Vivimos en un mundo conectado como nunca antes, principalmente a través de las redes sociales. Pero hemos roto nuestros lazos y nos sentimos más solos que nunca.

Resulta una paradoja oír comentar que es en los funerales cuando realmente se vuelven a reencontrar la familia y los amigos. Pero hay excepciones, no milagros. Conozco gente que conserva aún esos lazos y no espera funerales o velorios para reunirse. Esos personajes son mis amigos de infancia de Quinta Normal.

Volver al pasado. Calle Ladrillero 1540. Éramos tan amigos a pesar de nuestras diferencias políticas. Fuimos inocentes mientras el mundo de los adultos hervía por causa de la Guerra Fría.

Guerra que nos impuso un golpe de Estado. De pronto, todo cambió. Unos se fueron del país, otros fueron detenidos, otros desaparecieron, algunos aplaudieron y otros se hicieron los suecos. Han pasado varias décadas y los sobrevivientes de aquel grupo, cada última semana de mes, se reúnen al calor de un asado en ese barrio periférico, suburbio de Santiago, capital de Chile.

Hoy, esos amigos se han hecho cargo de asistir al más viejo del grupo. Al chico Ernesto. O el Bigote, como lo apodaba mi abuelo portugués, Acacio. A pesar de ser portugués, le decíamos nonno, en italiano, y no avô. Esto debido a que la hermana de mi padre era como veinte años mayor. Estaba casada con un italiano y sus hijos usaban lo de nonno. Nosotros, más pequeños, nos acostumbramos a llamarlo de esa manera. Mi viejo salía de fiesta con los hijos de su hermana, o sea, con sus sobrinos.

El nonno cada tarde se acomodaba con su sillón de mimbre en el zaguán para contemplar la habitual pichanga. Juego que no podía comenzar antes de que el nonno terminara su siesta. Su dormitorio daba justamente hacia la calle y nuestros gritos lo perturbaban.

Su sillón de mimbre acolchado había sufrido múltiples reparaciones. Las que más sobresalían eran trozos de cámaras de bicicleta. El mismo material que el abuelo usó para confeccionar una especie de calzón con el cual presionaba una rebelde hernia que lo atormentaba.

La aparición del sillón era el pitazo inicial del partido. El chico Ernesto observaba, como cada día, solitario, apoyado en la puerta de su vieja casa. El chico nunca jugó a nada.

El chico estudió tornería en la Escuela Industrial de Quinta Normal. Fue así que se transformó en el maestro carpintero de todos. Con el chico, en nuestra juventud, fabricamos zapatos zuecos de madera que vendíamos a las amigas. El chico también fabricó su propia guitarra, que mi hermano Fernando, el giro sin tornillo, convirtió en eléctrica. Esto posibilitó que integrara un grupo musical del barrio, Los Nogales, con quienes animaba fiestas.

Los atardeceres en la cuadra también tenían cuento, o mejor dicho, canto. Frente a nuestra casa había dos árboles que casualmente llevaban el nombre del nonno, Acacio. Entre sus troncos construimos una banca. Allí sentados nacieron Los Cotollos.

No estaba muy seguro de que esa palabra era de un cómic de Condorito. Así que me conecté al WhatsApp de los Regalones de Quinta Normal. Rápidamente recibí respuesta de Checho, quien me aclaró la película.

«Hola, Pelaito. Lo que recuerdo es que son dos amigos que conversan. Uno comenta al otro que su hermana va a tomar los hábitos. El amigo responde que si va a tomar los hábitos quiere decir que se va a casar con Dios, a lo que el otro, orgulloso, comenta: “Imagínate a este cotollo tener al Pulento de cuñado”». Así nacieron Los Cotollos, éramos los pulentos.

No solo usamos ese nombre para nuestro equipo de baby fútbol, también para nuestro grupo musical. El chico Ernesto tocaba la guitarra. De la revista Ritmo aprendía las posturas. Fueron las únicas posturas que le hemos conocido. Fernando y Sergio le hacían también a la guitarra y al canto. Yo tocaba la caja que nos habíamos fabricado con un trozo de madera terciada al cual le clavamos un cuero de conejo seco; por lo tanto, yo era el baterista y cantor. El único que no tocaba nada era el pelao Enrique. No faltaron oportunidades de mostrar nuestro talento musical en diversos centros de madres, donde mi mamá, sin consultarnos, nos proponía para animar sus fiestas. Para algunos de nosotros era una buena forma de conocer a las féminas del sector. La otra fórmula era ir a la feria los domingos.

