En el colegio capitalino comenzó a soñar con ser poeta, pero su profesor de lengua tenía ojos de vidente y aprovechó un castigo para obligarlo a escribir un cuento. Todo el colegio leyó y aplaudió la historia de una chica que se convertía en mariposa. Este trabajo recuerda a Kafka, dijeron sus maestros y él no supo qué responder porque no había leído a Kafka. ¡Carajo, pero si así hablaba mi abuela!, pensó cuando por fin lo leyó, si esto se puede hacer en la literatura, entonces me interesa. Pero su papá no quería que su primogénito se muriera de hambre y lo obligó a estudiar derecho.
El estudiante de derecho escribió otro cuento y lo mandó al suplemento literario de un diario. El diario ni lo publicó ni le respondió. Entonces su abuelo coronel movió alguna influencia en el cielo, y otro periódico anunció que abría las puertas de las páginas literarias a autores desconocidos. Él envió un cuento, al día siguiente salió publicado, lo vio en el puesto de periódicos y casi se murió de tan feliz, pero no pudo comprarlo porque le faltaron cinco centavos. Entró corriendo a la pensión en que vivía y salió de nuevo con un amigo y los centavos. La tercera resignación, se llamó el cuento y fue la última de su vida.
No le dio la gana de resignarse a ser un abogado infeliz y abandonó la universidad. Comerás papel, le dijo furioso su papá y tenía razón, vivir de la pluma era imposible, o dificilísimo, casi se murió de hambre de verdad y aunque siguió escribiendo gratis, tuvo que buscar trabajo y así fue como se volvió reportero. En un derroche de optimismo, él y unos amigos lanzaron un periódico que se llamó El Comprimido, y aunque se repartía gratuitamente, no consiguió auspiciadores y el sexto número fue el último. “Ante tan halagadora perspectiva, no hemos encontrado un recurso más decoroso que el de comprimir éste periódico hasta el límite de la invisibilidad... desde este mismo instante éste empieza a ser el primer periódico metafísico del mundo”, escribió el nieto del coronel y aunque creyó que se moriría de tristeza, no tuvo tiempo para morirse porque había empezado a escribir su primera novela.
Cuando terminó la novela, la mandó a un montón de editoriales, ninguna aceptó publicarla ni le respondió, pero él siguió enviándola. Mientras tanto, fue ganando renombre como reportero y llamando la atención por su pinta estrafalaria. Parecía un turco sonriente. Tenía la cabeza llena de rulos, ojos de buena persona y las orejas siempre paradas para no perderse ninguna historia. Su ropa de colorinches espantaba a la gente seria que iba conociendo, ¡qué aspecto!, se quejaban, hasta que su bonhomía y talento los dejaban mudos. Quizá fue entonces cuando comenzó a sembrar buenos amigos. Por fin, una editorial aceptó publicar su novela y él casi se murió del susto.
El periódico para el que trabajaba premió sus reportajes maravillosos enviándolo a Europa a cubrir una serie de noticias. Él casi se murió del susto, pero cuando llegó y vio el pasto de Ginebra, se quedó helado, tanto avión, tanto tren y tanta vaina para que el pasto sea igualito aquí que allá. Estando en Europa, la dictadura en su país clausuró su periódico y no tuvo trabajo al que regresar. Vendió su pasaje de retorno y se puso a escribir feliz de hacerlo sin que nadie lo jodiera por fin, como contó mucho después.
Cuando la plata se le acabó, no pudo pagar el hospedaje y comenzó a comer poquito. La dueña de la pensión se apiadó de él, lo mudó a la buhardilla y lo dejó escribir en paz. Uno de sus amigos lo vio en aquel tiempo. Le sorprendió lo serio que se veía, todo vestido de invierno y sin colorinches, hasta que comenzó a nevar. El nieto del coronel pegó una carrera feliz, como un futbolista cuando mete un gol, levantó los brazos al cielo, se le pintaron de blanco y los ojos de buena persona se llenaron de lágrimas, era la primera vez que veía nevar.
Cuando la novedad de la nieve pasó, escribió a sus amigos pidiendo ayuda, necesito plata, dijo francamente y los locos de su vida se reunieron para pensar cómo enviar dinero a París sin llamar la atención. Metieron un billete de cien dólares, que entonces era mucho, dentro de una postal, un escondite imposible de detectar sin instrucciones. Correspondencia para usted, le avisó en francés la dueña de la pensión, él bajó feliz y cuando vio la postal y nada más que la postal llena de frases cariñosas, casi se murió del dolor de corazón, cabrones, dijo, porque el cariño no se come, tiró la postal a la basura y salió a caminar para no morirse de tristeza.
