“Hospédate con nosotros en una Casona del Siglo XVII en el centro histórico de la ciudad”. Ese fue el anuncio que me convenció de reservar mi estadía, pero la llegada no fue tan cálida como se veía en las fotos. Tuve que respirar el aire helado de las cuatro de la mañana hasta que mi alojamiento abriera sus puertas, pese a un acuerdo previo sobre la hora de llegada. El centro histórico, que recordaba vibrante de vida, todavía no despertaba salvo por un taxi frente a una taquería que estaba llevando los ingredientes para la jornada. El primer saludo se dio frente a una puerta de madera con 500 años de historia que crujía al abrirse. El interior se veía hermoso y tras subir una escalera angosta llegué a mi habitación.

Los remiendos de la reparación eran evidentes en cada una de las esquinas: manchas de cemento que se desperdigaban como tentáculos en las paredes. En ocasiones las tapaba un cuadro de bodegón, un retrato de la línea de sucesión de la familia propietaria de la casa o representaciones de personajes y lugares representativos de la ciudad.

Tuve la posibilidad de elegir entre dos cuartos, uno de ellos tenía tres camas en fila, cada una de ellas con un colchón más endeble que el anterior. Detrás de la habitación había una entrada tapada que cubría la infinidad de habitaciones desconocidas detrás de aquella última visible. Los muebles eran preciosos, antiguos, turquesas y con un gran espejo para observarlo todo. Pero el viento arrasaba contra la entrada cubierta. Esa habitación estaba conectada con otro cuarto por medio de puertas de madera, solo cerradas por una pesada aldaba que tendía a caer a mitad de la noche.

Elegí el segundo cuarto, con una cama espaciosa decorada por rejas propias de la Edad Media, lámparas de decoración barrocas y un baúl de madera para guardar todos los secretos bajo cerradura. La habitación estaba rodeada de puertas similares a la descrita previamente: dos pedazos de madera con doblez de acordeón y la posibilidad de abrirse a voluntad. Las aldabas eran un simple adorno ante la inclemencia del viento que entraba por las habitaciones desconocidas.

Imaginen mi terror las primeras noches al saber que estaba durmiendo en una Casona del Siglo XVII y la casa decidía hablarme en las madrugadas.

Imaginaba todo tipo de historias. Más de cinco generaciones habían transitado por la casa, la actual era una pareja joven, que llevaba a cabo las remodelaciones del lugar. Ella era arquitecta y chef frustrada, aunque su esposo dirigía una tortería con cinco estrellas en la que ambos cocinaban. Frustración era la palabra más adecuada para describir la amargura con la que llenaba los pasillos tras cargar con el peso que su madre le había encargado el cuidado de la casa.

Cuando le compartí mi temor por los espíritus que pudieran habitar el espacio, me aseguró que no debía preocuparme, pues junto a mi cama estaba el retrato de su madre y ella me cuidaría. Me había percatado de ese retrato en varias ocasiones, los ojos celestes de una niña en medio de un lienzo opacado por el tiempo, en tonos sepia que se perdían en medio de manchas de humedad y líquidos regados sin precaución. Sin embargo, la mirada soñadora de mi compañera de mi habitación era tranquilizante. Su presencia era inmanente en toda la casa, como un susurro constante.

Un día llegaron decenas de troncos para guardar en alguna bodega oculta, era encargo de la mujer del retrato. La forma en la que se había construido el baño, el dinero que mantenía la casa en pie y pagaba el salario de los encargados de la limpieza del lugar; todo venía de aquella mujer que estaba en el retrato frente a mi cama. Desde allí parecía dirigir cada uno de los hilos de la casa.

Todo en la Casona funcionaba parcialmente, salvo el agua que se escapaba en las mañanas y en las noches. Las tuberías guardaban aire en lugar de agua. Las luces se prendían y apagaban a voluntad. Los pedazos de pared caían con un ruido ensordecedor en el momento menos esperado. Había cenizas de pedazos por doquier en señal del paso del tiempo.

A pesar de la garantía de que todo estaría bien, llegó una noche que superó los rumores leves de las puertas abriéndose las noches anteriores. Por primera vez todas las luces de la Casona estaban apagadas, incluso el viejo farol que alumbraba los pasillos de la entrada.

Entré por la puerta de calle con mi llave que asemejaba a un puñal por su labrado de hierro y bronce. Atiné al agujero de la puerta donde se escondía una chapa ahogada sin necesidad de prender la linterna. Ya estaba acostumbrada. Caminé por el pasillo hasta llegar a la segunda puerta de metal, con una cerradura más contemporánea, pero el peso de su marco hacía imposible entrar sin conocer la fuerza exacta para abrirla.

Fui a la cocina, no había agua. No podría cocinar mi cena esa noche. Con un vacío en el estómago me dirigí a las escaleras para llegar a mi habitación. La puerta estaba abierta, quizá había sido obra del viento o de alguno de los gatos negros que vivían en el lugar. El viento no tendría piedad esa noche. Silbaba a través de las ventanas, empujando las hojas contra los vidrios y amenazando con derrumbar la aldaba.

Tapé las puertas con las sillas del comedor para evitar que se abrieran, pero el efecto fue contraproducente. Desde el momento en que me cubrí con las cobijas para evitar sentir el viento de la habitación contigua, las puertas empezaron a sonar. No era el chirrido usual de la madera, eran golpes desesperados en todas las puertas de la casa. Empujaban la silla, la azoraban frenéticamente intentando escapar. Sonaba a mis espaldas, en las puertas de la entrada, en las que se dirigían al baño, en las demás habitaciones. No había un lugar que se mantuviera en silencio. Intenté colocar la aldaba, pero esta sonaba como un metal desgarrador, colgando de la puerta sin función alguna más que aumentar el tormento.

Alguien quería entrar. Estaba segura. Ninguno de los sonidos se justificaba con el viento. Llevaba semanas aquí y conocía cada uno de los sonidos de la casa. Este no era uno de ellos.