El nonno era el que más sufría con nuestros conciertos, ya que tenía que oír repetidas veces el tema Puerto Montt, del grupo musical uruguayo Los Iracundos, tema que era carta segura de éxito en nuestro tour musical.

Otra proeza del chico fue la fabricación de la primera raqueta de tenis que pude usar. Sacamos el molde de una vieja raqueta Slazenger que colegas arquitectos regalaron a mi padre. La fabricamos con un perfil de aluminio de una vieja ventana. Hace algunos años se la exigí diplomáticamente al chico. Siempre me acompaña en algún rincón de mi escritorio.

image host

A mi regreso a Chile, en 1991, me reintegré al grupo. Reunirnos los viernes por la tarde en casa del chico Ernesto a jugar póker y pool era casi sagrado. Nunca le pregunté cómo llegó la mesa de pool allí. Cada sesión era amenizada, entre piscola y piscola, por unos sabrosos churrascos palta. No hace mucho tiempo la desgracia tocó su puerta. Era habitual que cada invierno debiera subir al techo para tapar las múltiples goteras que no solo se filtraban en su dormitorio, sino en casi toda la casa. En una de esas subidas las viejas tejas no soportaron su peso y se vino de guata abajo, aterrizando sobre el verde paño de la mesa de pool. Nunca más fue el mismo. El chico es el mayor del grupo. Creo que está cerca de los 80 años. No le gusta decir su edad.

Al reintegrarme al grupo me enteré de que varios hijos de los más viejos tenían al chico como padrino. Mi hija no podía ser la excepción. Joana no tuvo alternativa. Claro que es algo simbólico. Joana, como yo, no somos bautizados. Las secuelas de aquella caída este año provocaron que el chico tuviera que pasar un largo período detenido; fue un verdadero arresto para él. Su cárcel fue el hospital San Juan de Dios. Uso esas expresiones ya que el chico tiene un carácter de mierda. Tuvieron que mantenerlo amarrado todo el tiempo para que no desconectara el instrumental hospitalario.

Aprovechando la enorme cantidad de exámenes que debían realizarle, aparte de la operación al esófago, sugerí a quien lo visitara que aprovechara de preguntar al doctor si era posible saber si el chico aún seguía siendo virgen.

No es que pensáramos que el chico fuera gay, no, pero nunca lo vimos con alguna mina. Con el paso del tiempo comenzó la desintegración del grupo. El primero en partir fue Gazón, a quien decíamos que era hijo de un apretón de micro, ya que nunca supimos quién fue su padre. Gracias al Golpe de Estado, Gazón pasó una temporada veraniega como prisionero en el Estadio Nacional. Gazón fue nuestro socio en el Café Off the Record. Lamentablemente, solo por un par de años, ya que murió de cáncer. Gazón acostumbraba colgar un pucho de cigarro entre sus dientes. Solía presentarse dando la mano y diciendo: «Soy Jorge Gazón, eyaculador precoz». Otro de los integrantes fue Fernando; lo mató la pandemia. A Pancho, el menor de los cuatro hermanos Gonçalves, se lo llevó un cáncer y algunos excesos.

Pero la historia del chico Ernesto no acaba. Él fue quien realizó casi la totalidad de los muebles y decorados para los restaurantes La Cava de Dardignac, Azul Profundo, Muñeca Brava, Il Siciliano, Como Agua para Chocolate, del Café/Restaurante Off the Récord y de gran cantidad de muebles para Carnes DARC, entre otros.

Los Cotollos solíamos veranear en carpa en la caleta de Horcón. Horcón, sin discusión, era nuestro destino veraniego; aún sigue siéndolo para algunos del grupo. Cuando planifiqué la realización de mi largometraje Horcón, al sur de ninguna parte, Ernesto se encargó de fabricar la escenografía.

La gran paradoja de nuestra era es que, a pesar de estar más hiperconectados que nunca, el aislamiento emocional y la soledad van en aumento. La tecnología ha democratizado la comunicación, pero muchas veces terminamos sustituyendo el contacto real por encuentros virtuales. El lenguaje actual en las redes contribuye a crear este ambiente tóxico y hostil.

Recuerdo que antes del Golpe Militar gritábamos «facho culiao» a Mario cuando este asistía a las concentraciones políticas de la derecha en la plaza Tropezón. Cuando tocaba el turno de las concentraciones de izquierda, Mario se desquitaba gritándonos «comunistas come guagua». La Lolito, madre de Mario, era como mi segunda mamá.

