No me escuchó entrar

La última vez que supe de Osvaldo, lo vi como siempre: dando clases de yoga en un centro holístico de Coyoacán. Radiante, de brazos fuertes, poderoso. Sus alumnas lo admiraban por «llenar el salón» cada que se paraba en una escuela nueva. Siempre se tomaba unos minutos antes de empezar la práctica para monologar sobre la abundancia, en cómo deberíamos de confiar en el universo, y ese tipo de cosas que dejas de escuchar después de cinco minutos.

Esa vez no fue diferente. Era la primera clase de la mañana. El centro abría a las 8:30, para que la sesión empezara al punto de las 9. Osvaldo acostumbraba a estar ahí unos diez minutos antes, para platicar con la gente y empezar a inducirlos en el «trance yóguico», como le gustaba referirse a sus monólogos de apertura. Recuerdo que llegué con chamarra, porque era noviembre y la Ciudad de México tiende a hacerse más sombría conforme el otoño se desvanece.

El salón estaba vacío: solo estaba él, sentado sobre el suelo, mirando sus redes sociales. En torno a sí, le gustaba poner varios cuarzos en el suelo. Generalmente sostenía un cuenco de bronce, con el que marcaba el ritmo de la clase. Armaba el set con cuidado religioso, y luego miraba la pantalla su teléfono hasta que el salón se llenaba. Todo estaba ya dispuesto cuando llegué esa vez. Me di cuenta de que, alrededor de él, había círculo de polvo perfectamente trazado. Me imaginé que tendría que ver con algún ritual antiguo. Creo que no me escuchó entrar.

Sudar

Extendí mi tapete hasta atrás, cerca del ventanal que daba a la calle. A pesar de estar en una de las zonas más céntricas de Coyoacán, en el estudio imperaba un silencio atípico. Al fondo del salón, se escuchaba claramente el respirar alargado de Osvaldo. Lento y apacible, como si no viviera en la Ciudad de México. No pude evitar voltear a verlo: tenía los brazos tatuados casi por completo, un mullet descuidado, perforaciones por todos lados y la piel morena. La gente que llevaba mucho tiempo siguiéndolo decía que no había envejecido para nada, aunque ya había cruzado los cuarenta varios años atrás.

Mirándolo, distinguí un ligerísimo olor a quemado. Pensé que se trataría de alguno de los inciensos que prendía para conducir la sesión: le gustaba estimular todos los sentidos de los practicantes. Desde el olfato hasta el franco cansancio físico de una clase en la que, al menos, se hacían 50 lagartijas. Sospecho que, por el trance yóguico, se dejaba llevar y había gente que ni las sentía. En verdad, tenía todo planeado. Y el olor estaba ahí.

A los pocos minutos, un murmullo cada vez más nutrido de diferentes voces inundó el espacio. Cuando volví la mirada, ya había otros 20 tapetes intercalados en el salón. En ese momento, decidí quitarme la chamarra: el calor de los otros cuerpos sudorosos —en un espacio de apenas 40 metros cuadrados— ya me había hecho entrar en calor, y la clase ni siquiera había empezado.

Osvaldo se había hecho fama entre las escuelas de yoga y los gimnasios por dirigir clases muy dinámicas: le gustaba activar el agni, que en el lenguaje de los «iluminados» quiere decir fuego interno. En sus palabras, una energía que nos conecta con los demás maestros ascendidos desde hacía millones de años. Más de una vez me cuestioné a mí misma si él entendía realmente de dónde venía el concepto, porque el budismo despertó en India hace apenas 2 mil 800 años. Para otras personas, el dato era irrelevante: solo estaban ahí para tomar su clase, y embarrarse de algo parecido a la espiritualidad.

Desde el fondo del salón, retumbó una orden:

—Vamos a comenzar.

Y se hizo el silencio.

Lo escuché toser

Osvaldo brillaba en clase. Dictaba las posturas como si lo hubiera hecho toda la vida. Tenía la voz ronca y, a pesar del bullicio que se escuchaba en la recepción o en la calle, sus indicaciones inundaban el salón. Era casi como si no existiera nada más.

Me acuerdo de que pensé en todo eso mientras dictaba el tercer saludo al sol de la sesión. Se acercó para corregirme en el perro mirando abajo. Algo tronó en la parte alta de mi espalda, y sentí alivio. Lo escuché sonreír. En torno a sí, distinguí una presencia pesada, como si tuviera resaca o se hubiera hecho una limpia en el Zócalo.

Al incorporarse, lo escuché toser. Seco, como una puerta que no se ha abierto en años y escupe polvo. El olor a quemado se intensificó. Luego recuperó la compostura y retomó la secuencia como si nada hubiera pasado, hablando sobre cómo deberíamos de ser capaces de meditar en todas las posturas, sin importar qué tan complejas fueran. Por supuesto, Osvaldo: voy a conectar con mi tercer ojo si me paro de cabeza.

A la media hora, me acordé de por qué detestaba venir a su clase: para ese momento, ya se me había olvidado cómo respirar, me sentía mareada y lo único que realmente quería era desayunar un pan con nata. Era como si estuviera en un cuarto en llamas: sentía la garganta quemada, como si mil columnas de humo me bloquearan el paso de aire. Tal vez el fuego interno de los demás ya me estaba quemando los pulmones. Quizá solo era que las demás personas eran más buenas para esconder su malestar. Pero justo cuando estaba pensando en todo esto, el instructor paró la clase:

—Detente un momento al frente de tu tapete y cierra los ojos.

Fue lo último que dijo antes de salir del salón.

Apagar el fuego interno

Cuando abrí los ojos, Osvaldo ya no estaba ahí. Lo escuché precipitarse hacia la entrada, tosiendo con cada vez más intensidad. Ni siquiera cerró la puerta. Primero asumí que tenía que ir al baño. Luego pensé que tal vez lo habían llamado de emergencia.

Fue como si le cortara la inspiración a las demás yoguis, que no sé en qué momento se pararon de cabeza y respiraban con tranquilidad. Muchas de las chavas en el salón se desenredaron de las posturas complejísimas que habían alcanzado, y esperaban en silencio sentadas en el piso. A los diez minutos, la gente ya estaba inquieta: se preguntaban si la clase había terminado así, de la nada.

Me di cuenta de que el salón estaba todo empolvado, como si las fumarolas del Popocatépetl hubieran tapizado el lugar. La loza del suelo, paredes y ventanas estaban empanizadas de un polvo finísimo. Como todos los demás no parecían inmutarse, asumí que tal vez era yo saliendo del famoso trance yóguico, que me había quemado los pulmones durante 45 minutos.

Pasó un cuarto de hora antes de que el recepcionista, un chico discreto de mirada sombría, se apareciera en el salón. Frente a los alumnos, se limitó a decir que el maestro Osvaldo había tenido una situación «muy delicada» y había tenido que salir de un momento a otro. En ese momento, todo el fuego interno colectivo se apagó.

Algunas personas mostraron su molestia, diciendo que les parecía una falta de respeto. Sus alumnas de más tiempo asintieron, como si supieran algo más. Decidí no involucrarme demasiado, recoger mis cosas e irme de ahí. Total, ya iban a dar las 10 de la mañana, y tenía cosas que hacer. Al salir del salón, me di cuenta de un caminito de polvo que terminaba en el baño. Supongo que a nadie se le ocurrió cerrar la puerta, porque lo vi: un camino de polvo se extendía hasta la ventana del baño, abierta de par en par.

El mismo olor a quemado se deslizó por mi nariz.

Y no volví a ir a ese estudio.

Ni me encontré a Osvaldo jamás.