Somos el espacio que ocupamos.

Hace varios años, dando una charla sobre ecología desde la perspectiva artística, en el Museo de Bellas Artes de la ciudad de La Plata –provincia de Buenos Aires–, formulé una pregunta a los alumnos de esa facultad que, de puro ingenua, era evidente que contenía una trampa: ¿entró alguien alguna vez a una habitación vacía? Aunque algunos cayeron en el timo, la mayoría interpretó rápidamente el sentido de la pregunta: resultaba imposible entrar en un cuarto vacío ya que el mismo entrar implicaba que había ya una persona presente. Aunque simple la respuesta, contiene un perfil atractivo: ¿qué es lo vacío?

Como la soledad1, el vacío es algo relativo. No sólo se trata de un espacio “sin nada”. Siempre hay algo, aunque no lo veamos… aunque quitemos todo el aire de un cierto volumen y a eso lo llamemos “vacío”, hay infinidad de “cosas” en tal volumen: el máximo de vacío conseguido en un laboratorio está poblado de partículas virtuales que emergen desde la nada y a ella vuelven, del mismo modo en como surgen partículas desde el vacío que rodea a un agujero negro. Tenemos el marco más general del llamado “Campo de Higgs” que lo permea todo en el Universo.

El vacío como algo físico, entonces, es un algo que se presenta como un imposible. Aunque esta afirmación nos exceda, podemos sostener temerariamente que el Universo está, por lo menos, siempre lleno de sí mismo y que fuera de él no tiene sentido imaginar nada porque, al serlo todo, no hay ningún “fuera de él”. El vacío será, entonces, de una naturaleza análoga a la que habíamos establecido para la Nada… Si la Nada y el Todo se identificaban como un Uróboro, lo hace consigo mismo, nuestra presencia en la habitación vacía nos representa un Vacío más esencial y ajeno a nosotros. El vacío de la habitación lo establecíamos en relación con nuestra ausencia, y por eso se trataba de algo relativo, no válido per se. No obstante, el vacío tiene un status en nuestra mente en donde, efectiva y paradójicamente, se da que el no haber nada es algo inasible para la conciencia.

Cuando hemos hablado de la Nada2 la habíamos identificado con numerosas referencias a distintas construcciones que el Hombre ha elaborado para distraerse de la no existencia de su yo –cosa que lo espanta–. Pero tanto en el caso de la Nada como en el caso del vacío se presentan situaciones mentales confusas por paradójicas.

Ya en el volumen IV de su Física, Aristóteles había establecido un “antivacuismo”. La refutación iba dirigida contra los atomistas, encabezados por Demócrito, que postulaban que la naturaleza estaba formada por átomos perfectamente sólidos e impenetrables y la existencia de un vacío entre ellos. Esta idea sería la fuente clásica de todas las corrientes que luego defenderían la existencia del vacío. Como fuera, la postura dominante seguiría siendo la opuesta: la de Aristóteles, mientras que el atomismo sería una corriente marginal. De hecho, Platón, los estoicos y la gran mayoría de las escuelas antiguas defendían el antivacuismo y posteriores –y elementales– pruebas científicas como la de no poder expandir un fuelle si no se le permitía la entrada de aire, era prueba suficiente para admitir que no podía abrirse un espacio vacío.

El descubrir que esa presión contra el fuelle se debía a la presión atmosférica, recién en el s. XVII y de la mano de Torricelli y Newton, se acababa con la idea de la imposibilidad del vacío. La difusión en toda Europa de las experiencias de Torricelli con la presión atmosférica y la generación de un espacio vacío, animó a muchos a seguir con las experiencias al respecto: Pascal (1623-1662) en Francia; Boyle (1627-1691) en Inglaterra o Guericke (1602-1686) en Alemania. Pascal midió las variaciones de la presión atmosférica según las condiciones climáticas y la altura; Boyle estudió la elasticidad del aire y a Guericke se debe la construcción de la primera bomba de vacío. Newton, por su parte, sostenía la existencia de los inmensos espacios vacíos en el Universo. Esto le valió serios enfrentamientos con la comunidad científica de la época. De hecho, la física de Newton se impondría recién a mediados del siglo XVIII.

