Celeste es una de las palabras más hermosas que conozco. Después llegan otras que buscan su lugar: paz, amor, madre… Más de cien mil en nuestro idioma, y entre ellas algunas laten: son los nombres de los niños. Cada una encierra un misterio. Estas, de procedencias distintas, forman parte de mi círculo más cercano.
Lúa, por ejemplo, está engarzada con la belleza nocturna en gallego. Es luna, casi siempre llena.
Takumi es un maestro en su oficio; observa y escucha la materia antes de tocarla. En Japón, se llama así a quien demuestra habilidad en un arte delicado o tradicional.
Kala viene de la India. En sánscrito significa tiempo, pero no solo el tiempo de los minutos o los días: también el tiempo cósmico, nacer, crecer, volver al origen.
Yume significa sueño; su kanji dibuja una flor que nace de la voluntad en la otra orilla del mundo, donde el sol alumbra siete horas antes que en Barcelona.
Como los nombres, también los días y las estaciones guardan misterios.
Hoy es el primer día de otoño. Ha bajado la temperatura, y eso me recuerda el paso gradual, como antes, de las temporadas. Estos cambios nos gustan a todos.
Otoño es una palabra serena, con luces que parecen despedidas suaves. Son días de manos que buscan otras manos, de abrazos y silencios que reconcilian las noches que se alargan.
En la proa espera el invierno, que tiene su belleza, a pesar de su fama inclemente.
Pienso en Celeste, que abrió el día. Bien podría ser el nombre de una estación que no figura en los almanaques, donde aparecen las efemérides, la vida de los santos y, en algunos casos, los tiempos de siembra.
Sería una estación distinta, sin prisas, donde no se cuenten los días, sino que se sientan. Un latido que nos envuelve permanece como un eco y regresa cuando una palabra nos abraza y alguien nos recuerda.
Marcho a mi bar de referencia: el Alba, allí encuentro a María Luisa, que ha envejecido más de diez años en apenas un par de meses. El rostro se le ha quedado demacrado; el cuerpo, hinchado. Se le cae el pelo.
Me dice que le han diagnosticado un cáncer de mama y la tratan en el ICO. Entre otras cosas, recibe quimioterapia, una palabra que infunde tanto terror como la propia enfermedad. Enumera los efectos con resignación: náuseas, moratones, llagas en la boca, ese hormigueo persistente en las manos. Dice que un ser extraño le devora las entrañas.
Confiesa que no quiere perder los pequeños ritos que sostienen la vida: el café de la mañana, la cita en la peluquería, el temblor ante la báscula, la esperanza de un amor arrebatado que nunca llegó. Querría incinerarse a besos. Ir a Samarcanda en autobús, solo porque le gusta el nombre. Y volver. Sobre todo, volver a Castelldefels y contarlo, porque eso es lo que da sentido: si nadie se entera, es como si no hubieras estado frente a las madrazas del Registán ni bajo la sombra azul de la mezquita Bibi-Khanum.
Lo mejor —dice— sería regresar con alguna caravana por la Ruta de la Seda y traer algo sencillo: un color, una promesa, las huellas del camino, la melancolía que siempre ataca.
Nacer, viajar, morir… y volver, aunque solo sea en la memoria de quien te recuerda desde una mesa del Alba.
Al volver, me encuentro con otra Luisa, aunque para los amigos es Marisa. Esta vez llega con todo un poemario bajo el brazo: Escrito desde Mercurio. Me pide unas palabras para la contraportada. Ante mi primera objeción, responde con una sonrisa: —Sí, es muy fácil; además, tú lo haces muy bien.
Le puntualizo: ni es fácil ni lo hago bien.
Al final, tras su insistencia, pergeñé, como pude, estas líneas:
No hay viaje interplanetario más próximo que una mirada interior. Marisa nos sitúa en Mercurio, un planeta inhóspito, donde la vida parece imposible. Y, sin embargo, incluso en los paisajes más áridos pueden brotar los sentimientos. El tiempo transcurre, y con él la luz que baña los versos. La noche se celebra como promesa de otro encuentro, regreso de la esperanza.
Escribir, como salvación:
[…] que ya solo nos queda.
aprender a nadar
con la palabra.Reencuentros y, de nuevo, adiós inevitables. Todo gira como Mercurio alrededor del Sol, que no es sino nuestra propia vida. Y recordar es volver a vivir.
Ámsterdam, Ibiza, Essaouira, Ceret, Camino de Santiago, Venecia, Venecia, Venecia… Caminos estampados en el corazón de la autora.
Me conmueve cuando quienes escriben poemas se muestran transparentes, cuando logran emocionar, transitar nuevas formas y hacer girar las palabras como brújulas que nos orientan hacia el sendero que nos devuelve a casa.















