A los trece años, Marina era una jovencita flaca, desgarbada y no muy alta. Desde pequeña adoraba el ingenio, las paradojas y los juegos de palabras. Siempre tenía alguna frase ocurrente para quien quisiera escucharla: “¿Quién es más alto, un enano gigante o un gigante enano?”, preguntaba llena de curiosidad cuando sólo tenía ocho. Y ella misma daba vueltas a la respuesta hasta llegar a una conclusión razonable. Por ejemplo, que un enano siempre sería más bajo que un gigante, por gigante que fuera el enano y por enano que fuera el gigante. Pero le encantaba que le llevaran la contraria, pues así afilaba más sus argumentos1.
— Abuela, si un queso tiene agujeros, cuanto más grande sea el queso, más grandes serán sus agujeros, ¿verdad?
— Sin duda — respondía Mechi.
— Entonces, si sus agujeros son mayores, ¿no será cierto que los quesos de mayor tamaño tendrán menos queso que los más pequeños?
La abuela Mechi se carcajeaba con sus ocurrencias, aunque reconocía que la ponían en aprietos. Una vez le señaló algo que a su juicio estaba mal y la nieta respondió: “Dentro de lo malo siempre hay algo bueno, igual que dentro de lo bueno siempre hay algo malo”. Era una verdad demasiado profunda como para llevarle la contraria. También Cala y Esteban pronto tuvieron que asumir que cada victoria dialéctica sobre su hija adolescente les suponía un esfuerzo intelectual mayor que el que demandaba un debate serio con un contrincante adulto. Cuando la muchacha cumplió los dieciséis, Esteban pasó a conformarse con empates; y, pocos años después, los padres supieron que estaban condenados a perder la mayoría de las discusiones.
En la escuela, por el contrario, Marina se cuidaba mucho en las conversaciones con sus compañeras y, sobre todo, con sus compañeros, generalmente malos perdedores. No quería que la tuvieran por una friki y la mantuvieran en el congelador.
En numerosas ocasiones simulaba rendirse ante los argumentos de los demás sin ofrecer demasiada resistencia. También daba su brazo a torcer con el profesorado aunque, a veces, la tentación de rebajar los humos a los maestros soberbios y sabiondos era tan grande que sucumbía a ella. Entonces los ponía en aprietos por un rato. Al final ¡qué remedio!, aflojaba y se dejaba convencer para que no le tomasen manía. Pocas cosas molestan más al profesorado sabelotodo que una alumna renuente a rendir pleitesía. Marina quería evitar, por todos los medios, que la tildaran de incorregible.
Su gente más cercana, la abuela, sus padres, Jacobo, algunas compañeras de clase, sabían que la mejor manera de agradar a Marina era regalarle alguna paradoja o frase ingeniosa. Mientras a otras personas el día del cumpleaños, o en Reyes, se les obsequian pendientes, pulseras, una bufanda o un par de zapatos, lo que realmente apreciaba y agradecía ella era algo ocurrente, un pensamiento original, un argumento que defendiera lo indefendible.
Una tarde se devanó los sesos con el cuento que les narró Eugenia, su profesora favorita, ese del monarca que ordena matar a todo aquel que pretendiese entrar en su reino si mentía sobre el motivo de la visita. La orden se cumplía a rajatabla hasta que un día llegó un caballero en su brioso corcel y, al ser interrogado por la razón de su viaje, aseveró: “Vengo a que me quiten la vida”.
El soldado de guardia se acarició la barbilla y se rascó la oreja. Parecía un caso difícil: si lo mataba, se cumplía el motivo alegado para el viaje, lo que suponía que el joven había dicho la verdad y, por tanto, que no había que rebanarle el pescuezo. Pero si le permitía conservar la cabeza, la razón aducida por el forastero para entrar en el país sería falsa, por lo que debía ser ajusticiado. El guardia preguntó a un oficial, quien tampoco supo cómo actuar.
