La primera vez que Alejandro Medina Guzmán visitó Chalma fue en 2010, por invitación de su primo Jonathan. Como comerciante del «Barrio Bravo» de Tepito, le sugirió que fueran con los chalmeros de Tepito, un colectivo de peregrinos que año con año visita el Santuario del Señor de Chalma partiendo a pie desde el mercado en la Ciudad de México.

Como fotógrafo dedicado a «documentar movimientos sociales», explica en entrevista para Meer, decidió documentar la experiencia en blanco y negro a manera de «registro atemporal». Esta entrevista surge a propósito del reciente lanzamiento de su ensayo fotográfico bajo el sello editorial Artes de México.

¿Cómo te encontraste con los chalmeros de Tepito?

Mi encuentro con los chalmeros de Tepito ocurrió en 2010, a partir de una invitación de mi primo Jonathan Solís Medina, habitante y comerciante del barrio. Él me invitó a conocer y vivir la experiencia de la peregrinación a Chalma.

En ese momento no existía la intención de realizar un proyecto fotográfico a largo plazo; mi idea era simplemente acompañarlo, fotografiar el trayecto y, quizá, hacer algunas imágenes familiares que quedaran como recuerdo entre dos primos que se quieren.

Pero desde aquella primera experiencia me llamó profundamente la atención la manera en que los tepiteños viven la peregrinación: su alegría, su desinhibición, su organización y la forma tan particular en que construyen comunidad durante el camino. Comencé a entender que aquello era, de alguna manera, un retrato de Tepito fuera de Tepito.

Esa experiencia hizo que regresara durante cinco años más. Con el tiempo, la relación con los integrantes de la comunidad fue creciendo y también cambió mi manera de mirar el proyecto.

En 2013 atravesé un momento personal que me llevó a una profunda depresión. A partir de entonces, Chalmeros de Tepito adquirió otro significado para mí: dejé de ser únicamente el fotógrafo que documentaba una peregrinación y me convertí en un peregrino más. Al final, terminé sintiéndome parte de la comunidad.

El proyecto me permitió comprender que caminar no era solamente trasladarse de un lugar a otro; era una forma de vivir la fe, de convivir, de resistir y de mantener viva una tradición con profundas raíces culturales y ancestrales.

¿Habías visitado Chalma antes?

No. La primera vez que visité Chalma fue precisamente durante aquella peregrinación de 2010 con los chalmeros de Tepito. Todo lo que encontré en el camino y en el propio santuario fue parte de una experiencia completamente nueva para mí.

¿Por qué decidiste que la serie fuese en blanco y negro?

Desde el principio entendí el proyecto como un documento atemporal, como un registro que pudiera ser consultado y observado con el paso de los años, porque habla de una comunidad y de una tradición que continúa transmitiéndose de generación en generación.

El blanco y negro me permitió reforzar esa intención documental e histórica. También existe una razón personal: muchas de las personas que aparecen en estas fotografías fallecieron durante la pandemia de COVID-19 y, con ello, las imágenes adquirieron inevitablemente un valor de memoria.

Desde el punto de vista fotográfico, el blanco y negro elimina elementos cromáticos que pueden distraer y concentra la mirada en las personas, sus gestos, sus cuerpos y sus acciones. Me interesaba que el espectador observara primero a los protagonistas y después el contexto.

Para mí, el blanco y negro no representa únicamente una decisión estética; es una manera de darle permanencia a una experiencia que pertenece a un momento específico, pero cuya historia continúa.

¿Cómo escogiste las fotos que quedarían en la edición de Artes de México?

La selección se construyó a partir de una narrativa visual y de ciertos paralelismos con documentos pictográficos ancestrales, particularmente con la Tira de la Peregrinación, en la que se representa el recorrido de los mexicas hasta la fundación de México-Tenochtitlan.

Durante los años que documenté a los chalmeros encontré algunas similitudes que me resultaron muy significativas. Una de ellas es la figura de los teomama, quienes cargaban a sus dioses durante el recorrido y que me permitió establecer un diálogo visual con las personas que actualmente cargan imágenes religiosas durante la peregrinación.

También me interesaba sacar al barrio de Tepito de su contexto habitual y observarlo en otro territorio: caminando por el campo, relacionándose con la naturaleza y enfrentándose a un paisaje completamente distinto al urbano.

Por eso, la edición busca construir un contraste entre la ciudad y el campo, entre Tepito y el México profundo, pero también mostrar cómo una comunidad mantiene sus propias dinámicas, códigos, formas de convivencia y maneras de entender el camino.

¿Te consideras chalmero ahora que hiciste el peregrinaje con las y los tepiteños?

Siempre he pensado que cuando vives en un barrio, la gente se conoce de esquina a esquina; las personas saben quién pertenece a la comunidad y quién es un extraño. Cuando llegué a Tepito, nadie me conocía. Por eso, al principio existía cierto recelo: yo era un fotógrafo que llegaba con una cámara a retratar una experiencia que no le pertenecía.

Pero con el paso de los años comenzaron a reconocerme y, sobre todo, a entender por qué estaba ahí. El momento que marcó ese cambio fue cuando comenzaron a llamarme “el Foto” o “la Foto”. Los escuchaba decir: “Ahí viene el Foto”, y automáticamente se acomodaban para que les hiciera una fotografía.

Ya no tenía que explicar quién era, por qué llevaba una cámara o quién me había invitado. Había ganado algo mucho más importante: su confianza. Y esa confianza hizo que las fotografías fueran más naturales, más espontáneas y, sobre todo, genuinas.

Cuando terminé el proyecto y comencé a buscar una editorial para publicarlo, llegué a Artes de México. Desde el primer momento, Margarita de Orellana, directora de la editorial, reconoció el valor documental y editorial del proyecto y decidió publicarlo.

Estoy convencido de que el Señor de Chalma me hizo el milagro de que todo ese proceso fuera posible hasta llegar a la publicación del libro.

Así que sí, me considero creyente. Llegué como fotógrafo, me convertí en peregrino y salí de ahí como chalmero.