Y es a esta modelización que le debemos la imagen del Universo que hoy nos es más popular. Fue un duro proceso para el pensamiento: se trataba de pasar de un espacio compacto, pleno, a uno vacío.

Esta postura fue ganando terreno. Ya en 1693, Bentley, bajo indicaciones de Newton, calculó que en el sistema solar el vacío ocupaba 8,575 x 1017 veces más espacio que el que ocupaba la materia. Así, la cantidad de materia se tornaba insignificante frente a la vastedad del vacío. Y pasaría mucho tiempo hasta que se dejara de considerar a la materia como algo compacto y verla, de nuevo, dominada por la presencia de lo vacío. De modo que, de a poco, el vacío no era ya un simple escenario donde se daban las cosas materiales, sino que tanto la materia como el vacío se iban interpenetrando a medida que avanzaba la ciencia. Los átomos dejaron de ser vistos como pequeñísimos corpúsculos compactos, y así como la materia invadía el eventual vacío con su dualidad onda-partícula y su materialidad “probabilística”, el vacío hacía lo propio rumbo al interior de los átomos…

Nada es hueco y nada es compacto. Un vacío donde no haya nada, ni materia ni ondas, es ahora un imposible físico… aunque seguimos en parte el modelo newtoniano del espacio como un escenario vacío. Así, las más recientes observaciones, amparándose en la mecánica relativista y la Mecánica Cuántica, han adelantado una descripción más precisa del vacío: un estado físico de un sistema ligado a la mínima energía posible. Traducido: el vacío no está hueco… al fin, aunque con un vigor y una estética diferentes , Aristóteles tenía razón a su modo: renacía el “horror vacui” de la Naturaleza.

El Efecto Casimir

El vacío es un componente del mundo físico, asociado a la materia como un no vacío: ambos en algún punto muy íntimo del mundo físico, parecen trabajar en consuno. En física cuántica el vacío es un estado cuántico no estático, sujeto a fluctuaciones cuánticas, donde la energía no es constante y puede variar temporalmente. Estas fluctuaciones pueden dar lugar a la aparición de pares partícula-antipartícula virtuales que emergen del vacío y que se aniquilan rápidamente. El Principio de Indeterminación de Heisenberg, en su enunciación más difundida, establece que no se puede conocer con absoluta precisión tanto la posición como el momento de una partícula simultáneamente: cuanto mayor sea la precisión con la que se conoce la posición, menor será la precisión con la que se conoce el momento y viceversa.

Pero esta relación de indeterminación puede aplicarse también a otras magnitudes, como la energía y el tiempo: no se puede conocer con precisión ambos parámetros con plena exactitud a la vez. De esta indeterminación entre el estado energético y el tiempo durante el cual éste existe, se desprende la posibilidad de fluctuaciones de energía en el vacío cuántico. El vacío no está vacío… pero tampoco está lleno: el vacío, en lugar de ser una simple oquedad al estilo newtoniano, es una plenitud de energía donde partículas y antipartículas aparecen y desaparecen constantemente, creando un estado de dinámica fluctuante. Estas partículas efímeras o virtuales que surgen del vacío no pueden ser detectadas directamente sino a través de sus efectos que sí son medibles.

Se conoce, al respecto, el llamado efecto Casimir. En 1948, el físico holandés Hendrik Casimir propuso que en ciertas condiciones, el vacío podría generar una fuerza. Este efecto ocurre cuando dos superficies metálicas, muy lisas y paralelas, se colocan extremadamente cerca una de otra, en un entorno de vacío total. Dichas placas están tan cerca que limitan el tipo de partículas virtuales que pueden “aparecer” entre ellas. En el vacío abierto que rodea a las placas, las partículas surgen libremente con distintos niveles de energía, pero entre las placas solo ciertas partículas con energías específicas pueden atravesarlas mientras que el resto es excluido. De este diferencial surge que la presión de las partículas virtuales fuera de las placas es un tanto mayor que la que existe entre ellas lo cual lleva a las placas a tender a unirse: esta fuerza de empuje que surge entre las dos placas es lo que llamamos Efecto Casimir: tan débil que sólo puede ser detectado en muy estrictas condiciones de laboratorio, pero que exista nos demuestra que el vacío cuántico no es una “nada” absoluta y que es capaz de generar una fuerza medible.

