Busca, del saber en pos, lo que la Sierpe ofrecía
ha de pesarte algún día tu similitud con Dios.

(Johann Wolfgang von Goethe)

La religión judeocristiana ha constelado una imagen disfórica de la sexualidad vinculándola con el mal y las pulsiones femeninas. La narrativa de Eva en el Génesis establece la condición humana pecaminosa en medio de la trasgresión a la prohibición, la caída del Edén y la condena al ostracismo. La desobediencia, soberbia luciferina, instituye a la mujer como causa, meta y mecanismo que activa el pecado por pretender parecerse a Dios.

La mística judía medioeval de la Cábala y la literatura rabínica del Talmud establecen que Dios y el ser humano convergerían en imagen y semejanza porque ambos compartirían una identidad masculina y femenina. Al separarlas, Adán y a Eva habrían sido diferenciados. Antes de Adán hubo otro «primer hombre», andrógino, primordial, ideal y luminoso, con semejanza al reflejo divino. Siendo inmortal, fue masculino por su intelecto perfecto y, femenino, por su sabiduría. El verdadero Adán fue colosal con faz femenina de Lilith. Según Mircea Eliade, la androginia humana fue modelada según la bisexualidad divina.

[…] es una de las múltiples formas de la totalidad-unidad significada por la unión de los contrarios: femenino-masculino, visible-invisible, cielo-tierra, luz-tinieblas, pero también bondad-malignidad, creación-destrucción, etc.1

La androginia divina fue oculta y secreta, difundiéndose la imagen de Dios como patriarca falocrático y normativo. Fue incongruente un Creador ex nihilo que sea masculino y femenino al mismo tiempo, definiéndose en el Génesis, la identidad divina como exclusivamente con atributos masculinos. La Biblia muestra a Eva con roles, colores, estilos y emociones femeninas en tres actos: i) la Serpiente acudió a ella para tentarla; ii) Dios la castigó personal e incisivamente y; iii) adquirió personalidad cuando Adán la nombró.

Habitando Adán y su mujer en el Edén, Dios tuteló su «minoría de edad»2, indefinida y confortable en el lugar privilegiado del mundo, prohibiéndoles trasgredir su ley:

Puedes comer todo lo que quieras de los árboles del jardín, pero no comerás del árbol de la Ciencia del bien y del mal. El día que comas de él... morirás.3

Mircea Eliade dice que el Edén se halla, como todo paraíso, en el centro del mundo. El término e'den significa «delicias»; aunque las palabras sumerias eden o edin refieren «llanura» y «tierra sin cultivar». La palabra paraíso, tardía y de origen persa (pairi-daeza) denota un jardín de cuatro secciones.

La aparición del mal en el Edén se personifica con la Serpiente. Es el «contrincante» (Satanás) pero también, Lilith. Se trata de un ángel protector del árbol de la vida, del que Dios calló ante Adán y Eva. No les prohibió que desearan ser semejantes a Él comiendo del fruto que los inmortalizaría. Les prohibió que comieran de otro árbol que les brindaría conocimiento, siendo conscientes del bien y del mal. Dios solamente prohibió el fruto que haría de los hombres y mujeres seres omniscientes.

El árbol de la vida es trascendental y superior al conocimiento. Finalmente, Dios podría aceptar la trasgresión humana adquiriendo sabiduría, lo que previó antes de la Creación; pero que Adán y Eva sean inmortales, logrando a largo plazo la sabiduría, no podía permitirles. Ser humano implica hacerse y rehacerse, gracias o a pesar del contexto, en el devenir finito, contingente y pasajero de posibilidades casi ilimitadas; pero, ni el hombre ni la mujer podrían compartir con Dios una existencia eterna similar.

