No menosprecies nunca el dolor de los pequeños seres: el dolor tiene siempre el mismo tamaño…
(HR)
En una tarde soleada, siendo yo muy niño, mi padre trabajaba en un pedazo de terreno para plantar unas lechugas y fue entonces que se encontró con una lombriz de tierra. Yo estaba junto a él y, alcanzándomela, me dijo: “Tomá… llevásela a las gallinas…” y siguió con su labor. El camino entre los árboles del huerto era largo y profundo. Mientras me encaminaba al gallinero, sentía que el animalito se retorcía en mi mano, ahora dueña de la vida y de la muerte. El cuerpo turgente de la lombriz brillaba bajo un sol que ella no vería jamás y recuerdo cómo, de alguna manera, penetré en sus gritos ausentes y en su ceguera natural y cómo –de un modo igual de misterioso– fui sintiendo el espanto tan denso como insustancial que crecía y devoraba la existencia del pequeño animal.
Llegué a la puerta del gallinero. Mi padre había quedado lejos, y las gallinas se acercaban ansiosas al alambrado. Entonces me agaché, hice un pequeño hoyo en el suelo y enterré de nuevo a la lombriz… descubriéndole a mi mente la vida, la muerte y –Freud mediante– el sexo, aunque ninguna de las tres palabras tuviera mayor sentido en mí todavía. Volví al lado de mi padre en silencio, con cara de haber cumplido con mi deber y con la serpiente de Adán y Eva ya anidando en el corazón. Con tal recuerdo, entonces, fue que dejé para siempre el Edén infantil: “A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos... Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida” (Génesis 3:16-17).
Con el paso de los años, ese modesto recuerdo terminó siendo una especie de personal luminosa guía moral: la multitud espectral y solitaria que habita en mí tomó esa memoria como un elevado referente ético. A veces olvidado, a veces traicionado, la cercana vejez va tornando ese recuerdo más y más luminoso en su trilema moral: traicioné la confianza depositada en mí; dejé a una gallina con hambre y le salvé la vida a una lombriz. Esa noche le confesé todo a mi madre. Se trataba de un nudo moral que buscó su descarga en las manos de alguien que –ansiaba– me redimiera del delito. Porque, después de todo, vivir terminó siendo un delito inaugural para mí, así como lo fue para el Hombre siempre. Y en ese delito estaba también incluida la pena capital: la muerte. Y su presagio: el dolor. Parirás con dolor, mujer, y con dolor comerás, varón. Con el dolor te irás preparando para la muerte.
El dolor es la puerta que se cierra ante nuestro destino biológico de ser poseedores, irónicamente, de la noción de ese dolor. Nos podemos preguntar ante esa puerta cerrada si la conciencia del dolor responde a un mero constructo neurológico adaptativo de nuestra animalidad o si se trata de percibir una dimensión legal donde el dolor sea alguna clase de ley constitutiva del Cosmos: una suerte de dimensión del Universo con sus leyes propias (a las que llamaríamos axiológicas) análogas a las leyes que estudia la Física. Dimensión que nos sirve para construir un templo de moral sobre el que cabalgarán las futuras creaciones trascendentes del Hombre que sólo buscaban dejar atrás el dolor.
Como sea, la verdad fundamental de la vida es, para nosotros, la conciencia de la muerte y de su primer paso hacia adelante: la conciencia del dolor, físico o moral. Y antes de cabalgar por el nuevo camino del exterior, el humano recién nacido deberá soportar el dolor de sus huesos craneales cabalgando entre sí para poder salir al mundo con su enorme cabeza, antes de tener un primer conflicto moral entre, por ejemplo, un padre, una gallina y una lombriz, es decir, antes de tener conciencia de la acechanza del error. Y fue esa cabeza tan grande la que nos llevó al dolor consciente, por ser ese –el canal de parto– nuestro Via Crucis personal y único. No obstante, ya nacidos y crecidos y aunque reconozcamos la existencia de un solo camino y un solo destino (el de la armonía absoluta del Todo), siempre veremos la posibilidad de no seguirlo, convocando con esta alucinación al dolor moral en nuestras vidas.
