A veces, en mi taller literario me preguntan por qué escribo como escribo. Y la respuesta es porque siempre escribí torcido y de lo retorcido, posiblemente, se pueda esperar algún cambio. Aunque sea la remota probabilidad de terminar bien.

Cuando comencé, a mis trece, seguí un patrón de versos y de estrofas, y de rima final. No sé bien por cuánto tiempo, quizás un año o dos. Después, mi escritura decantó en el cuento de terror o de ciencia ficción. De alguna manera, siempre hubo algo extraño en esa rasposa manera de redactar. Algo que no encajaba del todo y que llamaba la atención, tanto como era rechazada.

He concursado poco y he tenido algunas menciones especiales; no obstante, lo que más me gratifica es que desde distintos portales, grupos o editores independientes me invitan a sus compilaciones o a publicar artículos de opinión o relatos.

Realmente tengo pocas ganas de escribir, lo complicado de mi vida hace que termine agotado al cabo del día. La verdad es que no sé cómo tecleo, si dormido o en trance, pero mis dedos tironean. No tengo ganas, quiero descansar. Me martirizan los paralelos desencajados de mi cuerpo.

Escribir es un karma, el plagio de mí mismo, la última opción antes de la muerte. Duele. Es el puro masoquismo de los tendones, las articulaciones y los teclados.

¿Por qué escribo lo que escribo? Estoy enfermo de palabras. Son las pústulas de otras vidas que revientan para el blanco. Doy gracias.

Es probable que al morir siga imaginando frases en el pizarrón gris del esternón de la Parca y sea infinitamente iluminado. Alguien recobrará el valor de lo que he escrito, muy lejos en el tiempo.

En cuanto a la forma, bueno… la forma se deforma. Mis poesías se deben leer en voz alta para descubrir la canción. Hay algo, como una extraña onda sónica en vertical; porque la rima que debería estar allí, suele estar acá, y hace pico con la otra del final de la segunda o tercera frase. ¡Vaya cosa rara! Hay suficientes imágenes, que descuellan por su impertinencia, y recursos literarios sonoros, como la aliteración. Hay palabras, muy bellas y oportunas, del lunfardo. A veces, del inglés o de la inventiva. Pequeñas dosis de ellas.

Si buscara que alguien me entienda, de una, pues escribiría para el grueso gritón de la tribuna. Solo escribo para liberar mi alma de tanta furia, de la crisis con que el mundo me ha embadurnado. Escribo porque sí, y para aquellos que se le animen. Siempre habrá torcidos, aun en el universo de los empalados algorítmicos.

Les dejo estas poesías, profundamente mías, que no son las consentidas de la estética (aunque tienen trabajo duro); tampoco, las que han de ganar concursos. Solo entre desconocidos entendemos el pulso de nuestros delirios. Gracias por comprender.

Escribir, de todas formas.

Jabalina locamente

Arrojaste el halito a la milla torva,
curvando la cadera del asta calibrada.
Un misil pantimedias y llanto de madrugada;
allí va la danzante promesa que busca hacer diana.
Y no eres propia del potrero, ni de cierta planchada cancha donde hará blanco tu lanza;
solo flamea otro segmento del corazón partido,
el vestigio de la noche embargada.
Atleta panamericana,
jalas, potencias, abalanzas,
y no te es permitido
abrazar el filo de ninguna esperanza.
Apuntas, luego marcas.
¡Vuela saeta de aluminio y alma!
Cae del cielo por una estrecha cortada de la retaguardia.
Como el satélite que se desgarra surcando el gemido de la tierra en sus estacas.
Jabalina de enamoradas palancas
descuella en tu vuelo,
mientras te liberas de tus agotadas yardas y, locamente, bailas.

Mudez

Quiero escribirle al amor,
pero no puedo.
No puedo…
Jamás he amado como aman los mirlos el canto.
O como el membrillo maduro ama la piel amarilla y el quebranto
de su rojo corazón.
Soy el pródigo hijo de una razón
encallada en besos del desencanto,
del olvido en el ámbar viento,
de todos los silencios de la voz.
No ha dado cándidos frutos el cerezo de mi corazón.
Es la entropía de una pasión desdicha, despechada y contrahecha.
Tan desecha como la última mirada a la Luna.
No hay fortuna en este olivo perezoso, en el apagado transpondedor de mis sentidos,
en la inmune inmunidad de los latidos.

