La economía es la cara secular de la religión. Llamemos teología económica al estudio sistemático de esta tesis. Es verdad que el capitalismo tiene la estructura de una religión, pero esto no es un accidente. Los elementos centrales de la economía, como el valor, la deuda o la equivalencia entre objetos y muchos otros, tienen su origen en la religión. Propondremos incluso que la economía real se desarrolló de la mano de la religión y no posee una historia independiente.

Desde finales del siglo XIX los economistas se esforzaron por convertir su disciplina en una ciencia “dura”. Jevons y Menger juegan un papel central en esta empresa. Para convertir una disciplina, como “filosofía moral” o “economía política”, en una verdadera ciencia era preciso inspirarse en la reina de ellas: la física. Era necesario expulsar todo residuo mental y político, es decir, inasible y conflictivo, para reemplazarlo por el camino seguro de la ciencia. Surgiría así la síntesis neoclásica.

Las ideas habían estado flotando en el pensamiento durante siglos: la naturaleza subjetiva del valor, el equilibrio entre vendedores y compradores, el egoísmo como motor de la economía y que lo mejor de las naciones surge de conductas individuales moralmente censurables. Pero hacía falta convertir los conceptos en “fuerzas” (como la oferta y la demanda), las aspiraciones en “leyes” y el egoísmo en una “naturaleza”. No hay nada censurable en ello. En efecto, la conducta sigue sus patrones, incluida la económica. Los datos agregados tienen su nivel de predictibilidad y se puede ver todos los días que la gente toma decisiones pensando en su beneficio personal.

Sin embargo, de estas observaciones y regularidades generales, se fabricó una antropología filosófica (el homo oeconomicus), es decir, una definición de la esencia del ser humano, y una “filosofía del espíritu”, es decir, una teoría sobre la esencia de la sociedad (competencia, crecimiento, acumulación).

Por lo demás, no cumplía con las exigencias mínimas de la física, quien le servía de estándar, pues resulta incapaz de realizar experimentos aislando variables y distribuyendo sujetos experimentales al azar, no está sujeta a falsación y tiene un valor pobre en predicción. Si el espíritu “científico” corroe las esencias para sustituirlas por relaciones numéricas abstractas, las definiciones y los mitos fundacionales perseveraron en la economía. De manera silenciosa pasó de la descripción a la prescripción y del estudio de la economía a su diseño. No como quien aplica el saber científico a la producción tecnológica, sino como el político, que trabaja para un orden social determinado. Penetró el sentido común y se volvió el catecismo de miles de estudiantes.

La polémica de los dos Cambridge, es decir, la universidad en Estados Unidos y la universidad en Inglaterra, reveló hasta qué punto el concepto central de la economía, el “capital”, carecía de una definición rigurosa y de unidades de medición explícitas. El representante de la primera, Samuelson, concedió la derrota intelectual. Las críticas de Sraffa y Robinson, representantes de la segunda, a la economía neoclásica pueden compararse, mutatis mutandis, a las críticas a la teoría de conjuntos. Estos descubrieron círculos en la argumentación, mostrando la arbitrariedad en la determinación de la tasa de ganancia.

Pero, así como Russell “salvó” la teoría de conjuntos introduciendo reglas ad hoc para evitar las paradojas, así los neoclásicos adujeron practicidad. También se fueron acumulando trabajos que desmentían los grandes principios, como que el aumento en el salario mínimo produce inflación, como el artículo clásico de David Card y Alan Krueger de 1992 “Minimum wages and employment”. Pikkety mostró que los años neoliberales del “libre mercado” produjeron niveles de desigualdad cercanos a los del siglo XIX y que la acumulación diferencial es estructural (El capital en el siglo XXI). El caso de Rusia, China y el mismo EE.UU. desacreditan la tesis de que democracia y capitalismo son inseparables.

En su libro clásico La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Max Weber defendió la tesis de que el calvinismo sirvió de catalizador para el surgimiento del capitalismo. Esta posición no refuta el marxismo, sino que muestra el entrelazamiento entre religión y economía a través del “ethos”. La acumulación originaria, es decir, la situación por la cual ciertas personas disponen de un excedente en capital (tierra, dinero o recursos materiales) para invertirlo, no sólo requiere acumulación material, sino de un principio: por el dinero a “trabajar”, es decir, reinvertir las ganancias con miras a ganancias aún mayores en el futuro. Weber cita las extraordinarias palabras de Benjamin Franklin:

Recuerda que el tiempo es dinero. Aquel que puede ganar diez chelines al día por su trabajo y se va al extranjero o se queda ocioso la mitad de ese día, aunque sólo gaste seis peniques en diversión u ocio, no debe considerar eso su único gasto; realmente ha gastado, o más bien ha tirado, además, cinco chelines. [...] El dinero puede engendrar dinero y su descendencia puede engendrar más, y así sucesivamente. Cinco chelines invertidos son seis, invertidos de nuevo son siete y tres peniques, y así sucesivamente, hasta que se conviertan en cien libras.

