Conoces el reglamento, le gritó, sabes que no puedes parpadear más de la cuenta. En realidad, aquel grito no lo había tomado por sorpresa, sabía que esa era la ley y que debía seguir observando la pantalla. Eran apenas las 10:15 y ya estaba muy cansado. En su mente, pasaba una enorme sábana blanca una y otra vez por una secadora industrial, alargaaaannndddoooo el tiemmmpppoo insoportablemente. No era más que el recuerdo lejano de otro trabajo aburrido que había hecho en Saint Jean D'illac.
Su turno era de 10 am a 7 pm, era entonces imperdonable que se sintiera cansado a 15 minutos de comenzar su labor. Recordó aquella mañana en la que lo citaron a entrevista, con el cabello bien peinado, corbata, zapatos en lugar de tenis y un pantalón gris de dacrón, el único más o menos elegante que tenía. Ese día llegó media hora antes de la cita. La secretaria lo recibió sonriente y le pidió el favor que esperara a los demás. Sin más remedio se sentó y comenzó a escribir en su libreta, más que nada pendejadas. Llegado el tiempo y los otros participantes, comenzó a verificar que no tenía con él su pluma y los nervios lo capturaron, por favor marquen la prueba con su nombre y número de identificación. La prueba comenzó con las mejores preguntas que había alguna vez leído:
¿Es usted amante de la televisión?
¿Cuál y por qué es su programa favorito?
¿Estaría usted dispuesto a repetir de nuevo su serie favorita?
Del 1 al 10, donde 1 es muy poco y 10 demasiado, ¿qué tanto le gusta el cine?
¿Prefiere el terror o el suspenso?
¿Le gusta disfrutar de una buena película en las mañanas o en las tardes?
¿Prefiere la acción o el drama?
¿Es adepto a los biopics?
La lista de preguntas era inmensa, alrededor de 300 preguntas. Luego de pasar una hora contestando trivialidades, la secretaría indicó que el tiempo para contestar la prueba había terminado y que las entrevistas para aquellos que pasaran el filtro de la prueba presentada serían en dos días. Dos días estuve pendiente de mi correo electrónico, pendiente y ansioso. Cuando el correo llegó y revisé que me habían programado para la entrevista, estuve tan feliz que pensé en cambiar el viejo teléfono que tenía, era la primera pulsión que tenía luego de saber que casi había asegurado algo de ingresos.
Ahora, de nuevo en la sala, no entendía cómo había aceptado el trabajo sin preguntar siquiera de que se trataba, volvía el incesante dolor de cabeza y el agudo deseo de parpadear. Como un elixir, llegó Miss Ruby y agregó gotas en mis ojos. Miss Ruby era lo único bueno que tenía el trabajo, pasaba con sus largas piernas meneando la cintura para dejarte unas gotas, mirándote a los ojos pero sin verte. En efecto, ella nunca se detenía a mirar a nadie, ni a mi ni a los demás.
Recordé entonces esa primera semana de trabajo. Era alguna de las temporadas y algún capítulo del medio cuando se celebraba la boda, los asistentes Sentados en sendas mesas de madera, agrupados por familias saludaba al dueño de casa mientras de la hermosa esposa del autoproclamado Rey del norte lucía una incipiente pancita debajo de su vestido descolorido. Minutos más tarde, el crespo Rey del norte, con un par de flechas clavadas en el pecho avanza arrastrándose hacia su destripada esposa que yacía ensangrentada, luego miraba fijamente a su madre y daba explicaciones con una mirada de horror. El dueño de casa, tan perplejo como feliz apuraba el trago de su copa para no dejar sola esa inspiración que le venía por la nariz.
Nunca amé más mi trabajo, no podía creer que me estuvieran pagando por repetir tan afamada escena ni tan premiado elenco. Sin embargo, más adelante, en las temporadas finales, el pelinegro aspirante a rey, protagonista, hijo bastardo del hasta ahora actor más reputado de la serie, resucita luego de ser muerto en combate. No podía creer tanta desfachatez, ni el príncipe Rama en el Ramayana había vuelto tantas veces a escena. Sentí como mi cabeza daba vueltas y como el tiempo comenzó a detenerse. Fue un instante tan perdurable, un momento tan fatídico como increíble, las palabras comenzaron a alargarse y los minutos comenzaron a ser segundos disfrazados de parodia. Colores claros ennegrecidos, luces oscuras, buenos convertidos en villanos, toda una fascinación hecha polvo. Desde ese momento todo comenzó a ir cuesta abajo como la rodada de Le Pera.
Mal, la segunda semana fue eterna. Eones de imágenes superpuestas se entrelazaron en mi mente. Veía al gato del bolso correr y sacar de su mágico equipo un violín que luego hacía sonar, mientras el doctor de los bigotes se rompía la cabeza pensando en la manera de atraparlo. Veía al gato del elegante sombrero, con huecos para que las orejas no se incomodaran, hablar con el otro gato de chillona voz, este último pequeño y regordete. Figuras gelatinosas, como hechas de mazapán, una grande otra pequeña, un rinoceronte de piedra, una figura gorilezca acorazada, un pequeño dragón que lanzaba luz de su cola y a papá mamá e hijo prehistórico luchando contra monstruos espaciales. En que momento había comenzado esa carrera de imágenes sin fin. Animales parlantes, humanos voladores, seres extraterrestres que invadían la tierra en otra tierra más azul.
Me dolía la cabeza, eran apenas las 11 am. Mi turno estaba lejos de empezar y estaba intentando parpadear de nuevo. El grito me sacó del letargo, conoces el reglamento, espetó. Ruby llegó en mi auxilio, sus brillantes ojos se posaron en los míos sin mirarme, de su riñonera sacó un pequeño frasco con un caucho que le permitía deslizar las gotas por mi retina reseca. Ni bien comenzaban a resbalar sentía que se evaporaban. La luz hacía de mis pupilas un minúsculo frenesí de imágenes que se repetían, se superponían. Ruby deslizó la segunda gota en mi ojo izquierdo, sus manos tenías esa suavidad de nácar pálido cuando las sentía en mi frente, eran los segundos más felices del día, el contacto de sus uñas, la sensación de su tacto, la suavidad de las gotas de vida que derramaba sobre mi.
Alguna vez había pensado o visto o leído que los seres humanos pensamos en imágenes y en palabras, algo así como el sistema binario. El intento de separar imágenes de palabras, de pensar en los árboles sin pensar en las palabras. Imagina el dragón que hay en tu interior decía el maestro Zen a su discípulo, incapaz de dibujar un dragón que jamás había visto.
Cuando salí, daban las 7:15 pm, al cerrar la sala escuche que Miss Ruby decía un adiós lejano como de otro tiempo. El largo corredor que me llevó a la avenida estaba tan iluminado como de costumbre, solo que al poner un pie en la acera pude cerciorarme que todo estaba tan iluminado como si fuera medio día, iluminado a pesar de no tener luz.















