La verdad es que al culminar la novela póstuma de Gabriel García Márquez tuve la misma sensación de cuando terminé de leer el Diario (1951-1957) de Alejo Carpentier, editado muchos años después de su fallecimiento. Es una historia curiosa lo que ocurrió con el hallazgo de su manuscrito personal, porque su viuda, Lilia Esteban Hierro, al encontrarlo y leerlo bajo el aliento de la sorpresa, prefirió que aquellas confesiones tan íntimas —como es de suponer lo que contiene un diario— se publicaran luego de su muerte, y así lo dejó expresamente establecido en una carta fechada en abril de 1988. De modo que el Diario se publicó en 2013 en La Habana, cinco años después de su deceso, bajo el sello editorial de Letras Cubanas, una vez que la Fundación Alejo Carpentier lo autorizó en conformidad con la decisión rubricada por la viuda del autor.
Supongo que siempre existirá esa polémica sobre el legado de las personas que han tenido una vida fulgurante, incluso cuando ellos mismos manifestaron su disposición expresa de que no se publicaran o no se hicieran del conocimiento de terceros, de modo masivo, algunos de los aspectos que rodearon sus vidas o cierta producción artística, a veces conservando en la más profunda reserva personal las razones de tal decisión.
En ciertos casos, desobedecerlos permitió que la humanidad tuviera acceso a verdaderas obras maestras, como ocurrió con la labor narrativa de Franz Kafka, desoído por Max Brod, su entrañable amigo, a quien le pidió que quemara sus manuscritos al marcharse de este mundo. Asimismo sucedió con Vladimir Nabokov con su obra El original de Laura, cuyo inédito texto debía destruirse a su muerte, según claras instrucciones a su esposa. Sin embargo, ella no lo hizo, conservándolo por décadas, y uno piensa que tal vez presa del dilema entre darlo a conocer o respetar al escritor, murió dejando a su hijo la decisión. Mucho después, en 2009, este finalmente resolvió publicar la novela. Casos afortunados para el arte diríase dado el natural agrado de los lectores.
No obstante, así como han existido muchos casos parecidos a estos, también ha habido otros en donde revelar lo que al amparo de la reserva personal se mantuvo hasta la muerte ha terminado por generar espinosas controversias con dimes y diretes de toda índole. La razón es que al desvelar aspectos de la vida íntima que han debido mantenerse bajo el único resguardo de la privacidad, como en su momento dispusieron los autores, coloca en el tapete asuntos que nunca se habrían imaginado. Y ese es el caso de Alejo Carpentier. Ese diario que llevaba en su personal resguardo nunca fue mencionado por él ni fue encontrado entre sus manuscritos literarios; por ello, su hallazgo representó una mayúscula sorpresa para su viuda. Cuando se publicó, quienes hemos tenido la ocasión de leerlo con detenimiento percibimos, en algunos de los comentarios de su registro cotidiano, una desafortunada mención a personajes de su tiempo, revelando a un personaje con una desconocida carga de amargura en su personalidad, que mejor habría sido dejar en el desván de lo desconocido.
Pues bien, con respecto a la novela que motiva este texto, En agosto nos vemos, se sabe que, según el propio Gabriel García Márquez, esta no reunía los méritos suficientes para publicarse, por lo que no realizó ninguna gestión con ese propósito. Fueron sus hijos, con el auspicio de la editorial Penguin Random House, quienes en marzo de 2024 —al cumplirse diez años de su fallecimiento— contraviniendo la voluntad del Nobel de Literatura, decidieron lanzar la novedad literaria. De ahí en parte la polémica que ha rodeado a la obra, porque ese hecho, se quiera o no, guarda relación directa con la valoración sobre la calidad del texto.
Entonces, para no sucumbir ante ambas decepciones como si fuesen exactamente equivalentes, es necesario deslindar sus fronteras. De ahí que proceda a formularme las siguientes interrogantes: ¿debemos los lectores y, en especial, los críticos literarios juzgar el texto bajo los exigentes estándares del canon de García Márquez, o recibirlo con la indulgencia de quien asiste al último y frágil destello de su magia literaria? ¿Suma realmente esta novela póstuma un valor significativo a su legado literario o termina siendo un eco inacabado que vulnera su memoria creativa impulsado por razones editoriales? Me cuesta despacharlas con una respuesta simple o ligera. Es la verdad.
Recuerdo con precisión la fecha en que se lanzó la novela, porque durante esa misma semana en que se anunció en Barcelona, España, en el otro extremo del Atlántico — bajo el anticipo de una impaciente e inusual temporada de lluvias que solía iniciar bien entrado mayo— yo realizaba una de las primeras presentaciones de mi última novela, Un sujeto llamado Santiago. La cita en la librería estuvo animada por el suceso que concitaba el lanzamiento póstumo de Gabo; el librero me comentó que, al conocerse la noticia, varios fieles seguidores de la narrativa del celebrado escritor se acercaron de inmediato a procurar la novedad que ya era un hecho noticioso en el circuito editorial y más allá de este.
