El presente artículo se estructura en dos partes. La primera aborda los dos emplazamientos históricos de la Fuente del Pastorcillo en la ciudad de Cartago: su instalación original en el jardín interno de la emblemática Casa Pirie, a inicios del siglo XX, y su posterior traslado, en 1974, al estanque central del conjunto monumental de “Las Ruinas” de la Parroquia. En este periplo se examina también su retiro forzoso tras el terremoto de Limón de 1991, así como el extraño encadenamiento de circunstancias que, por inmensa fortuna, impidieron su pérdida definitiva.

La segunda parte se centra en el proceso de recuperación y restauración integral de la fuente, ocurrido a finales de 2025. A partir del testimonio directo de personas que participaron en la intervención, se reconstruye un itinerario técnico y humano que nos hemos atrevido a calificar de milagroso. Por una parte, debido a la complejidad material de rescatar una obra de hierro fundido gravemente dañada, y por otra, a la suma de voluntades, cuidados invisibles y decisiones correctas que hicieron posible devolverle su integridad física, su función original como fuente y su lugar predilecto dentro del imaginario cartaginés.

Finalmente, conviene aclarar que este artículo constituye la segunda parte de su increíble historia. La primera vez que me referí a esta obra fue en el año 2017, cuando publiqué un artículo titulado “La Fuente del Pastorcillo de Las Ruinas”. En el transcurso del presente relato se hará referencia a ese texto como antecedente necesario para comprender la azarosa trayectoria de tan importante obra patrimonial.

Primera parte: de la casa Pirie al terremoto de 1991

La historia de la Fuente del Pastorcillo en Cartago se entreteje, desde sus orígenes, con la historia de la Casa Pirie, inmueble clásico del casco urbano que, durante más de un siglo y medio, ha sido testigo privilegiado de transformaciones profundas en la vida social, médica, administrativa y simbólica de la ciudad.

Respondiendo a los patrones constructivos tradicionales de la época —con muros de cal y piedra y una organización espacial austera, de una sola planta—, la casa fue edificada en la década de 1860 por el presbítero Juan Andrés Bonilla1, uno de los tres hermanos Bonilla Monge, todos clérigos y poseedores de una considerable fortuna (Malavassi Aguilar, Rosa Elena, La arquitectura como símbolo de poder: el edificio Pirie-Casa de la Ciudad, 2012).

Hacia 1862 la propiedad pasó a manos de su hermano, el presbítero Fulgencio Bonilla2, quien figura ya como propietario formal en el año 1868, cuando amplió el terreno mediante la compra de dos solares contiguos al oeste, que le fueron vendidos por don Jerónimo Esquivel (ANCR. 1872. CR-AN-AH-LYCH-000057-001-079). Antes de este negocio, la finca comprendía solo la casa esquinera (sin segunda planta), con dimensiones aproximadas de 26 por 50 varas (16,71 por 41,8 metros) (Malavassi-Aguilar, 2012). A partir de esta ampliación, la propiedad adquirió, en lo esencial, las dimensiones que conserva hasta la actualidad3.

Durante el último cuarto del siglo XIX, partes de la casa fueron alquiladas, sucesivamente a varios médicos extranjeros que ejercieron en Cartago, hasta el arribo en 1886 del médico canadiense Alexander Pirie Booth, figura que marcaría de manera decisiva la historia de la propiedad (Trejos-Solano, Juan de Dios. Remembranzas y temas varios. S.F.).

Tras la muerte del prebístero Fulgencio Bonilla en 1893, la casa fue heredada por una de sus hijas, Delfina Portuguez (luego, Bonilla Portuguez). En abril de 1897, doña Delfina alquiló el inmueble al doctor Pirie, por un período de tres años, que se prorrogó a un período más. El 12 de agosto de 1901, ella vendió la casa a Luis Jerónimo Bonilla4, y en la compraventa se establece que este debe honrar el alquiler vigente del contrato con el Dr. Pirie, que vencería el 14 de abril de 1903. (ANCR. 1901. CR AN CR-AN-AH-PROTO-PROTONOT-000938-078-008-00009). Finalmente, Jerónimo vendió la propiedad al doctor Pirie en 1902.