Iniciáticas
Si todo camino es caminarlo, y caminarlo de veras es ir espiritualmente adonde no se estuvo nunca, todo camino verdadero será iniciático. Somos iniciados en el misterio de nuestra vida sin nuestra participación consciente a lo largo de ese breve pasaje desde el vientre de la madre a la sala de parto; y luego nos iniciamos en la senda social cuando nos enfrentamos al primer conflicto moral que nos aqueje con su dolor. Pero el camino sigue siendo único. Lo que es, es, y no puede ser traicionado: o estoy dentro de mi madre o fuera de ella y entre ambas instancias hay un único camino posible a seguir. De modo que pretender que se puede elegir otro camino, es un error cognitivo indisolublemente ligado a nuestra sensación de estar disociados del mundo desde la idea del yo, situación desde la que sentimos que tenemos la posibilidad de elegir alternativas: alter/nativas: otros nacimientos, otros orígenes distintos al único posible… ilusión que genera el sueño de libertad para ese, nuestro albedrío.
La definición de “albedrío” en el diccionario de la RAE es: “capacidad o facultad de una persona para actuar según su propia voluntad y elección, decidiendo y ordenando su conducta de forma libre”. Pero, ¿es libre tal facultad de elegir? ¿Cuántos caminos puede elegir un bebé para nacer? El camino que no existe, ¿puedo elegirlo? Al respecto, hagámonos esta otra pregunta: ¿existe algo equivocado en algún rincón del Universo? No: ni una hoja en el bosque cae fuera del lugar al que irá a caer, ni la estrella más lejana viajará por otra senda que no sea por la que deba viajar, ambos sometidos a las leyes universales que gobiernan sus existencias y movimientos.
El Universo obedece a sus propias leyes: nunca delinque, es justo y perfecto. Es inocente porque es amoral… como los niños, los “perversos polimorfos” de Freud. La luz del yo nos encandila y nos desorienta al presentarnos caminos espectrales que se abren a ningún lado por creer que efectivamente estamos disociados de la totalidad y alejándonos, de ese modo, del único camino que verdaderamente existe. Con esa aparente libertad de elegir entre distintos fantasmas (la realidad) se le abre la oportunidad al error, y es en esa oportunidad donde reside el gran logro evolutivo que acompaña al origen del Hombre: incrementar la efectividad de su conducta –y su creatividad– hasta el infinito, aprendiendo de los errores… pero el error también conlleva el pagar su precio con dolor.
Somos ciegos palpando inútilmente salidas ilusorias mientras deambulamos desde la primera confesión a la mamá hasta el lecho de muerte, chocando nuestros cuerpos contra los muros que se elevan con la apariencia de caminos, haciendo nacer el dolor de la frustración y la capacidad de herir y de herirnos. No obstante, aún podemos, desde ese error, ser un poco más dueños de lo que somos. A cada decisión podemos volvernos más y más conscientes de nuestra ceguera ante la verdadera luz que nos espera afuera de nuestro mundo real, lleno de obstáculos fantasmáticos. Si bien todavía no hay autoconciencia en el recién nacido (son perfectos, como perfecta es la vida y el resto del Universo), pero en cuanto comenzamos a creer que nos podemos segregar del entorno (que nos hemos instalado en el espejo de Lacan) y parimos un yo, ahí se levanta el velo que nos separa del Sancta Sanctorum, alejándonos de la presencia del dios que fuera. Pero si hay un solo camino, ¿dónde queda entonces la libertad del albedrío?
Solemos hablar de “libre albedrío”… hay libertad de equivocarse, pero no de albedrío. El término “albedrío” se emparenta etimológicamente con “arbitrio”: la decisión de un juez, y el juez conoce y aplica la ley… la ley del único camino, y si no lo queremos caminar, aplica la ley del dolor. No podemos tener libertad de arbitrio o libre albedrío, siendo que hay un solo camino posible a elegir: el de la verdad, el mismo camino que lleva a la hoja del árbol y a la estrella lejanas por sus respectivos caminos. Un estado que hemos perdido de vista al quedar anclados a lo real… y es en la realidad donde nace el dolor como conciencia de dolor. El dolor nos duele a nosotros. A cada uno de nosotros. Somos islas de dolor. Gritamos la inutilidad de nuestro grito en el llanto del dolor moral o físico.