Era evidente que aquella póstuma revelación sería todo un éxito, como, en efecto, meses después pude comprobar en otra ciudad, cuando un colega del primer librero me comentó que tuvo que solicitar en muy poco tiempo nuevos envíos de la obra porque el primer lote se agotó rápidamente. Este comportamiento del mercado se manifiesta bajo el mismo patrón cuando las redes sociales y portales noticiosos revientan una primicia como un producto de consumo masivo. Un hecho parecido me relató, entre octubre y noviembre de ese mismo año, otro vendedor en la penúltima ciudad donde estuve, cuando se supo quién era el ganador del Nobel de Literatura, que en este caso fue la surcoreana Han Kang. Para aquel momento nadie conocía La vegetariana, la obra icónica de la escritora. Mi librero amigo, a consecuencia del despliegue mediático, tuvo que reponer en cuestión de días, y en un par de ocasiones, el inventario de la novela y otros de los libros de la autora…¡el mercado y sus leyes, mis amigos!
En agosto nos vemos es una novela breve, básica y de lectura rápida. A partir de su primer capítulo —cuya identificación numérica estimamos es obra de la editorial dada su concisión—, presenta un vuelco en el ritmo narrativo en el desarrollo subsiguiente, cuando el texto deviene en un coqueteo doméstico cercano a una literatura abiertamente erótica. Esta trama se plasma de forma tan natural y espontánea que, por momentos, recuerda a las historias de aventuras donde se cuentan las veleidades sexuales de los protagonistas. Esto es un hallazgo fundamental porque, además del sostenido hilo temático que indaga sobre las apetencias carnales de la protagonista, es —creo— la primera vez que García Márquez escoge a una mujer como el sujeto principal de una historia de esa naturaleza. Así que quien busque en En agosto nos vemos los destellos de otros textos breves del autor, como El coronel no tiene quien le escriba o Crónica de una muerte anunciada, se sorprenderá con el último aliento del escritor. Pues nos encontramos ante un García Márquez terrenal, directo, despojado de hipérboles ficcionales de alto vuelo.
En cierto modo pensamos que esa narrativa de la madurez, del tiempo que se agota, está más bien cercana a la atmósfera de Memoria de mis putas tristes, con intentos fallidos para remontar ingeniosamente sobre lo fantástico, para terminar en una redacción que se sumerge en el registro de las andanzas subterráneas de una vida privada. Su aliento no es una ficción excepcional, sino un ritual sexual anual, de cada agosto, directo y casi metódico, que intenta coronar con un acercamiento al mágico encanto de sus ficciones que tanto admiramos en él. Esto ocurre cuando Ana Magdalena Bach, por ejemplo, desentierra los huesos de su madre de la fosa del cementerio de la isla, los mete en un saco de lona y se los lleva consigo en el transbordador para sepultarla en el patio de su propia casa, bajo un árbol: una caída en barrena de la narrativa que ya no encaja con el crudo realismo anterior, ese que venía desarrollándose con recursos como el empleo del billete de veinte dólares funcionando como una metáfora de la desilusión y la traición.
Por cierto, el fragmento de desenterrar los huesos y meterlos en un saco para mudarlos no es nuevo en su cosmos literario. Es, si se quiere, exactamente la misma lógica narrativa que aplica en otro contexto, en este caso con Rebeca cuando llega a Macondo cargando el saco de lona con los huesos de sus padres…
Obviamente los creadores no son infalibles; conocer los desaciertos de un maestro de la talla de García Márquez no desmerita su genialidad; al contrario, lo humaniza. Nos muestra al artesano batallando en su alquimia creativa contra sus propias limitaciones físicas en el ocaso de su vida. Suponemos que un destello de lucidez sobrevenido entre las idas y venidas de su exquisita prosa fue lo que en su momento impulsó la decisión de no publicar el manuscrito. Con toda seguridad una opción dolorosa porque todo batallador conserva siempre en su fibra interior el deseo de un segundo aire para terciar en lo que tanto anhela. Quizás persistía en él ese deseo por conseguir esa oportunidad para poder culminar según sus exigencias narrativas el texto, porque en el alma del manuscrito respira una pretensión trabajada con ahínco: explorar desde la mirada femenina la libertad sexual y los placeres del cuerpo de una mujer madura dominada por sus naturales deseos. Una deuda, tal vez, con el universo femenino que en el resto de sus escritos luce a medio andar, queriendo en esta ocasión, vaya usted a saber, cerrar el círculo de una creación literaria que abarcó tantos ámbitos.
Es una legítima pretensión del autor, no obstante se muestre como una trama inacabada. Según se ha sabido por medios noticiosos, Cristóbal Pera, su editor, y los hijos del escritor admitieron que tuvieron que contrastar hasta cinco borradores distintos guardados en el archivo de la Universidad de Texas para armar el libro. De modo que la edición, en efecto, al parecer es el resultado del ensamblaje de fragmentos dispersos, ordenándolos según el criterio que el autor habría seguido, ejecutando de este modo su oficio conforme a las claves y la bitácora narrativa que todos ellos conocían al detalle. ¿Sería eso lo más afortunado? ¿No habría sido mejor presentar En agosto nos vemos como una obra inconclusa, mostrándola con las tachaduras y apuntes de propia mano del autor, en lugar de ensamblar sus partes como obra terminada? Habría sido, a mi juicio, un regalo inestimable para los estudiosos de la literatura y una evidente muestra de respeto a su legado, porque tengo la impresión de que, al tratar de armar ese rompecabezas de cinco borradores, la narración quedó reducida a la crónica básica y repetitiva de las veleidades sexuales de la protagonista.
