Es el 7 de agosto, el del mes en que casi todos se van de vacaciones aquí en Italia, como ya he contado en otras ocasiones.
Todo cambia en la ciudad. La gente que no viaja en agosto es menos del 20% y yo soy uno de ellos. Me gusta quedarme aquí mientras muchos se ausentan y vivir la ciudad de otra manera. Los restaurantes cierran; cierran muchos bares, donde se bebe café y se desayuna. Cierran los negocios. Hoy viernes, cerró también el hotel al otro lado de la calle, que veo desde la ventana de la oficina, y la piscina está vacía completamente, como un símbolo de lo que significa y representa este breve período que dura unas tres semanas.
Voy al supermercado y, en pocos minutos, entro y salgo. Llego a casa y puedo elegir dónde dejar el coche; salgo a caminar y no me cruzo con nadie; me acuesto sin escuchar ningún ruido, ni menos los que provienen del tráfico, que merma como todas las otras actividades que bosquejan el carácter de la ciudad en un tórrido verano.
Estas cosas a menudo me sorprenden y es porque se vive de sensaciones. Ver las calles vacías a las 8 de la mañana es una sorpresa a pesar de que sé perfectamente que es agosto, que la gente se ha ido y ni siquiera se oye ladrar a los perros, pues también ellos han dejado la ciudad siguiendo a sus patrones.
Otro fenómeno, siempre asociado al mes de agosto, es que la falta de coches, de ruido y de personas que pasean con sus perros durante las primeras horas del día hace que los conejos del parque alarguen su perímetro de acción e invadan otras zonas de la ciudad, recordándome los meses de covid en que muchos no salían a las calles. Lo que llamamos felicidad, por un lado, es un proyecto colectivo que supera la individualidad y, por otro, no se puede vivir o ser feliz siguiendo la corriente y no atreverse a ir en la dirección opuesta y quedarse solo en una ciudad vacía que no se reconoce a sí misma y que, sin embargo, persiste como escenario de tantos pequeños dramas olvidados.
Sí, hace calor en esta ciudad abandonada.
En este agosto que apenas inicia. Las calles están desiertas y el tráfico escurre poco a poco como esas goteras nocturnas que nos impiden el sueño. Agosto en la ciudad es una experiencia solitaria. La gente de todos los días está en otros lugares y los pocos saludos resuenan en un vacío sin fin que nada llena. El restaurante que frecuento para no comer las mismas cosas todos los días está cerrado. Nadie llama al teléfono; los problemas de estacionamiento han desaparecido por arte de magia y en los trenes locales no hay problemas para encontrar un asiento y viajar sumergido en los propios pensamientos sin que nadie te rescate de ti mismo.
El último mensaje que he recibido fue de un conocido que quizás quiere venderme algunas cosas. Aún no le he respondido. No tengo prisa. Nada me apura, sólo el calor insoportable de un sol que agota el mediodía y bosteza. Las rutinas se han ido de vacaciones y me puedo permitir largos paseos a las primeras horas del día sin tener que abrir la boca.
Hoy me han dado una mala noticia, el cantautor Francesco Guccini murió a los 86 años y ahora estoy aquí, en su ciudad natal, un poco más solo, escribiendo y escuchando sus viejas canciones, que me han acompañado por decenios y entre ellas, escuchó “Piccola città” que habla de las calles, de la vida y de su juventud prisionera en estas mismas murallas gastadas, que hoy encierran el calor de una verano infernal que nos seca el alma.
¿Qué es un recuerdo? Un eco, una imagen que nos sigue, algo asociado a un aroma, a un ruido o a una sensación o canción. Hay tantos recuerdos vivos que nos siguen y entre esos, uno de los temas de Guccini que habla de un accidente automovilístico un cruce de la “Vía Emilia”, la calle de todas las calles, cordón umbilical de esta parte de Italia, que atraviesa la llanura de sureste a noroeste y lleva al mar o a los Alpes, pasando por cientos de ciudades y pueblos cada uno con su historia y su dialecto.
Pero entre todas las cosas que dan vida a esta Tierra, como el vino, la pasta, el trabajo infatigable, los coches y tractores. Las altas torres de las iglesias, el doblar de las campanas y el río, que como una arteria de agua da el nombre a este interminable valle con su trigo, arroz, árboles frutales y viñas.
Sobre el paisaje, las tradiciones, las fiestas, tenemos a los poetas cantautores, a los narradores de historias que se van uno a uno, dejando un vacío incolmable, porque detrás de sus letras se esconde también parte de nuestra propia historia atrapada entre tantas otras historias. Agosto tiene un dejo de cementerio.