Dios creó al protector del árbol de la vida: ángel de alas desplegadas, querubín sabio y bueno vestido preciosamente. Pero, él apañó la maldad, corrompiéndose súbitamente, obnubilado por su esplendor y ensoberbecido por su belleza. Quebrantó su sabiduría queriendo brillar más que Dios y su bondad se diluyó por pretender mayor belleza que su Creador. En el Libro de Ezequiel del Antiguo Testamento, Dios habla a la Serpiente:

Vivías en el Edén, en el jardín de Dios. Sobre ti solo había piedras preciosas, cornalina, topacio y diamante […] con aros pendientes labrados en oro, desde el día que fuiste creado. Te puse de guardia, como un Querub, en la montaña santa de Dios […] hasta el día en que el mal se anidó en ti […] te llenaste de violencia y pecaste; entonces te barrí […] tu belleza te hizo perder la sabiduría […] hice brotar fuego de ti que te devoró; no dejé de ti más que cenizas en el suelo.4

La Serpiente quiso evidenciar ante Dios la futilidad de su obra, mostrándole que su creatura principal, el ser humano, fácilmente trasgrediría sus leyes. Pecaría irremediablemente, condenándose a padecer los sufrimientos de la vida en un mundo hostil y lacerante, decepcionando a su Creador.

La metamorfosis del ángel en Sierpe, transformándose en el maléfico Satanás o en su alter ego, Lilith, la reina de los súcubos; exige una explicación teológica. El imaginario judío responde: ¿cómo la obra divina fue imperfecta, con ángeles caídos y querubines protectores albergando pulsiones aborrecibles y urdiendo contra Dios? y ¿cómo desapareció el mundo confortable, idílico y eterno para Adán y Eva como seres tutelados e ingenuos?

La metamorfosis del ángel anticipó nuevas personificaciones del mal. La Biblia muestra la expulsión de la Serpiente del Edén y su anidación en la Tierra. El mal deambularía con poder, explayando maldad entre los hombres hasta el final de los tiempos. Juan identifica en el Apocalipsis, la Serpiente de los primeros días con la figura demoniaca del final de la historia.

Apareció también otra señal: un enorme dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos […] la antigua Serpiente, conocida como el Demonio o Satanás fue expulsado […] arrojado a la Tierra y sus ángeles con él (12: 9).

La prohibición de Dios ratifica el discurso de una utópica, eterna y dulce minoridad de la humanidad inerme. Dios advierte a sus creaturas previniéndoles que morirían porque, siendo su pastor y padre, está obligado a cuidar del rebaño. La Serpiente apela a la mujer en primera instancia, porque para el imaginario religioso, las emociones femeninas son vulnerables a las tentaciones y la trasgresión. El Génesis relata:

La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yavé Dios había hecho […] dijo a la mujer: «No es cierto que morirán […] se les abrirán a ustedes los ojos; entonces ustedes serán como dioses y conocerán lo que es bueno y lo que no es». A la mujer le gustó ese árbol […] Tomó de su fruto y se lo comió y le dio también a su marido […] y ambos se dieron cuenta de que estaban desnudos.5

La tentación de la Serpiente evoca, según Eliade, una triada religiosa recurrente: la diosa desnuda, el árbol milagroso y la serpiente como guardián. En contraposición al héroe que logra apoderarse del fruto milagroso que es un tesoro (la fuente de la juventud, por ejemplo) el antihéroe obra exitosamente con perfidia. En la Biblia, gracias a la desobediencia de Eva que, después, fue incisivamente castigada por Dios.

A la mujer le dijo: «Multiplicaré tus sufrimientos en los embarazos y darás a luz a tus hijos con dolor. Siempre te hará falta un hombre, y él te dominará». Al hombre le dijo: «Por haber escuchado a tu mujer y haber comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldita sea la tierra por tu causa […] Con el sudor de tu frente comerás tu pan hasta que vuelvas a la tierra».6

La imagen femenina precipitó el mal en la Tierra. La mujer se constituye en la intermediaria del ideal del hombre inmortal e inexistente con el varón emergente del Adán real de carne y hueso. La tragedia bíblica establece la precaria condición humana con el mal proveniente de una creación perfecta y el querubín alado metamorfoseado en Serpiente, cumplidora del plan divino. A los hombres y sus mujeres les fue negado el acceso al árbol de la vida, generándose una prosecución de acontecimientos de trama salvífica ulterior. Así, Adán cometió la peor falta contra su Creador, pero también dio lugar a la necesidad de un Salvador que redima al hombre del pecado.