En consecuencia, queda debidamente aclarado que las versiones que atribuyen al Pbro. Fulgencio Bonilla, la construcción de la casa, así como su venta al doctor Pirie, son incorrectas y carecen de sustento documental. Dichos equívocos han sido reiterados por la historiografía local y reproducidos por numerosos autores, además de haberse incorporado fuertemente a la tradición oral, e incluso a la documentación formal del Instituto Tecnológico, actual propietario del inmueble. La documentación notarial permite establecer, sin lugar a dudas, que la casa fue construida por su hermano, el Pbro. Juan Andrés Bonilla, y que la venta al doctor Pirie fue realizada por don Luis Jerónimo Bonilla, quien previamente había adquirido el inmueble de doña Delfina Portuguez, hija y heredera del Pbro. Fulgencio Bonilla.

Convertida ya en propiedad del doctor Pirie, la casa asumió un carácter multifuncional, con el consultorio médico, la “Botica de Cartago”5—administrada junto con su hermano Alfredo Pirie, farmacéutico de profesión— y la residencia familiar.

Entre finales de 1906 y comienzos de 1907, coincidiendo con su matrimonio en Canadá con Jean Kirkhope Bertram y el regreso de ambos a Costa Rica, se añadió el segundo piso a la casa, concebido para servir de espacio privado de la familia (Pirie, Fraser. El Tiempo Congelado. 2016). Con esta ampliación, el edificio adquirió el volumen esencial que conserva hasta hoy.

Es justo en este contexto —el matrimonio de los Pirie en Canadá y la transformación arquitectónica de la casa— cuando aparece en escena la Fuente del Pastorcillo. No se sabe con certeza si la pequeña pieza fue adquirida mediante catálogo y enviada desde Europa hasta Cartago, o si fue traída por el mismo Dr. Pirie desde Canadá tras su matrimonio, para embellecer su casa renovada y, por qué no, servir como regalo de bodas para su esposa. Conviene recordar la enorme influencia cultural francesa en Canadá, circunstancia que hace verosímil la presencia en la casa de una obra artística importada de Francia o de Canadá.

Durante años recibí un cúmulo de sospechas, todas orales, de que la Fuente del Pastorcillo pertenecía al patio interior de la Casa Pirie. Esas versiones eran alimentadas con algunas fotografías antiguas, en las que se podía apreciar una fuente, pero nunca fue totalmente captada, lo que impedía confirmar su presencia en el lugar. No fue sino hasta la publicación, en 2016, del libro El Tiempo Congelado, de Fraser Pirie Robson, cuando tal presunción pudo confirmarse. Las fotografías incluidas en la obra —nítidas, elocuentes y de gran calidad—, resguardadas en una caja fuerte de la familia durante más de un siglo, mostraron al Pastorcillo instalado en el patio de la casa en 1907, completo y en perfecto estado. Con ello se disipó cualquier duda sobre su ubicación original y su papel protagónico dentro del espacio doméstico de los Pirie.

El terremoto de Santa Mónica, en mayo de 1910, volvió a poner a prueba las gruesas y firmes paredes del edificio, pues aunque sufrió daños importantes, permaneció en pie. Para atender las reparaciones estructurales, llegó desde Canadá el ingeniero Henry Graham Bertram, cuñado del doctor Pirie, cuyos trabajos de refuerzo se extendieron hasta 1912 (Pirie, Fraser. El Secreto de la casa Pirie. 2009). Gracias a estas intervenciones, la casa se convirtió en uno de los poquísimos edificios de Cartago que pudieron seguir siendo habitados y utilizados tras la catástrofe.

Durante las primeras décadas del siglo XX, la casa Pirie es un completo hervidero de sonidos y carreras sin pausa. Al amanecer, desde el fondo del solar, las vacas y las gallinas desperezan la casa y anuncian un frugal desayuno. En la botica, el mortero, seco y vidrioso, tritura remedios contra el dolor. Afuera, los cascos de los caballos y el rodar sinuoso de las carretas traen y llevan personas, mercancías y noticias. Enfrente, las campanas de San Nicolás Tolentino atraviesan los muros, marcando las horas y llamando a misa. De pronto, el doctor Pirie abre y cierra el portón, y con sus botas apuradas monta en su elegante caballo y parte a atender una tosferina o un parto complicado. Y, en medio de todo, la Fuente del Pastorcillo: un pequeño oasis en la vida cotidiana de la familia Pirie, con el rumor constante del agua, lirios, peces y voces diversas a su alrededor.