Cuando regresó, encontró la carta que sus amigos enviaron después de la postal, al darse cuenta de que el escondite era tan bueno que su amigo se tiraría al Sena si no le explicaban dónde estaba el billete. ¡La basuuura!, pidió el nieto del coronel disparado, recuperó la postal, sacó el billete y se fue a comer. La novela que escribió en la buhardilla parisina es la que él consideró la mejor de las suyas. Es corta, dura y exacta, está ambientada en octubre, el más triste de los meses, y cuenta la historia de una pareja anciana con asma, zapatos rotos e ilusión, que no se come, pero alimenta.
Uno de sus amigos le consiguió un nuevo trabajo de periodista, le envió un pasaje y así dejó Europa. Se casó por fin con la mujer a la que se había declarado cuando ella tenía trece años o algo así, y siguió trabajando como un burro. Le publicaron dos novelas más. Una de ellas ganó un premio literario y la primera frustración que le dio fue que ningún editor le aceptó el título, una novela no puede llamarse “Este pueblo de mierda”, ¡hombre!, dijeron todos y entonces se llamó La mala hora. La segunda frustración, que casi lo mató del colerón, fue la edición que se hizo en la Madre Patria, que ejerció de madrastra y cambió todos los ustedes por vosotros, todos los papás por padres, todos los suyos por vuestros y no sucedió por cojudez sino por gilipollez. El nieto del coronel desautorizó en carta pública a aquella editorial, la novela volvió a editarse en México, y él “volvió a instituir las incorrecciones idiomáticas y las barbaridades estilísticas en nombre de su soberana y arbitraria voluntad”.
Tiempo después la pareja, que ya tenía un hijo, se instaló en México. Allí, él quiso cumplir su sueño de ser Director de cine. Llegó hasta a escribir guiones, pero se frustró porque se dio cuenta de que el cine es mucho más limitado que la literatura. Fue por aquel tiempo que conoció la obra de Juan Rulfo, su concepto de la literatura dio un vuelco de cataclismo, casi se murió de tan feliz y encontró el camino que andaba buscando. Fue entonces cuando supo que había llegado la hora de ser más valiente que nunca y contar el universo que habitaba en su alma y en su piel. Se encerró en el escritorio de su casa. La primera frase se escribió sola, ¿qué carajo vendrá después?, se preguntó aterrorizado, pero siguió y describió la vida de los que conocen el otro lado de las cosas.
El poema en prosa más largo de la literatura narra una historia que comienza cuando el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre; describe un tiempo circular y no lineal, en el que una mujer se queja, ¡el tiempo da vueltas en redondo y ya esto me lo sé de memoria!; habla de un mundo que va acabándose poco a poco y es una casa de locos donde la misma mujer pregunta a Dios si de verdad cree que la gente está hecha de fierro para soportar tantas penas. En la obra más corajuda de su vida, el nieto del coronel explicó con la inocencia de un niño que cuando nos asustamos frente a otros, lo que nos sobra es el cuerpo, que nuestra memoria está llena de recuerdos aun antes de que nazcamos, que lo peor del insomnio no es el cansancio sino la nostalgia de los sueños y que la evocación implacable logra materializar los recuerdos.
Casi se murió de alivio denunciando que hay ángeles de la guarda que se quedan dormidos y que hay clavos sufriendo porque quieren desclavarse. Casi se murió de gusto desembuchando que el amor puede ser una peste, que se siente igual que un temblor de tierra y que, a veces, no se le ocurre a nadie. Casi se murió de risa metiendo a Mambrú* a pelear guerras civiles en el Caribe. Casi se murió de pena exponiendo el horror de las guerras, que arrasan con todo, mezclan a idealistas con canallas que generan fanatismos dementes y terminan con todo el mundo peleando sin recordar por qué, con los afectos podridos en el corazón y el rumbo perdido para siempre. Casi se murió de sufrimiento demostrando que es más fácil empezar una guerra que acabarla, y casi se murió de verdad cuando el coronel Aureliano Buendía se murió y tuvo que dejar de escribir para llorarlo dos días.
“La Cueva de la Mafia”, llamaron sus amigos al escritorio donde él se encerró para escribir la maravilla, allí dentro pasan cosas raras, afirmaron y volvieron a prestarle plata. Su mujer empeñó todo lo que había en la casa salvo la secadora de pelo, la batidora y la estufa de su marido, porque él no podía escribir con frío. Los tenderos les fiaron la comida y el casero les fio el alquiler. Cuando él por fin terminó la novela, su familia debía seis meses de casa, seis meses de carne, seis meses de leche y seis meses de todo lo demás. Su esposa lo acompañó al correo a despachar la novela a la editorial argentina que quería leerla. El manuscrito pesaba tanto que lo cortaron como a un jamón y sólo enviaron la mitad, la pareja regresó a su casa, tomó la secadora, la batidora y la estufa, las empeñó y volvió al correo para pagar el envío de la otra mitad. Oye, Gabo, ahora lo único que falta es que la novela sea mala, dijo Mercedes.
