La historia de un amor muerto que nadie se atrevió a enterrar.

A la pobre le tomó más de tres años juntar el valor para decírselo. Llevaba media vida casada con él. Se había casado muy mocosa, apurada consciente o inconscientemente por la consigna materna. ¡Dios me libre de acabar sola!, se dijo y llegó al altar feliz de la vida, enamoradísima y rogando a Dios con toda el alma que el señor que la esperaba junto al cura la sobreviviera, no me lo quites a mí también, por favor, Señor.

¿Por qué Dios me lo quitó? ¡Qué difícil es la vida para una mujer sola! ¡Cuánta falta hace un hombre en la casa! ¡Cuánto sacrificio tiene que hacer una mujer estando taaan sooola!, ¡aaay!, creció oyendo los lamentos de su madre, una viuda plañidera, en todos los tonos, a todas las horas y siempre donde ella pudiera oírla. La niña huérfana llegó pronto a la conclusión de que la vida de las mujeres se parece mucho al juego de las sillas, el objetivo es terminar sentada en una. Sí, acepto, dijo recordando su infancia, en la iglesia y volvió a suplicar, que no se me muera, Señor, que no se me muera, por favor.

Así comenzó su matrimonio y el tiempo pasó como la vida, a ratos feliz y a ratos triste, a veces divertido y a veces aburrido, con temporadas fáciles y temporadas difíciles. Un matrimonio normal, hasta el día en que a ella le nació un fuego en el pecho que comenzó a ahogarla con una angustia espantosa. Algo había muerto y no era su marido.

La sensación de asfixia empezó en su garganta y algo muy parecido a un incendio andaba achicharrándole el pecho. Insomne y desesperando, enloqueció un poquito cada noche caminando a oscuras sin hacer ruido para no despertar a su familia. No soy feliz, ¿soy infeliz, acaso?, se preguntó mil veces y cuando comprendió la respuesta se espantó más. ¡Repulsión! Pero, ¿por qué? ¡Dios mío!, ¿será que soy mala? Que ella supiera, su marido nunca le había sido infiel, jamás le había pegado ni hecho algo imperdonable. Sin embargo, hasta el sonido de su respiración se había vuelto insoportable. Ayúdame, Dios, ayúdame, por favor. Apeló a la sensatez, pesó sus virtudes y defectos, no es un hombre malo, concluyó por enésima vez, ¡no puedo dejar de amarlo! Se encomendó a la Corte Celestial.

Obedeció a los santos y casi se volvió adicta a las misas, hasta que un día salió disparada de la iglesia porque durante el sermón vio a Satanás azotarla por ser una mujer mala y desagradecida. Entonces fue al médico, seguro estoy enfermísima. Como no lo estaba, fue al psicólogo, que le cobró un montón y no la ayudó mucho. Un brujo le leyó el tarot al revés y ni le pidió disculpas por la confusión. Una psico-maga-new-age le dijo que tenía los chakras atorados y a punto de reventar. Un día llegó a su casa apestando a las flores rancias mezcladas con licor de última que un Chamán le había lanzado a escupitajos. Nada. El peso del amor muerto seguía apretando su garganta.

En la búsqueda de fortaleza para enfrentar esa encrucijada en su vida, se dio cuenta de que más bajo no podía llegar, literalmente, cuando estuvo en un hueco adentro de la tierra, en un ritual de “Renacimiento y Reconciliación con el Universo”, en el que las almas se amistan con la Pacha Mama, y que consiste en un revoltijo de cuerpos sudados, tendidos panza al suelo para conectar con la Madre Tierra, cubiertos por una lona de campamento, en el que se entonan cánticos y se hierven hierbas sanadoras en una mezcolanza de pieles, sudores, hedores y aromas… algo así como una pachamanca* humana. Cuando salió del agujero había perdido la poquísima dignidad con la que llegó a esa reunión de locos. En ese momento decidió que tenía que hacer algo porque estaba volviéndose loca de verdad.