“Y vosotras, ¿qué haríais si tuvierais que cumplir esa orden?”, les había preguntado Eugenia. Eugenia se dirigía a la clase a veces en masculino y otras en femenino, para evitar discriminaciones. En ocasiones, siempre con tacto, pedía una redacción corta: “Me encantará que mañana traigáis vuestro veredicto en una hoja de papel”. Lo que más le gustaba era hacer pensar a sus pupilos. Y a la hora de corregir los trabajos, buscaba en primer lugar el de Marina, pues sabía que iba a deleitarse con sus argumentos y con la calidad de su escritura. Después comentaba a Cala sus impresiones, siempre magníficas, bajo el juramento de que no dijera nada a la hija.
Marina estuvo cavilando aquella tarde decidida a encontrar una solución al rompecabezas. Aunque la pena de muerte le parecía injusta —una sociedad nunca debía caer tan bajo como un asesino— y también inútil para acabar con los canallas, desechó la respuesta de que el soldado debía rebelarse ante la orden del rey. Aunque no otra cosa se mereciese el caprichoso monarca, allí había un dilema y de nada servía ignorarlo. Además, si el pobre militar no cumplía la orden, el pescuezo que se rebanaría sería el suyo. Pensó por primera vez en la posibilidad de que hubiera problemas irresolubles y que aquel podía ser uno de ellos, pero había que optar por una solución, la menos mala, por lo que se refugió en el principio romano que conocía por las clases de Eugenia: “In dubio pro reo”. En caso de duda, el beneficio debe ser para el acusado. A aquel joven temerario debía perdonársele la vida y permitirle el paso por el puente. Y ese fue su veredicto.
Esteban y Cala, en sus conversaciones nocturnas, cuando los demás habitantes de la casa del médico ya dormían, vaticinaban que Marina, de mayor, sería abogada o fiscal. Sus argumentos convencerían a cualquier juez por duro y estricto que fuese. En toda la región no habría mejor defensora de causas perdidas que ella. Pero se equivocaron. Aquella chiquilla de mente privilegiada a quien entusiasmaban por igual la fantasía y la lógica, cuando entró al bachillerato, se sintió irremediablemente atraída por las ciencias. Las entendió no como algo separado de la vida, sino como una manifestación más de la belleza del Universo.
Si un poema podía ser profundo y hermoso, más bellos eran aún los planetas girando alrededor del Sol, las galaxias que formaban espirales gigantescas o los minúsculos protones y neutrones que circunvalaban al núcleo del átomo a velocidades inimaginables. Y ante sus ojos resplandecían de igual modo las ecuaciones que pretendían explicar aquellos movimientos supersónicos, por difíciles de interpretar que fueran para la mayoría de los mortales. Las artes mostraban una cara de la hermosura de la naturaleza y las ciencias otra; para la chica eran lo mismo, sólo que vistas desde perspectivas diferentes.
Sus notas en ciencias y letras empataban. Notables siempre, como mínimo. Su madre se dio cuenta de que si no sacaba sobresalientes en todas las materias —excepto en educación física, algo que no iba con ella— era porque se negaba a destacar. No quería dejar a sus compis como ignorantes. También Eugenia había descubierto que Marina equivocaba a propósito algunas respuestas y que cometía ligeras faltas gramaticales en las redacciones para evitar un diez rotundo. Lo comentó con Cala, quien imaginó sus razones, las entendió y las aplaudió en silencio. Cuando Cala lo habló con Esteban, resultó que él también se había dado cuenta. Y debo confesar, pecando de inmodestia, que también yo lo había sospechado. Un día se lo dije y lo negó. Esas son figuraciones tuyas, me respondió, pero se le escapó una reveladora sonrisa.
— Mamá, mira qué frase tan chula he encontrado: “Si el hombre supiera el valor que tiene, la mujer andaría en su busca hasta el fin del mundo arrastrándose si fuera preciso a cuatro patas”.
— Y ¿qué es lo que tiene de particular?
— Pues que si cambiamos la coma de lugar, sólo la coma, el sentido varía por completo: “Si el hombre supiera el valor que tiene la mujer, andaría en su busca hasta el fin del mundo arrastrándose si fuera preciso a cuatro patas”. ¿No es fabulosa? —exclamó extasiada. Una simple coma le da la vuelta a toda la frase como si fuera un calcetín.
A Jacobo, todavía un chiquillo, una Marina apenas adolescente le lanzaba preguntas “trampa” para hacerle pensar.
— Entras en una habituación llena de golosinas. ¿Qué prefieres, que te den todo de nada, nada de nada o nada de todo?”
