Hay textos sobre agua que empiezan con cifras. Yo prefiero empezar con una melodía: la Música del agua —también llamada Música acuática— (Water Music) de Georg Friedrich Händel.

Quise escribir estas líneas como se escribe una fuga: una voz entra, otra responde, y entre ambas queda espacio. Porque así suena el barroco cuando es de verdad: no se impone; se entrelaza.

La escucho desde muy pequeño. Con los años se me volvió una especie de brújula: no porque me “explique” el agua, sino porque me entrenó la escucha. Y hay un detalle que todavía me parece fantástico: esta música fue compuesta para ser interpretada en el agua; no como metáfora, sino como realidad.

Entonces el agua lo era casi todo: escenario, ruta, plaza, orgullo de ciudad.

Hoy, en demasiados lugares, el agua se volvió trámite. Se cruza, se conduce, se gestiona; rara vez se celebra. El río sigue ahí, pero ya no organiza la vida pública como antes: apenas la atraviesa.

Por eso empiezo aquí, con Händel sobre el río, y con una pregunta que no me suelta:

¿Cuándo fue la última vez que una ciudad celebró el agua sin miedo?

Escuchar es mi punto de partida.

La noche en que Londres se subió al río

No estuve ahí, claro. Pero la escena está tan bien narrada que uno casi puede verla.

Julio de 1717. Noche tibia de verano. La barcaza del rey Jorge I sale desde Whitehall hacia Chelsea. No es un paseo íntimo: es un evento público, una coreografía de ciudad. Y junto a la barcaza real navega otra: una barcaza llena de músicos.

Una orquesta sobre el agua, tocando mientras el Támesis se mueve debajo, con cincuenta instrumentos intentando que la melodía no se pierda entre el viento y el murmullo del río. La crónica dice que el río quedó cubierto de botes y que la gente salió a escuchar como quien sale a una plaza.

No había teatro: el teatro era el río. Y en ese escenario suena Händel. No “Händel en el agua” como metáfora, sino Händel para el agua como condición técnica.

Música del agua nace así: como música diseñada para sobrevivir afuera, para cruzar aire húmedo, para imponerse sin paredes. Y sin paredes, lo único que sostiene la música es el equilibrio: entrar, responder, dejar espacio.

Eso también es escuchar.

Música diseñada para un río, no para un salón

Si uno se fija, esa noche explica la partitura. Y la partitura, a su vez, explica el río: para entenderla, hay que escuchar.

En un salón se puede susurrar; en un río, no.

Por eso la música es luminosa, festiva, con vientos y metales que proyectan: no es solo estética, es ingeniería del sonido. Y me gusta pensar en esto porque dice algo que solemos olvidar: el agua no es solo un tema del que hablamos; es un escenario que condiciona lo que somos capaces de hacer.

Hasta detalles que parecen menores lo muestran. Tocar en una barcaza no es tocar en una sala estable, y algunas lecturas históricas apuntan que un clavecín continuo sería poco práctico en una embarcación.

El río manda y en cierto modo decide. Y lo que decide un río se nota siglos después.

Ese es el compás que heredamos.

Lo que esa noche revela sobre el agua

Con ese compás heredado, aquí viene la parte que me interesa hoy.

Aquella noche no es solo un capítulo cultural: es una fotografía social, una ciudad reconociéndose a sí misma alrededor del agua.

El Támesis no era “paisaje”. Era ruta, plaza, infraestructura, vitrina política; y para que existiera ese concierto, el río tenía que ser navegable, central, confiable.

En otras palabras: el agua no era un problema a resolver, sino un lugar donde ocurría la vida. Y esa frase, hoy, duele.

Duele porque en demasiados sitios el agua dejó de ser el punto de encuentro y se convirtió en el punto de quiebre: antes el río abría la ciudad; hoy, a veces, la ciudad se protege del río… o se pelea por él.

Ese cambio también tiene sonido: cambia el compás de la ciudad.

2026: cuando el agua deja de ser escenario

El contraste con nuestro tiempo es brutal, pero no siempre hace ruido.

A veces es un cambio de compás.

A veces se nota en lo que dejamos de hacer.

Hoy cruzamos los ríos como quien cruza un pasillo: subimos a un puente, miramos el semáforo, revisamos el teléfono, apuramos el paso. Abajo, el agua sigue moviéndose… pero la ciudad ya no se detiene a escucharla.

