Más de una vez me he declarado, sin reservas, apasionada de la cultura mexicana. Siempre encuentro una rendija por donde nombrar nuestras costumbres, nuestras tradiciones, nuestra historia, los vestigios que nos sobreviven, la biodiversidad que nos rodea y, desde luego, nuestra comida. Aun en la diversidad que nos atraviesa, hay algo inconfundible en lo que somos: una identidad que el mundo reconoce con solo rozarla.
Muchas veces he escuchado decir que la personalidad mexicana tiene algo de apapacho: una caricia del alma, una manera entrañable de cobijar. Hay en nosotros una forma de abrazo que no siempre necesita los brazos: nace del espíritu y de esa inclinación a compartir con el otro lo que somos. Cuando nos encontramos lejos, en otro país, basta un gesto, una inflexión, una manera de mirar para reconocernos. Entonces la cercanía ocurre sola. Y en esa fraternidad inmediata se delata una identidad que no necesita proclamarse, porque se manifiesta.
Ser promotora de mi cultura me ha permitido encontrarme con personas de muy distintas regiones del mundo. Por eso creo que nos corresponde el deber de conocer nuestra historia y honrar a quienes nos precedieron. No se trata solo de orgullo, sino de memoria. Nuestras raíces han perdurado, en parte, por la fuerza de los vestigios arqueológicos que permanecen en pie y, entre muchas otras expresiones, también por una tradición gastronómica que la UNESCO reconoció como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.
Como nación, hemos sabido alzarnos desde la tragedia y demostrar que, aun en el duelo, reconocemos la fuerza de lo que nos enlaza. Hemos visto manos desconocidas convertirse en cadena para remover piedras y escombros después de los terremotos,y, en medio de la desventura, asoma también nuestro particular humor oscuro —a veces macabro, a veces salvador— con el que desafiamos a la adversidad. En la intimidad con la muerte adquieren notoriedad la Catrina, la visita a los panteones con comida para nuestros difuntos y los altares que se levantan durante el Día de Muertos: una de las expresiones más hondas, complejas y admiradas de nuestra cultura. Allí no solo recordamos; allí conversamos con la ausencia y le damos un sitio entre los vivos. Pienso, por ejemplo, en la Isla de Janitzio, donde el silencio parece arrodillarse ante la memoria y las familias acuden al encuentro de sus muertos entre velas, rezos y comida compartida. Hay escenas cuya belleza no admite ruido: solo reverencia.
También nuestra manera de celebrar se reconoce de lejos: al impulso de movernos al unísono, de levantar una sola ola humana en un estadio. Del mismo modo, un mariachi al pie de una ventana, desgranando una serenata en la noche, sigue siendo una forma de decir amor que el tiempo no ha conseguido apagar. El dominó en una cantina, entre amigos, risas y botanas, tiene también algo de ritual compartido. Y el baile de una quinceañera, cuando apenas empieza a modelar sus sueños, persiste como una ceremonia de paso que ha cruzado fronteras sin perder su fulgor.
Por todo eso y lo que falta decir, cuando se afirma que México no existía antes de Cortés, siento la necesidad de defender, con firmeza y respeto, la memoria de nuestros ancestros. Plantear un debate cuya narrativa consista en decidir quién fue menos sanguinario abre un abismo poco afortunado, pues la historia de la raza humana dista mucho de favorecernos. Ni siquiera la religión ha sido un atisbo de paz: bien conocemos las grandes atrocidades perpetradas en nombre de Dios.
Cuando se habla, sin rigor histórico, de los vestigios arqueológicos hallados en una calle del centro de nuestro país, se abre un punto de reflexión ineludible. Sin entrar en polémicas políticas o partidistas, me parece necesario insistir en el respeto a las culturas y en la comprensión de sus orígenes a lo largo del tiempo. Hablar a la ligera, sin conocimiento, puede adquirir fuerza en la inmediatez de las redes sociales; pero, a la larga, solo provoca reacciones adversas y empobrece la conversación pública.
Es cierto: el Estado-nación que hoy nombramos no existía. Pero sobre este territorio ya florecían pueblos con identidad, organización, saber y una riqueza cultural deslumbrante. Aquí estaban los mexicas, los mayas, los zapotecas, los mixtecos, los purépechas y tantos otros pueblos originarios que levantaron ciudades, estudiaron los astros, desarrollaron sistemas de gobierno, imaginaron complejos saberes matemáticos y dieron forma a cosmovisiones que todavía respiran en nosotros. Negar su grandeza equivale a desconocer que nuestra historia no comenzó con la conquista, sino mucho antes: en la sabiduría acumulada, en la resistencia, en la herencia viva de quienes hicieron de esta tierra un espacio de civilización, memoria y permanencia.
Hace poco visité Edzná, sitio arqueológico maya en el estado de Campeche. Ahí comprendí que hay lugares capaces de dejar a una persona en un silencio absoluto. Su arquitectura impone, sí, pero también conmueve: produce una mezcla rara de asombro, respeto y pequeñez que solo despiertan las obras tocadas por el tiempo y la inteligencia humana.
Frente a esa grandeza, cualquier comentario anacrónico vertido en redes sociales se vuelve insignificante. Hay en nuestros vestigios arqueológicos y en nuestra cultura una vastedad que no cabe en la ligereza ni en el desprecio.
En la Ciudad de México pueden visitarse alrededor de 190 museos, cifra que la sitúa entre las ciudades con mayor número de estos recintos y la vuelve una referencia cultural de América Latina. El Museo Nacional de Antropología es uno de ellos, y basta cruzar sus salas para entender que ahí no se esconde lo que fuimos: ahí se resguarda una parte esencial de lo que seguimos siendo. México, con X, es grande, su historia —estoy segura— persistirá más allá del ruido pasajero.
Mientras nuestra historia siga a resguardo, las leyendas continuarán pasando de una generación a otra, como un fuego que no se deja extinguir. Y el muralismo de nuestros grandes pintores seguirá devolviéndonos, sobre los muros, la memoria de antiguas cruzadas y antiguas heridas.
La comida, las salsas y los moles siguen ligándose al molcajete y al metate como si en esa piedra antigua aún latiera el pulso de la tierra. En su sabor se concentra una geografía entera. La barbacoa y la cochinita pibil no pueden pensarse sin la hoja de maguey o de plátano, ni sin la tierra abierta que las recibe para cocinarlas lentamente, como si el fuego, antes de entregarlas, tuviera que devolverles algo de su origen.
Somos un pueblo atraído, casi de manera natural, a la convivencia. No sabemos del todo vivir aislados: necesitamos el roce, la conversación, la presencia del otro para crecer y para sostenernos como nación. Tal vez por eso valdría la pena regresar a ciertos valores hoy desdibujados y recordar aquello que todavía nos enlaza, nos engrandece y nos sostiene.
Entender nuestras diferencias, intentar —aunque la frase parezca gastada— ocupar por un instante el lugar del otro y asumir la conciencia de nuestra alteridad abre la posibilidad de un diálogo verdadero: uno que nos haga crecer no solo como individuos, sino también como parte de una nación que, lejos de fragmentarnos, todavía puede convocarnos por nuestro nombre.
Siento urgente la necesidad de incorporar el concepto de alteridad no solo a nuestro lenguaje, sino también a nuestros actos. Duele advertir cuán lejos estamos a veces de su sentido más hondo; precisamente por eso, vale la pena insistir en desactivar los discursos que nos dividen, nos empobrecen y nos apartan de lo esencial.















