La Campana de la Independencia ocupa hoy un lugar especial en la memoria histórica de Costa Rica. Se trata de una antigua campana de bronce, fundida en 1818 frente a la iglesia de Los Ángeles en Cartago, y que permaneció durante décadas en el edificio inconcluso conocido como las “Ruinas de la Parroquia”. En 1962 recibió la categoría de Monumento Nacional mediante el decreto n.º 3028, firmado en el Palacio Municipal de Cartago por el presidente de la República, Francisco J. Orlich. Más de seis décadas después, en enero de 2026, fue declarada Símbolo Patrio por medio de la Ley n.º 10833.

Su trayectoria, sin embargo, está vinculada a una controversia que ya existía en el siglo XX y que ha cobrado fuerza en los últimos años: ¿Repicó realmente esta campana durante las celebraciones de la independencia, en octubre de 1821, como lo afirmaron destacados cronistas, desde la década de 1920 hasta la de 1960?

La pregunta parece sencilla, pero la respuesta no lo es. La dificultad principal radica en que, hasta donde se tiene conocimiento, no se ha encontrado ningún testimonio contemporáneo a los hechos de 1821 que mencione expresamente que ella repicó durante aquellas celebraciones. Pero de igual forma tampoco se conoce, hasta ahora, un documento de la época que permita afirmar que no lo hizo. Nos encontramos, por tanto, ante una cuestión que exige examinar con cuidado los testimonios disponibles, con sus aciertos y limitaciones.

En este contexto, resulta pertinente recordar una frase del astrónomo estadounidense Carl Sagan (1934-1996): La ausencia de evidencia no es prueba de ausencia (El mundo y sus demonios: La ciencia como una luz en la oscuridad. 1995). En el caso que nos ocupa, la ausencia documental no prueba que el repique no ocurriera; pero tampoco, por mera presunción, implica darlo por un hecho. La labor del investigador debe orientarse a distinguir entre lo que está efectivamente probado, lo que se puede inferir razonablemente y lo que puede ser una hipótesis o incluso una tradición.

La tradición, por tanto, constituye una fuente que debe valorarse con un enfoque crítico: ni puede aceptarse como prueba concluyente por el solo hecho de haberse transmitido a lo largo del tiempo; pero tampoco puede descartarse de plano por carecer de una confirmación documental. Este mismo enfoque debe aplicarse a los testimonios escritos en épocas posteriores, incluidos los de los cronistas que difundieron y ayudaron a consolidar la tradición de la campana1.

Para abordar el problema, el artículo se ha estructurado en cinco partes. Primero, se reconstruyen los antecedentes y la trayectoria material de la campana. A continuación, se estudian las principales interpretaciones que han surgido en torno a la pieza, atendiendo a los argumentos de sus autores y a la época en que fueron expresadas. Estas son las del periodista, cronista e historiador Francisco María Núñez (1892-1984)2, pionero en el estudio de la campana, y la del presbítero Abel Castillo Vega (1895-1955), cura rector de la iglesia de Los Ángeles en 1922. Se analizarán, asimismo, las interpretaciones contemporáneas del historiador cartaginés Franco Fernández Esquivel y del ingeniero José Segura Garita, cuyos aportes ofrecen perspectivas relevantes para la revisión actual de este tema. En tercer lugar, se evalúan críticamente los argumentos y los límites de cada posición. La cuarta parte incluye mi propia interpretación de todo lo anterior, a la luz de las evidencias examinadas. La quinta y última parte presenta las conclusiones.

El propósito de esta investigación va más allá de determinar si la campana repicó o no en octubre de 1821 y si la razón está del lado de quienes apoyan el repique o de los que tajantemente lo niegan. Interesa, sobre todo, comprender cómo surgió y se transmitió ese discurso, qué elementos contribuyeron a consolidarlo y cómo esta pieza de origen tan humilde llegó a ocupar un lugar tan significativo en la memoria histórica del país, hasta ser reconocida oficialmente como Monumento Nacional y Símbolo Patrio.

1. Antecedentes y trayectoria de la campana

Una clara mañana del año 2010, visité las “Ruinas de la Parroquia” en Cartago. Recorría entusiasmado los rincones del derruido templo de piedra cuando me acerqué a la gran campana que pendía del pórtico central y, por primera vez en mi vida, caí en cuenta de que ella tenía una inscripción, hecha con letras algo toscas. Como era imposible entender el texto, le tomé varias fotos en los pocos ángulos posibles y luego, con calma, pude comprender lo que decía:

Sirbo a mi señora de los angeles, marso 12, 1818.

Gracias a esta reveladora inscripción, supimos a quién fue dedicada y en qué año. Pero de inmediato surgieron en mi mente unas dudas inevitables: si fue consagrada a la Virgen de los Ángeles, ¿cómo y cuándo llegó a este templo? Y si fue fundida en 1818, ¿dónde se fabricó?, ¿por qué se le llama Campana de la Independencia o de la Libertad?, ¿quién la bautizó con ese nombre? Y, sobre todo, dos preguntas fundamentales: ¿quién la encargó y quién la fundió?

Creyendo que las respuestas a todas estas preguntas estaban disponibles en Internet o en algún libro, hice numerosas búsquedas; luego pregunté a varias personas, y como seguía sin obtener todas las respuestas, consulté hemerotecas digitales (SINABI, La Nación), donde descubrí que el tema fue objeto de discusión, desde la década de 1920 hasta mediados de la década de 1960.

Durante la búsqueda advertí otros dos hechos primordiales: que el periodista e historiador Francisco María Núñez lideró, en la década de 1920, una tenaz campaña para salvar el valioso bronce de la destrucción total, y que el nombre “Campana de la Independencia”, dado por él mismo a la pieza, encerraba una polémica insospechada.

Aquellas revisiones me permitieron comprender el origen del nombre y, por fortuna, hallé también en esos documentos el nombre de quien, se pensaba, fabricó la pieza: un artesano herediano, nacido en Cartago, llamado Concepción Cartín. A este hallazgo se sumó otro igual de revelador. En el libro Rosa Mística (1920), del escritor y humanista herediano Luis Dobles Segreda, encontré la referencia a una campana fabricada por el mismo artesano Cartín, en Heredia, un año antes, en 1817. Esta increíble pieza ha sobrevivido. Se conserva en la iglesia del Carmen de Heredia y es conocida como campana “Consesion” (sic)3 o campana “Cartín”. Con estos datos, a partir del análisis de fotografías de ambas campanas y convencido de que eran obra del mismo fabricante, comencé a compartir mis hallazgos en páginas de Internet, relativas a la historia de Costa Rica.

