Sofía clavó la mirada en las dos cúpulas de lo que alguna vez fue una bodega de muebles a la orilla del Támesis. Un coro disfrazado de viento helado retumbó en sus huesos al abrir la ventana, y entonó voces de un pasado afónico. Las voces pasaron por su mente como el vapor de las chimeneas rojas frente a ella.
Prefirió regresar a la cama con una segunda taza de café que terminó casi de un sorbo. El aturdido pelo castaño inundó la suave almohada de plumas y los ojos, casi negros, se zambulleron de un clavado en el techo. Se movieron con el ir y venir de incómodas imágenes que solidarias a la piel de la memoria le mostraron las cenizas de sus padres. Siluetas oscuras la embargaron; se sintió esclava de las sombras de otros años.
El rechinido de los frenos gastados de un camión lejano aumentó su desazón y apretó sus largas y delicadas manos. Al abrirlas, recorrió con los dedos las marcas que las uñas, aunque recortadas y pulcras, le habían dejado, y que tardaron en borrársele.
La evocación de un buen recuerdo la sorprendió: cuando dijo que quería ser pianista. Una frágil sonrisa la serenó por un instante.
—Ta ra ra… Ra rara mmmhhh ra ra…
—¿Qué cantas, Sofi? —le preguntó su mamá cuando la arropó para dormir.
—Una música que compuse. Voy a tocar el piano cuando sea grande —dijo decidida y movió los dedos en el aire.
Después de acomodar las almohadas, la mujer sonrió y la acarició con ternura.
—No, Sofi, no. Tú vas a ser una talentosa abogada, ¡como yo! Eres tan lista que…
—¡No! —interrumpió su padre desde otra recámara—. Tú estudiarás ingeniería civil, ¡como yo!
—¡NO! —gritó Sofía—. Cuando uno es grande hace lo que quiere y yooo voy a tocar el PIA-NO.
La risa de los tres llenó el espacio por un breve instante. Su madre la abrazó y la besó.
—Buenas noches, mi hermosa pianista.
Recordó sus primeros dibujos, en los que notas musicales de colores caían de la parte superior de blancas hojas. Otras, dispuestas en cinco renglones ondulados, suspendidas en el papel, volaban como gaviotas en los muelles. Las notas musicales tenían caras, piernas y manos. Sofía les ponía nombres a todas.
Recibió su primer piano a los seis años. Sus padres le regalaron uno pequeño de madera que, por tradición, cada año era remplazado por uno más grande hasta que llegó el verdadero: el negro de cola al que ella siguió llamando «pianito».
Creció entre adultos con la firme idea de ser concertista. Los maestros de música sustituyeron a los niños y a los juguetes. Cada vez con mayor destreza, tocaba las teclas blancas y negras.
Ya en el Conservatorio Nacional, descubrió un amplio panorama. Ser conductora de orquesta sería su profesión. Era un camino difícil, pues ser mujer equivalía a tener un progreso lento, mas no imposible. Logró estudiar con precursoras que ya eran reconocidas en diferentes países y, llena de orgullo, entregó su vida a la música.
En una de las paredes de su estudio, mandó pintar un enorme calendario. Colocaba notas de papel de diferentes colores clasificados según sus intereses: las obras por estudiar, los músicos, instrumentos, clases, libros... A pesar de ser alta, necesitó una escalera para gestionar su multicolor agenda.
No se apartaba de sus tareas y las completaba en el tiempo previsto. Al concluir una actividad, quitaba el papel del inmenso calendario. El espacio vacío era remplazado por otro cuadrito de color que aguardaba ansioso en su escritorio para ser ejecutado.
Tarareaba distintas melodías y anotaba en un diario diversas especulaciones de lo que el compositor quiso plasmar en su obra. Investigaba sus vidas y tribulaciones, y confirmaba o desechaba sus teorías.
Pese a la consagración a su educación, su disciplina no la preparó para la vida y, ya muy tarde, comprendió que la vida no puede circunscribirse a pequeños papeles de color.
El timbre de su celular la sorprendió. En el intento por contestar, el teléfono voló. Como un malabarista, lo atrapó y respondió sobresaltada:
—Bueeeno… Hola, bien, ¿y tú?…No, no me pasa nada; se me cayó el teléfono… Sí, estaré lista a la hora fijada… ¡Sí, hombre, me siento bien! Te veo más tarde… Sí, sí, adiós.
