I

Llevo viviendo con la Amargura por años. Se sienta en la sala, bien solita, y rompe ligas de pelo por estirarlas con fuerza. Luego las avienta al piso y se olvida de recogerlas después.

Un día, por la mañana, me dijo detrás de una taza de café:

—Yo me quiero aventar por la barranca.

Y la entiendo. En los asientos de atrás de mi coche no llevo más que cámaras diferentes, porque soy fotógrafo y la chamba no me da suficiente. Yo también me quiero tirar por ahí a veces. Cuando volví de trabajar, le traje un helado de zapote de Santo Domingo. Se me quedó viendo a la cara mientras se lo comía, sin parpadear ni hacer ruido con la cuchara. Al terminárselo, susurró:

—Estoy como mamey sin pulpa.

—N’hombre, pues yo también.

No le dio risa.

II

Cuando la gente dice que estoy estacionado me imagino que es porque adondequiera que voy, huele a invierno. Hasta las plantas se marchitan. Y de verdad que no es descuido: los colores se deslavan cuando entro a las salas de espera, a los vagones solitos del metro, al desierto inmenso de la plaza de Tlatelolco.

La gente me rehúye por eso (y la neta no los culpo): yo haría lo mismo. Si alguien apestara a sol o a sal o a primavera, posiblemente saldría corriendo.

Trabajo en la esquina de República de Brasil con Donceles. Los que no son de ahí dicen que el Centro Histórico es otro animal. No veo por qué, si es el único animal que de verdad existe. Me quedan cerca todos los lugares que se bloquean en las marchas que llegan a la ciudad, y también todos los museos importantes del país, en los que seguramente nunca voy a exponer nada. Pero me gusta verlos desde fuera, como archiveros gigantescos que se resisten a venirse a menos. También tengo a la mano el Café Tacuba. Nunca voy, pero me gusta ver cómo la gente se arremolina afuera los fines de semana en filas de más de media hora.

Hay quien dice que las calles del Centro están sucias. Pero no creo que sea el caso: los edificios están viejos ya de siglos, y no les queda de otra que perder sus tonos originales. Pero no están sucios. En torno mío, hay mil locales que venden cosas antiguas, que ya nadie usa: libros, por ejemplo, o cámaras de rollo. Yo trabajo en uno de esos.

Ahí conocí a la Esperanza.

III

Lancha tenía seis meses más que yo: ella de febrero y yo de mayo. Le gustaban las cámaras viejitas y las conchas con nata que vendía el señor de la bici en la esquina. En ese entonces, yo ya me había salido de mi casa y me ganaba la vida de a poquitos con don Rafa, el dueño del local con el que, en sus buenos años, había hecho un negocio exitoso revelando fotografías. Hoy vive de los negativos que vienen a dejarle de vez en cuando.

La Esperanza venía a veces a la tienda, porque le salía más barato revelar con nosotros que en los estudios cerca de su casa. Traía exactamente ciento cincuenta pesos contados —un billete de cien, uno de cincuenta— para revelar los mismos cinco rollitos cada mes, más o menos. Tenía una boquita diminuta y no sonreía nunca. Me hablaba de usted, aunque claramente teníamos la misma edad, y escondía unos ojos gigantescos detrás de los cristales de un par de lentes el doble de grandes.

La tercera vez que se apareció en la puerta del local, después de cobrarle, le pregunté:

—¿Y tú por dónde vives?

Se me quedó viendo.

—Qué le importa.

Dejó el dinero sobre el mostrador y se salió del local rodeada de un halo de suficiencia que me sacó el aire.

IV

La mera verdad, no soy feo. La señora de don Rafa me lo dice bastante. «¿Y a qué horas traes una noviecita para que la conozcamos, m’hijito?», me ha preguntado varias veces. Yo nomás me río, porque eso no va a pasar en un buen rato. También me repite seguido: «Ya córtate esas greñas, que entre tanto chinerío se te van a enredar más los pensamientos». Y en eso sí que tiene razón, pero no le hago caso.

Vivo solo en un departamento minúsculo cerca de Bucareli. Se lo rento a Ponchito desde hace dos años. Me hace precio porque dice que «le caigo chido», y me da gusto, porque también me cae a toda madre. Ha de tener unos cuarenta y todavía piensa que no ha pasado los veinte. Total, no necesito más: una cama, una regadera y a veces la lavadora del piso de abajo, que usamos entre todos. Me compro de comer en la calle, antes de llegar a la tienda. Intenté cocinar en mi casa, pero fracasé: siempre se me echa a perder la comida y, siendo bien franco, soy un asco para todo eso.