Posteriormente, en 2019, publiqué mi primer artículo sobre la vieja campana de Cartago, titulado “La Campana de Las Ruinas era de la Virgen de los Ángeles y sí cantó la Independencia”4.

Pasemos ahora a la historia material de la pieza. Los libros de Cuenta y Data de la Cofradía de Nuestra Señora de los Ángeles, conservados en el Archivo Histórico Arquidiocesano Bernardo Augusto Thiel (AHABAT), documentan el encargo de la campana en 1818, así como los gastos de fabricación y pagos hechos al “maestro Cartín” (sic), sin precisar su nombre de pila.

La campana permaneció en la iglesia de Los Ángeles desde ese año, 1818, hasta la década de 1920. En 1922 atravesaba un momento crítico: una grieta afectaba su sonoridad y, ante la frustración del cura rector y de los fieles por no contar con una campana que sonara bien, se decidió llevarla a refundición, es decir, fundir una pieza nueva aprovechando el bronce de la anterior, una práctica habitual cuando las campanas viejas o dañadas pierden su timbre original. Para ello, la campana fue trasladada a San José, al taller metalúrgico de don Alfredo Chaves Smith5.

No obstante, la crucial intervención de Núñez —respaldada por la decisión final del primer arzobispo de Costa Rica, Mons. Rafael Otón Castro— impidió la destrucción de la pieza. Luego, gracias a una colecta pública, se fabricó una nueva campana, con lo cual se pudo preservar la campana colonial y exhibirla como reliquia histórica en el propio templo.

En 1932 fue exhibida, junto con muchos artefactos antiguos, en la Exposición Arqueológica de la Escuela Jesús Jiménez y, posteriormente, se integró a la colección del Museo Histórico Etnográfico Elías Leiva Quirós del Colegio San Luis Gonzaga.

Al año siguiente, 1933, por iniciativa del director del colegio, el Dr. Vicente Lachner Sandoval, y tras el correspondiente acuerdo municipal, la campana fue instalada en el arco central de las “Ruinas de la Parroquia”, donde ocuparía un lugar predominante durante 91 años. A partir de ese año adquirió una nueva dimensión simbólica, no solo para Cartago sino para todo el país, al ser incorporada anualmente a las celebraciones cívicas del 15 de septiembre.

En 1962 recibió la declaratoria de Monumento Nacional, primer reconocimiento oficial de su valor histórico.

Desde la muerte de Francisco María Núñez, en 1984, hubo un silencio mediático en torno a la campana. Prácticamente nadie volvió a acordarse de su historia, y solo se seguía repicando cada 15 de septiembre, como era tradición en Cartago.

En 2003, la historiadora cartaginesa Flora Matilde Vargas Bogarín, entonces directora del Colegio de San Luis Gonzaga, se propuso hacer unas publicaciones internas para conmemorar efemérides históricas de la institución. Entre los temas que creyó interesante abordar estaba el de la Campana de la Independencia, y una de sus inquietudes era conocer la inscripción en la pieza, por lo que pidió a la Municipalidad de Cartago el permiso correspondiente y el préstamo de una escalera. Gracias a esta ayuda, pudo leer la inscripción con claridad y tomar nota de ella. Producto de esa experiencia, doña Flora escribió un texto breve titulado “Homenaje a una Campana”, que únicamente circuló entre estudiantes, docentes y personal administrativo del colegio. A falta de comprobación, este documento es quizás el único texto sobre la campana elaborado desde la muerte de Núñez hasta inicios del siglo XXI.

Ese olvido tuvo un episodio aún más lamentable en noviembre de 2023, cuando debido a un error interno, la pieza fue cubierta con pintura negra ordinaria. El incidente le ocasionó daños que hicieron necesaria la actuación urgente de especialistas. Por ello, en febrero de 2024, la Municipalidad de Cartago contrató a la empresa Metal & Stone, bajo la dirección del ingeniero metalúrgico José Segura Garita, para llevar a cabo la restauración integral de la reliquia.

A raíz de este episodio, que recibió amplia cobertura mediática y un fuerte debate por los daños causados a un bien patrimonial excepcional, escribí varios textos y participé en foros públicos con el propósito de contribuir a visibilizar la campana, reivindicar su importancia y situarla en el lugar que merece como testimonio vivo de la historia de Costa Rica. Durante ese mismo periodo surgieron también opiniones divergentes sobre su origen y simbolismo, lo que hizo aún más necesario examinar críticamente su trayectoria histórica y distinguir entre los hechos documentados y las tradiciones en torno a ella.

En 2025, al cruzar los registros de la Cofradía con datos biográficos y genealógicos, hice un hallazgo que permitió esclarecer la identidad del fundidor. La documentación demuestra que Concepción Cartín no pudo haber fabricado las campanas de Heredia y de Cartago, pues tenía menos de diez años cuando ambas fueron fundidas. Todo apunta a que el responsable fue su padre, Andrés Cartín Morales, a quien identifico como el “maestro Cartín” con un alto grado de probabilidad. Según consta en su mortual, en 1818 Andrés superaba los cincuenta años y tenía en su casa de Heredia dos talleres, uno de herrería y otro de platería. Estos datos respaldan la posibilidad de que fuera el responsable de fundir la campana.

Estos hallazgos y sus fuentes documentales se exponen en mi artículo “Andrés Cartín, el verdadero fundidor de la campana”, publicado en Meer el 3 de agosto de 202514.

En enero de 2026 la campana fue declarada Símbolo Patrio y, poco después, por encargo de la Municipalidad de Cartago, se fabricó una réplica, con el propósito de devolver a las “Ruinas” su imagen tradicional y, al mismo tiempo, garantizar la conservación de la pieza histórica, cuya antigüedad y valor patrimonial requieren condiciones especiales de protección. El trabajo fue encargado a la empresa Metal & Stone, responsable también de la restauración de la campana antigua. La réplica fue colocada en el arco central de las “Ruinas” el jueves 7 de mayo de 2026, con la asistencia de altas autoridades municipales, miembros de la Policía Municipal y del Cuerpo de Bomberos, estudiantes de escuelas, etc.

La campana colonial permanece bajo custodia de la Municipalidad de Cartago, mientras se habilita un espacio apropiado para su conservación y exhibición pública, acorde con su relevancia histórica y con su doble condición de Monumento Nacional y Símbolo Patrio.

