El resplandor que devora

En la tradición cultural occidental, la belleza ha sido celebrada como un don, una gracia, incluso una forma de verdad. Desde Platón hasta las pasarelas contemporáneas, el fulgor de lo bello se asocia con lo divino, con lo eterno, con aquello que trasciende lo perecedero. Sin embargo, The Neon Demon (2016), dirigida por Nicolas Winding Refn, desmonta ese mito y lo convierte en una pesadilla luminosa.

La película nos advierte desde el inicio: la belleza no es un regalo, sino una trampa. No se contempla inocentemente, sino que se devora, se fagocita, se sacrifica. Y en ese banquete simbólico, el deseo de poseer lo bello no puede separarse de la pulsión de destruirlo.

Refn convierte la historia de Jesse —una joven aspirante a modelo recién llegada a Los Ángeles— en una parábola sobre el canibalismo estético y la necrofilia cultural. Su recorrido no es el de un ascenso triunfal ni el de una caída melodramática, sino el de una lenta inmolación ante el altar de lo bello. Y en cada cuadro, en cada reflejo, en cada luz de neón, late una pulsión de muerte que revela el carácter sacrificial del deseo contemporáneo.

La belleza como cadáver: un prólogo inquietante

El film se abre con Jesse inmóvil sobre un sillón, maquillada de forma impecable, con la garganta cortada y la sangre derramándose sobre su cuerpo. No está muerta: es parte de una sesión fotográfica. Pero el efecto es claro. Antes incluso de caminar, de hablar, de existir en el relato, Jesse aparece como un cadáver estetizado. La belleza, en este universo, no florece: yace, expuesta, lista para ser contemplada.

Esta escena inicial condensa la lógica que guiará toda la película. La belleza no es un atributo vital, sino una forma de muerte anticipada. El maquillaje, la sangre artificial, la inmovilidad, convierten al cuerpo en objeto antes que en sujeto. Jesse no es todavía Jesse: es superficie, es espectáculo, es promesa de consumo. La necroestética del inicio no es un gesto aislado, sino una advertencia: la historia que veremos será la de una belleza que atrae, fascina y, finalmente, destruye.

El hambre de lo bello: espejos, pasarelas y rivales

Cuando Jesse ingresa en el mundo de la moda, lo hace con la pureza de quien todavía cree en la inocencia de su fulgor. Su belleza natural, casi virginal, despierta fascinación inmediata. Los fotógrafos, diseñadores y agentes la observan como si fuera un hallazgo raro, un diamante en bruto. Pero pronto descubrimos que su brillo no despierta admiración desinteresada, sino un hambre voraz en quienes la rodean.

Las modelos veteranas, Gigi y Sarah, no ven en ella a una colega, sino a una amenaza. Cada mirada es un acto de canibalismo en potencia: contemplar a Jesse es desear devorarla, absorber su frescura, su juventud, su promesa de eternidad. La pasarela no funciona como escenario de consagración, sino como ring de lucha, donde cada cuerpo expuesto amenaza con aniquilar al otro.

Los espejos, omnipresentes, multiplican esa lógica. No solo reflejan: duplican, fragmentan, borran la identidad en un juego de apariencias. Jesse se mira y se pierde en su propio reflejo, mientras las otras la miran como si su imagen fuera un manjar que deben arrancarle a la fuerza. El espejo no devuelve una verdad interior, sino un eco vacío que alimenta la voracidad de la mirada ajena.

Erotismo y violencia: la fusión inevitable

En The Neon Demon no hay deseo sin violencia. La atracción estética no es contemplativa, sino predatoria. Los desfiles, las sesiones fotográficas, los encuentros nocturnos, todos cargan con una tensión erótica que desemboca en agresión simbólica o literal.

El cuerpo femenino, lejos de ser celebrado en su vitalidad, aparece diseccionado, cosificado, reducido a partes. La cámara de Refn insiste en los labios, en los ojos, en la piel como superficie tersa, desprovista de humanidad. Es un cine que erotiza y al mismo tiempo mutila, que acaricia con la lente pero lo hace con la frialdad de un bisturí.

