En la tarde del lunes 15 de setiembre de 2025 ocurrió algo inusitado: el desplome de varios ventanales muy grandes del edificio Américas —de seis pisos—, en el centro de la capital de Costa Rica. Aunque cayeron en media calle, e incluso sobre unos pocos automóviles que transitaban en ese día feriado, afortunadamente y por diversas circunstancias no golpearon a ninguna persona. No obstante, más allá de este accidente, que pudo haber tenido muy graves consecuencias, preocupa mucho el serio deterioro de numerosos edificios que hace tiempo están deshabitados en el casco capitalino.
Estas edificaciones son tantas que, según un artículo del diario La Nación de esa misma tarde —disponible en internet—, hay “204 edificios, total o parcialmente desocupados, que la Municipalidad de San José contabiliza en los cuatro distritos del cantón central [Catedral, Carmen, Merced y Hospital], como consecuencia del vaciamiento de la capital, que se arrastra desde hace más de dos décadas”. No obstante, ese vaciamiento, debido a varias causas, es de mucha mayor magnitud, pues en dicho artículo se agrega que “el inmueble forma parte de los 441 edificios que un grupo de profesores e investigadores de la Escuela de Arquitectura y Urbanismo del Tecnológico de Costa Rica (TEC) catalogó en mayo como desocupados o parcialmente desocupados, tras analizar 1260 predios en 100 cuadrantes de la ciudad”.
En realidad, no es del caso relatar aquí las múltiples y complejas causas de dicho fenómeno, sino más bien plantear una pequeña propuesta de rescate de un hito de gran significado histórico, como lo es el espacio que ocupara la casa del héroe y libertador nacional don Juan Rafael (Juanito) Mora Porras en la Campaña Nacional de 1856-1857 contra el ejército filibustero comandado por el estadounidense William Walker.
En efecto, en un artículo que publiqué hace once años (Nuestro País, 9-II-2015), intitulado La manzana de don Juanito, me referí a que en el centro de la capital hubo un cuadrante clave en la vida de nuestro prócer, pues en un punto de dicho espacio nació él, mientras que en otro residió de por vida. Eso sí, para localizar ambos puntos en esa manzana, que es la ubicada diagonal a la esquina noroeste del Parque Central, es indispensable observar el detallado croquis de San José en 1851, elaborado por Nicolás Gallegos Castro por encargo del gobierno del propio don Juanito, en el cual aparecen las 81 manzanas que por entonces conformaban la ciudad capital.
Ahora bien, en cuanto a ambas casas, de la natal, que era de dos pisos, no quedó nada, y en ese sitio, en la calle 2, se construyeron años después el cine Coliseo y el muy conocido cine Central, que posteriormente fue demolido. En la actualidad ahí hay un edificio de dos plantas, donde por varios años estuvo la tienda El Amigo Maravilloso, y hoy se localiza el negocio Easy Mini-Market en el primer piso. Por fortuna, gracias a la iniciativa del amigo historiador Raúl Arias Sánchez, varias entidades se unieron para colocar un bello pedestal en la acera, que indica que ahí al frente nació nuestro héroe; fue develado el 30 de setiembre de 2009.
Antes de referirnos a la segunda casa, es pertinente indicar que el sector de la esquina diagonal al Parque Central perteneció a Camilo Mora Alvarado, padre de don Juanito, quien en cierto momento lo vendió a Manuel Aguilar Chacón, exmandatario y futuro suegro de don Juanito, pero conservó el predio que seguía, hacia el oeste, sobre la avenida 2.ª, el cual después quedó en manos de Inés Aguilar Cueto, esposa de don Juanito. Asimismo, a continuación había otro lote, perteneciente a este, de modo que resultaba muy sencillo fusionar ambos terrenos cuando ellos se casaron. Ahora bien, se ignora si fue en solo uno de esos predios, o en una combinación de ambos, donde fue erigida la residencia de la familia Mora Aguilar.
La solariega casa era de gruesas paredes de adobe y techo de tejas, de dos plantas, y a lo largo del frente del piso superior corría un amplio balcón o corredor, delimitado por una larga y bella baranda sostenida por numerosas y altas columnas torneadas. Además de un farol de aceite —de origen inglés, como los que había en algunas esquinas de la ciudad—, al frente también se colocó una gran asta, a la cual aludiré pronto.
Esta descripción la he basado en una elocuente imagen que data de 1858, emergida de la mano del dibujante venezolano José Ramón Páez Ricaurte, quien acompañó al irlandés Thomas Francis Meagher en un recorrido por el país; este viajero publicó su crónica Holidays in Costa Rica (Vacaciones en Costa Rica) en la revista estadounidense Harper's New Monthly Magazine, en 1859. Curiosamente, él no indicó que esa fuera la casa de don Juanito, pero hay otras evidencias —mencionadas pronto— que confirman que sí lo era. Además de lujosa, si en su fachada había un asta para la bandera de Costa Rica, era para mostrar que correspondía a la casa en la que residía el presidente de la República.