— Prefiero que me den todo de todo —decía el chico, quien siempre mostraba una buena agilidad mental.
— No vale. Esa opción no estaba incluida en la pregunta.
Jacobo no era menos espabilado que Marina, aunque sí más impenetrable. Si la chiquilla, además de encantadora, resultaba transparente y nada pedante gracias a su empeño en ocultar su brillantez intelectual, Jacobo sentía, aunque lo escondiera, un cierto desprecio por la ignorancia y la estupidez ajenas. Él no era menos listo ni menos estudioso ni menos voluntarioso que su hermana, pero había algo en su personalidad que jugaba en su contra.
Mientras Marina no tenía problema alguno en preguntar lo que no sabía y en buscar opiniones distintas para comprobar si las suyas resistían ante los argumentos de los demás, Jacobo, a medida que crecía, consideraba que nadie conocía mejor que él lo que había que hacer en cada momento y despreciaba los contrapunteos a sus ideas y los consejos de otras personas, ya no digamos los de sus padres y maestros. En otras palabras, padecía de eso que se llama arrogancia o soberbia. Humildad, cero.
Mechi no dejaba de preguntarse a quién habían salido aquellos diablillos. En su familia, aunque ni su difunto marido ni Esteban Antonio eran nada tontos, tampoco se asemejaban a las lumbreras que parecían ser sus nietos. De los dos, por mucho que quisiese a la nieta y reconociese sus dones, la niña de sus ojos era Jacobo, quien contaría hasta el fin de sus días con su amor incondicional. No obstante, al igual que Cala y Esteban, ella también sentía cierto pesar por su forma de ser.
La abuela intuía que la insatisfacción de Jacobo provenía de la predilección especial de su padre hacia Marina. No es que Esteban no quisiera a Jacobo, pues daría su vida por él, pero por su hija mostraba una admiración sólo comparable a la que sentía por Cala. Mechi barruntaba que lo que atormentaba al nieto era no sentirse admirado de la misma manera, a pesar de ser tan espabilado como su hermana y a pesar de liderar el equipo de fútbol del colegio, un equipo reconocido y aplaudido por los goles que solían darle la victoria sobre los demás grupos juveniles de la provincia.
Pero Esteban Almeiras nunca había sido forofo de ese deporte, convencido de que sólo servía para entontecer a la población, aunque confundiese el fútbol con el negocio que los listillos de turno han desplegado en su entorno. Algún club regional se planteó fichar a su hijo, pero el padre no quiso ni oír hablar del asunto. Aplaudía la sana afición por el ejercicio físico, pero entreveía, o imaginaba, que ese “negocio” gobernaría la vida de Jacobo hasta el punto de hacerle interrumpir los estudios.
En Olivera, liderar en deportes suponía también comandar a la chiquillada del pueblo en trastadas y travesuras. Si se organizaba una cacería de gorriones o de mirlos, Jacobo, con su carabina de balines, resultaba el mejor tirador; si se trataba de explorar una cueva, Jacobo era el primero en entrar con una simple linterna; y si había que trepar por una pared rocosa en busca del nido de unos pichones despreciando el riesgo de una caída, el chico parecía una lagartija serpenteando por las alturas. Él sabía que podía destacar también en los estudios y sacar aún mejores notas, y que podía hacerse querer por todo el mundo en lugar de plantar sus afectos sólo entre los arrapiezos del pueblo más traviesos, pero ese puesto en la casa del médico ya estaba ocupado. Pertenecía a Marina.
A Cala, demasiado ocupada en la preparación de las clases, la rima de sus poesías, la intendencia de la casa y el cultivo de sus amistades, le quedaba poco tiempo para estar a solas con Jacobo y conocer mejor sus sentimientos e inquietudes. Ella se centraba más en Marina y dejaba a Esteban la relación con el chico. Pero Jacobo, en parte por los celos hacia su hermana, tampoco se sinceraba en las conversaciones que el padre procuraba tener con él y que acababan versando sobre temas de menor trascendencia, como el fútbol o los conejos. En sus conversaciones íntimas entre varones, lo más lejos que llegaron fue a tratar el asunto de la masturbación. Duró dos segundos: “Es muy sana”, dijo Esteban, “pero sin abusar.” Jacobo ya no quiso saber más. Con la abuela, por el contrario, su nieto sí sentía una confianza a prueba de bombas.