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La Casa de la Ciudad o Casa Pirie, propiedad del Instituto Tecnológico de Costa Rica, tal como luce actualmente. Foto tomada desde la esquina noroeste del Banco de Costa Rica. Sergio Orozco A. (2026).

Tras la muerte del doctor Pirie, en Canadá, en 1943, la casa y la botica continuaron en funcionamiento por algunos años más, bajo la administración de su familia.

En 1948, la propiedad figuraba a nombre de Jean Kirkhope Bertram Graham de Pirie, viuda del doctor. En el marco de los acontecimientos políticos derivados de la guerra civil de ese año, la Junta Fundadora de la Segunda República emitió el Decreto N.º 210, mediante el cual el Estado compró esa propiedad a la familia Pirie, con el propósito de concentrar allí las dependencias administrativas y municipales de Cartago (La Prensa Libre, 4 de mayo de 1949, p.3). El edificio fue vendido al Gobierno de Costa Rica por Aimers Alexander Pirie, heredero del doctor Pirie, en representación de su madre, por la suma de 200 000 colones. Finalmente, en 1971, la Municipalidad de Cartago decidió donarlo al naciente Instituto Tecnológico de Costa Rica, convirtiéndose en la primera sede administrativa de esa institución (La República, 29 de noviembre de 1971, p. 28).

La Fuente del Pastorcillo no formó parte del traspaso del edificio Pirie al Instituto Tecnológico en 1971. Conscientes de su valor histórico y simbólico, las autoridades municipales conservaron la pieza, con el propósito de ubicarla, posteriormente, en un espacio más visible y significativo de la ciudad. Esa intención se concretó en 1974, cuando el Pastorcillo fue instalado en el estanque central de “Las Ruinas”. Por orden del jefe del Departamento de Cañerías Municipales, don Carlos Luis Aguilar Piedra, el trabajo de instalación lo realizó don Bernardo Gómez Mora.

Durante casi dos décadas, la pieza se convirtió en uno de los referentes más queridos del lugar, especialmente para generaciones de estudiantes que vieron en ella una fuente de los deseos, una diminuta Fontana di Trevi. El terremoto de Limón de 1991 obligó al cierre del sitio y provocó daños severos en la escultura, que fue retirada y almacenada en bodegas municipales, donde permaneció, relegada al olvido, por más de treinta años.

Para el año 2014, sin imaginar el rumbo que habría de tomar ese interés, yo había iniciado el estudio de las fuentes victorianas en Costa Rica y, obviamente, no fue posible desprenderme del hechizo que aquel humilde pastorcillo había ejercido sobre mí y sobre tantos otros niños y jóvenes. Esa vinculación temprana con la fuente quedó incluso registrada en una foto que le tomé en 1988, con una cámara analógica Minolta de 35 mm; imagen que, hoy convertida en documento histórico, se incluye entre las fotografías finales de este artículo.

Ese mismo año emprendí la búsqueda sistemática de su paradero. Tras consultar a doña Cristina Mata Castillo, directora del Archivo Municipal, y a otras personas, supe que la pieza se encontraba en muy mal estado, bajo la custodia del arquitecto municipal Óscar López Valverde, a quien escribí para solicitar información y expresarle mi genuino interés en que la fuente fuera recuperada. En dicho intercambio quedó claro que la obra estaba fragmentada y requería, con urgencia, una restauración especial.

Dos años después, en 2016, pude finalmente verla en una antigua bodega del Museo Municipal, donde me la mostró don Luis Gómez Rojas. Para mi total desencanto, la fuente fue víctima de fuerzas exterminadoras: corrosión, ausencia del pedestal original, piezas desprendidas y una enorme fractura estructural en uno de los pies del niñito.

En 2017, con el apoyo del investigador francés Dominique Perchet, de la asociación ASPM (Association pour la sauvegarde et la promotion du patrimoine métallurgique Haut-Marnais), logré identificar el origen de la pieza como un modelo de la fundición artística francesa Val d’Osne. En el catálogo del año 1900 encontré el modelo ilustrado con su respectivo grabado (modelo 61), probable diseño de Mathurin Moreau (1822-1912), escultor principal de la firma.

