Leonardo Padura es para mí un gran escritor, no sólo por cumplir el oficio desde una escritura impecable, sino por ser "testigo insobornable de su tiempo" como pregonaba y lo hacía suyo Albert Camus. He leído casi toda su obra; es decir, no hablo aquí "por boca de ganso" ni menos por cultura de Twitter...
En términos de difusión de su obra, Leonardo Padura vive dentro de Cuba una suerte de "exilio interior", bajo una censura implícita, como contradictor de un proceso de terrible deterioro social, económico y anímico: una larga crisis, forzada en gran medida por el implacable y feroz asedio de la mayor potencia económica y militar de Occidente, los Estados Unidos de Norteamérica, durante sesenta y seis años, de manera ininterrumpida. Agravada –tenemos que reconocerlo– por políticas equívocas y por una conducción errática y extemporánea, anclada en los 70, que acalla y coarta todo tipo de disidencia interna, aun la que proviene de intelectuales honestos.
A Padura "le duele Cuba" como a Unamuno le dolía España. Auténticos patriotas –ambos– que entienden la Patria como algo más que una faltriquera repleta ante un idílico paisaje de multitiendas o como fuente de recursos para justificar odiosos privilegios... Lo digo porque me asquea el coro de ahítos de Miami que claman a Donald Trump para que complete su execrable asedio con una intervención militar, "lo antes posible". Para ello, a través de una publicidad digna de la Coca-Cola o de McDonald's, muestran a un grupo de "patriotas" cebados, vestidos de cowboys, preparando el regreso en aras de revivir la nostalgia de la era de Fulgencio Batista.
Con un desparpajo de ignaros, hablan de la Cuba de inicios de los 50, como de un paraíso perdido, una tierra de gran prosperidad, libre al modo ideal de plutócratas y proxenetas multinacionales. Es decir, la Revolución Cubana ha sido para ellos una maldición diabólica, advenida gracias a un grupo de malignos que derrocaron a un gobierno legítimo y benefactor, y sobre todo, próspero. La noticia histórica que teníamos de aquel tiempo previo era muy distinta –la sigue siendo, sin duda– que la exhibida por estos oportunistas de barra.
Por supuesto, estos exiliados a dólar el minuto carecen por completo de capacidad para llevar a cabo un mínimo análisis histórico. Sólo esgrimen argumentos llenos de odio y lugares comunes, descalificaciones sonoras desde el podio de los satisfechos.
Frente a la dolorosa y amarga situación que acosa al pueblo cubano, sólo me cabe traer a la memoria los días lejanos de inicios de 1959, cuando teníamos dieciocho febreros a cuesta y nos enterábamos por la radio, con una mezcla de asombro y esperanza, del triunfo de los revolucionarios encabezados por Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y el Che Guevara. Para nosotros, bisoños idealistas de la utopía, se abría la posibilidad de auténtica liberación del "patio trasero" de Washington, contra viento y marea.
No fue así, por cierto. Catorce años más tarde asistiríamos en casa a la muerte del presidente socialista, Salvador Allende, luego a los crímenes y atrocidades sin cuento durante los dieciocho años de nuestra "larga noche de piedra". De esto ya se habla menos. La ceniza del tiempo va ahogando las palabras cada vez con mayor celeridad. Las noticias y la memoria de ellas tienen menos duración que el lapso de una abeja sobre la flor, salvo si se encadenan ex profeso para extenderlas hacia un fin tan necesario como la defenestración de un gobernante o el asesinato anunciado de opositores molestos.
La Historia no ha muerto, como anunciara un opinólogo japonés, pero su existencia ha sufrido un pasmoso recorte: lo que realmente ocurre es lo iniciado en el tercer milenio y su registro es, fundamentalmente, el rectángulo negro que llamamos "celular" o "iphone", un objeto poderosísimo que, entre otras proezas, parece haber terminado con la lucha de clases. Su posesión es más democrática y transversal que todas las teorías sociopolíticas hasta hoy conocidas. Incitante sin horizontes, opioide barato, reduce los tradicionales ámbitos de la felicidad y sus expectativas a una burbuja íntima y al mismo tiempo procaz. El individuo y el todo se unen, como Narciso penetrando su espejo. El pasado que nutría la civilización, la cultura y las artes, es hoy un planeta yermo que orbita el limbo.
Ayer terminé la novela testimonial de Padura (todo lo suyo es testimonio de lo que duele a los cubanos isleños y a él mismo), Ir a La Habana. Entrañable texto del que resuenan en mí las palabras de un lúcido y afectuoso ciudadano habanero:
Pero los organismos vivos, como debe ser, corren diversos riesgos intrínsecos a su condición: enfermedad, afeamiento, envejecimiento. Su espíritu, por su lado, puede estar aquejado de depresión, desidia, deterioro moral. Y todos esos padecimientos, lamentablemente, hoy los sufre La Habana. Con la notable excepción de una parte de su casco antiguo, esa Habana Vieja donde en las últimas décadas se concretó un proyecto de rescate de su fondo físico, mi ciudad ha sufrido un visible proceso de deterioro o deconstrucción en virtud del cual se han ido borrando o deformando demasiados sitios de referencia.
Ha sido un tránsito en el que los edificios en distintos niveles de deterioro y aquejados por la atávica falta de pintura han sido acompañados por la devastación de las vías, el empobrecimiento de espacios públicos (parques, plazas), el florecimiento de vertederos de desperdicios. Ha sido un fenómeno generado por una mezcla de precariedad económica y desidia institucional y que ha tenido además el efecto de contaminar con su invasiva presencia los comportamientos individuales que se manifiestan en una alarmante pérdida del sentido de urbanidad y de pertenencia ciudadanas, abocando a la villa a ese doloroso estado que provoca sus alaridos. Junto a esas ruinas, La Habana de hoy exhibe otros rostros que acentúan esa sensación de extrañamiento o «ajenitud».
El florecimiento de pequeños negocios privados es una de esas señales: desde cafeterías y establecimientos de cierto lujo hasta candongas callejeras de resonancias tercermundistas. En las casas, mientras tanto, ahora pululan los carteles ofreciendo la venta de inmuebles que nadie compra, pues los que pudieran hacerlo prefieren emigrar, como los que ofertan sus casas a precios casi ridículos. Como cualquier organismo vivo, las ciudades reclaman afectos y desde hace décadas La Habana ha recibido pocos con la abundancia exigida. Hoy, tal vez, recibe menos caricias que nunca. Y mi sentido de pertenencia sufre con ese proceso que me hace preguntarme incluso si alguna vez, de tan ajena y por momentos hasta tan hostil, de tan desfigurada y con el alma en pena, yo también dejaré de sentir que La Habana todavía es mi ciudad.
Nunca pude ir yo a La Habana, ni siquiera desde Galicia, aunque, cuando residía en el horroroso Chile de Pinochet, recibí una invitación para un congreso de escritores en La Habana; tramité la visa, a través de la Embajada de Venezuela, en Santiago, y me fue otorgada, sólo que un mes después de concluido el encuentro...
Será ya en otra vida de las muchas que me ofrece Buda. Espero que entonces Cuba no sea otro balneario como el que proyectan hoy para Gaza los dueños arteros del reino de este mundo.















