¿Será posible reconocer que el entorno digital en el que vivimos —y al que tantas veces quedamos sometidos— nos conduce a un monólogo perpetuo? Parecería que aún hay diálogo e interacción; sin embargo, lo que satura las redes son monólogos que compiten por la validación del propio ego: la vanidad de quien sabe más, del experto improvisado, de quien presume fuentes fidedignas para blindar sus dichos.

Conviene retomar una visión platónica: en El banquete se distingue entre emitir discursos cerrados y subjetivos —opinar— y examinar críticamente las ideas en común —dialogar—. Solo esto último exige apertura, razón y escucha; solo esto último permite que la verdad se construya, no como posesión individual, sino como búsqueda compartida.

Poco a poco se diluye la capacidad de preguntar. Sin preguntas, perdemos la posibilidad de reunir información, valorar con rigor aquello que se discute y emitir opiniones verdaderamente fundamentadas. En las redes sociales —nuestro nuevo espacio de conversación pública— el diálogo se vuelve casi imposible. No hay tiempo. Antes de que una idea encuentre su camino hacia la verdad y hacia el crecimiento que esa búsqueda conlleva, el algoritmo la empuja al olvido. Surge entonces una nueva tendencia: la urgencia de opinar dentro de una ola interminable de juicios individuales.

Lo que prevalece es la indignación siguiente: la que genera movimiento, tráfico y recompensa. Por eso habría que preguntarse cómo opera el algoritmo, a quién favorece y quién se beneficia financieramente de esa rotación permanente de furia.

Estamos a merced de un banquete eterno en el que solo parece quedarnos el atracón informativo. A diferencia de los comensales de El banquete, que disponen de tiempo para escucharse, profundizar e incluso aburrirse, en las redes los usuarios pasan de una tragedia a otra y luego a otra más. La amplitud de temas sobre los que opinan resulta asombrosa: política, negocios, espectáculo, monarquía, medio ambiente, leyes y cualquier asunto que surja. De todo se opina; de todo se presume saber.

La verdad se vuelve obsoleta porque los temas se extinguen al calor de nuevas historias. Ya no se busca atender un problema ni encontrar, como sociedad, una vía de solución; se busca la gratificación inmediata de opinar sobre el tema de tendencia. Quizá también se persigue esa viralidad tan deseada que abre la puerta a la monetización.

La descarga de opiniones rara vez resulta inocua: con frecuencia deriva en escarnio y denostación contra quienes han caído en la desgracia del error, la polémica o la simple exposición pública.

Abrir un hilo es dejar correr palabras que expresan el sentir de los usuarios; unas veces son desahogos, otras juicios y valoraciones. Lo que se ha vuelto inevitable es la condena de la “funa”, ya incorporada no solo a nuestro lenguaje, sino también a nuestra forma de vivir. Así, el ciclo de la hostilidad se vuelve interminable. El valor del diálogo nos devuelve a Sócrates y al método de la pregunta, donde el conocimiento verdadero nace del examen mutuo y del reconocimiento de la propia ignorancia.

Me pregunto si nuestra sociedad cambiaría si, en lugar de insistir en verdades apócrifas y a modo, aprendiéramos a sostener preguntas cuando no sabemos o no entendemos. Para este escrito revisé comentarios de usuarios en temas de tendencia. Confirmé que también hay quienes preguntan qué fue lo que pasó, aunque la respuesta suele llegar de inmediato desde la seguridad impostada de algún experto bien informado.

Resulta revelador que esta nueva forma de comunicar prometa siempre una recompensa, una validación de lo dicho. Ya no se trata solo de un “me gusta”: ahora sabemos que aquello que acumula tráfico puede convertirse en recurso económico, sea verdadero o no. La opinión ya no persigue la verdad; persigue audiencia. Y el diálogo, que exige disposición para reconocer la propia ignorancia, se vuelve cada vez más raro. En las redes, refutar no suele ampliar el conocimiento: suele abrir paso a agresiones que validan, promueven y premian el escarnio. Ya no hay pausas para reflexionar sobre lo dicho. La velocidad es tal que no leemos para comprender, sino para preparar la defensa o el juicio contra los dichos de otros.