Ahora bien, para que no queden dudas de que esa era la vivienda de don Juanito, todavía a mediados del siglo XX, en el predio indicado en el croquis de Gallegos había una casa casi idéntica a la del dibujo de Páez, que mostramos en este artículo, y de la cual conozco dos fotos tomadas casi desde el mismo ángulo, una de mejor calidad que la otra. Para entonces, en su costado derecho había un edificio de dos pisos y fachada suntuosa. En consulta con el amigo arquitecto e historiador Andrés Fernández, tanto por la construcción como por la arquitectura, se trata de una edificación erigida entre 1900 y 1910.
Además, la presencia de un automóvil modelo Ford T o «fotingo» indica que es posterior a 1910, cuando ya circulaban varios vehículos de ese tipo en el país, según lo pude documentar para mi libro Trópico agreste: la huella de los naturalistas alemanes en la Costa Rica del siglo XIX. No obstante, la presencia de una tienda con un rótulo que anunciaba discos en el piso inferior sugiere que es muy posterior a 1910, más bien hacia finales de los años 40 o inicios de los 50; como una curiosidad, en dicho piso hay un rótulo de una barbería, en tanto que el otro negocio pareciera corresponder a una farmacia o una joyería. Como otro detalle, la presencia de varias plantas colgantes en el piso superior sugiere que ahí vivía gente.
Asimismo, en la foto de menor calidad también aparece un fotingo, pero se sabe que ella data de 1955, según consta (p. 242) en el libro Crónicas y comentarios, editado por el periodista e historiador Francisco María Núñez como integrante de la Comisión de Investigación Histórica de la Campaña Nacional 1856-1857 para el centenario de esa epopeya. Otro detalle pertinente es que los negocios ubicados en el primer piso tenían rótulos diferentes en comparación con la primera foto, de modo que ambas corresponden a fechas diferentes.
Eso sí, para entonces a la casa ya le quedaba poco de vida, pues fue derruida al año siguiente, según un testimonio del abogado e intelectual Mario Alberto Jiménez Quesada en su artículo El centenario de la guerra del 56; esta información aparece en el artículo Donde vivió el héroe: la casa de don Juanito, recopilado en el libro Los muros cuentan, del ya citado Andrés Fernández. Como lo expresa Jiménez, resultó irónico que la vivienda fuera demolida exactamente en 1956 —cuando se inició la ampliación de la avenida 2.ª—, a la cual se le planeaba denominar Avenida del Centenario debido a la Campaña Nacional.
Es evidente que con el ensanche de la citada avenida la casa de don Juanito fue derribada, y el predio original resultó cercenado, pero en el lote restante se levantó una construcción con fines posiblemente comerciales, y no residenciales. Habría que indagar al respecto.
Conviene destacar un hecho que llama mucho la atención, y que no debe ignorarse, y es que en el dibujo de Páez la vivienda se ve mucho más larga, y con mayor cantidad de puertas, así como de columnas y ventanas en el piso superior. Es de suponer que esta fue una licencia artística del autor, o incluso que la casa original en algún momento fuera mutilada para vender una sección.
No obstante, para nuestros fines, lo cierto es que localizar ese punto geográfico hoy no es nada difícil. Hasta hace pocos años, en un edificio de dos pisos, en la planta superior estuvo el Instituto de Bachillerato Ibasa, y en la inferior una filial del almacén Casa Blanca y la tienda Aldo Nero. Hoy el inmueble está deshabitado, como consecuencia del mencionado vaciamiento del centro de la capital.
En ese cuadrante aparecen hoy tan solo cinco edificaciones, en dirección de este a oeste: el edificio Patterson, esquinero y de cinco pisos —diagonal al Parque Central—, el abandonado inmueble de nuestro interés, una nueva sucursal del Banco Popular, una construcción donde conviven la tienda Centro de Sport y un local desocupado,, y el muy alto y esquinero edificio de la tienda Toys, donde estuvo el casino del hotel Royal Dutch, y muchos años antes el célebre almacén El Emporio; por cierto, tal vez fue en el suntuoso edificio antes mencionado donde otrora funcionó este negocio, pero habría que indagar más al respecto.
Ahora bien, en cuanto a nuestra propuesta, una vez que sus funcionarios averigüen la situación catastral y jurídica, lo ideal sería que la Municipalidad de San José, quizás con la colaboración del Banco Popular, haga el esfuerzo de adquirir esa propiedad para, en alianza con el Centro de Patrimonio del Ministerio de Cultura, el Museo Nacional y otros entes pertinentes, construir una réplica de la casa de don Juanito. Si no, en cuanto al financiamiento, también se podría impulsar una gran campaña patriótica de recolección de fondos para que el sector privado y toda la población puedan hacer sus contribuciones con ese fin.
En realidad, desde el punto de vista técnico o arquitectónico, hoy la reconstrucción de la casa podría lograrse gracias a las extraordinarias técnicas constructivas existentes, para así contrarrestar el vaciamiento de la ciudad capital y convertir ese terreno ocioso y feo en un hermoso espacio cívico y turístico. Podría ser un híbrido de un pequeño museo dedicado al prócer, más una librería especializada en la Campaña Nacional y un café, con una pequeña sala de conferencias, para recibir grupos de estudiantes y de turistas.
En fin, dejo planteada la idea de este proyecto, que me parece que, aunque complejo y costoso en términos económicos, podría aportar valiosos réditos de carácter histórico y cultural.















