Parece imposible imaginar que algo surja de la nada. Del mismo modo, parece imposible aceptar que todo siga infinitamente. Asimismo, resulta muy poco intuitivo pensar que todo llega a un final porque es inevitable preguntarse: ¿pero qué pasa después?
Tal vez para casar todas estas ideas nos inventamos los ciclos. Porque un ciclo tiene un principio y un final y al mismo tiempo puede continuar para siempre.
Por otro lado, las palabras “principio” y “fin”, protagonistas de este asombro, encierran significados interesantes. El principio de algo se refiere a su esencia, a su raíz. El fin de algo también significa su finalidad o su propósito.
Como todos sabemos, uno de los ciclos más famosos fue plasmado por los antiguos mayas en su célebre calendario. Además, este pueblo tuvo la osadía de poner una fecha concreta al fin del tiempo. La traducción de este fin a nuestro calendario se da el 21 de diciembre de 2012. Esta idea es muy sugestiva, creo, porque enuncia el fin del tiempo sin que eso signifique necesariamente el fin del mundo.
Evidentemente, no fueron los mayas los únicos que jugaron con estas cuestiones. Pero ya que al menos existe alguna probabilidad de que los astrólogos precolombinos tuvieran razón, y es remotamente posible que seamos seres posapocalípticos, demos un breve paseo por el limbo temporal.
Investigaremos un célebre tratado de profecías apocalípticas. Para ello debemos viajar al año 1140 de nuestra era, a la ciudad de Roma. Según se relata, el entonces papa Inocencio II atravesaba épocas difíciles, de modo que, para complacerlo, San Malaquías emprendió lo que luego haría el famoso Nostradamus: se empeñó en la tarea de recordar el futuro. Le entregó a Inocencio II una lista de los 113 papas que lo sucederían hasta la llegada del fin.
Esta obra se titula, en su versión castellana, “Las profecías de San Malaquías” (así, con rima y todo). Sin embargo, así como fue escrita, esta obra fue olvidada por el papa Inocencio y por el mundo durante unos quinientos años, hasta que fue desenterrada de la Biblioteca Vaticana y publicada hacia fines del siglo XVI.
Cabe destacar que la obra visionaria de San Malaquías es estudiada por unos, discutida por otros y execrada por el resto. Consta de una serie de breves sentencias, escritas una en cada renglón y terminadas por un punto final, en latín. Se explaya, en forma metafórica y con la clásica ambigüedad a la que las profecías nos tienen acostumbrados, acerca del reinado de cada papa.
Hay un detalle: suele señalarse que las profecías escritas antes de su “descubrimiento” son, con mucho, más precisas que las posteriores, por lo cual la sospecha de una falsificación resulta tentadora. Pero insistamos. La interpretación más clásica de esta obra refiere cada una de estas sentencias al reinado de un papa, empezando por el del propio Inocencio. Si seguimos escrupulosamente la lista de profecías y la comparamos con la lista de papas, llegamos al actual León XIV.
Leyó bien. Hemos llegado al final de la lista y pronto comprenderemos el significado y el valor de esta misteriosa obra. Estudiemos algunas de las citadas profecías. Para empezar, hablemos del papa 109, a quien San Malaquías describe como “De medietate lunae” (“De la media luna”).
Juan Pablo I (1978). Albino Luciani (“albino”, del latín “albus”, “blanco”; “Luciani”, asociado a la luz). Nació en la diócesis de Belluno, nombre relacionado etimológicamente con “bella luna”. Fue elegido el 26 de agosto de 1978 y falleció un mes después, el 28 de septiembre de 1978. Según pude comprobar yo mismo en el sitio web1, el día de su elección la luna estaba, en Belluno, aproximadamente en un 40 %. El papa de la media luna. Wow. Aparte de esto, podemos agregar que su reinado duró 33 días, como los años de Cristo.