Ese mismo año, al contar ya con datos precisos tanto sobre el fabricante como sobre su primer emplazamiento en Cartago, decidí incluir ambos hallazgos en un artículo titulado “La Fuente del Pastorcillo de Las Ruinas”, texto que más tarde sería incorporado a mi primer libro, una antología personal de artículos históricos y culturales, publicada en 2021, durante la pandemia6.

La investigación permitió, además, identificar la existencia de más fuentes del mismo modelo en distintos lugares. Se documentó, por un lado, una fuente procedente de un jardín privado de París, ofrecida en subasta en esa ciudad en 2016. Asimismo, se conoció la presencia de un ejemplar en los jardines del Colegio Seminario, en San José; otra en la Casa Hacienda Montalbán, en San Vicente de Cañete, Lima, Perú; y una más en ese mismo país, aunque incompleta, propiedad del médico e historiador del arte Eduardo Vázquez Reliz. Estos hallazgos fueron útiles para confirmar la difusión internacional del modelo y reforzar el valor patrimonial de la pieza cartaginesa.

A pesar de intentos posteriores por emprender la restauración —entre ellos, propuestas de restauradores profesionales, planteadas con genuino interés por salvaguardar la obra patrimonial— y pese a las promesas de las autoridades municipales de hacerlo, el proyecto quedó archivado por años.

No fue sino hasta 2025 cuando, finalmente, soplaron vientos firmes y favorables en el herido cuerpo del Pastorcillo: decisiones cruciales tomadas en el ámbito municipal permitieron destrabar el proceso y autorizar el rescate de la pieza. La fuente fue entonces intervenida de manera integral y profesional por la empresa METAL & STONE, bajo la dirección del ingeniero metalúrgico José Segura Garita, mediante un procedimiento técnicamente complejo que logró restituir tanto la integridad material como la dimensión simbólica de esta obra entrañable.

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La Fuente del Pastorcillo, a través del lente del fotógrafo estadounidense H. N. Rudd, en el año 1907. Sentada y con vestido oscuro, doña Margareth Ann Booth, madre del Dr. Alexander Pirie; sentada en el borde de la pila: Jemimah Douglas Gibson, esposa de Charles Napier Pirie —hermano del Dr. Pirie. Atrás: Jean Bertrand, la joven esposa del Dr. Pirie, y Dr. Henry Hempten. Foto de la colección de Fraser Pirie Robson, incluida en "El Tiempo Congelado" (2016).

Segunda parte: rescate del Pastorcillo: testimonio del ingeniero José Segura Garita

¿Cuál sería el destino del Pastorcillo? ¿El cruel olvido en aquella empolvada bodega, entre hierros retorcidos e irreconocibles? ¿Habría corrido la misma suerte que otras obras desaparecidas del patrimonio urbano, sin nombre ni memoria, acaso enterradas junto a la estatua de Melico? ¿O acabaría en el horno de una vieja chatarra, disuelto para siempre en pedazos infames de alcantarillas y desechos sin historia?

Durante años, la suerte de la pequeña fuente estuvo rodeada de rumores, conjeturas y silencios administrativos. En tal reino de incertidumbres, solo cabía preguntarse si alguna voluntad —sensata y también nostálgica—, es decir, algún “ángel” providencial, se apiadaría finalmente de ella. ¿Aparecería, llegado el momento, el cirujano experto dispuesto a asumir una tarea que para muchos parecía imposible? De las respuestas a todas esas interrogantes trata esta segunda parte del artículo.

A finales de diciembre del año anterior tuvimos la oportunidad de entrevistar al ingeniero José Segura Garita, responsable de la restauración de la pieza. Segura nos ofreció detalles precisos y reveladores sobre cómo se gestó el “milagro” de la recuperación de la fuentecita. Relató que su primer contacto con ella se produjo casi por casualidad, cuando unos jardineros del Museo Municipal le mostraron los despojos del Pastorcillo durante el proceso de restauración de la Campana de la Independencia, realizado por su empresa, entre febrero y junio de 2024.

Antes de entrar en aspectos técnicos, el Ing. Segura insistió en destacar algo que considera fundamental en todo el proceso de recuperación del Pastorcillo: sin la intuición y la responsabilidad de personas humildes, ajenas al mundo académico y técnico, la fuente se habría perdido para siempre. Recordó en particular el gesto de don Óscar Alfaro Valverde, jardinero del Museo Municipal, quien, sin conocer a fondo el valor artístico ni el origen de la pieza, supo apreciar su belleza y se negó a tratarla como simple chatarra.