2. Las principales interpretaciones

2.1. Francisco María Núñez: la defensa de la campana y el origen del nombre

Antes de examinar la decisiva intervención de Francisco María Núñez en el rescate de la campana, conviene recordar un antecedente que suele omitirse al contar la historia de la pieza: la primera mención de la campana que hemos encontrado hasta ahora la hizo el periodista Rubén Hernández Poveda6, el 16 de marzo de 1922, en el periódico El Renacimiento, de Cartago7, y fue publicada pocas semanas antes de que Núñez iniciara su campaña.

El dato no es menor, pues ayuda a distinguir dos hechos muy importantes: fue Hernández Poveda quien dio a conocer la campana en la prensa, y fue Núñez quien más tarde la defendió públicamente y ayudó a proyectarla como símbolo. Incluso cabe aquí la pregunta: ¿Sería que aquella primera mención de Hernández Poveda en la prensa despertó el interés de Núñez en ella? Por ahora esta idea queda en el terreno de la hipótesis.

La posición de Núñez aparece expuesta en varios artículos publicados en periódicos entre 1922 y mediados de la década de 1960. Según su versión, la campana fue encargada en 1818 por la Cofradía de la Virgen de los Ángeles y fabricada por el maestro campanero “Concepción Cartín y su hermano Lorenzo”. Núñez indicó, además, que la pieza fue fundida frente a la iglesia de Los Ángeles y que los habitantes participaron de distintas maneras en el proceso. También aportó datos sobre sus dimensiones, peso y composición, aunque en distintos textos suyos aparecen algunas pequeñas diferencias en estas cifras.

Este autor también expresó que los devotos llevaban “sus alhajas y las arrojaban al crisol como muestra de desprendimiento y de fe”. Conviene precisar que Núñez habla de devotos y en ninguno de sus escritos afirma que fueran “las principales damas de la sociedad” quienes arrojaban sus “joyas de oro” al metal fundido; esa formulación particular corresponde a versiones posteriores o a reinterpretaciones de su relato original8.

Núñez afirmaba que la campana estuvo originalmente instalada en la torre de la iglesia de los Ángeles y que repicó en varios acontecimientos importantes de la vida nacional. Sostuvo, por ejemplo, que lo hizo durante las celebraciones de la independencia en 1821, así como en la batalla de Ochomogo en 1823 y en los distintos terremotos que afectaron a Cartago.

Sin embargo, un aspecto fundamental de su propia versión merece ser analizado con detenimiento. Núñez reconoció que fue él mismo quien la bautizó con el nombre de “Campana de la Independencia”. En un artículo titulado “La Campana de mis dolores” (Diario de Costa Rica, 14 de junio de 1960, p. 2) escribió:

El nombre de la campana de la independencia no se lo ha dado ningún gobernador, sino que se lo asigné yo, considerando que en Costa Rica, como en el resto de los países centroamericanos, los grandes actos se anunciaron y celebraron con repique de campanas. La declaración de la independencia lo justificaba.

Este texto permite comprender que la convicción de Núñez de que la campana había sonado en 1821 lo llevó a defenderla para evitar su pérdida y contribuyó a que, con el tiempo, ella fuera aceptada públicamente como la Campana de la Independencia.

Estas palabras de Núñez son de capital importancia, pues permiten establecer que el nombre “Campana de la Independencia” surgió en el siglo XX, gracias a su intervención, y no en 1821 ni en años posteriores inmediatos.

2.2. El presbítero Abel Castillo Vega: testimonio de 1922

Abel Castillo Vega9 era el cura rector de la Iglesia de los Ángeles en 1922. Dos publicaciones suyas en el diario católico La Verdad, los días 13 y 17 de mayo de 1922, con el título “La Campana de Nuestra Señora”, permiten reconstruir plenamente su posición con respecto a la famosa campana.

Castillo intervino en un momento crucial, cuando la campana estaba deteriorada y él mismo consideró la posibilidad de refundirla. En sus publicaciones, el presbítero explicó que tal propósito no obedecía a un simple capricho personal, sino a una necesidad práctica y, sobre todo, de responder al deseo de los fieles de contar con una campana en mejores condiciones.

Según su declaración, la pieza se encontraba muy afectada por una fisura, y agrega que debido a esa grieta la campana fue intervenida en el pasado para recuperar su sonoridad, aunque sin éxito: “no solo se limó, sino que para evitar la fricción en las vibraciones se cortó, en años anteriores, un pedazo donde estaba la rotura, y a pesar de eso su sonido siempre era muy destemplado” 10.

Como puede constatarlo cualquier persona que mire de cerca la campana, esta presenta dos cortes claramente diferenciados: uno en forma rectangular, en el labio, y otro en forma de cuña, que se extiende desde la línea inferior de la inscripción (después de la palabra “Sirbo”) hasta el borde del labio. El testimonio del Pbro. Castillo confirma que, antes de 1922, la campana presentaba una sola rotura, que correspondería a la grieta vertical.

El Pbro. Castillo no ofrece ningún detalle ni pista de cómo pudo originarse la falla de la campana. Pero creemos que entre las posibles causas estarían: un error en el proceso de fundición de 1818, un sismo o una caída accidental. Sin embargo, mientras no se disponga de evidencia concluyente, ninguna de estas explicaciones puede darse por demostrada. Lo que sí consta es que, para 1922, era evidente la existencia de una grieta vertical en la campana, así como la disconformidad del cura y de la comunidad con su pésimo timbre.

¿Y el corte rectangular en el labio? Este plantea un problema distinto, pues no se aprecia en las fotos antiguas anteriores a la colocación de la campana en las “Ruinas de la Parroquia”, pero sí en imágenes posteriores, cuando la pieza ya se encontraba puesta en el arco central del edificio. Creemos, como lo afirma el ingeniero José Segura Garita, que dicho corte pudo ocurrir durante la polémica de 1922 o en los años inmediatamente posteriores (entre 1922 y 1933). Lo más probable es que se hiciera al iniciarse el proceso de refundición, en 1922, cuando en el taller Chaves Smith ya se comenzaba a cortar el bronce para su fundición. Afortunadamente, el proceso no llegó a completarse.

En sus publicaciones, el padre Castillo explicó que inicialmente se había pensado conservar la campana antigua como una reliquia, dentro de una urna o vitrina, mientras se fundía otra para sustituirla. De igual manera, el mismo cura rector planteó que la nueva campana fuera idéntica en la forma y en las inscripciones de la original, pero que se agregara, además, el nombre de quien entonces se creía su fundidor: Concepción Cartín. Finalmente, la vieja campana no se refundió, pero sí se fabricó una campana nueva, como deseaban el Pbro. Castillo y la comunidad.