En muchas ciudades el río fue cercado, canalizado, enderezado; se volvió límite, drenaje, borde. Y el agua —que antes era plaza y escenario— quedó reducida a función: pasar, conducir, llevar, sacar.

Yo lo siento con claridad cuando escucho a Händel en los audífonos: esa música fue escrita para un río vivo, para un agua que convocaba. Y, sin embargo, alrededor de mí me dice lo contrario: hoy el río suele estar ahí abajo, como una línea que nadie mira.

En 1717, Londres se volcó al río para escuchar música.

En 2026, demasiadas veces cruzamos el río sin mirarlo. Y cuando no miramos, tampoco escuchamos.

¿Qué música suena hoy en nuestros ríos?

Con esa falta de escucha como nota de fondo, vuelvo a una pregunta extraña: si Händel caminara hoy por una ribera cualquiera, ¿reconocería el lugar para el que escribió?

Porque Música del agua supone algo que hoy se ha vuelto raro: un río que convoca.

Ahora, en cambio, nuestra banda sonora suele ser otra. No es una melodía: es un murmullo continuo.

Un zumbido grave —como un pedal infinito— detrás de una estación de bombeo. Un golpe seco que marca el paso. Una vibración metálica que no pide aplauso, solo tolerancia. Y, por encima de todo, una falta de escucha.

En el barroco, cada instrumento sabe cuándo entrar y cuándo callar. Se responde. Se ajusta. Se deja espacio.

En la ciudad de hoy, en cambio, muchas veces todo entra a la vez. Todo compite. Todo tapa.

Quizá por eso lo más triste no sea el ruido, sino el silencio: el de un río al que nadie se asoma porque ya no convoca.

No es romanticismo: es un aviso en voz baja.

Cuando el agua deja de ser un lugar compartido, la ciudad pierde algo más que paisaje: pierde un punto de encuentro. Y sin darnos cuenta, cambiamos de época: del agua como plaza al agua como frontera.

Con esa sensación en el pecho llego al encargo de hoy: volver a escuchar.

El verdadero “encargo” que tenemos ahora

La noche del Támesis tuvo un encargo sencillo y perfecto: compón música para este viaje.

Nuestro tiempo tiene otro, mucho más difícil: componer convivencia alrededor del agua.

No me refiero a un eslogan. Me refiero a una partitura.

Una en la que el agua no sea solo “algo que pasa por debajo”, sino algo que vuelve a organizar la ciudad por arriba: su confianza, su ritmo, su cuidado.

Si hoy existiera una nueva Música del agua, yo la imagino menos triunfal y más inteligente.

Una música de escucha.

Donde la ciencia afina, sí, pero no manda sola. Donde la gestión marca el compás, pero no aplasta. Donde la infraestructura sostiene sin hacerse protagonista. Donde el territorio respira. Y donde la cultura del agua —lo que hacemos y lo que respetamos— vuelve a ser coro.

En el fondo, el encargo es el mismo que en el barroco: que todo suene junto sin destruirse.

Que haya diálogo y espacio, como en el barroco cuando cada voz entra sin destruir a la otra.

Que el agua vuelva a ser escenario, no solo trámite. Y si lo logramos, quizá el río vuelva a cantar.

Coda: volver a mirar el río

Hay una imagen que me persigue de 1717: el río cubierto de botes.

En mi cabeza, esa escena suena como un estribillo: la ciudad sobre el agua, escuchando.

Es el río cantando y una ciudad que todavía sabe quedarse.

No por necesidad, sino por deseo de estar ahí, por ganas de escuchar.

Me gustaría que dentro de unos años podamos usar una frase parecida, pero por otras razones.

Que los ríos vuelvan a llenarse de gente, no de plástico.

Que el agua vuelva a ser confianza, no sospecha.

Que el grifo deje de ser un privilegio silencioso.

Que el agua vuelva a ser el lugar donde la ciudad se reconoce.

Händel no compuso Música del agua para enseñarnos la importancia del agua.

La compuso porque el agua ya era importante y porque la ciudad todavía lo sabía.

Era el centro físico y simbólico de una capital.

Quizá esa sea la lección más incómoda y más útil:

El agua no necesita que la celebremos con música; necesita que la tratemos como lo que siempre ha sido: la condición de todo lo demás.

Yo, al menos, después de volver a esa noche de 1717, ya no puedo mirar un río igual. No sin escucharlo.