Es sequedad del roce.
Es mirada de la geometría.
Es la desolada física de mis madrugadas en implosión.

Quiero escribirle al amor,
pero no puedo.
No puedo…
No sos vos, son los sarracenos dedos del árido corazón.

Nenúfares

Nenúfares en su nido
sueltan los últimos suspiros
de su verano fatal.
Obeliscas briznas
criban el viento baldío
que empuja el polvo hacia el paladar del olvido.
Y los cedros, embadurnados de pinos,
entes noctámbulos del crepúsculo boreal.
Desde luego y la nieve, surge una raíz en el colapsado ritmo del terruño,
bajo el puño compungido del frío.
Una cuchilla de hastío
se clava en la greda del campo,
para batallar el suelo
del permafrost en su meneo sensual.
Los nenúfares, heridos, dormirán y soñarán, mecidos por su largo rizoma medular.
Soñarán y dormirán los nenúfares del nido;
más no habrá invierno que les permita volar.
Entonces, ¿de qué elipsoidal semilla fecundará la paz?

Acantilados

Caparazón y sopa de tortuga;
más caparazón que sopa,
sin duda.
Así te enamoré en enero,
con la fiebre de la sal y dos cucharas dobladas.
Mientras el calor evaporaba el vino
y el murmullo asesino de un reloj fortaleza acertaba en nuestra mesa
cuchilladas de horas.
Zanahoria…
Tres papas ahorcadas y el apio que desborda por el acantilado del plato.
Todo lo barato de nuestra vida desvestida.

Aunque cierta partida radique en tu mirada que se aprecia insatisfecha.
Quizás falten mechas, desvanes y escaleras, murmullos a escondidas.
O sobremos todos; vos y yo, con nuestras perchas.

¿Cuál será la última cena?
La del pan duro que se acompleja.
La que nace y se estrella.
La de tu boca gozando al tenedor.
¿Es nuestro amor una cazuela en primavera?

Corazón de alcaucil y espárragos, sin bayoneta.
Té de arándanos, con menta.
Volveré a enamorarte en la estepa del salón, con raras infusiones
estéticas.

Se nota

Se me nota la pobreza
en los ojos lanudos,
en el repiqueteo de los cascos que evidencian mis pasos.
Por este andar de caballo mortadela,
al son de las mustias muelas y un descarte de crines invernal.
En el abatido cardumen de las ideas,
en el fisurado lamento de mis sueños;
que si sueñan, es por la cruda incongruencia del soñar.
Entonces, se evidencia en el debacle de la ciencia del morfar
y en la agonía del bolsillo abolido
por La Comisión de las Innumerables Cuentas.
Pobreza, con gracia de esfera,
que recala en la boca y permuta a las palabras por un séquito de penas.
La misiadura aparece en la integridad de las hilachas y
en las apartadas muchachas,
que me juzgan aviesas
sin mirar las tristezas verdaderas de mis manos.
Son los años y las clavijas de las mañas que no aciertan la afinada.
Vivo para la rebuscada
de una góndola marciana con ofertas interdimensionales,
irracionales o casuales
de la China sideral.
Se me nota la pobreza en la tristeza fresada y en las críptidas frazadas
que esconden la naturaleza marsupial de mis hazañas.
Raras proezas para una lid de pobrezas encaradas en la calle,
desde la calle Lavalle, al cinco mil y monedas.

El pan y las tortas fritas

Amaso.
Cada mañana amaso mi muerte
con dedos hundidos en la arena blanca.
Empujo, estiro y pujo,
Desovo mis recuerdos en la mansa masa.
La fiebre de los sueños, sala.
Los dedos del hastío se cubren de la textura aireada.
El pan de las derrotas se horneará con el aliento de la mañana.
Amaso a la muerte con puñados de grasa, con artritis de panadero sobado
y la hueca humedad del llanto.
Parece que la mesa hablara…
Parecen vencidas sus tablas, en sus junturas fermentan los años de esta harina 000
que, inevitablemente, se calla.
Empujo y estiro, doblo la manta.
Rasgo la tela de trigo.
Cada amanecer este sudario me abarca.
Amaso.
Amaso mi muerte con molienda de huesos de una vida amasada.