A ese gesto de don Óscar Alfaro se sumó luego la complicidad de don Fernando Mora Araya y de don Luis Gómez Rojas. Todos manifestaron temor por las deficientes condiciones de la fuente y por el riesgo real de que fuera robada, deteriorada para siempre o, en el peor de los casos, desechada como basura.

Basados solo en el sentido común y en un encanto inexplicable que la pieza les despertaba, realizaron a lo largo de los años traslados y resguardos discretos del Pastorcillo, asegurando que todas sus piezas, aunque quebradas, siempre estuvieran juntas. El ingeniero Segura recalcó que, sin esas acciones decisivas, sencillamente no habría habido nada que restaurar. “Esta complicidad de ellos en mover, acomodar, almacenar y cambiar de lugar definitivamente salvó la fuente”, agregó Segura.

Todo ello se llevó a cabo siempre con el conocimiento y el respaldo del arquitecto municipal, don Óscar López Valverde, cuya anuencia resultó fundamental para que estas medidas de protección se mantuvieran en el tiempo.

Luego, cuando el equipo de restauración tuvo contacto directo con la pieza, el diagnóstico no pudo ser peor. La fuente se encontraba fragmentada en cuatro partes, con las tuberías internas quebradas y el sistema de ensamblaje original completamente inservible. En esas condiciones —explicó— no podía sostenerse en pie, ni utilizarse, ni siquiera considerarse decorativa.

El principal problema estructural se concentraba en el pie izquierdo del Pastorcillo, fracturado en el punto exacto donde converge la carga total de la figura y por donde, además, pasa la tubería interna del agua. Desde una perspectiva técnica, este daño hacía casi inviable cualquier restauración convencional.

No obstante, en medio de aquella ingrata colección de daños y fracturas, había una buena noticia. La mayor parte del cuerpo del Pastorcillo se encontraba bien conservado. Segura lo calificó con un grado de conservación cercano a ocho, pues estaba completo, sin pérdidas significativas y sin fracturas mayores. El problema, por tanto, no era la escultura central, sino la casi nula posibilidad de devolverle su función original como fuente, debido a la fractura del pie y al severo deterioro de la tubería interna.

Uno de los primeros retos fue comprender cómo había sido ensamblada originalmente. Desde su fabricación en Francia, las piezas estaban unidas mediante anillos de plomo que funcionaban como empaques hidráulicos, un sistema hoy en desuso, pero plenamente funcional en su época y claramente revelador de su antigüedad. Al no ser posible rescatar dicho mecanismo, fue necesario diseñar una solución nueva que respetara la estructura original, pero sin llegar a falsificarla.

El objetivo era doble: estabilizar la escultura y restituir su funcionalidad hidráulica. Para ello, se optó por instalar una única tubería de cobre rígido, de trece milímetros de diámetro, que recorriera la pieza desde la base hasta el surtidor final, funcionando a la vez como conducto del agua y como refuerzo estructural interno del conjunto.

Aun así, la estabilidad no estaba plenamente garantizada. Por esta razón se optó por una solución discreta pero decisiva a la vez: rellenar completamente el interior de la pierna fracturada con zinc fundido. De este modo se reforzó el punto más crítico de toda la estructura, permitiendo que el Pastorcillo volviera a sostenerse sobre su pierna izquierda, tal como fue diseñado por el escultor.

Siguió luego una fase exhaustiva de limpieza, destinada a llevar el metal a su estado desnudo, y posteriormente el lento proceso para detener la corrosión, mediante lavados sucesivos, desengrase y la aplicación de ácido fosfórico. Las reparaciones estructurales se realizaron con una soldadura especial de hierro fundido maleable, resistente a deformaciones, que permite soldar piezas delgadas y recuperar formas con gran solidez. Se soldaron pies, base, plato y surtidor, y fue necesario refundir por completo, en hierro colado, las delicadas flores del surtidor, puesto que las originales se habían perdido.

La etapa final consistió en el ensamblaje definitivo y en la aplicación de un sistema profesional de pintura de poliuretano de alta resistencia.

