Después de abandonar el estudio de Andrea de Verrochio, el maestro de Bellas Artes por excelencia en Florencia durante el Quattrocento italiano, Leonardo da Vinci se vio en un problema grave: no tenía nada que hacer. Al salir de ahí, había manchado su imagen como estudiante, y reducido su reputación a la de un rebelde sin causa que no tenía ningún interés en apegarse a los estándares de la Academia. Tal vez por esto mismo se vio sin un proyecto de vida a seguir: era bien sabido que Verrochio estaba harto de él, y da Vinci mismo no quería regresar a trabajar al servicio de nadie. Necesitaba un espacio para hacer lo que él quisiera, abbastanza.

No mucho tiempo después encontró trabajo en una taberna pequeña cerca del Ponte Vecchio, en Florencia, llamada Los tres caracoles. Era uno de los barrios más populares de la ciudad, pues los trabajadores vivían muy cerca de ahí, y muchos de ellos se paraban a comer en el lugar. Empezó como mesero y muy pronto lo pasaron a la cocina, de donde finalmente lo ascendieron a encargado. Fue ahí donde encontró finalmente un espacio para sí: podía hacer lo que le placiera mientras las ganancias se mantuvieran. Da Vinci hizo bastante más que eso.

Leonardo mantuvo el negocio a flote por algunos meses. Entró como un empleado más, a un ambiente que no le correspondía, donde el desorden era casi absoluto y la gente no hablaba en sus mismos términos. Sin embargo, con el paso del tiempo consiguió hacer las cosas a su manera, y la cocina finalmente funcionó como un lugar de trabajo pulcro, de procesos óptimos y de una eficiencia que nunca antes había tenido. Lo contrataron como un muchacho cualquiera que necesita dinero para pagar sus estudios, lo promovieron al mejor puesto al que podía aspirar por su talento, y luego lo corrieron por histérico: sus exigencias sobrepasaban los límites de la paciencia de los demás empleados.

En la cocina, da Vinci se reencontró con una pasión reprimida durante su infancia: nacido como hijo bastardo de uno de los hombres más influyentes de su época, encontró una figura paterna en el esposo de su madre, quien lo trató siempre con la dulzura que su padre biológico no le había dado. Su padrastro era chef, y desde muy niño Leonardo pasó horas en la cocina acompañándolo y viéndolo trabajar. Años después, desprestigiado en el mundo del Arte y desesperado por ocuparse en algo, vio la oportunidad perfecta para retomar aquella pasión abandonada por obediencia a los mandatos de su padre de sangre.

Es cierto: a pesar de que Leonardo da Vinci no obtuvo el cariño que necesitaba de su padre biológico, el hombre sí se encargó de que tuviera los estudios necesarios para salir adelante por su cuenta. Es por esto que lo inscribió como aprendiz en el estudio de Verrochio: si no podía reconocerlo como su hijo frente a la corte, por lo menos podría tenerlo cerca si trabajaba ahí como el artista oficial de los Medici, con quienes el maestro estaba fuertemente vinculado. Sin embargo, la personalidad explosiva y divergente de su hijo frustró sus planes: la verdad es que, a pesar de ser un estudiante excepcional, con una facilidad fuera de serie, da Vinci siempre tuvo un conflicto fundamental de autoridad que acabó con sus relaciones profesionales durante su juventud —y así también, con el sueño de su padre biológico.

Después de que lo despidieran de la taberna, da Vinci se vio en la misma disyuntiva: el ocio estaba acabando con sus nervios. A pesar de que había salido con una imagen terrible del estudio de Verrochio, no se deshizo por completo de todas las amistades que ahí había forjado. Entre las personas con las que seguía en contacto, el más cercano siempre fue Sandro Botticelli. Tenían muy probablemente posturas diferentes en lo que a la profesión se refería, pero se entendían bien en otros ámbitos. Es por esto que, cuando se vio sin nada que hacer una vez más, Da Vinci le propuso a Botticelli comenzar un negocio juntos: uno que pudieran administrar como les viniera mejor, según sus propias reglas, sin nadie que los supervisara.

Compraron un local por el mismo rumbo de Los tres caracoles, y decidieron nombrarla La enseña de las tres ranas de Sandro y Leonardo. Después de la inauguración, la gente estaba realmente intrigada por el proyecto de los dos artistas, particularmente porque habían escogido un lugar muy distinto al que normalmente se desarrollaban las personas de su gremio, y estaban más cerca de otro tipo de oficios. Los primeros meses estuvo a reventar: fuera por curiosidad o por morbo, la gente se acercaba a ver de qué se trataba el lugar. Sin embargo, al poco tiempo la clientela bajó significativamente, y los que realmente se mantuvieron ahí fueron los obreros. No es de extrañarse que el negocio quebrase antes de cumplir un año de servicio.

Los comensales estaban furiosos: en lugar de que les sirvieran porciones abundantes —correspondientes a una jornada laboral dura y larga—, Botticelli y da Vinci ofrecían raciones pequeñas, casi de culto. Eran platillos en los que lo verdaderamente importante era el sabor, y no tanto la ración. Ambos querían generar una experiencia estética con cada platillo, para que la clientela pudiese disfrutar de una armonía entre lo que se veía y lo que se degustaba. Eran probaditas, dispuestas en un arreglo casi escultórico que parecía muy natural para la profesión que habían estudiado ambos. Eran composiciones exquisitamente dispuestas, que no resultaron demasiado gratas a los clientes de la zona.

Una tarde, justo al terminar el día de trabajo, se encontraron con una multitud enfurecida a las puertas del local. Los esperaban con fruta podrida y trinches, gritando y haciendo un escándalo. Lo que pedían era solamente una cosa: que se fueran de ahí para siempre, y rápido, porque no podían soportar más las ridiculeces de los estudiantes de Bellas Artes. Así fue como terminó el negocio propio de Botticelli y da Vinci: un intento de llevar al paladar de los trabajadores sus obras más selectas, preparadas con un empeño que los obreros florentinos no supieron apreciar. Las raciones eran demasiado pequeñas.