No existe el libre albedrío: existe un único camino correcto de acción hecho de Amor, Placer y Virtud: si en el Placer no encontramos ni Amor ni Virtud, es que hemos errado el camino y entonces nos esperará el dolor. Y de hecho, no puede haber Amor sin Virtud, ni Virtud sin Amor. Estos tres elementos se alimentan mutuamente para construir el edificio ético del Hombre en el que nos complacemos de estar. Y si el edificio se desmorona, si no sentimos dolor moral en la falla de alguno de estos valores, habremos fallado como Hombres. Seremos los inmorales… los anestesiados.
Somos piedras
Somos “piedras en bruto”: valiosas, pero sin tallar. Así se puede calificar al complejo psico-moral del Hombre que no se ha trabajado –que no se ha cultivado– para balancear las relaciones entre la Virtud, el Placer y el Amor como principios morales de conducta. No es casual, entonces, que, por ejemplo, dentro de la masonería, se hable de “pulir la piedra bruta” como metáfora para señalar la voluntad del masón de convertirse en una mejor persona, esto es: en una “piedra pulida”. Como tampoco es casual que la palabra “dolor” derive etimológicamente de la raíz indoeuropea del- que quiere decir, precisamente, “pulir”.
Somos piedras. Somos cosas: un bebé, una bacteria o una galaxia son cosas absolutamente inocentes. Y lo somos hasta que tomemos la conducción plena de nuestra existencia frente al mundo material y al moral. Y si fuera el caso de que seamos plena acción, ¿cómo puede causarnos dolor la conducta de otra persona? Aquí emergen los principios estoicos: centrarse en vivir de acuerdo con la razón y la virtud, aceptando lo que no se puede controlar y enfocándonos en las propias acciones y percepciones.
También es clave la dicotomía del control, expuesta en el Manual de Epícteto: el Enquiridión, distinguiendo entre aquello que depende de nosotros (decisiones y juicios propios) y lo que no (las acciones ajenas, la reputación, etc.) centrándose en la ética personal para lograr felicidad y la tranquilidad mentales, que los griegos llamaron eudaimonia (“felicidad”) y ataraxia (“imperturbabilidad”), abrazando al destino por la práctica del amor fati, o “amor al destino”: el Amor al único camino posible; el mismo que buscaba Epicuro bajo el nombre de aponía (“ausencia de dolor”).
Bajo estas condiciones no se es ya una piedra que el mundo pueda patear a su antojo, sino un principio activo de acción pura: una fuente puntual de luz, como una estrella. Dejamos de ser una cosa para ser una no/cosa, una plena no/entidad: sin centro, pura irradiancia: con el Amor nos volcamos íntegramente hacia el otro. Y siendo así, ¿cómo podría dolerme moralmente algo de alguien, si, con el amor al prójimo de por medio, lo busco como compañero de viaje?
Más arriba habíamos citado al Enquiridión: vale la pena leer algunas de sus primeras palabras:
… Lo que controlamos es libre por naturaleza y no puede ser impedido ni impuesto a ningún Hombre; pero lo que no controlamos es débil, servil, limitado, y sujeto a un poder ajeno. Recuerda, pues, que te perjudicarás si consideras libre y tuyo lo que por naturaleza es servil y ajeno. Te lamentarás, te confundirás, y terminarás culpando a los dioses y a los hombres de tu desgracia. Por el contrario, nadie podrá impedirte ni imponerte algo si consideras tuyo sólo lo que en verdad te pertenece y ajeno lo que en efecto es de otros. De esa forma, no criticarás a nadie ni acusarás a nadie; no harás nada en contra de tu voluntad, no tendrás enemigos y no sufrirás ningún perjuicio.
Obrando así, el Placer, la Virtud y el Amor estarán en plena acción liberando nuestra capacidad de crear un mundo cada vez más humano, más amable y de entender la naturaleza del dolor concomitante con una cada vez más precisa y compasiva valoración que haga de lenitivo… un calmante, no un anestesiante. No obstante su necesaria presencia en nuestra naturaleza, para alcanzar la Virtud no debe ser necesario buscar el dolor físico o espiritual. Si un perro no se sacrifica para ser perro, un Hombre tampoco debería tener que sacrificarse para ser Hombre: no hay que morir para vivir sino vivir para poder morir. Invaginarnos, como una lombriz de tierra lo hace en una tierra simbólica: a la vez madre, inocente y virgen: una madre ideal a la que le imploramos que nos perdone la vida y que acepte nuestra ofrenda de dolor. Una virgen madre a la que le perdonamos el habernos traído al mundo.