Se utilizó un sistema de protección de poliuretano, con color y acabado de alta durabilidad. La primera capa fue un primario de anclaje wash primer; luego se aplicaron dos capas de base anticorrosiva Kem Kromik; posteriormente una base de color metálico de poliuretano ExcelBase bicapa, y finalmente un acabado transparente de poliuretano de alta resistencia. En total, la pieza requirió unas dieciséis capas de pintura, y se invirtieron tres días completos de trabajo únicamente en esta fase.

(Ingeniero José Segura Garita)

En conjunto, el proyecto tomó aproximadamente dos meses e involucró a diez colaboradores: dos restauradores, un soldador, dos fundidores, un pintor y cuatro personas dedicadas a labores de limpieza, reparación y remoción.

Terminamos la entrevista con la siguiente pregunta al Ing. Segura:

¿Qué recomendaciones futuras daría para que la pieza mantenga un adecuado estado de conservación a lo largo del tiempo y para que los cartagineses puedan disfrutarla incluso en el siglo XXII?

Sería mantenimiento anual con aplicación de ceras, revisión de la pintura cada 5 años y guardar la ficha de restauración, que contiene todos los pasos y materiales, para ser reproducida cuando se requiera en el futuro. Escanearla y documentarla como los demás objetos restaurados.

Finalmente, el domingo 14 de diciembre de 2025, tras treinta y cuatro años de ausencia, en una típica mañana navideña de Cartago —marcada por el viento helado, la bruma espesa y hasta un tímido rayo de sol — se procedió a la instalación del Pastorcillo en su estanque. Su regreso constituyó una liberación largamente esperada: como cuando en el bosque se abre la jaula de un puma herido, ya curado, y se devuelve a su hábitat, así volvió el Pastorcillo a su lugar de origen, tras un prolongado encierro en casi total oscuridad. De pronto, la alegría absoluta reinó en el ambiente. Como si el viento, la bruma y la primera luz del día abrazaran al niñito de humilde ropaje y, todos juntos, tomados de la mano, cantaran ronda, con la música del agua de fondo.

Conclusión

El rescate del Pastorcillo constituye, ante todo, un acto de justicia silenciosa. Justicia con una obra que dejó una huella imborrable en la ciudad, pero, sobre todo, con personas humildes que, sin esperar reconocimiento alguno, comprendieron que esta fuente valía demasiado como para dejarla perderse.

De ello se desprende una lección fundamental: el patrimonio no se salva únicamente a base de técnica, de conocimiento especializado o de buenas decisiones. Se sostiene, ante todo, en gestos humanos nobles y comprometidos —muchas veces anónimos— que comienzan mucho antes de cualquier intervención formal en una obra. Sin esos cuidados primarios, sencillamente no habría nada que restaurar ni que recuperar.

Por ello, no es casualidad que, a lo largo de esta historia, la palabra milagro se repita con insistencia. La Fuente del Pastorcillo estuvo rota, privada de agua y despojada de sentido durante más de tres décadas. Todo parecía indicar que su destino sería el olvido, en un infame basurero. Y, sin embargo, volvió a ocupar su lugar, permitiendo que la ciudad recuperara una valiosa obra que se creía definitivamente perdida.

En su regreso hay algo que nos recuerda la resurrección de Lázaro: una llamada hecha cuando ya nadie esperaba respuesta. De su largo y cruel encierro, el Pastorcillo salió, inesperadamente vivo, aunque marcado por huellas claras de una lucha brutal: soldaduras, cicatrices visibles e invisibles, refuerzos ocultos y fracturas finalmente superadas.

Al regresar a “Las Ruinas”, el Pastorcillo recuperó su condición de actor silencioso y, a la vez, determinante. Con la campana y las leyendas; con la punzante bruma, apaciguada por amores furtivos; con los gobernadores y otras almas que reposan allí desde la Colonia; con las risas antiguas y con las que vendrán, su presencia restituye un equilibrio quebrado por un ingrato abandono, primero por la fuerza telúrica y, después, por la indiferencia.

Fundido con hierro y arenas de la lejana Francia, el Pastorcillo es, sin embargo, un hijo adoptivo de Cartago. Con esos ropajes humildes de pastor, como el joven rey David, sostiene sobre su cabeza un plato que es a la vez tinaja del líquido vital, fuente de los deseos y óbolo de esperanza. Su retorno supone el rescate de una obra material invaluable y, al mismo tiempo, reafirma el vínculo profundo entre patrimonio y herencia, entre memoria y orgullo, entre la noble ciudad y sus fieles habitantes.