Un viernes pasó esto:

Escuché la campanita de la puerta sonar, y la madera vieja chilló al abrirse, porque le hace falta aceite. Entró la Esperanza con una cámara ochentera echa mierda. Tenía la misma cara de siempre —de recién levantada—, y un morralito colgándole del hombro izquierdo. En ese momento me di cuenta de que estaba ligeramente chueca de la espalda. No pude ni darle los buenos días, porque inmediatamente me dijo:

—Tiene que ayudarme.

—¿Qué le pasó?

—Se me cayó.

Pura madre. La aventaron al bajarse del metro y la estrelló contra el piso porque la traía en la mano, sin correa. Eso me lo dijo mucho tiempo después, pero mientras tanto:

—No, pues vas a tener que dejármela toda la semana. A ver si podemos hacer algo.

Se encogió de hombros.

—¿Cuánto le dejo de anticipo?

—Déjamela así nomás. Primero tenemos que ver qué le tenemos que hacer. Márcame el próximo viernes aquí, a la tienda, para ver si ya tenemos listo tu equipo. Pregunta por Miguel, para que te platique cómo vamos con la reparación y te dé el precio.

Asintió brevemente con la cabeza.

—¿Miguel?

—Así es.

—Significa «quién como Dios» —me dijo, dejándome la cámara sobre el mostrador.

Vi que tenía un tatuaje del ánima sola en el antebrazo. Del cuello le colgaba un milagrito de San Judas Tadeo. Dicen que ese es el de las causas perdidas. Quién sabe. Yo no sigo esas cosas.

La Esperanza se fue dos minutos más tarde, después de barrer con la mirada los lentes viejos que teníamos a la venta. Detrás de sí dejó un caminito discreto de polvo.

V

Al lunes siguiente, volvió al local porque don Rafa le dijo que ya teníamos su cámara lista. Llegó diez minutos antes de la cita y se sentó en la banqueta. Supe que era ella porque traía una gabardina de gamuza gastada encima, como si fuera de segunda mano, o como si la usara todos los días. A las diez de la mañana en punto, entró a la tienda con un movimiento brusco, como si se tropezara. Esta vez, fue ella la que me saludó:

—Yo me llamo Esperanza. Vivo en la Narvarte y mis papás son médicos del Centro Médico. Me cagan los olores y los ruidos fuertes. No soporto las aglomeraciones importantes de gente. Voy a misa para ver a la gente. Dios no me escucha nunca.

Debajo de la gabardina traía una blusa de tirantes blanca. Se le marcaban las clavículas y las primeras costillas en el pecho. Le contesté así:

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Nada más.

—Ah.

En eso, don Rafa salió de la trastienda.

—Señorita, usted es la de la Canon Program, ¿verdad? —la Esperanza asintió poquito con la cabeza—. No, pos sí le metió un santo madrazo. Me costó trabajo conseguir las piezas, pero se logró. Permítame ir por su equipo.

Nos quedamos en silencio. Mientras ella esperaba, le di un trapazo a las vitrinas. Sentía su mirada pesada encima, como un bulto sobre la espalda. Don Rafa regresó con la cámara recién reparada —casi como nueva— en las manos, con una correa de cuero nueva.

—Mire, le damos ésta de cortesía —le dijo—, para que no se le vuelva a caer. Es un lente muy luminoso. Cuídelo mucho.

Ella le agradeció con un ademán suave. Alcanzó su morral y le preguntó al señor cuánto le debía.

—Mil doscientos, por las piezas y el trabajo de mantenimiento.

Ella le entregó la cantidad exacta. Cuando le recibió el dinero, don Rafa vio el tatuaje de la Esperanza. Se santiguó y salió rápido del local diciéndole a sus fantasmas «líbrame de todo mal». En ese momento la invité a comer. Me dijo que sí. Fuimos a una fondita sobre Isabel la Católica. No hablamos en toda la tarde. No hizo falta, tampoco.

VI

Los sábados también se trabaja. Al llegar esa mañana, don Rafa me dijo:

—Esa chavita es bruja, Miguel. No te juntes con ella.

—No me diga, don Rafa.

—En una de esas ya te echó algo encima. Ya hasta te bañaste, cabrón.

Se lo tomé a risa y le cambié el tema. Tocaba hacer el corte de la semana y, entre más pronto termináramos con eso, más rápido me iba. Acabamos en media hora. El señor estaba contento. Me dio mi quincena y me fui más feliz que él. Cuando se ponía de buenas me daba mil pesos más «para mi guardadito, de parte de la señora y suyo». Con los años empecé a verlo como un buen sustituto de los tíos con los que nunca conviví, porque en mi familia todo es un desmadre.

—Ya váyase, m’hijo. Pero en serio. Hazme caso. Esa muchacha no trae nada bueno. Se nos fundió un foco ayer. Ni te diste cuenta, pero lo cambié ayer cuando te fuiste.