A Juan Pablo II, quien gozara del funeral más populoso de la historia de la humanidad, San Malaquías le refiere la profecía 110: “De labore solis” (“Del trabajo” o “de la fatiga del sol”). Juan Pablo II (1978-2005) fue el pontífice más viajero y el que más tiempo gobernó la Iglesia después del propio San Pedro y de Pío IX. De modo que se trató de un papa de claras características solares, por su potencia y popularidad. Otros relacionan la profecía con el hecho de que el día de su nacimiento y el de su muerte hubo sendos eclipses solares. Aunque usted no lo crea.
A su sucesor, Benedicto XVI —célebre por su impopularidad y que, como muchos sospechan, tuvo que renunciar antes de que se le quemara el rancho—, San Malaquías le otorgó el número 111: “Gloria olivae” (“La gloria del olivo”). Benedicto XVI (2005-2013) nació y fue bautizado en un sábado de Gloria. También se destaca la relación de la profecía con el escudo de la orden benedictina, que contiene un olivo. Algunos incluso relacionan la frase con el breve período verde de los olivos, que ocurre alrededor del mes de abril, mes en que comenzó su papado.
Y llegamos así a nuestro compatriota Francisco. El primero en llamarse Francisco, el primero en ser jesuita y el primero en haber nacido fuera de Europa. No hace falta escarbar mucho por la red para darse cuenta de que Francisco nos dejó bastante bien parados a los argentinos. No fue tan popular como Juan Pablo II, pero seguramente lo hizo mejor que Benedicto. San Malaquías lo preveía de esta manera: 112: “In persecutione extrema S.R.E. sedebit.” Traducimos: “En la extrema persecución de la Santa Iglesia Romana se sentará”. Su pontificado se ha caracterizado por una época de ensañamiento con los católicos, donde parece haberse puesto de moda asociar al catolicismo con la pedofilia y las corruptelas vaticanas.
Pero abramos un paréntesis, queridos neuróticos mayormente urbanos del 2026. Como seres de ciencia, sabemos que las profecías no existen o que son más bien metáforas, vanas teorías conspirativas o cuentos para niños. Y sin embargo, nuestros queridos papas nos han dejado algunos hechos como para ponernos francamente a dudar. No olvidemos que “la realidad es un bosque de símbolos”, según propone nuestro querido Alejandro Jodorowsky.
Volvamos un momento al papa 111, Benedicto. A fines de enero de 2013 —es decir, en el mes 1 del año 1 después del fin de los tiempos—, el citado papa soltó una paloma blanca mientras se dirigía a los fieles desde un balcón en el Vaticano. El pobre animal no tardó en ser atacado por una agresiva gaviota, a la vista de los consternados asistentes. No sabemos si esto fue la gota que derramó el cáliz, pero el 11 de febrero de 2013 renunció el papa 111, cosa que no sucedía desde hacía más de setecientos años.
Unas horas después, cayó un rayo sobre la cúpula de la basílica de San Pedro. Días más tarde, sobre la chimenea de donde pronto saldría la famosa fumata blanca que anunciaría a Francisco como papa, se posó otra gaviota, del tipo “Larus argentatus”, reconocible por el color plateado de su plumaje.
Para quien sensatamente elija dudar de estas increíbles cuestiones, debemos aclarar que todos estos hechos fueron recogidos por los medios de la época.
De columbis et laribus
A pesar de no haber sido prevista por San Malaquías, humildemente refiero una historia que me pasó a mí, ya que hablamos de palomas y gaviotas. Me encontraba en mi piso de La Barceloneta, un hermoso domingo de verano por la mañana, escuchando en un podcast al sabio chileno Claudio Naranjo, quien explicaba con voz reposada y tersa cuestiones relativas a la armonía, la paz, la sabiduría y la belleza de la naturaleza. Mientras tanto, del otro lado de la angosta calle, en la cornisa del edificio de enfrente, una gaviota devoraba una paloma.
Cabe destacar que, mientras la gaviota comía los intestinos de la pobre paloma como si fueran espaguetis, la pobre víctima aún seguía viva. La imagen me pareció tétrica, pero más que nada me sorprendió el contraste que ofrecía respecto de las palabras del maestro. Pero dejemos mi pequeña anécdota de lado.
