Salvador Dalí es reconocido ampliamente por sus excentricidades: como maestro indiscutible del surrealismo, juega con elementos oníricos e invierte el uso de las cosas que se aprecian en la realidad tangible. Siguiendo esta línea, es común encontrar en su obra rostros simulados entre las montañas, formas humanas desfiguradas en posiciones anatómicamente imposibles, o elefantes que cargan sobre sus dorsos palacios de oro. Al tiempo que en su producción artística se arrastran cuerpos pesados en un entorno pre-consciente, pareciera también que las figuras están a punto de desvanecerse.

Lo cierto es que hay cierta vena grotesca en la propuesta artística de Dalí. Puede argumentarse, por supuesto, que se trata de una más de las características del halo inconsciente que sobrevuela sus obras. Sin embargo, también existen motivaciones estéticas que, si se analiza con cierto detenimiento el curso de su vida, pueden bien estar relacionadas con los distintos impactos emocionales que le vinieron encima: los distintos rechazos por parte de su familia —así como de los círculos cerrados de las élites intelectuales—, su relación estrecha con García Lorca, la fuerte crítica de la Academia.

Todos fueron pequeños cúmulos de barbarie que poco a poco explotaron como líneas temáticas en su proceso de creación, siempre tendiente a rechazar el tiempo, la podredumbre y la muerte. Quizá, también, porque eran los elementos que más lo aterrorizaban. Aquí explicamos porqué:

El tiempo

Con La persistencia de la memoria (1931), queda clara la inquietud de Salvador Dalí por la evanescencia del tiempo. Casualmente, la obra fue completada en menos de cinco horas. Sin embargo, es evidente la manera en la que el artista habla de la relatividad del paso del tiempo: los relojes que se derriten parecen simular una temporalidad particular, que se escapa a los límites rígidos que marca la racionalidad y la precisión matemática. Quizá sea por esta misma característica elástica que los relojes causen cierta extrañeza en el espectador, acostumbrado a las formas canónicas del Tiempo (a saber: su función lineal y progresiva).

La reflexión que Dalí hace con respecto al tiempo gira en torno justamente a esa cualidad inexorable que le es inherente: no se puede recuperar, puesto que sólo va hacia delante, irremediablemente. Esta condición lo tribulaba profundamente, puesto que su experiencia de vida —así como la de todos los demás— estaba supeditada a esa progresión constante e incansable, que no permite mirar atrás, que no da cabida a segundas oportunidades. En consecuencia, la obra es considerada actualmente como un referente universal de la Historia del Arte, y se exhibe permanentemente como parte de la colección del MoMA, en Nueva York.

La podredumbre

Siguiendo la línea anterior, resulta natural que a Dalí le inquietase la podredumbre. Como el tiempo no se recupera, lo más seguro es que todos los días nos echemos a perder un poco más, como una manzana que se oxida lentamente. No es extraño, entonces, que la decadencia sea un tema implícito, pero recurrente, a lo largo de toda la producción pictórica y simbólica de este artista español.

No habría que dejar de lado, así mismo, que gran parte de la vida temprana de Dalí se desarrolló en el periodo entre guerras, que causó mundialmente —y de manera particular en Europa— una gran confusión a propósito del rumbo que la humanidad tomaría a partir de entonces. De aquí que, indirectamente, la profunda molestia que el pintor tenía hacia esta cualidad finita y grotesca de las cosas pudiese derivarse del ambiente general del contexto histórico en el que le tocó vivir. La corrupción de los cuerpos, entonces, cumple una doble función en su propuesta artística: ésa de representar la descomposición física de los cuerpos, pero también aquella de la putrefacción moral en la que el continente europeo estaba sumido en esos años de tensión bélica internacional.

Los insectos

Mucho del horror que Dalí manifestó hacia los insectos se deriva también, como una consecuencia directa y causal, del pánico que sentía hacia los dos elementos anteriores. Lo anterior se condensa en una imagen: pensemos en la misma manzana oxidada, pero ahora, con gusanos que se aprovechan de sus últimos nutrientes. Dalí sentía pánico por esa corrupción de los cuerpos, que tomaba forma en la figura de insectos que terminan de devorar los restos orgánicos de las cosas.

El ejemplo más claro de este horror a los insectos está, sin lugar a dudas, en Un perro andaluz, producida en 1929 de la mano de Luis Buñuel a manera de crítica a la figura de Federico García Lorca. A lo largo de toda la pieza, hay una insistencia incómoda hacia la manera en la que los cuerpos se corroen de distintas formas, con imágenes explícitas de manos que se infestan de hormigas, o de cadáveres que se arrastran por el suelo, destazados e indignos. Esto evidencia, una vez más, el horror obsesivo que Dalí sentía hacia la descomposición y a las consecuencias fatales que ésta tiene sobre los seres vivos.

La muerte

Dada la putrefacción y los distintos elementos que el artista despreció a lo largo de toda su producción artística, sobra mencionar el pánico que Dalí sentía hacia la muerte. Su vida de excesos y de excentricidades pareciera reducirse únicamente a un intento dionisiaco fallido por alejar o evitar el destino común a todos los seres que respiran. La muerte era inadmisible para Dalí, por lo que la proyectaba constantemente —y en distintas representaciones simbólicas— en su trabajo. Entonces, la fama y la fortuna de la que gozó a lo largo de los años resultaban como una excusa para rehuir a esas pulsiones de muerte, como las llamaría Freud. Eran distracciones constantes, forzadas y desesperadas por evadir lo más posible la única certeza real que se tiene: ésa de dejar de existir.

El castigo eterno

A pesar de ser tachado numerosas veces de blasfema, Dalí era un hombre profundamente creyente. La fe, también, es una de las líneas temáticas que aborda constantemente a lo largo de su obra. Al punto de que fue el primero en representar crucifixión sin la cruz en sí misma, sino que simulándola con los brazos extendidos de Jesús en su último aliento. Para la Historia de la iconografía cristiana, esta aportación marca sin lugar a dudas un hito: nadie nunca se había atrevido a retar estéticamente la representación canónica de la Cruz, y Dalí lo logró con mucho éxito (incluso con la aprobación institucional del Vaticano).

De la misma manera, es evidente que Dalí sentía una especie de deuda con sus convicciones religiosas. En 1957, con motivo del 700 aniversario del natalicio de Dante Alighieri, el artista español se encomendó a la tarea de ilustrar cada uno de los cantos de la Comedia, del autor florentino: 33 para el Infierno, 33 para el Purgatorio, 33 para el Paraíso, y 1 de introducción, como está distribuido originalmente el poema épico. A pesar de que el orgullo nacional italiano fue profundamente herido —puesto que se había hecho el encargo a un artista no-nacido en Italia—, lo cierto es que las 100 ilustraciones que Dalí realizó tienen un mérito poco reconocido: denotan un profundo conocimiento del texto, así como una sensibilidad espiritual que pocas representaciones oficiales poseen. Limpias, respetuosas y al punto, revelan una deuda que el artista arrastró a lo largo de su vida, y que quiso expiar estéticamente, a través de lo que sabía hacer.

Con todo lo anterior, es posible realizar un análisis formal más profundo de la obra de Salvador Dalí. Si bien es cierto que pueden confundirse muy fácilmente estas motivaciones estéticas con escándalos de su vida personal, también lo es que sirven como líneas guía para apreciar con una visión más amplia el carácter a veces grotesco de su propuesta artística —pero también la complejidad simbólica de la que está cargada su obra más madura.