—Gracias, don Rafa.

La neta no supe ni qué me dijo, porque no le hice caso. Al salir, la Esperanza me estaba esperando con la cámara en las manos. Parecía nueva, aunque tenía más de cuarenta años. Se me quedó viendo detrás de los vidrios de sus lentes enormes. Me dijo:

—Vamos a los chilaquiles del otro día.

No, pos sí me enamoré de ella.

VII

La Esperanza me contó que se tatuó esa figura en el brazo porque le quería dejar bien claro a sus padres que no quería volver a pisar un templo. Dejaron de obligarla a ir con ellos los domingos, pero siguió yendo de todas formas por su cuenta. Seguido entraba con su camarita vieja bajo el brazo, según ella para llevarse algo de la luz de los altares.

Empezamos a salir un tres de octubre, cuando ya se siente fresco en las mañanas y se calma tantito conforme avanza el día. Quedamos de no vernos en la tienda, sino en la esquina siguiente, porque don Rafa estaba ciscado de que le habían echado el mal de ojo. A la Esperanza le gustaba ir a la Plaza de Santo Domingo para tomar fotos. Luego le traía cartuchos vencidos que no se vendieron nunca, y sabía que me los agradecía, aunque no me dijera nada cuando se los daba.

Un sábado, después de comer por ahí, me dijo viéndome las manos:

—Tú me haces feliz a veces.

Luego se paró y se fue.

No nos vimos en un mes.

VIII

Después de varias semanas de no saber nada de ella, sonó el teléfono en la trastienda. Don Rafa me pidió que contestara, porque ya era hora de la novela, y su mujer no le perdonaba que no se sentara a verla con ella. La verdad es que se quedaba dormida y luego él andaba bien emocionado.

Tomé la llamada, y le reconocí la voz de inmediato:

—Miguel, ¿te puedo ver al rato?

Nunca me había dicho por mi nombre.

—Hoy salgo tarde, Lancha.

—Me llamo Esperanza. ¿Puedes, sí o no?

—Pues te veo a las diez donde siempre, si quieres.

Me colgó el teléfono. La verdad sí estaba encabronado con ella.

Escuché a don Rafa preguntar que quién era.

—Nadie, señor. No era nadie.

IX

Pasó la tarde sin que nadie se apareciera en la tienda. Lo normal, porque era lunes y nadie se ocupa de sus cámaras los lunes. Don Rafa se fue antes que yo, al terminar su novela con la señora. Se despidieron de mí y me quedé solo. A eso de las siete, me paré al baño. Cuando volví, la Esperanza estaba sentada en un banquito del otro lado del mostrador, con la misma gabardina de siempre y el pelo envuelto en un chongo deshecho. Tenía los ojos hinchados y marcas rojas en el cuello, como si la hubieran arañado. Estaba temblando.

—¿Qué haces aquí?

No se movió de donde estaba. Ni siquiera me volteó a ver:

—Siempre que estoy contigo tengo frío.

Las líneas rojas en el cuello se le enredaban entre las clavículas e iban a dar atrás, a la nuca. Esperanza tenía la mirada clavada en el suelo sucio. Ya no traía puesto el milagrito de San Judas.

—¿Qué chingados te pasó en el cuello?

—Tengo un gato.

Entonces me di cuenta de que traía una maleta consigo.

—¿Y eso qué es?

—Ya no puedo vivir en mi casa. Ahora voy a vivir contigo.

Después de un mes. Después de un pinche mes de no saber nada de ella. De que me dejó comiendo solo y con la cuenta sin pagar. Después de que no pude ni marcarle porque nunca me había dado su teléfono, porque no tenía su dirección y porque, la neta, no sabía nada de ella más que su nombre. Hija de la chingada.

—Ah, cabrón. No me digas.

Se quitó los lentes y los puso sobre el mostrador. Se levantó y me abrazó. Casi escuché que me dijo «perdón».

X

La Esperanza se vino a vivir conmigo. Con ella, también llegó un gato cojo. A la semana siguiente, ya había conseguido trabajo en una tienda de zapatos cerca del local donde yo trabajaba. No nos veíamos en todo el día, pero nos regresábamos caminando juntos al departamento. Cogíamos rico en la noche y se quedaba bien dormida hasta las tres de la madrugada, que se paraba a ver el patio desde la ventana del cuarto. Hablaba sola y se quedaba viendo al infinito, como si alguien la escuchara.

Luego regresaba a la cama y sentía sus pies fríos rozando los míos, casi con vergüenza. Yo también me despertaba cuando sentía su movimiento. Sin que se diera cuenta, me volteaba a verla repetir el mismo ritual todos los días. Un día 13, me dijo que se sentía mal y que se iba a quedar en la casa. Cuando regresé de trabajar, estaba sentada sobre la cama acariciando al gato con las puntas de los dedos.

