Llamamos nacimiento al día en que llegamos al mundo, al instante en que nuestra existencia se vuelve visible y concreta para los demás. Celebramos esa fecha como el comienzo de la vida, aunque sepamos que ya existíamos antes en el vientre materno. Incluso podríamos atrevernos a pensar que existíamos antes todavía, antes de que el universo decidiera su expansión, antes de que la materia encontrara la forma exacta para dar lugar al milagro de la vida. Tal vez éramos una posibilidad, una intención, una chispa alojada en el misterio.

Nacemos y comienza nuestra experiencia humana. Es el punto de partida en este planeta, en esta travesía terrestre que llamamos vida. A partir de allí, un constante transcurrir. Algunos simplemente pasan por ella sin detenerse a mirar, sin asombro, sin preguntas, sin inquietudes. No se interrogan ni por lo complejo ni por lo sencillo. Otros, en cambio, vivimos preguntándonos constantemente, aun sabiendo que muchas respuestas no llegarán jamás. Queremos saber por qué existimos, por qué nacimos en un lugar determinado y no en otro, por qué los acontecimientos se encadenaron de la manera en que lo hicieron.

Si cada uno realizara el ejercicio de revisar su historia personal, podría identificar esos instantes decisivos en los que una elección cambió el rumbo entero de la vida. Momentos mínimos, aparentemente insignificantes, que abrieron caminos irreversibles. Siempre queda la tentación de pensar qué habría sucedido si hubiéramos elegido distinto: otra vida, quizá igualmente feliz, quizá igualmente triste. Nunca lo sabremos. El tiempo no retrocede. La experiencia avanza, las preguntas aumentan y la fascinación por la vida —entre penas y glorias— no deja de sorprendernos.

Hay momentos de oscuridad en los que uno cree haber llegado al límite del sufrimiento. Cuando parece que ya nada peor podría suceder, algo nos empuja a resistir. A esperar. A dejar que el tiempo haga su trabajo. Existe una fuerza que guía, especialmente cuando le pedimos que lo haga. Muchos dirán que eso es una explicación religiosa, un recurso teológico. Tal vez lo sea. Pero la experiencia del vivir muestra que, sin esa dimensión trascendente, todo se vuelve inexplicable. ¿Cómo comprender, de otro modo, la armonía del cosmos, la danza de los planetas, la existencia misma?

Creer en un Creador no anula la razón: la completa. Alguien decidió lo esencial para que nosotros nos ocupáramos de lo secundario. Si no fuera así, ¿para qué existe todo?, ¿para qué existimos nosotros? Nuestra finitud es infinita en su pequeñez frente al universo, y sin embargo estamos aquí, preguntándonos, amando, perdiendo, esperando.

Tras algunas pérdidas recientes recordé el término espiritual: Dies Natalis. El verdadero nacimiento. No el de la carne, sino el del espíritu. Así como antes de la concepción éramos una posibilidad incorpórea y luego nos encarnamos en el vientre materno, también llegará el día en que dejemos de ser humanos para ingresar en otra forma de existencia. Para los creyentes, ese tránsito se expresa en el lenguaje del cielo, el purgatorio o el infierno; para otros, simplemente en el regreso al origen.

Ese sería el auténtico nacimiento: el ingreso a una dimensión superior. No ya con la inocencia del comienzo, sino con el peso de lo vivido, con todo aquello que cargamos sobre los hombros. Regresamos al Padre, y allí nacemos verdaderamente. Ese nacimiento, a diferencia del primero, ocurre con conciencia. En la tierra nacemos sin entender nada: lloramos, miramos desconcertados, no sabemos quiénes somos ni qué sucede. Poco a poco aprendemos lo que podemos dentro de nuestras limitaciones. En cambio, al nacer en la tercera dimensión, si la conciencia perdura, sabremos exactamente quiénes fuimos.

Desde esa perspectiva futura, ¿cómo juzgaríamos nuestras preocupaciones actuales? ¿Cuántos problemas de la humanidad tomaríamos realmente en serio? ¿De cuántas cosas nos arrepentiríamos por no haberlas hecho, y de cuántas por haberlas hecho? Tal vez entonces comprendamos la verdadera proporción de nuestros actos: ni tan grandes como creíamos, ni tan pequeños como temíamos.

Por eso, cuando alguien muere, acontece su Dies Natalis. Termina su examen terrenal y comienza otra experiencia. La primera dimensión fue la potencia; la segunda, esta vida donde somos acto; la tercera permanece como incógnita, o la potencia de un acto predeterminado. Para quienes creen, esa incógnita se resuelve mediante la confianza: si no hicimos todo perfecto, pero obramos con buenas intenciones y procuramos el bien, el encuentro será luminoso.

El paraíso es difícil de imaginar. Cada persona lo concibe de manera distinta. Yo solo puedo pensarlo como una paz plena: el reencuentro con los nuestros y, tal vez, con las respuestas a todas las preguntas que nos acompañaron durante la vida. En este plano sufrimos la ausencia de quienes parten; quizá ellos también sufran la distancia. Son misterios que no nos pertenecen comprender del todo.

Celebramos nuestros cumpleaños como hitos del reloj terrenal. Son fechas queridas, necesarias, humanas. Pero quizá deberíamos prepararnos para otro nacimiento más importante: el que sucede al morir. Prepararnos para dejar esta dimensión de la mejor manera posible, para poder nacer allá con serenidad.

Porque este nacimiento fue, en parte, accidental. No lo decidimos. Alguien eligió por nosotros. Pero el modo en que morimos —y, por lo tanto, el modo en que nacemos a la eternidad— sí depende de cómo elegimos vivir. Y en esa elección diaria se encuentra, tal vez, el sentido más profundo de nuestra existencia.