Un aspecto especialmente interesante de los artículos del Pbro. Castillo es que rechazó de plano la denominación de “Campana de la Independencia”. Sin embargo, su objeción no pretendía negar que la campana hubiera repicado durante los memorables días de octubre de 1821, ni afirmar que fuera imposible que lo hiciera, sino que esa prerrogativa fuera exclusiva para ella, cuando en su opinión, “según los últimos informes que tengo, existen en el país 12 campanas de la misma época y tendrían que llevar el mismo nombre”.

Sobre la campana nueva, una nota firmada por el mismo presbítero y publicada en el diario católico La Verdad el 30 de julio de 1922 aporta información fundamental acerca de su fabricación. Según esa noticia, la pieza fue fundida en el taller de don Alfredo Chaves Smith, en San José, a las 3 de la tarde del miércoles 26 de julio de 1922, día de Santa Ana. La fundición estuvo a cargo de Francisco Maffioli11 y del propio don Alfredo Chaves, con la ayuda de Miguel Mora Granados, Pantaleón Brenes, Jesús Marín Vega y Hernán Loaiza Jara. La campana pesó 600 libras, de las cuales 480 correspondían a cobre y 120 a estaño; su badajo, por su parte, pesó 24 libras. Lleva la inscripción “Sirvo a mi Señora de los Ángeles, agosto 2 de 1922. Fundición de Alfredo Chaves Smith” y, en alto relieve, la imagen de la Virgen de los Ángeles; en la parte inferior se lee la leyenda “Fundidor Francisco Maffioli”. Su costo fue de 1500 colones. La nota anunciaba que la campana llegaría al Santuario el lunes 31 de julio y que su bendición solemne se realizaría el martes 1 de agosto, al mediodía. Aunque todavía no hemos podido comprobarlo, es posible que esta campana se conserve en buen estado y continúe instalada en el campanario norte de la Basílica de los Ángeles. De ser así, habría tres campanas casi idénticas: la original de 1818, la copia de Francisco Maffioli de 1922 y la réplica de Metal & Stone, fundida en 2026.

Aunque la posición de Castillo resulta muy valiosa como testimonio contemporáneo sobre el estado de la campana colonial y su fallida refundición, sus artículos no arrojan ninguna luz acerca de los acontecimientos de 1821.

2.3. Franco Fernández Esquivel: el cuestionamiento de la tradición

La posición del historiador cartaginés Franco Fernández Esquivel es controvertida, pero incuestionable en el debate. Su interpretación constituye una voz crítica y abiertamente contraria a la de Francisco María Núñez y de quienes sostienen o consideran plausible que la campana hubiera repicado como muestra de júbilo durante las celebraciones de la independencia, en octubre de 1821. Fernández cuestiona de plano la identificación de la pieza como la “Campana de la Independencia” y pone en entredicho la tradición que la vincula con aquel acontecimiento histórico.

Su posición ha sido expuesta en distintos momentos y medios, pero destacamos los siguientes: en una tertulia celebrada en la Casa de la Ciudad el 16 de octubre de 2019; en el artículo “Campanas de Campanas”, publicado en el periódico Cartago Al Día el 21 de diciembre de 2023; y en una entrevista realizada el jueves 21 de mayo de 2026, en el programa Somos Cultura, de Radio Metrópoli.

Según su interpretación, buena parte de las historias relacionadas con la campana constituyen una “leyenda urbana” que habría sido inventada y difundida por algunos articulistas, con el único interés de construir y difundir una narrativa efectista y fantástica. A su juicio, tales versiones carecen de respaldo documental e insiste puntualmente en la necesidad de distinguir entre una tradición transmitida oralmente y una evidencia documental.

Uno de los elementos de su tesis es que la campana no perteneció a la iglesia de Los Ángeles, sino a la antigua iglesia del Carmen de Cartago. Basándose en sus recuerdos personales, Fernández Esquivel narra que, siendo estudiante del Colegio de San Luis Gonzaga a mediados de la década de 1950, el profesor Marco Aurelio Aguilar llevó a varios alumnos a un baile en el Asilo de Ancianos de Cartago. En dicho baile, Fernández conoció a un señor, allí internado, que fue carretero en su juventud. El hombre le contó que, después del terremoto de 1910, una campana cayó junto con la torre de la iglesia del Carmen y que él mismo recogió aquella campana con su carreta y se la llevó a su casa. A los días, según el mismo relato del carretero, llevó la campana hasta las “Ruinas de la Parroquia” para que fuera colocada allí. A partir de este testimonio, Fernández sostiene que la pieza procedía del Carmen y no de Los Ángeles y que, en consecuencia, no podría ser una campana colonial, sino de fecha muy posterior.

Adicionalmente, el señor Fernández opina que la campana no pudo haber sido fundida en Cartago, puesto que en aquella época el único taller especializado se encontraba en Heredia y que la fabricación de una campana requería hornos y condiciones técnicas que no podían improvisarse frente a una iglesia.

Luego cuestiona que las campanas de Los Ángeles hubieran participado en las celebraciones de la independencia, señalando que las actas del Cabildo, que describen las celebraciones de fines de octubre de 1821 en la ciudad de Cartago, mencionan que hubo iluminación, salvas de artillería, música, misas, dianas y festejos populares, pero “no hay menciones de campanas, y mucho menos de la Iglesia de Los Ángeles, que estaba fuera del casco principal de la ciudad de Cartago”. Finalmente, añade que para dicha celebración “sólo se utilizaron las llamadas de campanas normales en la Iglesia Principal [Parroquia]”.

2.4. José Segura Garita: la evidencia material y la construcción simbólica

José Segura Garita, ingeniero metalúrgico y director de la empresa Metal & Stone, responsable de la restauración de la Campana de la Independencia y de la fundición de su réplica, participó en un conversatorio sobre este bien patrimonial, el 20 de junio de 2026 en el Centro de la Cultura Cartaginesa. En este apartado examinaremos los principales planteamientos de su exposición.

Desde su perspectiva técnica, Segura considera que la fractura sufrida por la campana —motivo por el cual se decidió refundirla en 1922— pudo deberse a una caída durante una manipulación o traslado de la pieza. Se apoya en observaciones sobre el comportamiento del bronce y en la dificultad que presenta una campana de este material para resistir una caída importante.

