A lo largo de este artículo nos centraremos en desglosar la confusión en torno a las diferencias entre las ideas y aquellas personas que sostienen tales ideas. Pues, para llegar a conocer la verdad, es necesario salvarse de cometer errores elementales, que, a pesar de ser elementales, suelen frecuentemente abundar en el mundo de la argumentación.
Aunque tales errores tengan un poder de convención, retórico, bastante fuerte, no tienen nada que ver con la verdad, su valor y las diferentes ramas en las cuales ésta se manifiesta. Vamos a ocuparnos de estos asuntos en lo que sigue.
Sustantividad distinta de las personas y de las ideas que éstas sostienen
Frecuentemente, a la hora de realizar alegaciones de la verdad1, las personas no suelen efectuar las correspondientes diferencias entre aquello que sus interlocutores defienden y los interlocutores como tal. Pues, la idea y la persona tienen esencias marcadamente diferentes. Una idea es aceptada por una persona, nunca viene inherentemente dada en la persona. La idea, en tanto fenómeno estrictamente mental, personal y subjetivo, no existe fuera del sujeto, el sujeto es quien la aprehende, quien la toma en tanto la estima verdad, y niega todas las alegaciones que contraríen a esta. Pero la idea para ser aceptada por el sujeto requiere de un proceso de reflexión, que produce como desenlace la representación mental de esa idea como parte de la verdad. Ahora bien, tal idea, como se deviene del desarrollo previo, no es algo propio del sujeto, bien puede estar presente en él como no estarlo. Su presencia en el sujeto X es contingente, mas no necesaria.
Por lo tanto, el intento de descalificar una idea en base a la descalificación de la persona que, contingentemente, la sostiene no deja de ser un recurso ineficaz para alcanzar el fin apetecido, pues se confunde lo que se busca atacar, o rebatir –para ser más exactos–, con aquel que defiende lo atacado, o rebatido.
Este tipo de error es muy común en las personas que buscan alguna clase de objetivo retórico, en cuyo caso no habría error argumentativo alguno sino sólo alguien que deliberadamente comete un error con el fin de ganar un debate; y en aquellos que desconocen, incluso, distinciones tan elementales como aquellas antes esbozadas entre ideas y personas.
La primera situación, argumentativamente hablando, no deja de ser irrelevante, pues el que se hace el –más no resulta ser– desentendido en una materia es simplemente un mentiroso que conoce la verdad pero la omite, motivado por fines ajenos a la moral. Sucede que, en determinadas circunstancias, los interlocutores evalúan que la verdad no posee tanto valor retórico como la mentira bien presentada. Por lo tanto, se apela a la mentira, en este caso, la confusión de las personas con la idea, con el objetivo de salir victorioso de una discusión. No obstante, el sujeto que miente es perfectamente consciente de cómo es el orden de las cosas, de la verdad.
La segunda situación sí se nos presenta como más sustanciosa desde el punto de vista de la argumentación. Pues, en ese caso, sí estamos en presencia de un error intelectual. Aquel que, ni la lógica más elemental conoce, y planeta la igualdad de esencia entre la idea de su interlocutor y éste último, no es alguien personalmente consciente de la verdad, bien al contrario, el sujeto la omite y como producto de ello al tener que afrontar una duelo de ideas y verse en apuros se ve obligado a soltar sandeces como esas. No hay en este caso objetivo retórico alguno detrás de la falla argumentativa, solo mera ignorancia del sujeto actor. Y aunque desde el punto de vista moral nada pueda decírsele al equivocado sujeto, sí, es una situación, la suya, en la cual la verdad toma el papel principal; no quedando relegada a un segundo plano como en el primer escenario por parte del mentiroso, que la relega a un segundo plano colocándola detrás de retórica y el engaño.
A partir de aquí pueden explicarse bien dos tipos de falacias relacionadas con todo nuestro desarrollo: “Falacia ad hominem” y la “Falacia de autoridad”.
La primera no es más que una formalización de lo que dijimos hasta ahora, pues en esta falacia se ataca al sujeto portador de una idea y no a la idea del sujeto en sí. Por ejemplo: a Immanuel Kant, que además de ser uno de los filósofos más grandes de todos los tiempos, fue también profesor universitario de múltiples asignaturas, y lo fue de geografía, en puntual. Muchos, sin embargo, criticaban a Kant por el hecho, bastante conocido, de que nunca salió de su pueblo natal Königsberg, es decir, pensaban: “¿Cómo un hombre que nunca exploró nada más allá de su tierra natal puede impartir clases sobre cosas que nunca vio, sobre la composición material de lugares en los que nunca estuvo?”. Tal idea encierra el error de hacer recaer el peso del argumento sobre Kant como tal, su persona, y nunca sobre lo que él dijo sobre geografía.
En todo caso, debería probarse, más primordialmente, si es un requisito indispensable para poder ser alguien letrado en geografía el haber tenido la experiencia de haber visitado los lugares que uno pasa luego a describir geográficamente; y a partir de haber sentado ese principio general, pasar luego a la crítica de Kant en su carácter de profesor de geografía. Y en cualquier caso, si ese hipotético principio quedara asentado, el peso del argumento recaería no sobre la persona de Kant, sino verdaderamente en el error que cometió, al olvidar ese, repito hipotético, principio epistémico tan relevante de geografía.
La segunda falacia, la de “autoridad”, es un poco diferente, pero tiene un denominador común con la de “ad hominem”, pues ambas confunden la idea con el sujeto que la porta; sólo que, en este caso, se habla de que la verdad es verdad porque X sujeto lo dice. Es decir, la verdad sufre una subjetivación y particularización, al sujeto que afirma tenerla. Sin embargo, la idea de verdad, concebida como lo necesario, como lo que indefectiblemente ha de ser pensado de cierta manera, que niega otra posible explicación alternativa del asunto al cual la verdad alude, implica pensar en un sujeto que correctamente ha concebido la parte de la realidad a la cual se dirigió su cavilación. No supone hacer referencia a un sujeto en particular, como único posible portador de la verdad.
En realidad, aquella acepción de la verdad se refiere a una cierta forma de pensar o de dirigir las propias cavilaciones que cualquier sujeto racional puede llegar a tener, en potencia, pero que no es necesario que tenga. Por lo tanto, no existe un único portador de la verdad, sino que cualquiera puede llegar a serlo. De ahí que este tipo de afirmaciones, “Esto es cierto porque A lo dice”, sean una falacia o error argumentativo. Algunos ejemplos típicos de este error argumental, se ven cuando un interlocutor intenta sustentar sus ideas en una persona X, sin poder hacerlo por él mismo, remite a su contrincante a la obra de la persona X o cuando, fuera del marco de la argumentación, alguien en un texto hace una cita justificando una parte del mismo en base a lo que dice la obra de la persona citada, sin aportar por el mismo una verás justificación del texto.
Esto no implica, en verdad, que la persona que comete la falacia de autoridad no vaya, en realidad, a tener razón, aunque sea de casualidad. Pues, aun si subjetivamente no es consciente de la verdad de forma plena, tal que solo conoce la parte de la verdad que alude a la conclusión, siendo inconsciente de las premisas de las cuales se parte para esbozar esa conclusión, puede que aún la conclusión sea cierta, teniendo “razón” el falaz argumentador. “Razón” sólo en el sentido de que, con mucha suerte, llegó a conocer la conclusión de la verdad, sin saber el fundamento y trasfondo de la misma.
Notas
1 En El humano construye la verdad y los escollos en su camino, artículo publicado aquí, toco el tema de la argumentación más en profundidad.