Se fue a vivir a Londres después de una áspera etapa a la que llamó «mis años silencios», y esa precisa noche daría un concierto en Covent Garden.
Se preparó como siempre. Muchas veces, después de sus conciertos, los diarios la mencionaban. Molesta por los comentarios sobre su apariencia y no sobre su capacidad, aventaba los periódicos al cesto de basura. La elección de sus vestuarios la hacían verse como una estrella de cine que camina sobre una alfombra roja en el estreno de una película. Lo aprendió de su madre, a quien admiraba y amaba. La diferencia era que Sofía no usaba maquillaje ni alhajas. El mayor tesoro era su talento.
Ahora el recinto que acogería su concierto sería la iglesia de San Pablo, y el Réquiem de Mozart, el programa.
El evento comenzaría a las ocho en punto. Sofía, friolenta, aguardó en el atrio de la iglesia mientras el cuarteto de solistas, la orquesta y el coro, ya dispuestos en el ábside, permanecían en silencio a la luz de las velas que tiritaban en las esquinas.
Los austeros candiles que pendían del techo apenas iluminaban las simples líneas de la iglesia. En algunos altares laterales, había dispuestas varitas de incienso que desprendían un humo fragante que incitaba a los fieles a comunicarse con los difuntos. Su aroma se mezclaba con el de los arreglos de flores blancas distribuidos con elegancia en las esquinas.
En punto de las ocho, la llegada de Sofía por la nave central remplazó el murmullo de los fieles con melódicos aplausos. Agradecida, bajó la cabeza varias veces antes de llegar a la peana.
Sin preámbulos, acompasada y solemne, la mano derecha de Sofía elevó la batuta, que rompió el silencio y dio entrada musical al poema que honra la memoria de los muertos.
El fagot y el corno llenaron el espacio de melancolía y las cuerdas pausadas y sombrías transportaron a Sofía a su primer año de silencio, cuando la música se extinguió como la voz de un narrador al llegar al punto final de su historia.
Ese año fatídico, la Ciudad de México se vio envuelta en una tragedia cuando una línea del metro se desplomó dejando decenas de muertos y otros tantos heridos. Después de un ir y venir de averiguaciones, se informó en todos los medios el nombre de la compañía responsable de la tragedia. Era la constructora de su padre la señalada y acusada por el desplome. El verdadero responsable, el director de operaciones de la compañía, alteró facturas con sumas millonarias que disfrazaban materiales de segunda para desviar fondos a sus propias cuentas. Se había fugado del país y no había forma de fincarle responsabilidad, pues el dueño de la empresa era quien debía responder por el fatal incidente.
La directora marcó los pasos lentos y sombríos de las cuerdas y continuó con la sacudida violenta de los metales, las trompetas y los trombones. Como un testigo ausente, su piel erizada revivió la muerte de su padre: un infarto fulminante embistió al inculpado en un sucio automóvil. Iba acompañado por desconocidos de camino al reclusorio. Sin saber del amparo que ya la madre de Sofía había tramitado y lo dejaría en libertad, murió en los anónimos brazos de un verdugo.
Las notas agudas de los violines y los timbales abrieron las puertas a la plegaria que entonó el coro: Concédeles el descanso eterno, Señor, y que brille para ellos la luz perpetua…
Con la batuta en movimiento, Sofía cerró los ojos mientras la soprano, hacia el final, alabó a Dios en Sion y le anunció homenajes en Jerusalén.
Sofía contuvo lágrimas ausentes que no se unieron a la petición del coro: Concédeles el descanso eterno, Señor, y que brille para ellos la luz perpetua…
Abrió los ojos, invocó la misma plegaria en silencio una y otra vez. Marcó con avidez el cambio impetuoso del «Kyrie». Con las voces desfasadas del coro emulándose unas a otras, volvió a sentir el desdén y el encono del que fueron objeto ella y su madre. Acorraladas sin piedad por la prensa y repudiadas por sus allegados, soportaron juntas la condena del segundo año.
Besaba la frente de su madre cuando se hacía de noche y la arropaba en la cama sin el anhelo de algún rumor que rompiera el ahogado silencio. Enmudecidas, pasaron los días sin esperar clemencia por los sueños cuyo destino fue la pena de muerte.