En el plano histórico-documental, Segura mostró imágenes tomadas de los libros de Cuentas, Cargo y Data de la Cofradía de Nuestra Señora de los Ángeles, correspondientes al periodo 1715-1821, que él mismo consultó en el Archivo Histórico Arquidiocesano Bernardo Augusto Thiel (AHABAT), y a los que ya se hizo referencia. A su juicio, estos documentos constituyen evidencia de lo expuesto por Francisco María Núñez acerca del origen de la pieza, su encargo por parte de la Cofradía y algunas circunstancias de su fabricación. Asimismo, Segura agregó que gracias a esos libros se sabe que el maestro Cartín no solo fundió esta campana grande para la Cofradía, sino también otras más pequeñas.

Ahora bien, ¿cómo podemos saber que la campana que hoy conocemos es la misma fundida en 1818? Segura expresó que aunque no existe un registro fotográfico de aquella época que permita comparar directamente la pieza original con la actual, sí hay otras evidencias documentales y materiales. Entre ellas destaca la comparación con la campana de Heredia, cuya fabricación se atribuye al mismo maestro campanero Cartín. El estudio comparativo de ambas piezas comprendió la forma y las inscripciones, así como el análisis de sus materiales mediante tecnología moderna, con el empleo de escáneres y otros recursos técnicos. La coincidencia de estos elementos, a su juicio, permite atribuir ambas campanas al mismo maestro fundidor y respalda la identificación, sin lugar a dudas, de que la pieza de Cartago es la misma encargada por la Cofradía en 1818.

En cuanto al tema de si la campana repicó o no en el momento cumbre de 1821, Segura reconoce la falta de pruebas de archivo directas que evidencien tal acto en aquella coyuntura y, más bien, atribuye la construcción del símbolo gracias al amplio discurso mediático desplegado por Núñez a partir de 1922.

Según Segura, Francisco María Núñez habría comprendido que la mejor manera de sensibilizar a la población y obtener apoyo, especialmente de las autoridades civiles y religiosas, para salvar la campana, era atribuirle una gran relevancia histórica y simbólica. Los elementos necesarios para elaborar ese relato ya estaban disponibles; lo que faltaba era crear un discurso coherente para persuadir y movilizar a la opinión pública. De esta manera, Segura considera que la conversión de la campana en símbolo fue el resultado de una estrategia consciente por parte de Núñez.

Para Segura, esta construcción no debe verse negativamente. Por el contrario, reconoce que permitió conservar la pieza y generar una tradición que ha llegado hasta nuestros días.

Finalmente, Segura señaló la importancia del contexto político y social de las décadas posteriores, en particular el de la década de 1930, para comprender cómo una campana llegó a convertirse en un símbolo asociado a la libertad. Sin embargo, no profundizó en este tema, sino que lo dejó planteado como una investigación para abordar en el futuro.

3. Evaluación crítica de las posiciones

Las cuatro posiciones examinadas aportan evidencias distintas y también responden a preguntas diferentes, pero todas contribuyen a comprender la trayectoria histórica de la campana y el complejo proceso por el cual llegó a convertirse en símbolo. Para valorarlas con rigor, conviene distinguir entre la historia material de la pieza, la polémica de 1922 que permitió salvarla de la refundición, los datos disponibles acerca de un posible repique en 1821 y las distintas interpretaciones sobre cómo adquirió y luego consolidó su significado simbólico.

El aporte de Francisco María Núñez tiene dos dimensiones que es necesario distinguir. Por una parte, sus escritos y sus gestiones son fuentes fundamentales para reconstruir la defensa pública de la campana en 1922 y el origen de su nombre. Sin embargo, sus afirmaciones sobre el repique de la pieza en 1821 carecen de evidencias que permitan corroborarlas. Por otra parte, su propio reconocimiento de haber creado el nombre “Campana de la Independencia” confirma que esta surgió en el siglo XX y demuestra el papel crucial que él desempeñó en su difusión. No obstante, ese reconocimiento, por sí solo, no permite determinar si la campana sonó o no sonó en 1821.

Entre las cuatro posiciones, las palabras del presbítero Abel Castillo Vega constituyen un testimonio muy cercano a los hechos de 1922. Su aporte principal es la descripción del deterioro de la campana, las intervenciones previas para recuperar su sonido original, las gestiones hechas para refundirla y los datos acerca de la campana nueva que se fundió en 1922. Por otra parte, su rechazo al nombre de “Campana de la Independencia” también evidencia que en ese momento tal denominación no gozaba de aceptación unánime.

Franco Fernández Esquivel plantea una objeción importante al insistir en que la tradición no debe confundirse con la prueba documental. Su planteamiento insiste en examinar cuidadosamente las fuentes disponibles y, por la misma razón, consideramos que las mismas exigencias críticas deben aplicarse a su propia explicación. El relato oral del carretero que habría trasladado una campana desde la iglesia del Carmen hasta la Parroquia constituye un testimonio de interés, aunque, por sí solo, no permite establecer de manera concluyente la procedencia de la pieza. Por otra parte, ni la ausencia de referencias explícitas al repique en las actas del Cabildo de 1821 ni la distancia entre la iglesia de Los Ángeles y el centro de la ciudad bastan, por sí solas, para concluir, como él sostiene, que las campanas de los barrios no repicaron y que solo lo hicieron las de la iglesia parroquial. Finalmente, su afirmación de que era técnicamente imposible fundir una campana en Cartago en 1818 debió acompañarse de respaldo documental o técnico específico, y no expresarse como una suposición sobre las condiciones de trabajo de la época.

Adicionalmente, los aportes de José Segura Garita son fundamentales para comprender la campana desde una perspectiva material y técnica. Reviste especial importancia la documentación de archivo que presentó, pues permite confirmar que la Cofradía de Nuestra Señora de los Ángeles encargó la pieza al “maestro Cartín”.

En cuanto a su interpretación sobre el papel de Francisco María Núñez, consideramos que la posibilidad de que este hubiera construido deliberadamente un relato para salvar la campana debe examinarse con cautela. A nuestro juicio, Núñez actuó movido por una convicción genuina de que la campana había repicado durante las celebraciones de la independencia, y no por un cálculo para protegerla. Sus escritos y actuaciones permiten comprender su defensa de la pieza y reconocer su aporte a la consolidación de su significado histórico. No disponemos de elementos suficientes para demostrar de manera clara cuáles fueron sus motivaciones, pero tampoco encontramos razones para aceptar que tuviera una intención deliberada. Esta última interpretación, creemos, requeriría pruebas específicas que permitan sustentarla.

Ninguna de las cuatro posiciones debe aceptarse o descartarse de plano, pues cada una arroja luz a una parte distinta del problema. Sin embargo, ninguna de ellas permite, por sí sola, resolver el enigma de si la campana repicó o no durante las celebraciones de la independencia en 1821.