Ya fue liberado el niñito del largo encierro,
porque “Las Ruinas” no podían existir
sin campana, sin padre
y sin Pastorcillo de hierro.

Con paciente cirugía de fuego y metal
el niñito ha vuelto a la vida:
avanza, risueño, sobre su pierna herida,
para cumplir su destino original.

Ya no guarda ovejas ni fantasmas,
sino dorados peces que giran como siglos,
y lirios verdes que reposan en la calma.

Así “Las Ruinas” recuperan su sentido:
con campana, con padre
y con Pastorcillo de hierro.

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Estado en que el equipo de restauración recibió la fuente del pastorcillo. Se aprecian las cuatro partes de la fuente: el niñito con su plato sobre la cabeza, el pedestal circular, los pies quebrados incrustados en el pedestal y el surtidor con muchas piezas faltantes. Foto: José Segura Garita. (2025).

Agradecimientos

  • Ing. José Segura Garita, por permitirnos acercarnos al proceso de restauración de la Fuente del Pastorcillo, y por un gesto generoso y discreto, que forma ya parte de la historia no escrita de la obra.

  • Sr. Mario Chacón Moya, gestor cultural de Cartago, y a la página “Cartago, su historia, ayer y hoy” (Facebook).

  • Arq. Rosa Elena Malavassi, por la generosidad de compartir información registral de la Casa Pirie en el siglo XIX, como fuente primaria, para entender el cambio de propietarios.

  • Escultor Alonso Silva González.

  • Sr. Fraser Pirie Robson.

  • Sra. Ana Moraleda.

  • Sr. Francisco Quesada Pereira.

  • Arq. Óscar López Valverde.

  • Sra. Cristina Mata Castillo.

  • Arq. Luis Diego Ramírez Araya.

  • Dr. Eduardo Vázquez Relyz.

  • Sr. Óscar Alfaro Valverde.

  • Sr. Luis Gómez Rojas.

  • Sr. Fernando Mora Araya.

  • Sr. Randall Gómez Aguilar.

  • Ing. Andrés Zuñiga Orozco.

  • Sr. Bernardo Gómez Mora (+).

Notas

1 Prebístero Juan Andrés Bonilla Monge (1821–1862): clérigo cartaginés, hijo de José Jesús María Bonilla Vega y María Josefa Monge Guzmán. Cura interino de Turrialba. Residente en San José por algún tiempo, falleció en Heredia. Tras su muerte, sus bienes fueron administrados por sus hermanos, entre ellos el también sacerdote Nereo Bonilla Monge.
2 Prebístero Fulgencio de Jesús Bonilla Monge (1824–1893): sacerdote cartaginés, hermano de los presbíteros Juan Andrés y Nereo. Destacó por su labor pastoral en Cartago y San Vicente de Moravia. Históricamente recordado por su postura crítica frente a las reformas de monseñor Thiel, a quien adversó en la crisis de 1884. Debido a ello, fue suspendido del ministerio por el mismo Mons. Thiel.
3 En la actualidad, la propiedad completa mide aproximadamente 42.5 m x 42.5 m (50 x 50 varas).
4 Luis Jerónimo Bonilla Rivero: contador y gestor comercial, activo a finales del siglo XIX y principios del XX. Registrado como tenedor de libros en San José (1891), destacó por su participación en la actividad minera en Guanacaste (1904) y en la gestión de propiedades en San Isidro de Heredia. Formó parte activa de la vida civil josefina, figurando en diversos censos electorales entre 1897 y 1909.
5 La primera “Botica de Cartago” se fundó en el año 1890. Era una sociedad constituida por el Dr. David Inksetter, el farmacéutico norteamericano H. L. Haussamen y el Dr. Alexander Pirie. Posteriormente, en el año 1900, el Dr. Pirie asumió la farmacia por su cuenta y la trasladó a su casa de habitación, cuando esta aún era de un solo piso.
6 Orozco-Abarca, S. (2021). Antología de artículos (históricos & culturales): escritos entre 2015 y 2020 (1.ª ed.). Ed. Grafika S.A.

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Fuente del Pastorcillo en “Las Ruinas”. Año 1988. Foto: Sergio Orozco Abarca.