En mi casa siempre se ha dicho: cuando algo se pierde, hay que pedirlo con respeto y un poquito de magia: 'Duende, por favor, regrésamelo porque lo necesito'. Nunca pensé que esas palabras fueran algo más que tradición… hasta que empecé a notar que algunos objetos parecían moverse solos, aparecer en lugares que jamás habría buscado, o incluso desaparecer para aparecer justo cuando más los necesitaba.

Recuerdo una tarde lluviosa en la que estaba preparando un trabajo importante. Mi libreta desapareció justo cuando la necesitaba y, después de buscarla por toda la casa, la encontré dentro del congelador. Sí, del congelador. Me quedé mirando el hielo, la libreta y la ventana abierta por donde la lluvia golpeaba con fuerza, y no pude evitar reírme. Fue en ese momento que entendí que no era descuido mío: alguien o algo estaba jugando.

En Colombia, los duendes no siempre son llamados por nombres tan genéricos. Por ejemplo, en la región andina se habla de los Tunda, un espíritu travieso que se aparece en los bosques y engaña a los caminantes, llevándolos a perderse o a encontrar objetos que nunca habían tenido. En la región Caribe, los Duendes del Manglar son conocidos por esconder redes de pesca y pequeños objetos de los pescadores, solo para probar su paciencia. En otras regiones, se dice que los Duendes de la casa pueden esconder utensilios y hacer ruidos extraños, pero si se les trata con respeto, a veces devuelven lo perdido o dejan pistas para encontrarlo.

En México, los duendes tienen variantes más inquietantes. Los llaman chaneques, pequeños guardianes de los bosques que pueden ser juguetones, pero también traviesos hasta el punto de asustar o hacer perder la orientación a quienes entran en su territorio. Sus bromas no siempre son inofensivas: hay historias de viajeros que pasaron noches enteras tratando de encontrar el camino de regreso, mientras los chaneques movían sus pertenencias y hacían sonidos extraños para confundirlos.

Mis amigos se ríen cuando les cuento estas experiencias. Algunos piensan que invento cosas, que exagero, que es pura casualidad. Pero yo sé que hay magia en lo cotidiano. Cada objeto desaparecido y cada hallazgo inesperado me han enseñado paciencia, atención y la capacidad de reírme de mí misma. Un collar perdido apareció sobre la almohada justo el día que necesitaba sentirme segura; la cuchara que creí extraviada estaba dentro del cuenco donde desayunaba. Cada objeto tenía su propia historia, su propio juego, y yo era parte de él.

Al principio me frustraba. ¿Cómo podía perder mis llaves justo cuando iba a salir? ¿Cómo podía no encontrar mi libro favorito cuando quería leer? Pero aprendí a respirar y a hablarle a los duendes, aunque solo fueran palabras, aunque solo fuera un gesto. Y, curiosamente, casi siempre funcionaba. No es que los objetos volvieran por arte de magia, sino que mi mente empezaba a ver las pistas, a notar los pequeños detalles que antes pasaban desapercibidos. Era como si ellos me entrenaran en la paciencia y la observación.

A veces, siento que los duendes me hablan en susurros. “No te preocupes, Lorena, aprende a ver más allá de lo evidente”, parece decir el aire cuando un objeto vuelve a su lugar. Otros días, siento su risa burlona cuando muevo algo que ellos mismos han escondido. Aprender a interactuar con ellos me enseñó a ser más observadora, a notar los detalles y a aceptar que la magia puede estar en los gestos más simples.

Ahora, cada vez que algo desaparece, no me enojo. Susurro mis palabras tradicionales, cierro los ojos y sonrío: 'Duende, por favor, regresamelo porque lo necesito'. A veces agrego: 'Enséñame lo que debo aprender'. Y entonces, por arte de misterio, el objeto aparece en el lugar más inesperado.

He aprendido a interactuar con ellos, a aceptar sus bromas, y a disfrutar del juego. Cada objeto perdido que vuelve me deja una sensación de asombro, de sorpresa y de magia. Como si los duendes traviesos me recordaran que la vida no siempre tiene que ser lineal, que hay espacio para el humor y el misterio, y que incluso lo que parece perdido puede regresar de manera maravillosa.

Y así, en medio de mis risas y susurros, he comprendido que los duendes no solo esconden cosas… sino que nos muestran la belleza de lo inesperado. Nos enseñan que, en cada desaparición, hay un regreso; en cada juego, una lección; y en cada silencio, una historia que nos espera.

Porque quizá tú, querido lector, si prestas atención, sentirás cómo un duende travieso se asoma, mueve lo que creías perdido y te deja una sonrisa en los labios mientras un escalofrío recorre tu espalda. Una invitación a mirar el mundo con asombro, a aceptar la magia que habita entre nosotros y a celebrar lo inesperado, siempre con humor y un poquito de misterio.