4. Mi punto de vista

Finalmente, expongo unas interpretaciones provisionales basadas en mi investigación sobre la campana y en el examen de la documentación disponible desde 2018.

Soy consciente de que mis estudios sobre el tema son todavía recientes y limitados, por lo que estas ideas son una posición personal, abierta a revisión y, desde luego, sujeta a error. Espero que en el futuro más investigadores se interesen en el tema y aporten nuevas evidencias, análisis y perspectivas que permitan ampliar, mejorar o corregir lo que hoy sabemos.

4.1. ¿Qué podemos afirmar sobre el repique de 1821?

Hasta hoy no se conoce ningún documento de 1821 o de fechas próximas que confirme que la campana de Los Ángeles repicó durante las celebraciones de la Independencia. Las actas del Cabildo registran diversas expresiones de júbilo, pero no mencionan el repique de campanas. Esta omisión, sin embargo, no permite concluir que las campanas de los barrios permanecieran en silencio, pues las actas no tenían por qué registrar todas las manifestaciones populares que podían ocurrir en los barrios.

Hay, sin embargo, en dichas actas un dato que sí puede resultar muy revelador. En la sesión No. 62, del Cabildo, del 3 de noviembre de 1821, se indica lo siguiente:

[…] que con la plausible noticia de haberse jurado ya en todo el reino mexicano y el de Guatemala la Independencia […] con júbilo y entusiasmo, lo que igualmente observó esta ciudad, […] con aura popular, a las 5 de la mañana del lunes 29 anterior, con sentimientos demostrativos de alegría y guardándose el mejor orden […] los paisanos y tropas, todo lo que se ha ejecutado con aceptación general y con la solemnidad que exige el caso, para la que tuvo presente el Ayuntamiento prevenir se promulgase por bando, iluminación general por tres noches consecutivas, salvas de artillería, música y dianas en los portales del Cabildo y Cuartel con otras diversiones que han proporcionado espontáneamente los barrios, con plaza de toros, etcétera.

(Actas y correspondencia del Ayuntamiento de Cartago: 1820-1823. Imprenta Nacional. 1971.)

El acta del Cabildo señala que las celebraciones incluyeron actividades organizadas por los barrios, entre ellas plazas de toros. Aunque no indica cuáles barrios participaron ni dónde fueron las corridas de toros, es claro que hubo festejos en distintos sectores de Cartago. Es posible que estos incluyeran el repique de las campanas de sus iglesias, entre ellas la de los Ángeles. La fecha inscrita en la campana, su relación con esa iglesia y las celebraciones públicas hacen plausible que sonara el 29 de octubre de 1821; pero ninguno de estos elementos lo demuestra. Por tanto, aunque esta posibilidad no está confirmada documentalmente, tampoco puede descartarse como si hubiera pruebas de que no sonó aquel día.

4.2. Francisco María Núñez: convicción, inferencia y construcción del símbolo

Pese a no citar las fuentes en que se apoyaba, las afirmaciones de Núñez en sus artículos me parecían trabajos serios. Mi confianza en sus textos no se basaba únicamente en su prestigio como periodista e investigador de temas históricos, sino también en sus trabajos sobre otros asuntos, entre ellos la fundación de San José, la cañería y el parque central de esa ciudad. Tuve ocasión de estudiar estos temas durante mis propias investigaciones sobre las fuentes victorianas en Costa Rica 12, lo que me permitió conocer y valorar sus aportes. Por estas razones, nunca consideré que sus crónicas sobre la campana fueran fantasiosas ni que respondieran a un afán de protagonismo.

Con todo, conviene subrayar que la reputación de un investigador no lo exime de citar las fuentes en que basa sus afirmaciones. Por eso, en este caso considero necesario distinguir entre lo que Núñez pudo haber conocido y lo que podemos verificar a partir de la documentación disponible. Como vimos en 2.1, Núñez fundamentó el nombre de la campana en una práctica que él consideraba habitual, no en un documento. Aunque su inferencia no demuestra que la campana repicara en 1821, sus palabras tampoco pueden entenderse como una confesión de que todo fue una invención deliberada de su parte, con el único fin de salvar la campana.

Existe, sin embargo, un antecedente escrito que merece especial atención: el de la campana de la iglesia del Carmen de Heredia, que Luis Dobles Segreda atribuyó al artesano Concepción Cartín y de la cual afirmó que “repicó el Te Deum del año 21”. Esta referencia no demuestra que la pieza herediana sonara durante las celebraciones de la independencia y menos aún que también lo hiciera la de Cartago. Pero sí permite establecer que antes de que Núñez iniciara su campaña para salvar esta última ya había una tradición escrita que vinculaba una campana de época cercana, atribuida al mismo artesano Cartín, con los acontecimientos de 1821.

Por su parte, el autor nunca mencionó la fuente, oral o escrita, de la que obtuvo el nombre del fundidor. Tampoco sabemos si llegó a conocer o a visitar la campana “Consesion” de Heredia, o si tuvo ocasión de conversar acerca de ella con Luis Dobles Segreda. Esto no puede descartarse, pues ambos formaban parte del reducido ambiente cultural e intelectual de la época, por lo que pudieron conocerse personalmente o, al menos, conocer sus respectivos trabajos.

Cabe entonces preguntarse si la referencia de Dobles Segreda a la campana herediana pudo dar a Núñez una idea nueva o si dicha mención reforzó una convicción que Núñez ya tenía. La semejanza entre ambas piezas —su antigüedad, el hecho de ser atribuidas al maestro Cartín y su posible repique en las celebraciones de 1821— pudo ayudar a que Núñez considerara plausible que la campana cartaginesa también hubiera repicado en aquella fecha.

En la época de Núñez, los investigadores —como los cocineros que guardan celosamente sus recetas— no siempre daban a conocer las fuentes en las que apoyaban sus conclusiones, quizá porque las consideraban parte de sus propios hallazgos. Actualmente, una investigación histórica comúnmente identifica las fuentes, lo cual resulta crucial para verificar los datos y someterlos a examen. Es por ello que el relato de Núñez debe mantenerse bajo examen crítico, sin que ello implique desconocer su papel fundamental en la salvación de la campana.

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Francisco María Núñez Monge. Foto de la década de 1920, cortesía de su nieto: Werner Korte Núñez.