El cero

A esta cuestión tan espectacular se le suma la detección del bosón de Higgs como la partícula elemental del Campo de Higgs, el cual permea todo el Universo. Un campo cuántico responsable de dar masa a las partículas elementales a través de su interacción con ellas, con la excepción de los fotones y los gluones: esas partículas que, se estima, mantienen a los protones juntos a pesar de la repulsión que tienen entre ellos por ser de la misma carga. Es así que el vacío viene a confundirse con el substrato subyacente a la manifestación de la realidad. Del inicial horror vacui en tanto que reverso imposible de lo existente, se ha pasado a integrar el vacío como fondo último del todo físico: lo real emerge del vacío y así, los ojos del Universo están viendo su nuca.

Pero hay otros vacíos en el mundo del Hombre, como el del cero. El “vacío del cero” se refiere al concepto de conjunto vacío, que es un conjunto que no contiene ningún elemento, pero que en el sistema numérico posicional (no aditivo, como el antiguo romano) es crucial. Habría nacido en Babilonia unos tres siglos antes de nuestra era, no como un número sino como un indicador posicional. También aparece en América mucho después –alrededor del 30 a.C.– y sí tenía un valor numérico, indicando un vacío posicional.

Pero desde donde nos llegó –vía Europa– el cero actual, es el cero indo que se lo supone utilizado desde el s. VII a.C., cuando aparecen las reglas del shunya o “cero”, tomado luego por los árabes y llevado hasta Europa. De hecho, el nombre “cero” llega al castellano desde el italiano zero, y este del bajo latín zephyrum, término que deriva de shunya y que diera, en árabe, el ṣifr (صفر), de donde nos llega el término “cifra”. Por último, recordamos al Papiro Boulaq 18 (posterior a los textos indos): un documento egipcio escrito en hierático de la dinastía XIII (alrededor del 1600 aC), con el símbolo “nfr” para referirse al “resto cero” de una resta.

Interpretaciones

Entre los griegos, el to kenov –de donde nos llega el prefijo “ceno” (como en “cenotafio” o tumba vacía)– es un término que interesó a filósofos y escritores. Homero lo usaba como una referencia a la falta de algo que debía estar en el sitio que ahora –sin ese “algo”– está vacío, como cuando en la Ilíada escribe, en III 376, acerca del yelmo de Paris, el que, arrancado por Menelao, se encuentra “vacío” de la cabeza del héroe troyano “que debía haber estado allí”. Tanto en Homero como en Hesíodo, Simónides o Esquilo, el vacío también refería a algo falto de importancia o de utilidad, incluyendo palabras o pensamientos inútiles. Píndaro y Sófocles aluden a personas consideradas tontas como “vacías”.

Quizás haya sido Parménides de Elea el primero en referirse al vacío “filosóficamente”. Para él, la “nada” es aquello de lo que nada predica en lo ontológico: aquello que carece de una realidad efectiva o existencial. Este concepto de “nada” refiere a lo que posteriormente se llamará “vacío” como el absoluto no-ser: lo que está más allá de los límites de lo que es. Esto porque para Parménides todo tiene un cierto límite, y lo que está más allá del límite del ser está vacío, en tanto que dotado de nada: el no-ser sería el contrapunto ontológico del ser o el vacío desde el ser de algo, mientras que el vacío como idea implícita, sería su contrapunto cosmológico: el vacío desde fuera del ser.

Para Aristóteles, el vacío, entendido como un espacio absolutamente vacío, no puede existir: siempre estará ocupado por alguna sustancia: aire, agua u otro elemento. El vacío era lógicamente imposible, ya que si algo fuera completamente vacío, sería equivalente a la nada y, por lo tanto, no podría existir, y ni siquiera tener la propiedad de estar vacío.

