La industria cinematográfica no solo construye historias, también diseña identidades de consumo.

A partir de la intencionalidad burguesa, se segmenta al público a partir de etiquetas identitarias que parecen accesibles y coherentes, cuyo germen se gesta de manera espontánea en los espacios sociales, pero cuyo objetivo luego es absorbido y desdibujado por las organizaciones que controlan el consumo.

Esta fragmentación intelectual permite al espectador sumarse a una identidad predefinida como forma de pertenencia simbólica, mitigando la angustia de sentirse aislado o irrelevante.

Cada película, personaje o conflicto social funciona así como un punto de anclaje: la narrativa satisface necesidades de reconocimiento, mientras la publicidad y el merchandising refuerzan la pertenencia a esa fracción del mercado.

La ilusión de agencia y autenticidad —“esta historia es para mí, refleja lo que pienso o siento”— se convierte en un motor que incita a gastar para ser. Más que persuadir sobre un producto, la estrategia busca que el espectador adopte una identidad que lo ubique dentro del circuito social y comercial.

En este esquema, la fragmentación intelectual no es un accidente: es funcional. Divide al público en microgrupos, cada uno con sus deseos, valores y aspiraciones, mientras los medios y la publicidad garantizan que cada segmento se sienta visto y comprendido.

La angustia existencial de la falta de pertenencia se sustituye por la integración en una etiqueta (listo para su consumo), transformando el reconocimiento simbólico en fidelidad.

Superman (2025): un espejo del espectador contemporáneo

El estreno de Superman, dirigido por James Gunn, se convirtió en un punto de observación ideal para comprender cómo funciona hoy la relación entre cine, redes sociales y público. No se trató solo del reinicio de un ícono cultural, sino también de un laboratorio donde se midieron ansiedades colectivas, caprichos digitales y expectativas bastante difíciles de satisfacer.

Antes incluso de que la película llegara a las salas, las discusiones ya estaban encendidas. La elección de David Corenswet como el nuevo Clark Kent desató comparaciones inmediatas con Henry Cavill, al que muchos fans todavía reclamaban.

Ese reclamo se extendió en foros, hilos de X y videos de YouTube: una presión previa que convirtió el casting en parte del espectáculo, antes que la obra misma.

El propio Gunn decidió incorporar una mirada distinta sobre el personaje. Lo presentó no solo como héroe, sino como un inmigrante que debe convivir entre dos mundos. En paralelo, simplificó rituales clásicos: Lois Lane conoce desde el inicio la doble identidad de Clark. Para algunos, fue una decisión natural; para otros, un sacrilegio. El gesto muestra cómo cada detalle de un relato se convierte en un campo de batalla simbólico en las redes.

La película fue bien recibida por la crítica, con un consenso que la ubica como un regreso fresco, optimista y colorido en el universo DC. Sin embargo, ese mismo tono “esperanzador” se volvió objeto de reproches: sectores del público lo consideraron demasiado amable, poco fiel al dramatismo oscuro que las adaptaciones recientes habían instalado.

Una vez más, el problema no fue el film en sí, sino la colisión entre la obra y la versión idealizada que los espectadores cargaban sobre sus hombros.

Las discusiones en internet transformaron escenas en armas discursivas. Unos celebraban la moral incorruptible del nuevo Superman; otros lo ridiculizaban por blando o moralista.

La multiplicación de estas posturas generó un ruido que muchas veces eclipsaba la experiencia cinematográfica. La película se veía, pero sobre todo se “twitteaba”, se recortaba en clips, se comentaba en lives. Su vida como obra parecía quedar supeditada a la vida como tendencia.

Este fenómeno ilustra el proceso de infantilización del espectador contemporáneo, que a la vez funciona como un ninguneo intelectual. En lugar de aproximarse a la película como una propuesta artística autónoma, el público la mide contra un catálogo de deseos personales.

Cuando no se cumplen, aparecen gritos simbólicos: hashtags enojados, montajes burlescos, campañas de boicot. El debate ya no se centra en lo que la película ofrece, sino en lo que “me debe” como fan.

Paradójicamente, en una época en que prima la tolerancia y aceptación de las neurodiversidades, el consumo de contenido empuja a limitar el despliegue del pensamiento del sujeto, más allá de sus posibilidades tanto individuales como de conjunto.

En Superman (2025) se observa cómo la cultura de redes convierte a los héroes en espejos distorsionados. Lo que antes era un mito compartido, ahora es terreno de reclamo privado. Esa tensión entre lo que el cine crea y lo que el espectador exige explica tanto la vitalidad como la fragilidad de los íconos modernos.

Un desafío abierto

Satisfacer las necesidades simbólicas del sujeto, ofrecer identidades listas para consumir y segmentar audiencias según aspiraciones y valores no solo garantiza visibilidad y fidelidad, sino que convierte a la obra en un instrumento para atraer y vender.

La angustia de no pertenecer se transforma en oportunidad: cada película ofrece pertenencia simbólica y reconocimiento, al tiempo que consolida relaciones de consumo.

Así, la experiencia cinematográfica deja de ser exclusivamente artística para convertirse en un nodo estratégico donde entretenimiento, identidad y mercado se entrelazan de manera inseparable.

El porvenir de la industria depende de cómo se gestione esta tensión, en este marco de cambios constantes. Si todo se reduce a complacer caprichos, el riesgo es un ecosistema plano, previsible y efímero.

Si, en cambio, los creadores encuentran modos de dialogar con el espectador sin entregarse por completo a su instancia de comportamiento primario, tal vez logren abrir nuevas formas de experiencia.

Mientras tanto, los productores corren detrás de la tendencia, tan rápido como la energía terrenal se los permite. El nuevo grito de la moda siempre está presente.