Señor, ten piedad… Cristo, ten piedad…, insistió el coro una y otra vez. Sofía recordó la tarde en que encontró a su madre tendida en la alfombra, con un frasco vacío de pastillas. Esperó a la ambulancia mientras sacudía el desconsolado cuerpo que apenas respondía. ¡Estaba viva!
La mano de la mujer señaló las entradas con movimientos cortos y precisos en lo que el sudor brotaba y el abundante pelo se movía de un lado a otro. Un rictus de terror le marcó el rostro. Con arrebato, movió la cintura en evidente desafío a la ira de dios.
El coro, de forma sincrónica, cambió la hoja de los textos tan rápido como las plegarias salieron de sus gargantas. Los atuendos negros del conjunto de voces resaltaban las caras resplandecientes y sus bocas abiertas semejaban tenebrosas cavernas sin fondo.
El día de la ira, el día renombrado en que los siglos se reduzcan a cenizas… Cuánto terror habrá en el futuro…
David y la Sibila anunciaron el palpitar acelerado de Sofía y la acompañaron en la ambulancia que llevó a su madre a un hospital, en espera del juicio en que tendrían que rendir cuentas al Todopoderoso.
Un silencio riguroso le concedió un descanso. La directora intentó secar el sudor oculto entre las lágrimas que insistieron en salir. Sin maquillaje, ningún rastro de color le enturbió la cara. El público, atento, contuvo el aliento en espera del juez que exige el sometimiento de todos los mortales.
En el tercer año de silencio, le avisaron que su madre se encontraba en la sala de urgencias, con las muñecas vendadas. La piel exangüe y el sonido ausente del cuerpo le confirmaron su muerte.
La melodía pausada del trombón le recordó la vacua espera del juicio final. El diálogo entre violines y tenor pregonó el día en que toda la creación resucitaría, pero para la directora de orquesta fue sólo la confirmación de una gran mentira. Su madre no resucitó, como tampoco lo hizo su padre.
¿A qué sentencia tendría ella que dar una respuesta? La contralto intercedió por Sofía y preguntó: ¿estarían sus padres en el libro donde todo está escrito?, ¿serían juzgados de la misma forma?, ¿existe un juez que todo lo ve y puede revelar todo lo oculto?, ¿qué podría hacer ella en su desgracia?, ¿quién intercedería por sus padres?
Sofía siguió la instrucción precisa de la partitura y convocó al enérgico coro a la corte celestial. Las sopranos anunciaron la entrada del rey y los timbales como truenos reiteraron la envergadura de aquel que salva de forma gratuita a los dignos.
Las potentes voces se convirtieron en murmullos de ángeles que imploraron la salvación a la sublime fuente de misericordia. Sofía acercó las manos en movimiento a su pecho, uniéndose a la petición de salvación. Sus padres no bebieron de la fuente de la misericordia del rey que podría salvarlos, y pensó que ella tampoco tuvo derecho a la indulgencia divina.
La cripta fría de mármol con dos vasijas de latón, una junta a la otra, fue la imagen que le llegó a la mente. Su dulce mano se elevó y, como manantial, hizo surgir la melodía de los cornos y las cuerdas. La embargó entonces una gentil pureza. Le imploró al cuarteto de solistas con ternura su asistencia y, juntos, suplicaron al hijo de Dios.
Acuérdate, piadoso Jesús, ya que soy la causa de tu venida, de no perderme aquel día… ¿Sería su madre castigada por quitarse la vida? Juez que castigas justamente, otórgame el perdón antes del Día del Juicio… ¿Tendría que permanecer en el fuego perenne para expiar su culpa?
Las voces solistas, guiadas por las blancas manos de la conductora, se enlazaron con suavidad. Al terminar el «Recordare», Sofía se preparó para enfrentar el año más negro de su vida: el cuarto. Una furia extraña se apoderó de ella y con esa rabia mandó a los tenores y a los bajos al mismísimo infierno que ella vivió. Confundida, sintió que un abismo separaba a sus padres y, aunque las urnas estuvieran juntas, uno gozaba de la gloria eterna y la otra se quemaba en el infierno. Como una fiera que defiende a su prole, se acordó de cuando sacó las cenizas de las urnas y formó un montículo con el polvo gris en un altar dentro de la cripta. Los recipientes vacíos rodaron por el piso.