Esteban y Cala, con la ayuda de Mechi, consiguieron insertar en sus hijos los principios morales básicos, la distinción entre el bien y el mal ante los grandes dilemas de la humanidad: la paz era mejor que la guerra; no matarás salvo en caso de defensa propia; no levantarás falsos testimonios, no traicionarás a tus amigos… Pero en otros asuntos, Jacobo navegaba como un bajel sin timón, libre como el viento y expuesto a los peligros de la mar. ¿Qué tenía de malo robar a un ladrón? ¿Qué, engañar a la banca? ¿Por qué uno no debía tomarse la justicia por su mano cuando fuera posible?
La regla de oro de la filosofía que Eugenia Corrales, la profe de Filosofía, explicaba en clase y que Marina defendía con vehemencia no convencía a Jacobo: “No hacer a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”. Pero vamos a ver Marina, si todos los seres humanos somos diferentes, si lo que yo deseo no coincide con lo que desean los demás, ¿por qué empeñarse en tratar a otras personas como te gustaría que te tratasen a ti? Comparto que no se debe hacer un daño innecesario a nadie, pero no veo nada malo en beneficiarme más que otros, en cualquier emprendimiento, si he puesto mis energías en él, siempre que no me quede con todo y comparta algo con los demás.
Marina, con su hermano, debatía siempre hasta el final: en las cosas esenciales todos los seres humanos deseamos lo mismo: que no nos maltraten; que nos quieran; que no nos esclavicen; no sufrir. Y, como tú bien defiendes, que no nos impongan nada en contra de nuestra voluntad, salvo cuando nuestros actos atenten contra los demás. Pero Jacobo discrepaba; creía en un poder fuerte que gobernase con mano dura a la población, incluso en contra de su voluntad, y que la condujese hacia metas elevadas, metas que el pueblo por sí solo sería incapaz de encontrar.
Cuando cumplió dieciséis años, se hizo difícil discutir con él. Estaba convencido de que no merecía la pena expresar sus convicciones ni escuchar las de otras personas. “Nadie convence a nadie, todos buscamos vencer dialécticamente a los demás”. Con su hermana, a quien tenía por un ser con cualidades extraordinarias, hacía una excepción y consentía en rebajarse a escuchar sus argumentos y consejos. Sus celos nunca vencieron al amor y la admiración que sentía hacia ella. Curiosamente, cuando se conversaba sobre temas baladíes, Jacobo resultaba gracioso y encantador. Aunque de alma solitaria, no tenía un pelo de tonto y bien sabía que los humanos somos seres sociales que nos necesitamos unos a otros.
Marina, aunque vaticinaba que el carácter de su hermano le traería problemas, nunca dejó de plantearle sus dilemas ni de tratar de rebatir sus afirmaciones de igual a igual, como buenos camaradas. La devoción entre hermana y hermano era mutua.
(...)
En el diecisiete cumpleaños de Marina, Jacobo le obsequió una célebre adivinanza: “Llega un perseguido a una cámara con dos puertas; una conduce a la libertad y la otra a prisión. Cada una está guardada por un fiero centinela. Uno de ellos siempre dice la verdad; el otro siempre miente. El que huye desconoce cuál es el sincero y cuál el mentiroso, y sólo tiene tiempo para formular una pregunta, pues los perseguidores se acercan peligrosamente. ¿Qué podría preguntar el fugitivo para averiguar el camino a tomar? Jacobo, al verla pensativa y sin adivinar la respuesta a la primera, se quedó encantado.
Los padres le regalaron una bufanda de lana, algún dinero para que se comprase lo que quisiera y otra pregunta en un sobre de color rosa con bellos trazos con su nombre: “¿Qué resulta más fácil, simplificar lo complicado o complicar lo simple?” La respuesta de Marina fue inmediata: “¡Eso es muy fácil, mamá! Para lo primero se necesita mucho arte. Lo segundo lo hace cualquiera”.
Nota
1 Segunda entrega de "Marina y Jacobo", capítulo I del libro "El Stradivarios". Primera entrega disponible aquí.