Esa fusión entre erotismo y violencia alcanza su clímax en la famosa escena necrofílica: una de las rivales de Jesse, frente a un cadáver embalsamado en una funeraria, proyecta en él su deseo frustrado, su incapacidad de alcanzar la perfección que la belleza juvenil de Jesse encarna. La pulsión erótica se derrama hacia lo muerto, revelando que, en este universo, el deseo no busca vida, sino inmovilidad, perfección congelada, ausencia de tiempo.

El canibalismo como revelación

El momento más recordado de la película llega en su desenlace, cuando Jesse es asesinada y literalmente devorada por sus rivales. Lo que hasta ese instante era metáfora se convierte en acto explícito: la belleza no solo se contempla, se consume. El cuerpo de Jesse, antes intacto y sublime, se convierte en alimento, en materia que debe ser absorbida para sostener la ilusión de juventud de quienes la rodean.

Este canibalismo no debe leerse como un giro grotesco gratuito, sino como la verdad que estaba contenida desde el inicio. La moda, la publicidad, la cultura del espectáculo no veneran la belleza: la fagocitan. Cada nuevo rostro fresco implica la caducidad de los anteriores. La juventud se convierte en moneda de cambio, y el brillo de unos se compra con el sacrificio de otros.

La escena final, con una de las modelos expulsando el ojo de Jesse tras haberlo ingerido, condensa esta lógica en un gesto brutal: la belleza no alimenta, envenena. Lo que se devora termina expulsado, lo que parecía fuente de vitalidad se transforma en desecho. El ciclo caníbal de la belleza no sacia, solo perpetúa el hambre.

Pulsión de muerte: la necroestética del neón

Más allá de la literalidad del canibalismo, The Neon Demon se construye sobre una atmósfera de pulsión de muerte. La luz de neón, omnipresente, no ilumina: mortifica. Las pasarelas, lejos de ser escenarios de vida, parecen ataúdes iluminados. Los personajes se mueven como espectros, atrapados en un circuito donde cada gesto estético anuncia su propia caducidad.

Freud definía la pulsión de muerte como ese impulso humano hacia la destrucción, hacia el retorno al estado inorgánico. En la película, esa pulsión no aparece como abstracción psicológica, sino como estética: cada plano, cada encuadre, cada silencio, está cargado de una inmovilidad espectral. La belleza no conduce a la plenitud vital, sino al deseo de fosilización, de ser estatua, de no envejecer jamás, aunque eso implique ser cadáver antes de tiempo.

El altar de la moda: sacrificio y rito

La moda, en The Neon Demon, se revela como una maquinaria ritual. No hay desfile que no sea una ceremonia sacrificial. Jesse, al convertirse en el centro de atención, no asciende: se inmola. El escenario, los flashes, los aplausos funcionan como cantos litúrgicos que preparan la ofrenda.

La estética del film acentúa esta dimensión ritual: los colores saturados, los encuadres simétricos, los silencios prolongados, convierten cada escena en un acto ceremonial. Y como todo rito, exige víctimas. La belleza juvenil es la materia prima, el cuerpo que debe ser ofrendado para que la maquinaria del deseo continúe funcionando.

Insectos hacia la luz

The Neon Demon es, en última instancia, una parábola sobre la fascinación humana por lo que brilla demasiado. Jesse muere no por azar, sino porque su fulgor resulta insoportable en un mundo donde la belleza no se comparte, se devora. En su sacrificio se condensa la verdad del espectáculo contemporáneo: lo bello no se contempla con inocencia, se fagocita, se convierte en carne de consumo.

Bajo el resplandor del neón no hay promesa de eternidad, sino la certeza de que todo fulgor está condenado a extinguirse. Y sin embargo, seguimos acercándonos, hipnotizados, como insectos atraídos por una luz que terminará por quemarnos. La película no ofrece redención ni moraleja, pero sí un espejo: el de nuestra propia voracidad frente a lo que consideramos bello. Un espejo que, al mirarlo, devuelve no solo nuestro reflejo, sino también nuestra sombra.