En un lugar distante, había un reino llamado Lobreguez. Estaba repleto de troncos que alcanzaban alturas inimaginables y que, a pesar de su delgadez, soportaban cualquier tipo de carga, manteniéndose erguidos en todo momento. En este mundo, la luz del sol no entraba por la espesura de esos árboles.
Los lobreguenses, habitantes del reino, eran de piel sombría. En lugar de labios, apenas se les dibujaban en el rostro unas líneas delgadas. A diferencia de la boca, los ojos y las orejas eran enormes, debido a su importancia como herramientas para las labores cotidianas. Respiraban a través de dos minúsculos orificios, arriba de lo que parecía una boca.
Vivían en la penumbra y se afianzaban con destreza a las partes bajas de los troncos. Por hallarse casi adheridos a los árboles, sus piernas y brazos eran cortos. El origen de estos seres representaba un misterio. Ni ellos sabían por qué se encontraban ahí. Tampoco se lo preguntaban ni tenían curiosidad por conocer qué altura habían logrado aquellos troncos en otros tiempos. No les interesaba, porque ni siquiera veían hacia arriba. Mantenían fija la mirada en los troncos, concentrados en hacer sus labores sin descanso. Eran muy trabajadores.
En cada tronco, vivía un lobreguense. Su labor consistía en arrancar las hojas que salían. Con una destreza prodigiosa, rodeaba los troncos con las piernas y con las manos extirpaba con rapidez cada hoja. Al momento en que arrancaba una, otra salía, lo que convertía el trabajo en interminable. Al podar las hojas de manera permanente, los troncos, en lugar de crecer hacia arriba, se enterraban, crecían hacia el interior de la tierra, donde aguas profundas alimentaban sus raíces.
Este extraño crecimiento invertido hacía que los lobreguenses permanecieran siempre en el mismo lugar. Semejaban pequeñas máquinas grises que fijaban la mirada en el tronco y advertían nuevos brotes verdes que por instinto extirpaban una y otra vez.
No hablaban, no tenían nombres, no les daba sed ni hambre; nunca dormían ni reían. Nadie entraba. Nadie salía. No existía otro tipo de seres en ese lugar, con excepción de un vigilante oculto. Era el único que podía hablar. Con una voz que parecía provenir del centro de la tierra, dirigía las labores imparables de todos los habitantes del reino. Era extraño. Las palabras eran siempre las mismas:
—¡Una más ahí! ¡A cortar sin parar! —la voz solemne y retumbante les ordenaba una y otra vez—. No intenten mirar la luz del sol; si la ven, caerán del tronco y morirán.
Cierto día, un lobreguense que trabajaba igual que todos, al oír la voz ensordecedora del vigilante, sin saber por qué y sin dejar de cortar las hojas, advirtió otra voz que preguntaba:
—¿Qué es la luz del sol?
Esta voz venía de su interior, aunque él no lo sabía, como tampoco sabía qué era el sol, aún cuando salía todos los días, pues lo tupido de las copas no dejaba pasar la luz. Siempre miraba al tronco del que se sostenía con pericia mientras cortaba cada hoja.
De pronto, una de las hojas que acababa de salir llamó la atención del lobreguense. Era de un verde más claro que las otras. En vez de arrancarla, la tocó con delicadeza: era tan suave que no quiso extirparla. Por primera vez se detuvo, a pesar de que la voz estridente del vigilante repetía:
—¡Una más ahí! ¡A cortar sin parar! No intenten mirar la luz del sol. Si la ven, caerán del tronco y morirán.
Observó la pequeña hoja. Absorto, no se dio cuenta de que su tronco empezaba a llenarse de más hojas verde claro. Por primera vez también miró su entorno, que, a causa de la oscuridad, apenas podía distinguir. Sintió un estremecimiento. Gotas de agua salieron de sus ojos y rápidamente bajaron a las comisuras de líneas delgadas que se extendieron formando una gran curva hacia arriba, por aquella sensación que le recorría el cuerpo. Escuchó un ruido extraño que le retumbaba cerca del pecho. Las hojas seguían y seguían brotando. Y como no las cortaba, cuantas más hojas salían, el tronco menos se enterraba; al contrario, subía.
Volvió a mirar alrededor. Sintió ardor en los enormes ojos, pero podía ver mejor: ya no había penumbra. El tronco subía veloz y la claridad aumentaba; el árbol se separaba de los demás extraños seres pardos, quienes, al podar las hojas sin cesar, hacían que sus troncos permanecieran en el mismo lugar.
Un enorme y brillante disco rojizo salió en el horizonte. El lobreguense lo miró y la voz interna, que ahora escuchaba con fuerza, decía:
—¡Esa es la luz del sol!