Cuando la editorial argentina publicó la novela, el matrimonio viajó a Buenos Aires. Una noche que entraron al teatro, el nieto del coronel y su esposa se sintieron raros, podían jurar que una luz los seguía y así era. ¡Bravo!, gritó alguien, todo el teatro se puso de pie para aplaudirlos y él casi se murió del susto. Argentina enloqueció, la editorial tuvo que contratar una secretaria para que atendiera a la gente que lo llamaba y esconderlo en otro hotel.
Sólo los latinos de América tuvieron la clarividencia de reconocerse en el libro, recibieron Cien años de soledad como una descripción de la vida, no como una novela y se imprimieron tantos ejemplares que América Latina se quedó sin papel. Mi mamá es igualita a Úrsula, mi tía a Amaranta, se oyó en todo lado. ¡Aaay el Gabito qué chismoso!, dijo una de las hermanas del escritor cuando la leyó, ¡ha contado los secretos de todo el mundo! Sobre la obra que lo sacó de pobre, él comentó después, “nunca supe a dónde iba a llegar empujando este carro, primero muerto de miedo por lo que podía ocurrirme y después muerto de miedo por lo que me había pasado”.
Un premio siguió a otro y él siguió sin poder creerlo. “Perdónenme que hable sentado, pero la verdad es que si me levanto corro el riesgo de caerme de miedo”, dijo en uno de los actos organizados en su honor. “Todo homenaje público es un principio de embalsamamiento. Siempre he creído que los escritores no lo somos por nuestros méritos, sino por la desgracia de que no podemos ser otra cosa y que nuestro trabajo solitario no debe merecernos más recompensas ni más privilegios que los que merece el zapatero por hacer sus zapatos…”, escribió mucho después, y también dijo que la fama “es una señora muy gorda que no duerme con uno, pero cuando uno despierta está siempre mirándolo frente a la cama”.
Cuando le avisaron que había ganado el Premio Nobel de Literatura, se escondió en casa de un amigo y cuando se enteró de que debía ponerse un frac para recibirlo, casi se murió del susto porque era más supersticioso que su abuela, ni muerto me pongo un frac, esa vaina da mala suerte. Comenzó a pensar cómo evitarlo y como era el mejor contador de historias de la humanidad, se inventó una, se la contó a la gente más culta del mundo y se la creyeron. Cuando entró al salón repleto de flores en Estocolmo, empalideció, volteó y susurró, ¡mierda!, esto es como asistir a mi propio sepelio.
En su discurso habló de la patria inmensa, casi siempre incomprendida y siempre incomprensible que se llama América Latina, de su realidad desaforada y de su ubicua bendición y maldición: El Dorado. “En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, esa energía secreta de la vida cotidiana que cuece los garbanzos en la cocina y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos... el premio que acabo de recibir, lo entiendo con toda humildad con la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano…”. De regreso en su tierra y a propósito del traje blanco que el escritor vistió para la ocasión, un colombiano preguntó a uno de sus amigos: ¿por qué vistieron al Gabito de cocinero?
Con el Nobel en una repisa, el nieto del coronel siguió contando historias. Casi nos mató de alivio cuando nos dijo que los periódicos que nos amargan los días sólo contienen fantasías de la vida real. Casi nos mató de ternura cuando nos explicó que los síntomas del amor son los mismos que los del cólera y describió el enamoramiento como “tener dos almas al mismo tiempo” y al amor como “un vértigo perpetuo que nos pone a flotar entre nubes erráticas”.
Casi nos mató de risa cuando nos contó que una madre siguió el rastro del olor a caca para encontrar a su bebé escondido. Casi nos mató de tristeza cuando escribió sobre gente que aprende a ser feliz sin la felicidad, o cuando uno de sus personajes dijo que la vejez no se siente por dentro, pero por fuera todo el mundo la ve. Casi nos mató de frustración cuando nos mostró que hasta las vidas más dilatadas sólo alcanzan para aprender a vivir. Y casi nos mató de verdad cuando se murió. Estábamos tan familiarizados con la muerte que no lo lloramos sino hasta mucho tiempo después, cuando comprobamos que nadie puede sustituirlo y hasta las alegrías se nos volvieron un poco tristes porque no es él quien nos las cuenta.
Basada en las biografías de Gabriel García Márquez, incluidas El olor de la guayaba y Vivir para contarla; muchas de sus entrevistas, incluidas las hechas a sus amigos y familia, y la lectura implacable de la mayor parte de su obra.
Notas
1 Para conocer más sobre la vida de Gabriel García Márquez, particularmente sus primeros años, los invitamos a leer nuestra anterior entrega .
2 El Duque de Marlborough, Mambrú, aparece como uno de los hombres de confianza del Coronel Aureliano Buendía en Cien años de soledad.
3 En una entrevista, Plinio Apuleyo Mendoza, amigo de García Márquez, autor de El olor de la guayaba y exembajador de Colombia, contó la anécdota del traje caribeño llamado “liqui-liqui”.