Para Platón, la contradicción conduce al descubrimiento de la verdad. En el ágora de las redes sociales, en cambio, se castiga como delito: no se destruyen los argumentos, se castiga al emisor de la forma más cruel, a veces bajo el amparo del anonimato o de los bots.

Nuestras batallas se han vuelto intrascendentes: nos perdemos en la corriente de tendencias, a merced de un algoritmo que nos arrastra sin piedad. Un banquete perpetuo en el que no se llega a ninguna verdad ni a ningún acuerdo. Las ideas ya no se examinan a fondo; apenas generamos un ruido infinito, y lo que ayer defendíamos queda reemplazado por una nueva corriente interminable de dichos.

El consumismo digital persigue estímulos; la verdad, mientras tanto, ha dejado de importar. Esa lógica no permanece en el terreno abstracto de las redes: pronto se convierte en propuestas concretas, en formas de exclusión que pretenden disfrazarse de sensatez.

Un ejemplo reciente ilustra el desprecio por el diálogo democrático: hace poco surgió la propuesta de condicionar el voto a un examen de conocimiento del Estado. Es probable que no se haya contemplado la trascendencia de la propuesta; también es posible que el ánimo obedeciera a una premisa falsamente socrática, capaz de confundir la posesión de títulos académicos con la sensatez política. El caso muestra con claridad que ciertos creadores de contenido no buscan dialogar con la realidad de nuestra sociedad: apenas exponen el mundo desde su diminuto y estrecho contexto.

Conviene advertir que el mundo digital, con sus ligerezas, funciona como escaparate de discursos excluyentes disfrazados de pragmatismo. No ejercen ninguna dialéctica; por el contrario, exhiben la ignorancia y el desconocimiento de la realidad que nos circunda.

Excluir al que no sabe se propone como destino, en lugar de abrir espacio a las preguntas y al consenso. Es más tardado, es cierto. Pero habíamos olvidado que, en este mundo, no tenemos tiempo que perder. ¿Qué pasaría si el examen se le aplicara también al “sabio”? Si el ciudadano debe aprobar una prueba para votar, la respuesta dialéctica sería exigir que el “sabio” aprobara un examen sobre el contexto social de los ciudadanos antes de opinar sobre ellos.

Me pregunto si tendría la capacidad de contestar preguntas tan simples como cuánto cuesta un kilo de tortillas. Si sabría decir cuánto dura el trayecto de un obrero a su centro de trabajo en transporte público. Si pudiera responder cuánto cuesta una guardería para que una madre pueda ir a trabajar. Si conoce cuántas viviendas de nuestro país no tienen piso firme, electricidad o agua.

Desde la comodidad de la sala del podcast, la realidad se fragmenta. El primer mundo no se distorsiona: está ahí, con sus micrófonos relucientes. Desde ese lugar, lanzar sentencias morales contra quienes más necesitan ser escuchados parece, cuando menos, un desatino.

Pero vuelvo a la pregunta: quizá eso es lo que se busca, crear una polémica que garantice visibilidad, tráfico constante, monetización esperada y nuevos seguidores. Así se confirma la esterilidad de la opinión en el entorno digital que nos consume.

Escribo estas líneas con la incomodidad de reconocer que también puedo caer en aquello que critico. Al decidir opinar sobre quienes opinan, corro el riesgo de sumar una voz más al ruido que pretendo cuestionar, de emitir otro juicio dentro de la misma corriente que denuncia. Por eso esta reflexión no parte de una superioridad moral, sino de una duda que también me atraviesa: ¿desde dónde opino?, ¿con qué derecho condeno?, ¿busco comprender o apenas participo en la misma economía de la indignación?

¿Sería posible volvernos horizontales y confrontar nuestras ideas sin convertir al otro en blanco de castigo? ¿Podrían esas voces, desde sus podcasts, salir a las calles y preguntarle a la persona a quien condenaron a la imposibilidad del sufragio si comió ese día? ¿Acaso esa voz podría acercarse a las realidades complejas que vivimos y procurar soluciones, en lugar de dictar sentencias desde la distancia? ¿Es posible dejar de tratar la ofensa como una criptomoneda?