Atrajo entonces a las voces femeninas, que respondieron con murmullos desde el cielo, acompañadas por las cuerdas.
Al mirar sus manos en movimiento, recordó cuando, hincada frente al montículo, cubierta de ceniza, lloró, lloró...
El sollozo del coro conmovió al público y algunos asistentes se limpiaron las lágrimas. Sobria y solemne, Sofía pensó que el piadoso Jesús, el Señor de los Cielos, no le daría a su alma afligida ningún descanso. Elevó las manos en forma de garra y dijo:
—Amén.
Recordó que el polvo de sus padres se le escapó de las manos. Cansada de llorar, se quedó dormida en la cripta helada y oscura. Por la mañana, despertó asustada cuando la puerta la empujó al abrirse. Su agente y mejor amigo, Roberto, entró a la cripta.
—¡Te he buscado por todas partes! ¿Por qué no contestas tu celular?
Vociferante, le reclamó por unos segundos, pero Sofía no respondió. Al darse cuenta de su estado, la ayudó en silencio a incorporase y la llevó a su casa. Primero la bañó como a un inválido que se rinde al cuidado de los otros; después la vistió y peinó con delicadeza. Intentó alimentarla, pero Sofía no abrió la boca. Permaneció dormida. Roberto se recostó junto a ella y la envolvió con un abrazo que comprende y contiene.
La directora, plantada en el estrado, movió el torso como el péndulo de un reloj que pronuncia la hora de la muerte. Cerró los ojos y leyó en su mente la partitura. Acercó las manos al pecho y, con meneos cortos, dejó que la homofonía de las voces correteadas por las cuerdas pidiera al Rey de la Gloria liberar a los difuntos de las penas del infierno, de las profundidades del lago, de la boca del león, del abismo, de las tinieblas.
Después, en un completo contraste, Sofía agitó los brazos como alas. La melodía de su cuerpo animó a las dulces armonías para ofrecer súplicas y alabanzas en sacrificio, a fin de transitar de la muerte a la vida, tal como le fue prometido a Abraham y a su descendencia.
Sofía pasó un año en casa de Roberto, sin música y sin padres. Su vida y carrera se transformaron en un bruto metal que el espadero subyuga al fuego de los infiernos. Luego, en la forja al rojo vivo, lo humilla y somete a golpes de martillo contra un yunque. Seguido del frío chorro de agua, lo enfría de forma apresurada para someterlo de nuevo a la tortura.
La templada ejecutante elevó los brazos y las voces del coro alabaron al Señor Dios de los Ejércitos. El cuarteto de solistas bendijo al que viene en su nombre y el movimiento finalizó con la repetición de la fuga de «Sanctus». Solicitó piedad del Cordero de Dios para darles el eterno descanso a sus padres. Las cuerdas vigorosas contrastaron con la textura homofónica coral. La dulce voz de la soprano respondió al mandato de Sofía: Concédeles el descanso eterno, Señor, y que brille para ellos la luz perpetua…
El cuerpo oscilante de Sofía proyectó las manos hacia las voces del coro hasta que un puño contundente desterró al sonido en el momento preciso.
Un lúgubre silencio invadió la iglesia. La directora, satisfecha, agradeció a sus ejecutantes inclinando la cabeza. Se volvió al público que, emocionado, en un estallido de aplausos, ovaciones y elogios, se puso de pie. Sintió la sangre correr por sus venas y el corazón apresurado quería salir de su pecho. En una franca reverencia, aceptó el reconocimiento a su trabajo. Al retirarse del recinto, muchos asistentes le estrecharon la mano; otros, limpiándose las lágrimas, le agradecieron su conmovedora ejecución.
En la plaza, se sentó en los escalones del mercado frente a un malabarista. El aplauso seguía resonando dentro de su pecho, pero ahora era distinto: ya no era el eco de otros, sino el pulso de su propio corazón. Por un instante pensó en sus padres, en los años de silencio que enmudecieron su existencia. No sintió dolor, cerró los ojos.
Un pentagrama de luz apareció en su mente donde cada sonido que escuchó se convirtió en nota: el rumor del viento, una carcajada, el chasquido de una moneda al caer. Entendió entonces que el silencio que la había perseguido todos esos años no era ausencia, sino preludio.
Y con ese descubrimiento, comenzó su verdadera obra.















