A Santiago, por el tiempo

...et lux in tenebris lucet.

(Jn. 1, 1-18)

La cafetería tiene pinta de los años cincuenta. Barra de madera tallada por el uso. Refrigeradores de antes. Sillas deslavadas en un azul que fue profundo, y que ahora trae resabios de una época pasada. En fin: el lugar reluce con una luz que palidece. Hay poca gente. Es martes. La tarde se filtra con rayos tímidos a través del ventanal que da a la calle, marcando sobre el suelo las sombras de las letras inscritas en el vidrio polvoso. El piso ajedrezado también necesita limpieza, pero no se ve mal. Las mesas, por el contrario, sí han recibido un trapazo de vez en cuando. Algo de toda esa ruina incipiente descansa también en tu mirada.

Tienes el menú frente a ti, pero no lo ves. Algo te molesta. Y no, no es la suciedad sutil del lugar, ni lo mucho que se han tardado en atendernos. Se te iluminó el rostro con un rojo incómodo, como si tuvieras algo atorado en la garganta que se resiste a salir, que prefiere más bien quedarse así, calladito y calientito en tu interior. Pero que te raspa los pulmones. Que te impide respirar. Ignorarlo ya es absurdo. Clavas los ojos sobre mí. Así, tan cafecitos, tan claritos, sostienen algo catastrófico que te mueres de ganas por decirme, pero que no encuentras cómo. A ver, es que quiero hablar contigo.

Te tragas un nudo pesado y tamborileas las manos sobre la mesa. Sobre qué, te pregunto, y desvías la mirada. Una mesera se acerca para preguntarnos qué va a ser. Le contesto cualquier cosa. Tú le sonríes brevemente con los labios apretados y le entregas el menú, que ni leíste bien. Ella se va y repites el gesto conmigo. Yo no te digo nada. Nada más te miro: los marcos gigantescos de los lentes que usas, la nariz finita, las cejas pobladas, y ese rojo que no se te difumina del rostro. Es que no sé ni por dónde empezar.

La mesera regresa y pone dos malteadas entre nosotros, junto con dos popotes envueltos en papel. No sé ni de qué es la tuya, pero por el color, me imagino que es de pistache. No-sé-ni-por-dónde-empezar. No mames. Mejor escúpeme. Rompes la envoltura y metes el popote en el vaso. Suspiras pesado, pero no te sirve de nada: el aire sale entrecortado, como una fuga de agua en las tuberías del servicio hidráulico público. Entonces, explotas.

Me dices que quieres ir lento, pero que no hay tiempo, no hay tiempo, porque te tienes que ir, te tienes que ir muy lejos muy pronto, que sí quieres seguir con esto, pero que te da miedo, que te gusto, que te gusto un chingo, que te traigo apendejado, pero que no quieres (no puedes, de verdad no-puedes) tener nada conmigo ni con nadie, que este año era para ti, pero que llegó alguien a cachetearte y a burlarse de ti: no, pendejo, así no van las cosas, parecen decirte, y se te inflan los ojos de lágrimas que no salen, que no puedes sacar por orgullo, por hombría, o nomás porque de verdad no sale nada, porque nada está bien, más que lo nuestro, vamos lento, por favor vamos lento, que no puedo ir más rápido, que me falta aire, que no respiro porque me quitaste al aire, ¿estamos en la misma página, verdad? Eso quería decirte.

Ahora sí me miras directito a la cara. Se te aceleró el pulso. Respiras rápido. La ansiedad te deja marcas pesadas en el pecho, en los labios, en los dedos. Un silencio. No quiero ni verte. Me arde el estómago. Se me ensancha el pecho con oxígeno ácido. Siento tus ojos enterrados en mi rostro. Eres un imbécil. Me quiero largar de ahí en ese momento. Te quiero regresar toda la mierda que me aventaste en treinta segundos. Quiero no verte, que te vayas, que te frustres, que no regreses, no extrañarte nunca. Y te digo:

—No te entiendo.

—Pues, te quería decir eso.

—¿Qué?

—No, no mames. Chinga tu madre. Chinga tu madre.