En la esencia del Universo retenemos nuestra potencia vital y nos reencontramos con la Virtud hallando, en ella, un momento de Placer y de Amor, como el guerrero que consigue sobre sí la paz de dejar sus armas a un lado y negarse a ofender, a ofenderse y a porfiar contra dolorosos caminos rumbo a pelear contra molinos inexistentes. Sabemos que, originalmente, el latín vir, como antecesor etimológico de Virtud, se refiere a la idea de “hombre” o “guerrero”, de donde deriva “virilidad”. Y esa Virtud inconsciente de tener el impulso de dejar el refugio del ser uterino para adentrarse en el existir y condenarse a muerte, es buscar abrirse a la posibilidad del dolor, como reconocimiento de la fatal imperfección a la que el yo nos conduce, así como a reconocer la Virtud, el Placer y el Amor en tanto que valores fundadores de lo humano. Ellos conforman una limosna para endulzar el ineluctable dolor: hay que aceptarlo y dejarlo entrar, porque, al decir de Rabindranath Tagore: “Si cierras la puerta a todos los errores, también la verdad se quedará fuera”.
Dolor y Filosofía
Para Schopenhauer el dolor era la razón misma de la existencia y una regla general para la vida. Incluso pensaba que sin dolor, sin su poder moderador, nos autodestruiríamos en un océano de soberbia. Para Heidegger el dolor es una experiencia de abandono donde nos topamos con “la nada”, con la finitud y que, siendo arrojados al mundo, el dolor nos lleva a la autenticidad. Parecida era la postura del fenomenólogo Merleau-Ponty para quien el dolor no es una cosa que tiene el cuerpo o nuestro psiquismo sino que el dolor es algo que el cuerpo es, en el marco de su propia existencia… y así, con la variedad de autores que queramos, podemos estar dándoles vueltas al asunto hasta el infinito porque, en definitiva, nunca llegaremos a una precisión de encaje intelectual entre nuestras palabras o intuiciones y la verdad del fenómeno que sentimos de un yo presente en nuestro yo, creándose un bucle lógico sin fin al buscar un punto psicológico anterior, y por ende, causal a algo que es origen de todo lo que llamamos psicológico: el yo.
Qué es el Hombre es la pregunta para la que no existirá respuesta porque él mismo es su propia pregunta. En su origen no hay lugar para respuestas, sólo hay espacio para esa pregunta. Cuando preguntamos acerca de la respuesta correcta, la ninfa Eco nos devuelve la pregunta como respuesta desde el fondo de su caverna. El Hombre vive de formular esa pregunta porque lo llama la inalcanzable respuesta. Podríamos conformarnos con decir que vivir es la respuesta poética del huidizo mundo de la Verdad, a la cual nos acercamos íntimamente si le damos al mundo real todo el Amor, Placer y Virtud que podamos darle.
Somos nuestro vivir, y no podremos nunca conocer, dentro de lo real, nuestra naturaleza cósmica, tanto última como inicial. Antes bien, debemos creer en la necesidad del dolor para la consumación de una conciencia de nuestra realidad, así como de un acercamiento a la verdad. Buscar una respuesta a estas cuestiones desde la Filosofía, aún llena de aquellas virtuosas meditaciones que engalanaron la Historia humana, es como ver un montón de hojas otoñales girando sin parar con el viento, debatiéndose inútilmente frente a una puerta siempre cerrada. ¿Es el dolor, tanto físico como moral, esa voz incomprensible que habla de nuestra existencia cósmica desde el otro lado de la puerta cerrada? Y si es incomprensible, ¿lo es porque allí, del otro lado, no hay palabras que digan algo? ¿Y será que no pueden decir “algo” porque del otro lado de la puerta no hay muchos “algos” sino que hay un único “todo”?