Para Platón, el vacío no remite a una ausencia en un espacio físico, sino que estaba ligado a su teoría de las Ideas y a la noción de la "khora": una suerte de espacio amorfo donde se modelan las Ideas que crearán las cosas del mundo sensible, de modo que ese vacío no es igual a una inexistencia sino a una condición previa, una especie de espacio indeterminado y caótico. Y esto se relaciona con los mitos del vacío no sólo griego, sino de numerosas y antiguas tradiciones. El propio mito griego del Caos (Χάος) es un estado de desorden aleatorio en un primordio vacío en el que se formaría, poco después, un Huevo Cósmico en su vientre y del cual eclosionaron las primeras deidades.

Para los egipcios, la idea de vacío se asociaba a dos conceptos: el Nun como vacío primordial, oscuro y sin límites… un caos original; mientras que el Shu es el dios que le da forma a ese vacío, creando el espacio como dimensión, necesario éste para la existencia del mundo, separando y delimitando cielo y tierra. De esta forma religiosa, surge el Tohu wa-vohu hebreo: “tohu” (תֹ֙הוּ֙) significa “desierto”, “vacío”, “deshabitado” o “sin forma”. ”Bohu” (וָבֹ֔הוּ) se entiende como “vacío” o “desolado”. Unidos, tohu wa-bohu describe un estado de caos primordial, un vacío o desierto sin forma ni propósito.

Para los babilonios, cuando el mundo todavía no existía, sólo había un inmenso remolino de agua y fango que se extendía, informe, en un espacio sin límites. Un vacío de gran oscuridad, en la que borbotaban las olas inquietas, en tanto que ciegas sacudidas y espantosos huracanes agitaban acá y allá a la materia, pero sin sentido, sin orientación alguna… y nada más que eso. Sin embargo, había dos seres que vivían tranquilamente en asa noche fangosa: Apsu, el espíritu del abismo sin límites –también representando a las aguas marinas– y Tiamat, el espíritu de las aguas dulces. Los babilonios no llegaron a darles una forma y se referían a ellos sólo como “monstruosos”. Aunque sí les atribuían sexualidad: Tiamat era femenino y Apsu, masculino.

En el comienzo del tiempo, la masa de las aguas se mezcló con el abismo, y de esta unión, comenzaron a nacer dioses semejantes a serpientes, dragones, aves de rapiña y por un largo tiempo, esos seres primordiales se agitaron en la noche desordenada y en las arremolinadas aguas. Y aunque la oscuridad y el desorden permanecían, de éstas nacieron tres divinidades muy poderosas: Anu, el dios del cielo, Bel, el dios de la tierra, y Ea, el dios de los océanos. Esta nueva situación no olvidaba el factor caótico. Apsu se lamentaba: “Durante el día, no tengo un instante de paz, y de noche, no puedo pegar los ojos con todos esos seres que me trastornan. Quiero exterminarlos y restablecer el gran silencio al que estábamos acostumbrados”.

El orden y la luz estaban en una lucha permanente contra la tendencia al caos. Y todo derivó en una terrible guerra entre los ya viejos dioses por restablecer el vacío de orden original contras los monstruosos dioses que buscaban instalar la oscuridad… hasta que nace un hijo de Ea: Marduk, quien enfrentaría a Kingu, el dios malévolo. Lo vence y con la sangre de Kingu y la tierra de Bel crea a quien estaría destinado el orden establecido: el Hombre.

En el Extremo Oriente, por su lado, el vacío ya no es un fundamento sino una meta. En el budismo, la vacuidad (sunyata) es un concepto fundamental que se refiere a la ausencia de existencia inherente o propia de todos los fenómenos. No supone una “nada”, sino más bien la naturaleza interdependiente de lo real, donde las cosas existen en una totalidad, relacionadas unas con otras. No hay “cosas”. Entender esta vacuidad es crucial para el objetivo del budismo que es la liberación del sufrimiento tras la liberación del karma. El vacío budista no significa que las cosas no existan, sino que no tienen una existencia intrínseca: todo surge y cesa en interdependencia con otras causas y condiciones. Los fenómenos no existen de forma aislada, sino que están conectados, interrelacionados en un absoluto al que estamos ciegos.

