Ella no me lo dijo, pero yo me imaginé la situación:
—Ricardo, ¿por qué yo?
Yo también trato de entenderlo cada vez que la veo. Y me asombra la belleza de poder hacerse esa pregunta… y tener respuesta.
La misma pregunta aún no puedo hacérsela, pero la mía me la repetí tantas veces que, si pudiera decírselo, solo le diría:
—No me vas a creer, pero vi tus ojos y tu nariz. La armonía con la que conviven en tu rostro, tan natural, como si fueran parte de un cuadro que no buscaba llamar la atención y, aun así, lo logra. Cuando sonreís, resaltan más. Y en ese instante, sentí una necesidad imperante de hablarte. Así, sin más.
Pudo haber pasado con cualquiera. ¿Cuántas personas uno encuentra, incluso sabiendo más de ellas, que no te generan nada? Pero con vos fue distinto. Hubo algo —no sé qué— que me dio esa extraña, silenciosa, pero fuerte sensación de elección.
Me hubiera gustado que me encontraras vos. Que no viajáramos en silencio todo ese tiempo. Que mi cara desgastada o mi cicatriz en el rostro te generara curiosidad. Y que la primera vez que habláramos, te rieras. Y que ese gesto sonara, sin palabras, como: “Te elegí”.
Pero ahora, solo espero que esta vez, el orden de los factores no altere el producto.
No sé si era una necesidad mía o una esperanza vieja, pero nunca había sentido eso. Esa sensación de que alguien podía mirarte como si fueras una historia que quiere leer sin apurarse. Durante años, fui el que hablaba primero, el que proponía, el que escribía mensajes largos en cualquier ocasión o expresaba sus sentimientos de maneras intensas con detalles o poemas. Y siempre, en algún momento, había que fingir que no dolía cuando no te respondían igual. Tal vez por eso ahora me sorprendí tanto. Porque sin hacer nada especial, sin mostrar más de lo necesario, sentí que alguien se estaba quedando.
Puede que para muchas personas sea difícil aceptar este anhelo de ser encontrado, de no tener que pedir que alguien se quede. Pero para mí, ese deseo es inherente a los seres humanos.
A veces pienso que este deseo viene de lejos. Que lo aprendí antes de saber nombrarlo.
Tal vez empezó en casa. Tal vez la primera vez que alguien me eligió sin condiciones fue ella: mi mamá.
Siempre soy el de las elecciones, y cuando mis elecciones salen mal, mamá me dice en guaraní: “Si quiere irse, deja que lo haga”.
Su fórmula es simple y efectiva. Porque, así como no se puede forzar que alguien te encuentre, tampoco se puede forzar que alguien te ame.
Y quizás mi mamá no lo haya pensado como una elección, o quizás no tuvo alternativa, o renunció a muchas cosas para que hoy esté escribiendo esto. Pero ella me eligió: con el pelo largo de rockstar, con mis destellos de genialidad y mis fracasos. Nunca me lo dijo, pero no hay otra explicación.
Me acuerdo de una en particular. Tenía siete años y quería un libro de aves que venía por entregas en el diario. Ella no me prometió nada, y yo tampoco insistí demasiado. Era uno de esos deseos que uno guarda en silencio, sabiendo que no siempre se pueden cumplir. Pero ese día, después del colegio, me sorprendió: llegó empapada, con el diario envuelto en una bolsa plástica medio rota. “Cuidalo”, me dijo, y se rió. Nunca más lo olvidé. No por el libro en sí, sino porque, sin decirlo, entendí que ella veía lo que me importaba. Que se mojaba por eso. Por mí. Y que, de alguna forma, me estaba diciendo: te veo, te elijo.
Creo que, en mi vida, la mayor parte de veces ha sido más fácil encontrar que ser encontrado.
Siento que encajo en la vida de los demás, pero yo no encajo en la suya. Y eso me deja en el limbo del “¿y si…?”.
Este tipo de elección es curiosa. No es como ir a una tienda, probarte algo y llevar lo que te queda bien o lo que podés pagar.
A pesar de mi escepticismo, no puedo ignorar la magia de las historias de amor: cómo, por ejemplo, ves la nariz de alguien, su voz, su risa, su forma de ver el mundo… y de repente, sin saber cómo ni por qué, decís: “Quiero hablar con esta persona”.
Pero no quiero ser malinterpretado: hay elecciones que se construyen ladrillo a ladrillo y no valen menos por no haber sido instantáneas.
Solo es curioso cómo, a veces, una chispa basta para que todo encaje.
Y otras, por más que uses los mejores materiales, no hay forma de edificar ni siquiera una casita.
No estoy buscando una historia perfecta, ni un amor de película. Quiero algo más simple y raro: que alguien me elija con calma. Que no me idolatre, que no me idealice. Solo que me vea, de verdad con todos los matices que me hacen quién soy, y aun así diga: “Acá me quedo”. Y yo también pueda quedarme. Que la elección sea mutua, no espectacular, pero sí constante. Como esas puertas que no hacen ruido, pero siempre se abren.
Tal vez por eso las coincidencias nos conmueven tanto: cuando alguien comparte asiento, fila o conversación, y de repente, sin aviso, en una mirada sin apuro, parece decirte:
—Te elegí.