Dolor poético
Podemos citar, entonces, tres categorías de dolor: el del animal, que es el dolor al que se resignan los dioses a sufrir desde que ellos son los responsables de la materia. El dolor humano, especialmente el moral, que es angustiosamente propio e intransferible, desde que el humano es víctima de la materia; y el dolor del Dios cristiano que puso a su hijo material para que sufra todos los dolores del Hombre: tanto los espirituales como los físicos. Es el dolor del “varón de dolores” del Getsemaní y el de la Cruz… Mientras tanto, de este lado de la puerta, del lado de la realidad, sólo nos queda el vérnosla con el dolor que acontece cuando no vamos por el único camino verdadero. Porque en el Uni/verso, los versos se reducen a uno, al correcto, al que nos deja a mano el Placer, el Amor y la Virtud.
No aparece el concepto de “libre albedrío” con estas palabras ni en la Biblia, ni en el Corán, ni en el Talmud ni en los libros védicos… aunque sí se nos destaca la chance de errarle al único albedrío viable… es decir: el único que abre una vía al existir (el único canal de parto). Y es inevitable el dolor para la mente en prosa (la prosaica) porque es la mente que yerra. Porque no somos el Verbo, que es poético y simbólico, sino aprendices de hechiceros con el uso de la palabra. Y así como no hay error en el mundo natural, tampoco lo hay en el decir poético.
La realidad ha quedado atrás y todo es permitido decir desde que, en el lenguaje poético, nos hemos elevado hacia el misterio de la Verdad y han desaparecido las palabras… sí: incluso la palabra “dolor”. Y sin la traba de la prosa –anclada en la gramática y su lógica– el vuelo poético desafía la gravedad de nuestro parto que nos lleva rumbo al pozo en la tierra que nosotros mismos hemos excavado tratando de ocultar el pecado.
La poética no puede equivocar el camino de la Verdad, porque su reino no es de este mundo. La poética no es del todo real: ya empieza a tener perfume a Verdad. La poética es lo que nos hará libres en el trazado de nuestro poema universal… y más allá, están los símbolos que dan fe de esa unidad. Porque la poesía no se ata a lo real, sino al devenir de lo desconocido, al misterio que está del otro lado de la puerta frente a la cual se arremolinan las filosofías del Hombre… puerta llena de símbolos que advierten sobre el dolor: “¡Oh, los que entráis!, ¡perded toda esperanza!”. Porque hay otro nombre rondando la Verdad: Poesía, y esa Poesía nos invoca Libertad. Y buscamos y pedimos y llamamos a esa puerta. Y cuando hay humildad en ello, nos tomamos todas las libertades poéticas posibles con las palabras, adelantando las reglas del doloroso silencio que medra allí donde sólo oímos voces incomprensibles tras las puertas cerradas. Silencio resignificado y resignado.
Decía John Milton que la mente tiene su lugar y que en ese lugar es capaz de hacer cielos del infierno e infiernos del cielo, y esto pasa porque el trabajo de la Libertad poética es crear, efectivamente, cielos e infiernos: lo sabía Milton y lo saben los dioses. Ellos saben que la mente del Hombre es la mente de un dios potencial a punto de nacer al dolor para ganarse el derecho de poder librarse de él y aumentar así la gloria del Universo. Y los dioses siempre lo supieron: “He aquí que el Hombre es como uno de nosotros” (Gen. 3:22).
Y entonces los dioses –henchidos de piedad– ordenaron: ¡Saquémoslos de aquí! ¡Saquemos a los Hombres de este lado de la puerta y expulsémoslos del Edén a la calle de lo real, donde quedarán sordos a nuestras palabras de Verdad, Libertad y Poesía! Y que el poema final se les vuelva un grito incomprensible. ¡Y que sean ciegos como es ciega y triste la lombriz que se debate en las manos perplejas de un niño! ¡Saquémoslos de aquí, para que extrañen ser libres y livianos hasta la ingravidez! ¡Saquémoslos de aquí, de este mundo en donde el yugo es fácil y ligera la carga! ¡Y que entiendan que el dolor habrá sido tan sólo el mal sueño de un niño que se portó mal… y que lea Mateo 24:36: “Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes”, y que aprenda de Muhammad en el Corán 29:2: “¿Acaso piensan los hombres que se les dejará decir: ¡Creemos! sin ser puestos a prueba con el dolor?”.