Esta comprensión del vacío ayuda a superar el apego a una visión errónea de la realidad y a las emociones negativas asociadas con dicho apego. Al comprender que nada tiene una existencia propia, se puede desarrollar un mayor desapego hacia las cosas materiales y las emociones personales, pero también, esta conciencia de interdependencia de todos los seres, induce un sentido de compasión y empatía. El ideal es ver este vacío como una sabiduría final o prajnaparamita, que permite ver la realidad tal como es y trascender al sufrimiento. También esta noción de vacío está relacionada con el concepto de no-yo (anatta) budista, que niega la existencia de un yo inmutable y permanente, ayudando a la disolución de la ilusión de un yo autónomo, acarreando mayor libertad y paz espiritual. Aunque las distintas escuelas budistas argumentan diferentes sentencias (que el vacío es el objetivo final o que el vacío es un camino necesario para la comprensión), todas coinciden en la idea central de la naturaleza interdependiente de lo que vemos como real.

En el taoísmo, el vacío (Xu, 虛) no se entiende como la simple ausencia de algo, sino como un estado tanto de potencialidad como de receptividad en tanto que “motor” de la armonía inherente al Tao. Es un concepto dinámico que permite la fluidez, la adaptación y la creación, no una carencia negativa. El Tao, en tanto que fuerza fundamental del Universo, es descrito como “el sin-forma que produce los diez mil seres”, siendo ese “diez mil” sinónimo de la totalidad.

El vacío representa, en este marco, lo no manifestado, el origen de todas las cosas, donde reside el potencial absoluto de la existencia. No es un vacío negativo, sino un sitio fértil para la creación y la evolución que permite que las formas se manifiesten y tengan utilidad: el Wu Wei (無為) “Nada Efectiva” o “Acción sin Esfuerzo”. Se entiende, por ejemplo, el vacío –o “vano”– de una puerta como más efectivo que la puerta en sí; o el ejemplo del cañón de bronce, donde las paredes rígidas y duras del cañón son menos útiles que el vacío por donde salen las balas. La acción nace, entonces, de una interacción sin esfuerzo en la armonía del Tao.

En cuanto a la receptividad, el vacío se asocia a lo flexible. La flexibilidad, adaptable, es ausencia de rigidez en el pensar y actuar, permitiendo una acción más fluida y armoniosa, sin aferrarse a preconceptos. En este punto se acerca al budismo, eliminando apegos y expectativas y desarrollando “la Mente Vacía” o “Wu Nien” (無念), concepto que reaparece en la influencia china sobre el budismo zen en Japón, no tanto como “no pensar en nada” sino como un no apegarse a tales pensamientos. El vacío taoísta, en síntesis, no es como el nihilismo occidental, sino una comprensión de la interconexión de todas las cosas, donde lo material y lo vacío se complementan: su dualismo termina siendo una oposición constructiva de lo existente.

Conclusiones

Por el lado occidental de la Humanidad, un poco más invasivo que contemplativo, el vacío se nos presenta como un hueco al que, como si fuera por su culpa, hay que llenar. El vacío es –para los occidentales– un escenario hueco que, como tal, admite la amoralidad: si no hay, no hay conflicto moral: se puede invadir y conquistar y toda medida que se tome será moralmente neutra en el espacio vacío, aunque esté lleno de seres humanos: todos los expansionismos persiguieron y persiguen el mismo principio de base: “si no estamos nosotros, está vacío”. Del lado oriental de la Humanidad, un poco más contemplativo que invasivo, el vacío tiende a ser una entidad que nos invade con su naturaleza, dejándonos en el borde mismo de la realidad, a un paso del abismo de la verdad… de una verdad que adivinamos como nuestra, concluyendo en que, apenas si somos el espacio que ocupamos, acompañados con toda esa legión de fantasmas que nos construyen psicológicamente… y que todo lo demás será, pues, vacío.

Notas

1 Al respecto, recomendamos la lectura de nuestro artículo Soledad: naufragio y rescate.
2 Para ampliar sobre este tema, los remitimos a nuestra anterior publicación La Nada.