Que el dinero debe ahorrarse y reinvertirse para crecer y crecer, es la máxima calvinista y capitalista a la vez. Pero no es la creencia en los poderes fantásticos del dinero lo que confiere a la economía su cariz religioso, sino la función que tiene en el sujeto. Franklin, como protestante, no sólo acumula dinero; se trata de un teatro de salvación, de saberse elegido por Dios. La riqueza es el sello de Dios, la prueba de la gracia. Pero esto va muy lejos. La teología económica comienza por subrayar que la religión puso en juego, desde muy temprano, una economía de la salvación.

David Graber dejó claves preciosas al respecto. La deuda, un instrumento mercantil presente entre personas, empresas y naciones por igual, es tan vieja como la relación con Dios. La primerísima deuda está con el creador del cielo y la tierra. El acto religioso por excelencia es el tributo a Dios. Las ofrendas, los sacrificios y las penitencias son un desperdicio en términos económicos porque requieren renunciar a un bien; pero lo sacrificado sufre, en el ritual, una transustanciación, por la cual gana su valor espiritual. Es así como se paga a Dios.

Pero no se paga para saldar una deuda, sino para agradecer. Dios no necesita nada. Los humanos, en cambio, seres necesitados, se elevan de su condición meramente corporal por medio de la renuncia a un bien material. Esta relación se reproduce en las relaciones filiales, los creadores en la tierra. Se agradece a los padres la vida sabiendas de que se trata de algo impagable. En innumerables culturas se utiliza la misma palabra para nombrar la ofensa a Dios, el pecado y la deuda económica. La relación económica entre los humanos posee la impronta de la relación con Dios. Entre ciudadanos se establecen vínculos económicos que producen a la larga relaciones de deuda. Surgen relaciones de servidumbre, porque el acreedor adquiere poder sobre el deudor. En el caso extremo, algunos han perdido la libertad por motivos económicos y son ahora esclavos.

La deuda posee un lado positivo, de agradecimiento por un don. Pero el otro tiene el lado negativo de sujeción y poder. En los trabajos de Marcel Mauss sobre el don se muestra el carácter político y de alianza de la deuda. Una tribu A debe dar un regalo a otra tribu B; con ello, se establece una relación de alianza; la tribu B, que ha recibido el regalo, debe ahora realizar otro, pero no lo dará a A, sino a una tribu distinta C. Así, se rompe la relación de deuda como dominio, pero se mantiene como alianza social.

En Sumeria y Babilonia existía la cancelación de todas las deudas económicas por decreto real; se puede especular sobre el valor de pacificación que podría tener este acto. La contracara de la deuda es el perdón. Éste posee también una doble cara. El perdón estatal es siempre algo calculado; es una decisión en favor de su perpetuación. Pero es también un acto personal, que se convoca en las familias, las sociedades divididas, los grupos que se han hecho la guerra, etc. La deuda puede convertirse en agravio. Y también el perdón, cuando se utiliza bajo el cálculo que mantiene intacta la economía. Pero lo que debe resaltarse es que en Sumeria y Babilonia el perdón de las deudas era a la vez político y religioso. En la Biblia existe también la figura del jubileo. En Levítico 25 se lee:

El año cincuenta será declarado año sagrado, y ustedes anunciarán la libertad para todos los habitantes del país […] En este año de jubileo cada uno de ustedes recuperará su patrimonio familiar […] La tierra no podrá venderse a perpetuidad, porque la tierra es mía. Ustedes son, para mí, forasteros y extranjeros. […] Si tu hermano empobrece y busca tu ayuda, tú lo ampararás; vivirá contigo como si fuera un forastero y extranjero. Si le prestas dinero, no le pedirás que te pague intereses o ganancias.

La economía, como disciplina, es una bestia extraña: ciencia y religión a la vez, filosofía del espíritu y filosofía de la naturaleza. Teoría de los cuerpos y sus necesidades y el credo más potente de nuestros días.