Una escena del crimen debe analizarse de forma sistemática. Pero lo que busca el ojo forense son los elementos singulares que no encajan. Este tipo de escenarios nos presenta una víctima que sobresale sobre un paisaje por lo demás normal. Pero entre todos los objetos, hay puntos de singularidad que guardan el secreto del crimen: el qué, el quién, el cómo o el por qué.

El término “singularidad” proviene de la matemática. Se llama así a aquel punto o puntos en una función donde ésta se interrumpe, donde ya no está definida. Pensemos en una función cualquiera: una recta o una curva. Buscamos la función que describa su comportamiento. Un valor faltante arruina la continuidad de la función. Pero en ciertos casos, las singularidades guardan la información más importante de un objeto matemático. A partir de ellas podemos reconstruir todo el objeto, como sucede en las variedades. En este y otros casos, la singularidad, definida localmente, puede contener información sobre el espacio global en que se localiza. Para decirlo con mucha libertad: los puntos más extraños de un espacio pueden contener información sobre el espacio global donde “viven”.

En El queso y los gusanos, Carlo Ginzburg presentó su método de la microhistoria. Éste consiste, grosso modo, en abandonar la gran historia, las grandes narraciones, para concentrarse en casos individuales. Este individuo suele encontrarse en el cruce de varias líneas, lo que permite reconstruir el tejido de una época. El libro de Ginzburg relata la vida de un molinero italiano del siglo XVI, Domenico Scandella (alias Menocchio), condenado a la hoguera por la Inquisición por sus creencias sobre el origen de la vida. Este personaje, no registrado en la “gran historia” de los reyes, los pueblos y los grandes acontecimientos, revela de manera privilegiada toda una época. La singularidad de su vida lo destaca frente a los científicos y los molineros regulares de su época. Pero esta excepcionalidad no lo coloca fuera de su tiempo, sino todo lo contrario: en el corazón de su época. Esa singularidad es, al mismo tiempo, la historia de alguien silenciado, la historia de la iglesia, la historia de la ciencia.

Este tipo de singularidades es a la vez lo más excepcional y lo más rico en contenido concreto de su entorno. Se podría decir que ellas permiten concentrar mejor su propio contexto espaciotemporal y, por ello mismo, no parecen pertenecer a él. Una época está siempre hecha de fuerzas, de hilos históricos distintos, de opiniones contrastantes, de conflictos. No existe lo normal ni lo regular globalmente. Sin embargo, cada región se presenta como perfectamente normal: los molineros hacen lo que hacen, lo mismo que los gobernantes o la gente del campo. En el espacio de una época las tensiones se mitigan con la distancia; las asperezas se liman con buenas formas; las decisiones problemáticas se postergan.

Pero existen figuras que concentran en sí mismas fuerzas distantes, encarnan el conflicto y lo hacen patente para todos. Si las fuerzas no los aniquilan, desencadenan conflictos, persecuciones y linchamientos. No porque sean “diferentes” o hablen de cosas extrañas. Sino todo lo contrario, porque finalmente comparece la verdadera extrañeza de la época y resultan evidentes los conflictos y las tensiones. No están “fuera”, sino que más bien son condensación, intersección, punto de inflexión. He aquí lo fascinante de los puntos: punto y seguido, punto y aparte, punto de fuga, punto de vista, estar a punto de… El punto es umbral, lugar de cruce, límite o traspaso. Incluso cuando se escribe un “punto final”, se cierra un texto, pero sólo para volver al inicio y proseguir el trabajo de comprensión.

Roland Barthes habla en Camera lucida del “punctum” de la imagen. Cuando miramos una fotografía, nuestra atención no se distribuye por igual en toda la superficie contemplada. Nos captura una mirada, una figura que se oculta mal detrás de una puerta, la tensión de una mano, un recoveco, un jarrón a punto de caerse, un pedazo de papel en el suelo… Es como si ese punto capturara nuestra pulsión visual y convirtiera el resto de la fotografía en su entorno. Es un punto de condensación, de peso indescriptible que atrae nuestra mirada fatalmente. Agujero negro.

Sí, la física tiene objetos similares. No sólo los hoyos negros. Toda la teoría de atractores nos habla de ello. En los sistemas dinámicos existe una estructura geométrica centrada en un punto que gobierna su decurso, llamado atractor. Podemos graficar el movimiento periódico de un péndulo como un círculo girando en torno a un punto. El círculo representa el movimiento periódico y sin fricción, en equilibrio perfecto. Pero hay otros sistemas, llamados caóticos, que poseen atractores extraños y que no se ajustan a los círculos o las espirales y otras figuras regulares. Los atractores extraños producen espacios que nosotros no podemos anticipar, pero que, pese a todo, generan patrones que gobiernan fenómenos naturales de toda clase, como el clima.

Lacan no fue ajeno a esta idea. El deseo, más que dirigirse a objetos para poseerlos, gira en torno a ellos. El objeto de deseo es ese punto invisible, atractor extraño de nuestra conducta, pensamientos y sentir. Es invisible, como el punto que gobierna el péndulo perfecto. Irresistible, como el punctum de la imagen. Imposible de anticipar, como el atractor extraño. Pero suficientemente regular como para sostener la repetitiva comedia de nuestra vida. El mundo que habitamos, cosas y personas incluidas, está revestido de una pintura invisible que alberga puntos de atracción de nuestro deseo a partir de la mirada, la excitación o incluso la mera curiosidad. Esos puntos, raros, dicen más sobre nosotros que todo lo que solemos decir para caracterizarnos.

Esto es quizá lo que persiguen los pensadores del “acontecimiento”. Para ellos, un acontecimiento o evento es un punto absolutamente fuera del espacio de la normalidad, algo que no puede ser dicho, tocado, nombrado, identificado. Es el flechazo del amor, es la idea que viene en la madrugada o el súbito levantamiento popular. Este punto suele considerarse exterior, radicalmente nuevo, distinto, inaprehensible. Sin embargo, pierden de vista el otro lado del punto: su función condensadora, pequeño aleph que en su localidad refleja la totalidad de su entorno, incluso a sí mismo. Así entonces, el punto que parecía exterior se convierte, ipso facto, en punto de torsión, viraje o división.