Las mujeres de su vida, sin incluir a su madre, la ayudaron a organizar sus argumentos de forma que la confesión a su marido resultara lo menos hiriente y lo más honesta posible. Con la delicadeza que sólo tenemos las mujeres cuando queremos tenerla, convirtieron el por favor perdóname, pero ya no te amo, siento que estoy muriendo y por más que busco no encuentro argumentos para seguir a tu lado, quiero estar viva, no quiero tolerarte, ya tolero demasiadas cosas, a nuestros hijos, que a ratos son insoportables, al trabajo, al tráfico, a la celulitis, a la menopausia que anda anunciándoseme, la muy maldita, por favor divorciémonos en paz, por favor perdóname, te quiero mucho, gracias por haber sido el mejor marido que has podido ser, por favor, perdóname… en un discurso conciso y respetuoso.

Entre todas eliminaron casi siempre actúas como un cojudo, porque no era pertinente para el acuerdo de paz que buscaban, también borraron ¡ya no te soporto, por el amor de Dios! hasta tu respiración me altera, ¿no te das cuenta acaso de que una muñeca inflable interactuaría más contigo cuando te pones lujurioso? me distraigo imaginando que estreno el cuchillo eléctrico en tu cuello y no quiero acabar en la cárcel, para evitarle una posible denuncia en la comisaría por amenaza contra el cuerpo, la vida y la salud. Les quedó un discurso apropiado que honraba a corazón abierto el amor muerto, una propuesta de despedida con dignidad. Ella lo transcribió, memorizó y practicó ante el espejo.

Cuando tuvo sus argumentos preparados y mientras los ensayaba, tomó otra vez papel y lápiz y se dispuso a vencer al terror de su infancia, “la vida sooola”. Primero, la plata. Hizo cuentas, anduvo con la calculadora colgada del cuello a ver si podían vivir sin el aporte económico masculino, quizá fuera necesario, una nunca sabe. Se veía muy difícil, aunque reduciendo los gastos al mínimo indispensable sobrevivirían, de hambre no moriremos. Así tachó el primer punto de su lista. Segundo, el terror a la soledad, ¿si me quedo sola hasta que me muera? Asustada, pero sin aterrarse, no serías ni la primera ni la última, se dijo a sí misma y continuó. Tercero, hacer frente al mundo sin marido… ¿el club, los amigos? Lo más probable es que no me inviten a ningún sitio, siempre he escuchado que las mujeres divorciadas son “un peligro”, el pensar en sí misma como “una divorciada” la estremeció, pero volvió a sobreponerse y siguió pensando.

Por último, tuvo en cuenta los aspectos de la vida en los que un hombre que una no ama es útil, soy un estereotipo andante, mecánica, tecnología y electricidad, seguridad personal, transporte de mercadería pesada. ¿Y si entra un ladrón a la casa o me asalta un loco en la calle? Compraré una alarma para la casa y gas pimienta o algo parecido. Horas después, había derrotado al monstruo que su madre le enseñó a temer. Gigante, le dijo, te vencí, Vida Sooola.

Al décimo intento, por fin, y con un alprazolam adentro, luego de revisar mentalmente su discurso por millonésima vez, consiguió plantarse frente a su marido tratando con toda su fuerza de voluntad de sobreponerse a la culpa y al dolor que le causaba lastimarlo. Comenzó, por favor, perdóname, pero ya no te amo… y siguió hasta completar lo que había preparado y ensayado por más de tres años. Cuando terminó, casi sin aliento y sintiendo que la vida se le iba suplicando mentalmente una respuesta pacífica, él contestó, ah, ya te notaba rara, ¿qué hay de comer? Ni una de las réplicas y explicaciones que tenía previstas habían considerado esa reacción. No pudo llorar, velar, sepultar ni guardar luto por el amor muerto. Tampoco pudo hacer planes ni organizar el futuro de sus vidas en armonía. Nada pudo armarla para enfrentar la pared que encontró. Se despedazó. Albóndigas con puré, respondió, se puso de pie y fue a su escritorio. Abrió su cajón secreto, tomó los presupuestos de alarmas para la casa, los de gas pimienta y auxilio mecánico, los rompió y los tiró a la papelera.