4.3. La autoría de las campanas y el alcance de la evidencia

La identificación de Andrés Cartín Morales como fundidor de las campanas de Cartago y Heredia, y no su hijo Concepción Cartín Rodríguez, como se había afirmado en las crónicas del siglo XX, se apoya en datos genealógicos y en los libros de cuentas de la Cofradía. Pero, además, la mortual de Andrés registra que en su casa de habitación tenía un taller de herrería y otro de platería, así como implementos y herramientas de fundición.

Estos hallazgos representan un avance significativo en el conocimiento de la historia material de ambas piezas, aunque, ciertamente, no resuelven la cuestión de si la campana repicó o no en 1821. Por ello es necesario separar tres cuestiones: quién fabricó la pieza, qué ocurrió con ella durante las celebraciones de la independencia y cómo llegó a adquirir su significado simbólico. La primera ha avanzado gracias a la documentación de archivo disponible, la segunda sigue abierta por falta de evidencia, la tercera se explica principalmente por la intervención de Núñez, pero no como una construcción deliberada, sino como una convicción producto de una inferencia razonable.

5. Conclusión: más allá de la disyuntiva

La Campana de la Independencia encarna una historia que va mucho más allá de la pregunta binaria de si repicó o no en octubre de 1821. Fundida en 1818 por el “maestro Cartín”, ha atravesado más de dos siglos de acontecimientos y transformaciones, pero también de olvidos y maltratos, al punto de casi desaparecer en 1922. Sin embargo, Francisco María Núñez, su gran defensor, alzó la voz para protegerla y encontró en monseñor Rafael Otón Castro la orden superior de impedir su destrucción. Gracias a aquella gesta, la campana sobrevivió y comenzó el camino que la llevaría a convertirse en uno de los símbolos históricos más significativos de Cartago y de Costa Rica.

Desde entonces, su historia ha estado marcada por descubrimientos, debates e incertidumbres. Cuando Núñez intervino para salvarla, surgieron voces contrarias, algunas incluso burlescas. Esas diferencias no han desaparecido: aún hoy existen posturas que cuestionan su origen y su propósito. Sin embargo, tales voces inevitablemente forman parte de su historia y reflejan el interés y los sentimientos que la reliquia ha despertado a lo largo del tiempo.

Al mismo tiempo, la investigación documental ha permitido esclarecer quién fue su fundidor y reconstruir episodios desconocidos de su historia. Por su parte, el análisis de los materiales ha aportado datos científicos valiosos sobre la naturaleza de esta pieza excepcional. A ello se suma la restauración dirigida por el ingeniero metalúrgico José Segura Garita, quien reafirmó la necesidad de estudiarla y conservarla con criterios técnicos especializados.

Cada nuevo hallazgo sobre la campana abre nuevas posibilidades de investigación. La conservación de un bien patrimonial de este calibre exige conocimiento, rigor científico, responsabilidad institucional, compromiso ciudadano y sensibilidad hacia un legado que hemos recibido de generaciones anteriores.

En 2026, su declaratoria como Símbolo Patrio y la instalación de una réplica en las “Ruinas de la Parroquia” abrieron una nueva etapa en su historia. La campana original y la réplica son dos formas complementarias de mantener viva su memoria13. La primera conserva las huellas y cicatrices de más de dos siglos; la otra apenas inicia su propia trayectoria en el espacio público. Por tanto, el ejemplo de la campana muestra que preservar el patrimonio no significa dejarlo anclado en el pasado, sino encontrar nuevas formas de mantenerlo vigente.

Es posible que nunca lleguemos a demostrar documentalmente si la vieja campana repicó el 29 de octubre de 1821. Aun así, la investigación debe continuar, tanto alrededor de esa pregunta como sobre los muchos aspectos de su historia que aún podrían descubrirse. Pero debemos hacerlo sin prejuicios ni conclusiones anticipadas, y con la humildad de revisar nuestras propias posiciones a la luz de nuevas evidencias o de documentos que quizás pasamos por alto. El respeto por la historia exige buscar la verdad y decirla, incluso cuando las respuestas no son las que esperábamos, y tener la honestidad intelectual de reconocer los errores, las omisiones y también las conclusiones que deban corregirse.

Reducir la importancia de esta reliquia a lo que pudo haber ocurrido durante un solo día de sus más de dos siglos de historia sería desconocer su extraordinaria trayectoria y su estrecho vínculo con la identidad costarricense. Su valor, en consecuencia, no depende de aquel momento, sino también de quienes la concibieron y le dieron forma, de las personas que lucharon por salvarla, de lo que hemos ido aprendiendo sobre ella y del lugar que ha llegado a ocupar en la memoria colectiva.

Por eso, desde aquí queremos hacer un llamado a los distintos sectores de nuestra sociedad: a los investigadores, para que continúen buscando documentos y revisando críticamente los hechos conocidos; a las autoridades, para que garanticen su conservación y su acceso público en condiciones óptimas; y a la ciudadanía, para que valore la campana, conozca su historia y contribuya a conservarla para las generaciones futuras.

Dentro de cien años, quienes visiten el corazón de Cartago podrán apreciar la campana original, con más de tres siglos de historia, y su réplica de bronce, que habrá cumplido un siglo. Confiamos en que, en ese momento, los ciudadanos de entonces valoren lo que hicimos las personas del presente para conservar este legado y transmitirlo a las nuevas generaciones.

Ojalá esos visitantes encuentren la pieza original debidamente conservada y accesible, y la réplica integrada en el lugar para el que fue creada, con una historia propia, sin olvidos ni maltratos y exhibida con orgullo. Ojalá también comprendan que, mucho antes que ellos, hubo personas como Francisco María Núñez, Rubén Hernández Poveda, el presbítero Abel Castillo, el arzobispo Rafael Otón Castro, Juan Rivera, Francisco Maffioli, Alfredo Chaves Smith, José Segura Garita y otros que entregaron esfuerzo, tiempo y compromiso para salvar aquella reliquia y hacer posible que llegara hasta su época. Que estas campanas sigan sonando en los siglos venideros. Su futuro, que ojalá sea largo y digno, no depende solo del cuidado de su bronce, sino de que cada persona comprenda por qué vale la pena conocer, preservar, y transmitir un patrimonio.