—Llévame al seguro.

—¿Por?

—Me siento mal.

En lugar de eso, la llevé con la cuñada de don Rafa, que tenía su consultorio ahí cerca. Nos recibió, aunque ya fuera noche, porque veníamos bien recomendados. Era una mujer mayor de piel oscura y labios desgastados, que miraba a la gente directo en el rostro, como los que ya no le tienen miedo a morirse. Cuando vio a la Esperanza, solo le preguntó:

—A ver, chamaca, ¿qué traes?

Le dijo que se acostara y la revisó con parsimonia. Le preguntó que si había vomitado y que hace cuánto había tenido su último periodo.

—Pues, m’hijita, estás embarazada.

La Esperanza se puso pálida. Le preguntó a la doctora que para cuándo, y le dijo que apenas tenía un mes, más o menos. Me acerqué a abrazarla. Estaba fría. No se movió para nada. La doctora nos dio el teléfono de una ginecóloga, en sus palabras, «buenísima» que vivía ahí a la vuelta, para que la visitáramos pronto. En ese momento, se tronó uno de los focos del consultorio.

La doctora terminó de darle indicaciones a Esperanza. Ella la escuchaba en silencio, sin decir nada. Pagué la consulta con lo que traía y nos fuimos. Al cerrar la puerta, vi que la mujer se santiguó. En ese momento, me acuerdo que pensé: «no mames, voy a ser papá».

XI

Los meses de embarazo fueron espantosos. La veía llorar todos los días, como si con eso fuera a regar todas las plantas de la ciudad, y luego quedarse dormida por horas. Dos semanas después de que visitamos a la cuñada de don Rafa, la corrieron de su trabajo porque decidió dejar de ir. A partir de entonces, se quedó en la casa a hacerle compañía al gato.

Una madrugada, nos agarró un temblor dormidos. Escuchamos cómo todo el mundo salió del edificio mientras se caían cosas de las repisas. Pasó pronto. La gente volvió a sus cuartos para recuperar el sueño. Los murmullos de sobresalto se apagaron poco a poco. Nosotros no nos movimos de donde estábamos. Cuando se hizo el silencio, me dijo que el movimiento había sido porque el niño la estaba pateando muy fuerte.

Exactamente siete meses después, se le rompió la fuente. Escuché en las noticias de camino al hospital que había habido derrames importantes de agua sobre Eje Central, porque el servicio hidráulico público se había dañado. Al llegar a la sala de espera, me di cuenta de que en la bolsa del pantalón traía el milagrito de San Judas que la Esperanza se colgaba al cuello cuando la conocí. Antes de que la prepararan, me dijo:

—Se va a llamar Amargura.

No habíamos discutido el nombre hasta ese momento.

XII

Esperanza me trajo a la Amargura poco antes de que cumpliéramos un año juntos. Los doctores le dijeron que era evidente que había sido un embarazo «desafortunado». Perdió mucha sangre y batallaron mucho para que se aliviara. La niña nació con los ojos bien abiertos, bien negros y bien perdidos.

—Está sana —me dijo la enfermera antes de llevársela a lavar.

—Qué bueno.

Al rato volvió con la Amargura envuelta en una cobijita.

—¿No la quiere conocer? La señora no quiso verla.

Me la entregó y la niña no hizo un solo ruido. Le colgué el milagrito de San Judas al cuello. Me sonrió.

Poco más tarde nos dijeron que ya podíamos irnos. Llegamos al departamento y la Esperanza se veía más blanca que nunca. Se acercó a la ventana y empezó a hablar sola. Yo traía a la Amargura en brazos cuando escuché que el vidrio se abrió.

Luego, un golpe seco en el patio. Un grito de la vecina de abajo.

No pude hacer nada: la Esperanza se quebró completa. No aguantó el impacto.

La niña no lloró. Nos quedamos en silencio los dos.

XIII

Llevo viviendo con la Amargura por años. Se sienta en la sala, bien solita, y rompe ligas de pelo por estirarlas con fuerza. Luego las avienta al piso y se olvida de recogerlas después. Seguido se acerca a mí cuando me siento a su lado para decirme:

—Yo soy buena para deshacer nudos.

Y le contesto:

—Pues sí. Nomás los rompes.

Luego queda viendo el arsenal caído de ligas que tiene desperdigadas por el suelo. Una por una, como si las respetara profundamente. Luego me voltea a ver, y dice:

—Papá, llévame a la tienda.

—Cómo no, m’hija. Vámonos.

Y la llevo caminando por el Centro de la mano —desde Bucareli hasta Donceles, a veces por Santo Domingo y casi nunca hasta Garibaldi—, porque en sus ojotes negros todavía veo a mi Esperanza.