Adán evoca el principio masculino de misericordia, superior al principio femenino de justicia. En el Edén eterno, hubiese realizado la generosidad y la compasión, siendo complementados por la rigidez femenina. Procediendo Eva de la costilla o de la vértebra de Adán, debía sometérsele indefinidamente, para que se realice, ayudándole, apoyándole y fomentando el ejercicio indefinido de su dominio.

Los animales adquirían identidad después de que Adán los nombrara. Su mujer fue madre de la humanidad porque tuvo nombre y, aunque fuesen pecaminosos, sexo y deseo. La primera madre estimuló a Adán con su animalidad sexual, motivándole a hablar. Ocasionó la pérdida del paraíso e irguió al hombre frente a Dios, conquistando su libertad y voluntad, emigrando de la ingenuidad simplista a la vida consciente que verbaliza las cosas, disfruta la desnudez y copula; habida cuenta del ansia de que el varón la posea, física, psíquica y espiritualmente; procurando gozo con la prerrogativa de reproducirse.

Teológicamente, la primera mujer existió después de que Adán la nombrara como hembra para copular. Eva es la pareja del varón en matrimonio y la madre de sus hijos en la hostilidad. Su deseo conjuga lo carnal de naturaleza corpórea con la unión de almas íntimas. La soledad de Adán varió con la creación de Eva, pero no en utopía alguna de igualdad; sino, bajo el dominio varonil, creador de obras bellas sólidas con la mujer como sierva. Eva cumple a plenitud el sentido de su existencia: ser otra para servir al hombre manifestando deseo y lascivia como su esencia pecaminosa, para que el hombre sea plenamente.

Expulsados del Edén, Adán y Eva descubrieron su desnudez, se «conocieron» y procrearon a Abel y Caín. El primer filicida se asocia; como Prometeo y Pandora, los herreros divinos y los héroes civilizadores; con la construcción de ciudades, la técnica, el hierro y las herramientas; y Abel, con la cría de ganado y la agricultura7. Dios motivó el crimen por preferir el tributo pastoril, rechazando la inventiva, el fuego y el conocimiento, asociados al pecado original de erección del hombre frente a Dios. El filicida Caín, deambulando por el mundo, se encontró con Lilith para copular.

La mujer se ha constituido discursivamente en Occidente, como quien no condena taxativamente ningún acto inmoral, menos si involucra a los suyos. Procura conciliar como cónyuge; expresa sus emociones; es secuaz y, ante la adversidad, seda. El castigo específico de Dios mienta la subordinación a la voluntad activa del varón, volviéndola permeable a las emociones intro-punitivas: temor, tristeza, culpa, vergüenza, ansiedad y pena. La mujer retuerce su yo: conoce las desgracias a las que precipitó a la humanidad, cuando apenas alcanza a vislumbrar el horizonte dibujado paradójico de la felicidad de embarazarse de un nuevo ser en el mundo.

La imagen atávica en Occidente de la caída del hombre y la mujer como subalterna moral, psíquica y espiritualmente, reproduce el poder divino y el sometimiento del hombre como creatura principal. Así, el varón debería dedicación y asiduidad a su esposa, siendo las peores perversidades, rebelarse contra Dios y que la mujer se yerga contra el marido.

Notas

1 Historia de las ideas y de las creencias religiosas, Trad. Jesús Valiente Malla. Cristiandad. Madrid, 1978, Vol. I, p. 182.
2 Immanuel Kant, “Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?”. La Ilustración en Alemania, Paul Raabe y Wilhelm Schmidt-Biggemann, comp. Trad. Ernesto Garzón. Hohwacht, Bonn, 1979, pp. 9 ss.
3 Génesis, capítulo 2, versículos 16-7. La Biblia latinoamericana. Sociedad Bíblica Católica Internacional. Trad. del hebreo y griego. San Pablo y Verbo Divino. 91ª edición, Navarra, 2003.
4 Libro de Ezequiel, capítulo 28, versículos 13-18. La Biblia latinoamericana. Ídem.
5 Génesis, capítulo 3, versículos 1-7. La Biblia latinoamericana. Ídem.
6 Ídem, versículos 16, 17 y 19.
7 Herreros y alquimistas, Trad. Manuel Pérez. Alianza, Madrid, 1993, pp. 78 ss. Historia de las ideas y de las creencias religiosas, Op. Cit., p. 185.