No me ha sido fácil escribir estas notas; apunté algunas ideas al concluir la lectura de la obra y creo que las comenté con un par de amigos, para luego olvidarlas hasta hace poco. Son apreciaciones evidentemente subjetivas que se debaten entre la admiración por el autor y el sentimiento que provoca arañar el corazón al atreverme a comentar lo que aquí les dejo. Al final, la desazón con ambos acontecimientos literarios se encuentra en el mismo punto: la viuda de Carpentier publicó el Diario que desnuda la amargura real y privada de su esposo, además de sus comentarios impresentables. Y los editores de Gabo publicaron un borrador que expone su vulnerabilidad, de la cual estaba, por cierto, consciente al decidir que no se editara la novela. En ambos casos, el mercado ha obligado a asomarnos a una intimidad — la amargura en uno, el desgaste cognitivo en el otro— que los autores quisieron mantener bajo llave.
Y tendría que lamentar aún más en el caso de García Márquez, porque él no concluyó la obra; otros lo hicieron en su nombre, como ya se ha comentado sobre el ensamblaje de los borradores archivados. Si, en efecto, la novela publicada hubiera sido enteramente terminada por él, no habría ningún argumento ético que arriar. Al fin y al cabo, los humanos estamos hechos de todo un poco y los escritores no son la excepción, de modo que tener acceso a sus aciertos y desaciertos en el oficio no es ninguna vergüenza ni afecta en lo absoluto su ingenio literario; al contrario, los humaniza como un atributo especial de su grandeza. En tal sentido, creo que nadie tiene el derecho a concluir una obra como si fuera el autor, porque tanto el talento como la falta de él son inimitables. Cuando un editor, por muy hábil y formado que sea, ensambla y costurea un borrador ajeno, termina diluyendo la voz original. Al final, no leemos a quien escribió la historia, sino a un autor intervenido, y eso puede llamarse de muchas maneras, pero una sola define su verdadera naturaleza: es la simulación de su escritura.
Como escribí al comienzo, después del primer capítulo sentí un ritmo diferente en la narración, similar al que ocurre cuando en un baile hay un cambio de pareja; sin importar, incluso, que en ambos casos haya un acople adecuado, sencillamente es distinta la manera de mover en comunión los cuerpos. Un hecho que llamó mi atención fue un fragmento que, a mi juicio, no guarda proporción con la cruda realidad inicial que se nos describe de un pueblo caribeño sumido en la precariedad: la isla rodeada de miseria, con techos de palma, puercos en las calles y un cementerio en ruinas como el lugar de destino de los viajes de Ana Magdalena Bach cada agosto.
En ese paraje de ruinas, se describe un hotel original de tres pisos, cuartos modestos y ventilador de techo. Sin embargo, incluso justificando que el paso del tiempo y el turismo transformaron aquel hospedaje modesto en un hotel de lujo, la descripción de la protagonista enfrentándose a una tecnología rompe abruptamente con la atmósfera caribeña descrita inicialmente: “Tuvo que pedir ayuda para descubrir que con la misma tarjeta de abrir la puerta se encendían las luces, la televisión, el aire acondicionado y la música de ambiente. Le enseñaron a digitar en el teclado electrónico de la bañera redonda para regular la erótica y la clínica del jacuzzi”.
García Márquez nos está diciendo que esta mujer entra a una habitación automatizada, con dispositivos de última generación y sistemas inteligentes, y abrumada por la opulencia tecnológica pide ayuda, algo fuera de lugar en el entorno paupérrimo que él mismo nos diseñó al inicio de la historia, que para el momento en que él escribe la historia todavía no estaba en plenitud de despliegue. Creo que toda esta atmósfera narrativa en la que además la protagonista toma los restos de su madre y se los lleva a casa más adelante para enterrarlos al pie de un árbol, es una colección de episodios buscando disparar en el lector el elogio a partir de una ficción aparatosa. Por eso creo que nos encontramos ante un texto que no llegó a recibir el último y minucioso escrutinio del maestro, y que resultara así es la consecuencia evidente de ensamblar sus borradores.
De ahí que insista en que tal vez haber presentado el texto con las salvedades de una obra inconclusa —mostrando las tachaduras, los apuntes de propia mano y el valioso proceso de su creación— era preferible en lugar de ofrecerlo como la “última novela del autor”. Habría sido el camino más sincero y transparente para con su legado. Frente a este García Márquez expuesto por las exigencias editoriales, es natural que quede en el lector atento la sutil desazón y, por supuesto, la controversia del hallazgo, invitándonos a pensar si el mejor tributo a su memoria no habría sido, después de todo, respetar el candado que él había dispuesto.