Aquella primera hoja que no arrancó había crecido: era más grande que el mismo lobreguense. Se movía cadenciosa con la ayuda del viento, invitando al extraño ser a posarse en ella. Sin saber por qué, se separó del tronco y se recostó en la hoja verde y suave.
A lo lejos, las nubes se unían unas con otras en una especie de ritual. El cielo era azul claro y el disco rojizo se tornó dorado. Sus enormes rayos entraban y salían por algunos huecos entre las nubes. La hoja siguió creciendo, acercándose a aquellas formaciones de vapor. Con suavidad, la hoja dejó caer al lobreguense en los cúmulos de nubes que se transformaron en una cuna para recibirlo con gran delicadeza. Poco a poco, con la ayuda del viento, las nubes fueron bajando y depositando la cuna sobre la tierra.
Cuando el lobreguense tocó suelo, emergieron plantas de todos los tamaños. Valles y montañas se formaron, ríos con agua cristalina centellearon a lo lejos. Germinaron pastizales, surgieron arboledas que al instante ofrecieron todo tipo de frutos. Flores de colores se observaban por doquier.
Recostado en la tierra, el lobreguense, tímido, se puso de pie por primera vez. Sintió hambre y sed. Con torpes pasos, se acercó a un río y, al agacharse, contempló su reflejo en el agua. Él no lo sabía, pero su rostro y su cuerpo se habían transformado. Tenía nariz y boca, y el torso más largo, al igual que las piernas. Se miró las manos. Acercó una de ellas en forma de cuenco al río y la llenó de agua, llevándosela con torpeza a la boca. Percibió un estremecimiento en el cuerpo y una segunda vez, con mayor habilidad, se llevó más agua a la boca.
Esa noche se acostó en un llano para contemplar las estrellas. La voz interna que oía con fuerza dijo:
—¿Acaso a mis compañeros les pasará lo mismo que a mí? ¿Por qué yo estoy aquí y ellos no? ¿Y si voy por ellos? —Recordó la voz del vigilante. Su cuerpo tembló y así descubrió el miedo. —Debo enfrentar al vigilante —pensó decidido y luego dudó —¿Cómo podría yo enfrentar algo que no conozco?
Después de hacerse muchas preguntas, se quedó dormido. Despertó cuando la luz del sol le calentó la piel, que ya no era gris. Se levantó decidido y, como ya conocía el hambre y la sed, guardó frutas en unas hojas, hizo un hoyo a un coco de agua con una piedra filosa y lo volvió a tapar.
Caminó hacia su antiguo reino y se dio cuenta de que sentía frío. La luz del sol se había apartado y ya no lo calentaba. No le importó: siguió adelante. Ya muy cerca del lugar, oyó la voz del vigilante y un escalofrío recorrió su cuerpo.
—¡Una más ahí! ¡A cortar sin parar! No intenten mirar la luz del sol. Si la ven, caerán del tronco y morirán.
—Ahora sé qué es la luz del sol. Sin embargo, sigo aquí; la advertencia del vigilante es mentira. Lo que quiere es tenernos prisioneros. Voy a enseñarles a mis compañeros que estoy vivo.
Mientras se acercaba al reino, la voz retumbaba, pero caminaba deprisa, como si quisiera que todo terminara pronto. Entonces comprendió que también el miedo podía ayudarlo a salvarse del peligro.
No tenía armas para enfrentar al vigilante y nunca había luchado contra nadie. Aun así, estaba decidido a demostrar que la luz del sol concedía la vida.
Descubrió una entrada bajo unos matorrales llenos de espinas. Se agachó porque ya era más alto y se metió. Todo estaba muy negro, pero él sabía mirar bien en la oscuridad. Se topó con un largo túnel lleno de arañas y avispas que le picaron el cuerpo. Sintió pinchazos en piernas y brazos, y quedó lleno de ronchas. Así descubrió el dolor.
Encontró una escalera. Se puso una mano en el pecho porque algo le golpeaba con gran fuerza. Se animó y continuó su camino.
—¡Una más ahí! ¡A cortar sin parar! No intenten mirar la luz del sol. Si la ven, caerán del tronco y morirán.
