Desde que el Internet se convirtió en una herramienta que mueve el mundo, muchas cosas han cambiado. Al principio, todo parecía positivo. “Ahora estamos más conectados”, “El mundo es ahora más accesible”, “La ayuda comunitaria llega más rápido”.

Pero con el tiempo, los avances han continuado y, de alguna manera, el internet ha conseguido cambiar nuestra forma de ser y de ver el mundo, quizás para bien, quizás para mal. Las redes sociales llegaron con el internet y, de alguna manera, empezaron a dotar a los sentimientos de características físicas: “La belleza está en el brillo”, “El amor viene con flores”, “La verdadera amistad se encuentra en un picnic en la playa”.

El internet trajo las redes sociales y, a su vez, las redes sociales trajeron una serie de estereotipos y visiones de cómo deberían ser realmente las cosas sencillas de la vida. Según el internet, el amor debe ser un perfil de Facebook lleno de dedicatorias; la belleza, una cara sin maquillaje y un peinado sencillo; la amistad, fiestas nocturnas, picnics en la playa y mensajes constantes

Nos hemos expuesto tanto a "cómo debería ser" que hemos olvidado “cómo se siente”. El amor no siempre es dedicatorias en Facebook. El amor también puede ser alguien que guarda silencio mientras te escucha hablar de tus películas favoritas. La belleza puede encontrarse en lo cargado, la poesía y las puestas del sol que se tiñen de color rosa. La amistad es un mensaje bisemanal o los compañeros de trabajo con los que no hablas fuera del turno.

Las redes sociales han venido a transformar nuestra forma de ver y sentir las cosas. Esto ha provocado que no seamos capaces de valorar lo que realmente vale la pena.

Nos centramos demasiado en los videos y fotos del momento, dándole un estilo sacado de Pinterest y lo llamamos aesthetic. Hasta ese momento, todo parece ser divertido y lo que se lleva toda nuestra valoración. Sin embargo, en los momentos bonitos y dignos de foto también deberíamos comenzar a valorar los sentimientos, la magia del amor silencioso, el encanto de la belleza relativa y la paz de la amistad constante. Las redes sociales no deberían dictar cómo debe ser un momento especial. La belleza de los momentos debería regirse siempre por los sentimientos que le dan vida al instante.

La belleza de los momentos recae precisamente en su espontaneidad, y las redes sociales nos han hecho pensar que solo los momentos cuidadosamente curados son los momentos bellos. La verdadera magia de los momentos se ve en los instantes inesperados y cuando dejamos de pensar en las pantallas y nos concentramos en los instantes que nos forjan.

Esa vez que reíste con un amigo hasta las lágrimas, la vez en que una salida se convirtió en un desahogo del alma, la vez que el atardecer se tiñó de anaranjado en la tarde o el día que salió la luna tan llena y hermosa que ninguna cámara pudo capturar su belleza.

Justo como la luna, así son los momentos de gran belleza. No hay una forma específica de describir cómo los momentos deben verse. No hay estética que pueda definir un sentimiento, porque los sentimientos son eso, una experiencia que ninguna cámara puede retratar. Una experiencia que el internet no puede decirte cómo se ve, cómo se escucha o cómo se vive.

Las redes establecen estéticas que logran promover expectativas sobre los momentos. Esas expectativas te hacen creer que no estás disfrutando el momento, que tal vez lo que estás viviendo no es suficiente y que no se ve de una manera específica. En esa búsqueda, seguimos pasando por alto la calidad del momento y la verdadera importancia de experimentarlo todo justo como se vive. Momentos sin filtros, sin imágenes perfectamente curadas ni videos para cumplir con una tendencia.

El internet y las redes sociales dicen muchas cosas, pero en medio de esa nube de pensamientos y exigencias debemos conocernos a nosotros mismos y aceptar que los momentos no valen por cómo lucen, sino por cómo se sienten. Los sentimientos son la pieza clave de todo momento: son los sentimientos los que realmente nos llevan a los recuerdos una y otra vez. Son los sentimientos los que rigen nuestra vida y todo lo que somos en la vida real y en internet.

Por esa razón, debemos concentrarnos menos en el brillo, la estética y las normas establecidas por las redes sociales. Así podríamos concentrarnos más en las personas, en lo que transmiten y en las buenas conversaciones que nacen de los momentos más simples de la vida. Esos momentos que a veces no requieren planificación, pero que son tan significativos que se quedan contigo para siempre. Esos son los sentimientos que permanecen cuando se apaga la pantalla y descansamos de la presión mediática por un momento. Al final, esos son los sentimientos de belleza pura que nos llenan el alma.