Espera al Señor; esfuérzate y aliéntese tu corazón; sí, espera al Señor.

(Salmo 27:14)

Hay una etapa en el crecimiento personal que casi nadie celebra: el proceso. Todos nos ponemos contentos al llegar el resultado, pero no siempre nos gusta el trayecto.

Entre lo que creemos posible y lo que finalmente vemos realizado, existe una zona incómoda. Una tensión constante. Una etapa donde todavía no hay evidencia clara de que las cosas van a funcionar.

Ahí es donde se forma el carácter.

El pueblo de Israel salió de Egipto y caminó 40 años en el desierto antes de llegar a la Tierra Prometida. Desde que nacemos, pasan al menos 18 años hasta que legalmente podemos tomar decisiones, y luego unos años más cuando podemos vivir solos y formar nuestra propia familia.

Lo lógico es no saltarse ninguna de las etapas intermedias, porque son las que nos dan las herramientas y el conocimiento para poder salir al mundo.

La impaciencia moderna

Vivimos en una cultura de inmediatez. Resultados rápidos. Respuestas instantáneas. Éxito acelerado. Pero el crecimiento profundo no funciona así.

  • Cambiar patrones emocionales puede llevar años.

  • Construir credibilidad profesional toma tiempo.

  • Sanar heridas internas es un proceso, no un evento.

La impaciencia es uno de los mayores enemigos de la fe en lo posible. Cuando el resultado no llega rápido, aparece la duda:

¿Y si no era para mí?
¿Y si estoy perdiendo el tiempo?
¿Y si no funciona?

La duda no es el problema. Abandonar por la duda sí.

El proceso revela motivaciones

Cuando el cumplimiento se demora, se filtran nuestras verdaderas motivaciones. Si solo querías reconocimiento, te cansarás rápido. Si solo querías validación, te frustrarás pronto. Si solo querías resultados visibles, perderás el entusiasmo.

Pero si realmente quieres crecer, el proceso mismo se convierte en parte del propósito.

El tiempo de espera no es tiempo perdido. Es tiempo formativo.

Nuestro cuerpo no es el mismo que cuando nacimos. Ni siquiera nuestro cuerpo conserva la misma forma con la que comenzó la vida. Desde el primer instante estamos en constante transformación. Cambiamos. Crecemos.

Y, a veces, el crecimiento duele. Otras, cuesta. Y algunas más, nos dará miedo.

Pero todo esto es necesario para que nuestros cuerpos cambien o nuestra personalidad se forme.

La tentación de atajos

En la etapa intermedia aparece una fuerte tentación: el atajo.

  1. Exagerar logros.

  2. Tomar decisiones poco éticas.

  3. Forzar relaciones.

  4. Simular madurez.

Los atajos prometen resultados rápidos, pero debilitan la estructura interna. El crecimiento real necesita profundidad. Y la profundidad se construye despacio.

El atajo te deja en el mismo lugar que antes, con el peligro de creer que la recompensa llegó por nuestro propio esfuerzo. Nadie puede crecer 20 centímetros de la noche a la mañana. Nada valioso se sostiene sin esfuerzo. Si nos saltamos el proceso, no solo no crecemos sino que involucionamos.

El silencio como escuela

Hay momentos donde parece que nada está pasando. Sin avances visibles. Sin cambios drásticos. Pero el silencio también es escuela.

En el silencio aprendemos:

  1. Disciplina: tenemos que ser constantes.

  2. Coherencia: tenemos que ser consecuentes.

  3. Humildad: tenemos que entender nuestro lugar.

  4. Autoconocimiento: tenemos que conocernos (y reconocer nuestros puntos de mejora).

La fe madura no depende de emociones intensas. Se sostiene en convicciones profundas.

También debemos aprender qué contar y cuándo hacerlo, para que nuestro crecimiento conserve intimidad y no dependa de la opinión ajena.

Cómo sostenerse en esta etapa

  • Recuerda porqué empezaste. Si cuando analizas la dirección ves que te has desviado, vuelve al propósito original.

  • Evalúa el progreso interno, no solo externo: ¿Eres más paciente? ¿Más disciplinado? ¿Más consciente?

  • Rodéate de personas que entiendan procesos. No todo el mundo comprenderá tu camino.

  • Acepta que el crecimiento incomoda. Si todo es cómodo, probablemente no estás creciendo.

La tensión es señal de vida

La incomodidad no siempre significa que algo está mal. Muchas veces significa que algo está cambiando. La fe en lo posible no elimina la tensión. La atraviesa.

Si estás en esa etapa intermedia, no te desanimes. La mayoría abandona justo antes de consolidar algo importante. Resistir el proceso ya es parte del crecimiento.

Los procesos están para hacernos resilientes, disciplinados y constantes. No hay ningún mérito en obtener logros sin esfuerzo, porque no se apreciarían los avances ni daríamos valor a lo obtenido.

Las lecciones tienen que marcarse a fuego en nuestra vida, para que no olvidemos luego lo que nos costó aprender.

Conclusión

Confía en el proceso. Nada sólido llega sin esfuerzo. Nada valioso se construye por casualidad, y aun lo difícil puede obrar para bien.

Continuemos, seamos perseverantes, constantes y decididos, con la convicción de que lo que viene es mucho mejor que lo que pasó porque nosotros estaremos mejor preparados para recibirlo y nutrirnos de eso.