Oía la voz tan cerca y fuerte que se tapó las orejas. Ya no eran tan grandes. Se detuvo al mirar una raya de luz muy delgadita en el piso. Miró hacia arriba y encontró una puerta. Cuando estaba a punto de abrirla, sintió un fuerte latigazo que lo apartó y le provocó mayor dolor. Se volvió asustado y, con la poca luz que había, pudo ver lo que parecía un enorme tronco lleno de hojas ásperas y puntiagudas que emitía ruidos que le lastimaban los oídos. Tenía dos agujeros en el centro que parecían ojos y otro por el que salían los horribles ruidos. De cada lado, dos ramas se movían como si fueran brazos. Una de las ramas lanzó otro latigazo que le alcanzó el pecho y lo lazó como si fuera una vaca.
No podía verse, pero sintió que un líquido caliente le recorría el cuerpo y por primera vez gritó. Un poco asustado por su propio quejido, trató de zafarse del látigo que cada vez lo apretaba más y lo acercaba hacia el horrible hoyo por donde salían los ruidos. Con tanto forcejeo, los troncos cercanos se movían y uno de sus compañeros cayó al piso, muy cerca de él.
—¡Ayúdame! —le dijo en una extraña lengua y así conoció la angustia.
Atolondrado, el compañero se levantó del piso y sintió ahora un latigazo que también lo envolvió. Ambos lobreguenses se movían en la penumbra y la voz del vigilante no dejaba de oírse. Se miraron y sin decir nada comprendieron lo que tenían que hacer: lo que siempre habían hecho. Como pudieron, se liberaron los brazos y arrancaron las hojas puntiagudas que les cortaban las manos. El tronco hacía ruidos terribles cuando le extirpaban las hojas.
—¡Una más ahí! ¡A cortar sin parar! No intenten mirar la luz del sol. Si la ven, caerán del tronco y morirán.
Escuchaban al vigilante y sus manos se movían más rápido cada vez. El tronco ahora se retorcía y parecía que perdía fuerza. Los látigos que los ataban se debilitaron y ambos lobreguenses cayeron al piso. Con rapidez rodearon al tronco y entre los dos le arrancaron todas las hojas hasta acabar con las que tenía.
Un ruido ensordecedor salió del agujero del tronco y se empezó a secar hasta convertirse en polvo. Los dos seres se miraron y se abrazaron. Podían sentir en el pecho un tambor que les retumbaba. Así descubrieron la alegría.
Se dirigieron a la puerta. Al abrirla hallaron a otro como ellos, solo que se veía muy arrugado. De su cabeza salía una escasa cabellera blanca que llegaba al piso. Estaba sentado en una silla de piedra pegada a una pared. En la boca tenía un tubo que funcionaba como altavoz. Sus manos y pies, atrapados en gruesas y pesadas cadenas ancladas a la silla. Al lado, en una mesita también de piedra, una vela diminuta parecía no gastarse.
Cuando el vigilante los vio, dejó de hablar y sus ojos enormes se llenaron de agua clara. Así aprendieron lo que es la tristeza. El anciano bajó la cara y levantó las manos y los pies para mostrarles que se hallaba encadenado y pedir la libertad. Él también, como los otros compañeros, se encontraba preso. El lobreguense, con la ayuda de la luz de la velita, buscó en aquel horrible calabozo. Encontró un fierro que utilizó para abrir los candados que fijaban las cadenas al piso. El vigilante hizo una reverencia y lloró como un niño cuando lo encontraron después de haberse perdido. Así aprendieron la gratitud.
El lobreguense les enseñó la salida. Sintieron los pinchazos de las espinas y los aguijones de las arañas y las avispas, pero parecía no importarles. Al alejarse un poco, la luz del sol calentó sus cuerpos. El anciano vigilante y el compañero sintieron el calor del sol y su piel sombría se iluminó.
El lobreguense les ofreció fruta y agua de coco. Sintieron que algo los recorría por dentro. El viejo y el compañero sonrieron por primera vez. Así juntos conocieron la libertad.
Como la voz del vigilante se detuvo, los demás lobreguenses subían en lugar de permanecer en el mismo lugar. El viento los llevó hacia las nubes y caminaron rumbo a las cunas que se habían formado para cada uno de ellos. Los tres amigos los ayudaron a salir. Ya fuera, todos se abrazaron emocionados.
El lobreguense les compartió lo que tenía y les enseñó lo que sabía. Miraron alrededor y emprendieron una marcha firme y decidida. Recorrieron los valles y montañas que habían surgido; probaron todos los frutos y se sumergieron en los ríos.
Con el paso de los años, los troncos se habían llenado de hojas y los habitantes de ese reino emigraron. No eran ya lobreguenses. En la extraña lengua que crearon, se nombraban Tat Rah Muctis, cuyo significado es “los que renacen al mirar el sol”, y al pardo ser que los liberó lo llamaron Zah Rur, que en nuestra lengua significa “el primero”.