Recordemos que enseñaba Pitágoras que los seres celestiales, como por ejemplo los papas, se comportan de acuerdo con leyes precisas. Benedicto murió —y en esta fecha debía haber terminado su papado— el 31 de diciembre de 2022. Exactamente diez años y diez días después del fin de los tiempos decretado por los mayas. Por otra parte, Francisco, a quien san Malaquías asignó el número 112, tuvo la prolijidad de durar doce años en el papado.
Fin
Pero dado que todo lo bueno —como, por ejemplo, el mundo— debe tener un fin, vamos llegando al final de mi delirio. Miremos entonces la profecía del próximo papa, el 113. San Malaquías lo prevé como Pedro el Romano. La profecía decreta: Pedro el Romano apacentará las ovejas en medio de muchas tribulaciones, tras lo cual la ciudad de las siete colinas será destruida y el Juez Terrible juzgará a su pueblo. Fin.
Nos queda por esclarecer cuáles son las tribulaciones, quién es el Juez Terrible, a qué pueblo se refiere y cuál es el significado dado, en este caso, a la palabra “fin”. Pero ya que estamos, vayamos elaborando una lista de ciudades erigidas sobre siete colinas, además de Roma:
Barcelona (donde lamentablemente vive quien escribe), Edimburgo, Seattle, Moscú, Estambul, Lisboa, Granada y La Meca.
Parece que, para ir asegurando la profecía —o para tentar a la suerte—, los seres urbanos ya nos hemos empeñado en ir destruyendo otras dos ciudades de la lista: Kiev y Teherán. No olvidemos que el actual “líder del mundo gratis” 2, Donald Trump, opinó brillantemente hace poco que el mundo es un casino.
La vida es sueño
Recuerdo que de niño tuve una pesadilla intensa. Estaba con mi padre en el jardín de la casa donde crecí. Al fondo de la imagen, el hongo amenazante de la bomba atómica anunciaba el inminente fin del mundo. Inmerso en la realidad del sueño y apretando la mano de mi padre, recuerdo sentir tristeza, resignación y nostalgia. La sensación de que toda la historia de la humanidad, con sus esfuerzos y fatigas, pronto terminaría en una torpe bola de fuego, eco superfluo del Big Bang que nos dio origen.
“Tanto quilombo3 para esto”, suspiró mi yo niñesco.
Si me lo permiten, quisiera terminar esta diatriba con una nota más bella. Me han dicho alguna vez que el mito cristiano del fin del mundo —de la segunda venida de Cristo, del llamamiento de todas las almas que existieron para ser juzgadas— es también un mito del reencuentro. Es darnos cuenta de que nunca estuvimos solos, de que las almas de todas las personas que existieron de alguna manera nos acompañaron en nuestro periplo vital. Es decir: para esta tradición, el fin del mundo es también el fin de la soledad.
Y ahora sí, con vuestro permiso, fin.
Notas
1 The Sky Live. (s. f.). Fase de la Luna el 26 de agosto de 1978.
2 “Líder del mundo gratis” es una traducción personal del eslogan “Leader of the free world”, utilizado habitualmente para designar al presidente de Estados Unidos.
3 “Kilombo” es una palabra del lunfardo —argot popular desarrollado hacia principios del siglo XX en Argentina y Uruguay— y significa “lío”, “barullo”, “conflicto” o “desorden”.
![Emblema de San Malaquías con una cita del libro de Ezequiel: “IN TEMPORA LONGA ISTE PROPHETA” [Este profeta para la eternidad]. Metten (Baja Baviera). Iglesia de la abadía: fresco (1722/24) de Wolfgang Andreas Heindl](/attachments/03acac09fa5203a02c8ccb0fce005e726118d445/store/fill/1090/613/2124bdbb8698170cddf6a13982a31c159583f4a9f0c7b35e0a34f3b52bf1/Emblema-de-San-Malaquias-con-una-cita-del-libro-de-Ezequiel-IN-TEMPORA-LONGA-ISTE-PROPHETA-Este.jpg)