Hoy seguimos manteniendo nuestras diferencias políticas, las que solo se manifiestan como chistes y memes en el WhatsApp del grupo, pero cuando llega la hora del asado mensual, todos compartimos abrazados. Lo mío no es nostalgia. Es felicidad, estar ahí y continuar alargando la historia con los amigos de juventud. Pero no son solamente los asados los que nos reúnen, también son los velorios. La Medalla Milagrosa era una parroquia en la cual jugábamos baby fútbol, como también usábamos su interior de refugio para nuestros primeros encuentros amorosos. Realizar los velorios allí garantiza un alto rating de público. Mi padre, al momento de morir, vivía en la comuna de Las Rejas, pero fue en la Medalla Milagrosa donde lo velamos, junto a todos los amigos y vecinos.

La amistad y el respeto que surgieron de aquella calle sin pavimento, que cada invierno era un verdadero lodazal, forjaron en nosotros una relación inquebrantable que ni el actual clima tóxico que se respira ha sido capaz de erosionar. Nuestra amistad se sigue solidificando a pesar del esfuerzo de los malos políticos.

Mirando un podcast escuché a un recientemente electo diputado comentar la siguiente anécdota surgida el día de su debut en el parlamento. Lo recibió un viejo político de aquellos que nos hacen pensar que, más que servidores públicos, se sirven de nosotros. Ese personaje cumplió dos períodos como senador, o sea, 14 años; hoy ejerce su segundo período como diputado, o sea, otros 8 años. Total: 22 años, toda una vida sirviéndose. El honorable dijo: Bienvenido a este lugar donde los amigos son de mentira y los enemigos son de verdad. Palabras para el bronce. ¿Qué se puede esperar entonces de quienes están para dialogar, debatir y consensuar, para de esta manera garantizar la democracia donde todos son necesarios?

Políticos y politólogos suelen argumentar que la política está funcionando como un péndulo. Una vez la izquierda, otra la derecha. Realidad que afecta a todo el mundo, menos a las dictaduras y gobiernos autocráticos. Fácil y simplona respuesta que esgrimen. No tienen la autocrítica para darse cuenta de que son sus mentiras de campaña, ofertas que saben que no podrán cumplir, ya que se da la paradoja de que quien es electo presidente no logra obtener mayoría en el parlamento. Ofertas que, en muchos casos, no han sido consensuadas en su coalición. Al término de su período presidencial, la gente engañada termina votando en contra, absteniéndose o en blanco. Entonces vemos por la TV al presidente saliente, cívicamente, poniendo la banda presidencial al candidato opositor.

A las mentiras de los políticos se suman las fake news y la IA, que dificultan la verdad.

Hace tres meses estrenamos nuevo presidente en Chile. Kast ganó ofreciendo un gobierno de Emergencia, cuya mayor preocupación sería el tema de la seguridad. Observando en la TV la ceremonia de instalación del electo presidente rumbo al Palacio Presidencial en el convertible FORD Galaxie, regalo de la reina Isabel II en 1968, se me vino a la memoria un clásico del cine, el maravilloso film titulado ¡Bienvenido, Mister Marshall!, del destacado director español Luis García Berlanga. Fue uno de los filmes que desmenuzamos en clase de dramaturgia cinematográfica en el Dramatiska Institutet de Suecia.

La historia se desarrolla en un pequeño pueblo español llamado Villar del Río. Sus habitantes se enteran de que una delegación estadounidense pasará por allí dentro del marco del Plan Marshall. Pensando que recibirían ayuda económica, el alcalde y los vecinos deciden que debían impresionar a los estadounidenses: se vistieron con trajes folclóricos andaluces, prepararon fiestas y decoraron las calles, mientras soñaban con todo lo que pretendían pedir.

Pero cuando finalmente llegó el momento… ocurrió algo inesperado que revela el tono satírico y crítico de la película. Una sátira al franquismo y a la relación de España con Estados Unidos.

Después de que todo el pueblo de Villar del Río se había preparado durante semanas para recibir a los estadounidenses del Plan Marshall, la caravana de coches de los norteamericanos pasó velozmente por el pueblo… no se detuvieron.

Simplemente atravesaron la calle principal, atochada por el pueblo esperanzado, gente que finalmente solo tragó el polvo que levantó el paso veloz de la comitiva. A la distancia vieron cómo los vehículos se pierden junto a la esperanza de mejoras.

Flash informativo, interrumpimos esta escritura. Noticia de último minuto. Antes de cumplir dos meses, el gobierno de Emergencia del presidente Kast ha decidido destituir a la ministra de Seguridad por haber declarado a la prensa que no existía un programa de gobierno para acabar con la delincuencia, el narcotráfico y el ingreso ilegal de gente al país.