Notas

1 Sobre la valoración crítica de la tradición oral como fuente histórica, véase Jan Vansina, Oral Tradition as History, Madison, University of Wisconsin Press, 1985, pp. 159-160. Vansina señala que, mientras una tradición no haya sido confirmada independientemente, la evidencia que aporta debe considerarse provisional y poseedora de cierto grado de plausibilidad, pero no por ello carente de valor histórico. Versión digital consultada.
2 Francisco María Núñez Monge (1892-1984) fue periodista, escritor e investigador de la historia de Costa Rica. Nació en Desamparados el 9 de julio de 1892 y comenzó su actividad periodística siendo muy joven. Durante más de cuatro décadas estuvo vinculado al Diario de Costa Rica, donde desarrolló una intensa labor de divulgación histórica y cultural. Fue autor de numerosas obras, entre ellas “Mi tierra nativa” (1917), “La evolución del periodismo en Costa Rica” y “Periódicos y periodistas”, así como de estudios biográficos y monografías sobre diversos pueblos y personajes del país. En 1956 recibió el Premio María Moors Cabot de la Universidad de Columbia por su trayectoria periodística. Falleció el 12 de marzo de 1984.
3 Se le llama campana “Consesion”, porque su inscripción indica: “SIRBO N.S. DE CONSESION. mo 26. 1817”. Donde dice “Consesion” debe entenderse por Concepción, es decir, que la campana fue dedicada a “Nuestra Señora de Concepcion” o “Inmaculada Concepción”, patrona oficial de Heredia.
4 El artículo se publicó originalmente en Facebook, pero luego fue incluido en el libro: Orozco-Abarca Sergio, Antología de artículos históricos & culturales: escritos entre 2015-2020, 1.ª ed., Editorial Gráfika S. A., San José, 2021.
5 Alfredo Chaves Smith fue un destacado metalúrgico costarricense, pionero de la industria de la fundición y la metalmecánica en el país, a partir de la década de 1920. Su taller, ubicado originalmente en las cercanías del antiguo Palacio de Gobierno en San José, estuvo vinculado a importantes obras de infraestructura y encargos eclesiásticos de la época. Su legado en el oficio fue continuado por su hijo, el ingeniero Alfredo Chaves Carranza, verdadero pionero de la industrialización de la metalurgia en Costa Rica. [Fuente](Prensacr.info).
6 Rubén Hernández Poveda (1899-1972) fue un periodista costarricense. A los 17 años ya era maestro y poco después fundó su primer periódico, El Fénix, al que siguieron El Renacimiento, Irazú y El Debate. En 1930 se incorporó al Diario de Costa Rica por gestión de don Otilio Ulate; trabajó luego en La Hora y La Prensa Libre, donde destacó con su columna “Desde la Barra” sobre la Asamblea Constituyente de 1949. Cubrió durante más de veinte años las sesiones de la Asamblea Legislativa, publicó en 1934 un libro sobre Augusto César Sandino; fue fundador y presidente del Colegio de Periodistas y de la Asociación de Periodistas, y profesor de Artes Gráficas en el Colegio Salesiano de Cartago. (Información de SINABI y La Nación).
7 Rubén Hernández Poveda, “Vieja Campana enmudecida”, El Renacimiento, Cartago, 16 de marzo de 1922, p. 3.
8 La costumbre de arrojar monedas o joyas al crisol durante la fundición de campanas existió durante la Edad Media y el Renacimiento y aparece en diversas tradiciones europeas como gesto votivo y simbólico. Sin embargo, los tratados clásicos sobre el arte campanario —como los de Theophilus (siglo XII) o Vannoccio Biringuccio (siglo XVI) — no atribuyen a estas adiciones efectos acústicos significativos, pues la sonoridad depende fundamentalmente de la geometría del bronce y de la proporción entre cobre y estaño. Según los análisis de materiales hechos a la Campana de la Independencia por Metal & Stone en 2025, no se detectaron trazas de oro u otros metales preciosos en su composición.
9 Pbro. Abel Castillo Vega (1895-1955). Nació el 7 de mayo de 1895 en Paraíso de Cartago. Fue ordenado presbítero el 29 de agosto de 1920 para la Diócesis de San José. A inicios de la década de 1920, asumió como cura rector del Santuario Nacional de Nuestra Señora de los Ángeles en Cartago, periodo en el cual destaca su gestión en la reconstrucción y equipamiento del templo tras los terremotos de 1910. Ejerció además como cura de San Juan de Toboso (1923) y de Santa Ana (1941). Falleció el 7 de agosto de 1955 en San Isidro de Coronado. Fuente: Lobo Oconitrillo, Oscar. Sacerdotes diocesanos y religiosos en Costa Rica: 1800-2015.
10 El testimonio escrito más antiguo localizado hasta ahora que ofrece una pista sobre el periodo en que se dañó la campana es el de Rubén Hernández Poveda, “Vieja Campana enmudecida”, El Renacimiento, 16 de marzo de 1922, p. 3. Hernández Poveda señala que en 1913, cuando murió el presbítero Víctor Ortiz Ibarra (capellán de la iglesia de Los Ángeles), la campana aún no había sido dañada, pero que posteriormente se reventó y perdió su sonoridad. El relato sitúa el deterioro después de 1913, sin indicar cómo ocurrió ni la fecha exacta. En 1922, Abel Castillo indicó que en años anteriores la campana había sido limada y se le había cortado un pedazo donde estaba la rotura. La comparación de estos dos testimonios permite situar esa rotura, de manera tentativa, entre 1913 y los años inmediatamente anteriores a 1922.
11 Francisco Maffioli Musmanni (nacido como Francesco Maffio Musmanni en Calabria, Italia, en 1886, y fallecido en San José en 1926) fue un maestro fundidor italiano que llegó a vivir a Costa Rica. Con sus conocimientos de metalurgia ayudó al crecimiento de la industria en su época. Murió joven, a los 40 años, y su trabajo y conocimientos fueron heredados a su hijo mayor, Hernán Maffioli Brenes. Hernán llegó a ser uno de los maestros fundidores y obreros metalúrgicos más reconocidos del país. Trabajó en los talleres del Ferrocarril al Pacífico, donde se especializó en fundición de piezas pesadas y de gran precisión. Junto a otros fundidores, como Raúl Soto, realizó el vaciado en bronce de monumentos y bustos que hoy forman parte del patrimonio escultórico de Costa Rica. Fuente 1. Fuente 2 y Fuente 3.
12 Para más información acerca de las fuentes victorianas en Costa Rica, consulte el artículo del autor: “Delfines, Leones y Tritones: fuentes victorianas de hierro en plazas y parques de Costa Rica (1868-1880)”, Revista Herencia.
13 Como se expuso antes, existe otra campana hermana: la fundida en 1922 por Francisco Maffioli y Alfredo Chávez, que presumiblemente sigue instalada en el campanario norte de la Basílica de los Ángeles.
14 “Andrés Cartín, el verdadero fundidor de la campana”.