La laguna estaba eclipsada con un brillo dorado. Tan solo una pequeña sombra opacaba su fulgurante renacer. En el ocaso retumbaban los tambores; el alborozo indescriptible de las eras estaba llegando a su fin.
Primero, como una serpiente, se deslizaba suave, imperceptible. Solo se podía oír el bullicio del deleite que la hierba hace con la caricia sutil del viento, el correr del agua por la húmeda piel reptiliana. Luego, su torso fue mutando en pechos: firmes, provocadores, morenos, pequeños, con un pezón corto, erecto, vibrante. Un cuello largo y grácil sostenía su cabeza, de cabello negro como resina oscura. Sus ojos eran de miel profunda, la nariz fina, la boca grande, con labios hechos para cortar y devorar. Así emergió la madre de las aguas.
El júbilo del tacto de su piel de reptil se convirtió en el gozo del roce de sus pies sobre la hierba. La tierra reconoció a su creadora. En avance recibió sus dedos, luego la planta entera. Con cada contacto se estremecía. Había llegado la madre, la generatriz, la dadora. Un tocado dorado adornaba sus sienes, tan brillante como los haces de luz de Zue. El calor que emanaba de su vientre, ligeramente abultado, anunciaba la belleza de su progenie; sus caderas anchas proclamaban la abundancia de su fecundidad. A su paso, todo reverdecía.
Su mirada dulce hacía vibrar el entorno en gemidos pastosos. Las abejas olvidaron su lugar en el panal, se apareaban ebrias de lujuria, sin reparar en los ciervos, los sapos o las aves. Todos los seres se entregaron al éxtasis del apareamiento. Los árboles, brotando desde las entrañas de la tierra, observaban cómo todo germinaba, florecía, fructificaba. La llegada de la madre coincidía con el periodo más fértil de la tierra fértil, más incluso que la época posterior a la gran inundación del dios arcoíris.
Era el clímax del jardín, un estallido de procreación y placer. Y no era para menos. Había llegado la madre de los primeros hombres, una belleza comparable solo con su vanidad. Saberse dueña de la tierra y su fruto no le causaba tanto éxtasis como el simple conocimiento de su propia belleza. Para asombro de todos los seres, la madre generatriz llevaba en sus brazos, bajo su pecho, a un pequeño. El niño asomaba los brazos en busca del alimento divino, intentando aferrarse con ansia al pezón que supuraba leche de eternidad. Pero después de unos pasos, el pequeño descendió solo a tierra.
Posó las palmas en el suelo, se apoyó en sus brazos y, erguido, contempló a su madre con una mirada que pasó de la necesidad infantil al deseo consciente: primero a sus ojos, luego a su pubis, después a las curvas majestuosas de sus caderas, y finalmente a sus pechos, no ya con el hambre del lactante, sino con la lujuria silvestre del que está despertando a la carne. Fascinada, la madre de todo posó una rodilla en la hierba para encontrarse con él a su altura. Cuando el niño regresó a ella, su asta viril ya se alzaba ante su rostro. La madre extendió la mano, acarició con lentitud sus genitales, reconociéndolos como el cetro de su descendencia. Con la otra mano trazó el contorno de sus piernas firmes, morenas, musculosas. Ya no era un niño, era un bastón, un soporte, el hijo convertido en amante, el ciclo cumplido en la espiral de la creación.
Ella se incorporó con suavidad, sintiendo cómo el fuego de la vida se derramaba en su vientre incandescente. Allí, en el crisol del caos y la creación, se fundieron madre e hijo, divinidad y carne, deseo y destino. La tierra entera vibró al compás de su cópula primordial. Los vientos aullaron de gozo, las flores se abrieron al unísono, y el cielo, apenas contenido, estalló en una lluvia de polen dorado.
Lo que pareció un acto se convirtió en miles, encuentros eternos de cuerpos enroscados, brazos y piernas cruzadas. Su piel llena de figuras invitaba a la creación; sus caderas no paraban de mecerse en una convulsión espasmódica. Era el inicio de todo y el final de la espera. Los tambores seguían resonando y la algarabía no cesaba.
Al apreciar su creación, se sintió completa. Miró a su hijo, su pareja, su igual a los ojos, contempló lo que sería la estirpe imberbe de las mantas, resintió su futuro. Sintió dolor por primera vez al avisar el destino de su creación. Rogó a su padre que iluminara su devenir, pero sabía que era inevitable la llegada del hombre doble. La tristeza se deslizó por sus mejillas y se preguntó para qué su padre la había enviado a crear si su estirpe estaba destinada a semejante ignominia. La vida se explica a sí misma.
Las órdenes del padre pesaron. El dios lluvia sintió su tristeza y desató una tormenta indecible, cayeron con ella plagas, sequías, más lluvia. La tarea estaba hecha, todo había sido consumado.















