. En mis años en la industria editorial, tuve el gran honor y privilegio de encabezar títulos de talla global, como National Geographic en Español y Muy Interesante México, de los que fui la voz principal por años. Aprendí de los mejores narradores de nuestra época. Espero con humildad haber aportado algo a la divulgación de la ciencia, escrita, hecha y amplificada por mujeres. Descubrí que estaba escribiendo por vocación.

Me emociona reconocer que fui periodista especial de la NASA, trabajando de cerca con la Dra. Rosa Díaz y su fantástico equipo de divulgación del espacio exterior en español. Celebro a las grandes mentes que entrevisté en esos años, y agradezco el trabajo de quienes nos invitaron a viajar para que sus empresas figuraran entre nuestros títulos. Nos mantuvimos relevantes mutuamente. Conseguimos alcanzar a millones de personas, literalmente, a quienes les emocionaban los mismos asuntos que nos llenaban los ojos, las páginas, las ideas.

Abordamos la crisis climática. Publicamos fotos fantásticas de la Antártida, de la Amazonía (eterna Madre en resistencia), de las ruinas fabulosas que hacen palpitar a América Latina. Hablamos de los feminismos. Nos amenazaron. Más de una vez.

Aprendí. Inmensamente. Y también me agoté. Después de años, más de los que me gusta contar, descubrí que el periodismo me había dejado sin palabras.

En ese quiebre, decidí que necesitaba silencio. Viví en un ashram jainista. Rocé la experiencia meditativa. Me vacié por completo. Regresé a México. Perdí peso. Perdí más cosas de las que sé nombrar. Entre ellas, mi puesto como editora. Y emprendí.

Hoy, después de cinco años de trabajo, tengo una escuela de yoga con tres sucursales en la majestuosa Ciudad de México, que es mi hogar y que llevo en la sangre. Dirijo mi negocio con honor y orgullo. Espero también que con humildad.

No dejé de escribir. Incluso en la pausa. Me di cuenta de que sé pocas cosas. Y entre ellas, de las contadas, sé escribir. Y además quiero escribir. Hoy en día, tengo el gran orgullo de decir que títulos de talla global le dan hogar a mis textos. Ahora, publico en inglés para Mexico News Daily y en español para los medios que reciben mis historias. Meer me ha tenido paciencia durante casi una década, y espero que siga siendo así por mucho tiempo más.

Sigo buscando el Yoga. Sí, con mayúscula, porque no lo conozco y me gustaría encontrármelo en algún momento. Y en esa búsqueda inconclusa y perenne, conseguí la Beca de Excelencia de la Universidad Iberoamericana para estudiar la Maestría en Antropología Social. De vuelta a mi alma máter, a la que agradezco que va a fondear mis estudios por completo. Asimismo, agradezco el incentivo de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI), que me está dando una beca de manutención para apoyar mis estudios de posgrado.

Así que sí, tiene muchos, muchos años que empecé a escribir. Sigo descubriendo por qué lo hago. La respuesta corta es porque me gusta. Pero no me gustan las respuestas cortas. Creo que hoy, después de tantos cambios de dirección, escribo porque quiero contestar con respuestas largas. Jugosas. Que les pueda picar la curiosidad a otras personas. Que puedan criticarse y generar conversación. Quizás ésa es la respuesta maquillada. Sigo preguntándome a mí misma qué me llama a escribir. Sigo encontrando respuestas. Intento escribirlas.

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