Nieve en Barcelona la noche antes de Navidad. La humedad del mar Mediterráneo envolvió la ciudad y sobre ella cayó una ola de viento polar. Bajaron las temperaturas. Nevó durante todo el día en una ciudad no preparada, se acumuló más de 1 metro de nieve: lo nunca visto. Barcelona quedó paralizada. Los hombres cavaron senderos entre la nieve para poder caminar, senderos más hondos que la altura de Pepín.
Pepín nació en un suburbio pobre de Barcelona, en un barrio del extrabarrio; solo conocía la escayola disuelta que su padre rociaba cada año sobre los leños del Pesebre familiar, simulando montañas nevadas, y los trozos de algodón que los niños pegaban en las ventanas de la escuela para simular nieve: el invierno.
Aquella noche vio caer copos de algodón tras los cristales del cobijo en planta baja donde había nacido, en el barrio de San Andrés del Palomar; en aquel tiempo, un suburbio aún rural de la ciudad de Barcelona. Su padre trabajaba de peón, de mano de obra barata, en una fundición de cobre y plomo doce horas diarias y media jornada los domingos; su madre trabajaba en un comercio cercano —que vendía pollo, conejo y legumbres cocidas—, haciendo croquetas con los restos hervidos y fregando las ollas. La vida transcurría entre jugar en la calle con otros niños y estar en casa con la abuela Melchora. Una maestra jubilada salía del asilo de ancianos dos tardes por semana para enseñar a Pepín a contar números con granos de maíz seco desperdigados sobre la mesa camilla, a cambio de un vaso de leche caliente con café de borrajas y dos galletas secas.
De niño fue rubito, pecoso y algo travieso. Una mañana soleada, sus padres le castigaron sin salir; la abuela guardó la llave en su faltriquera: se sintió enjaulado. Como vivían en una planta baja con acceso directo a la calle, Pepín rompió la puerta a patadas y salió por el agujero; le castigaron otra vez, Pepín rompió un cristal y salió por el agujero: no necesitó llaves para vivir su vida, Pepín hizo camino al andar.
Aquella noche de nieves, Pepín miró por la única ventana que daba a la calle, vio al padre de Montse limpiar con una pala la masa blanca que amenazaba con derrumbar el techo del garaje: ambos se saludaron con la mano abierta. Montse de cabello largo y rizado —su amor infantil no correspondido— vivía en la casa de enfrente; una casa de 3 plantas, jardín y patio grande con garaje trasero: Montse era de familia rica. El cobijo de Pepín estaba en el trasero de la casa; una calle estrecha los separaba. En verano Montse y su prima Teresa se bañaban en ese patio, en un caldero puesto a calentar al sol, los niños de la calle de atrás —los niños pobres— se subían a la reja para verlas gozar vestidas con su bañador verde oscuro.
Su calle, la calle Baliarda, número 30, había sido un antiguo torrente y parte trasera-cloaca de muchos corrales. El niño visitaba a menudo las 3 vaquerías con vacas lecheras y 2 establos con caballos de carga, la bodega donde pisaban uvas para hacer vino y el criadero de pollos. Justo frente a su portal se abría un ventanuco enrejado, era la trastienda de la Comisaría de Policía en la calle Malats; en esa trascienda los polis golpeaban a gitanas y a borrachos, por el ventanuco escapaban los gritos y los quejidos.
La calzada de la calle Baliarda estaba asfaltada, gris, por ahí solo pasaban el carro de la basura tirado por una mula y la carreta del trapero comprando trapos, papeles y botellas. Como no circulaban coches, los niños pintaban coches y aviones sobre el asfalto con trozos de yeso procedentes de derribos. Niños y niñas jugaban juntos en la calle: a guerras y heridos, a médicos y enfermeras, a papás y mamás... Siempre estaban cerca: los de la parte baja subían a la parte de arriba o los de arriba venían a jugar abajo. También tenían mucha afición a leer tebeos (cómics) de segunda mano y representaban historias inventadas con personajes recortados de cartón en un teatrín hecho sobre una caja de verduras vieja. Eran niños jugando en la calle, eran felices sin televisión. La gran nevada borró todo y encerró a los niños cada uno en su casa.
Un verano Pepín fue invitado a 15 días de vacaciones a un internado de monjas, en la montaña. Era un descanso para los padres que aprovechaban los 15 días de agosto para trabajar más y ahorrar unos dinerillos; era un relax para los niños. En el internado jugaban con otros niños pobres, solo masculinos; algunos escapaban del convento un rato hasta el huerto cercano para robar almendras caídas. Por las tardes rezaban el rosario y representaban los evangelios en forma de teatro. Un día por semana las monjas los bañaban con los calzoncillos blancos puestos (tenían apenas 6 años de edad).
El alojamiento familiar había sido un establo luego convertido en refugio alquilado para inmigrantes españoles: dos cuartos de menos de 4 m2 y un comedor raquítico; un pasillo sin techo daba acceso al lavadero, a un reservado con letrina y a la cocina alimentada por un fogón de petróleo. Hacía un frío inmenso en aquel refugio calentado solo por un brasero de carbón. Las humedades mojaban las paredes, y las goteras inundaban la cocina siempre que llovía. La madre recogía el agua en un cubo de hojalata para alimentar la letrina. Las autoridades declararon el inmueble insalubre y la familia tuvo que mudarse a otro barrio; derribaron el hogar de su infancia.
El día de su primera comunión Pepín fue invitado por el padre de Montse para visitar la casa grande. Pecoso de cabellos rubios, iba vestido de almirante de marina con uniforme blanco, botones dorados y hombreras con flequillos dorados. Entró por la calle ancha —no por el torrente donde él vivía—, por la cancela principal en la verja pintada de azul marino, por el jardín con orquídeas, tulipanes y un naranjo florido; había rosales multicolores enredados en las cuatro columnas que sujetaban el porche. Tras pasar la gran puerta de dos hojas, acristalada, encontró el salón-recibidor con techos altos, suelo de mármol, escalinatas, lámparas... Pepín recibió caramelos y una propina, aquel día estuvo cerca del cuerpo de Montse, sin tocarse; años después soñó muchas veces con ella: se encontraban en la calle o en una estación del ferrocarril subterráneo, se reconocían, se abrazaban...
Los niños habían pintado con yeso coches y aviones en el asfalto, jugaban felices sin televisión; la nieve lo cubrió todo. Pepín había aprendido a caligrafiar palabras en una escuela de monjas para niños pobres; ellas también le inyectaban aceite de hígado de bacalao para mitigar el raquitismo. Aislado en el comedor de su casa, mientras el frío arreciaba en los huesos, calentado por un solo brasero de carbón, Pepín esbozó sus primeros cuentos con un lápiz romo. Fue en Barcelona, durante la gran nevada de 1962.















