Ocurrió que, en el otoño de 1856, Arthur Schopenhauer conoció a un orangután en la feria de Fráncfort. Un Pongo desdichado, llevado hasta Alemania desde Malasia o Indonesia. En poco tiempo pasó a ser una de las atracciones más llamativas del evento, tanto así que el filósofo lo visitó cuantas veces le fue posible, en aquellas fechas algo cercanas a su muerte. Quizás le fascinó la mirada tranquila —si no aburrida— de ese primo distante de los hombres. De nosotros, simios lampiños contra los que aquel gruñón gustaba despotricar de tanto en tanto en sus escritos, siempre de maneras creativas y no faltas de humor.

El encuentro debió haber sido propio de una novela. El filósofo, sofisticado e impaciente con sus semejantes, parado ahí ante el homínido que le devolvía la mirada, despreocupado o tal vez solo resignado a su condición. Observándose ambos durante minutos que habrían parecido horas, preguntándose cada uno a su manera qué era lo que el otro pensaba. Una imagen que sin mucho esfuerzo contrapone dos eslabones en el fenómeno de la vida aquí en esta Tierra, distantes pero necesarios para expresar los alcances de su totalidad.

Eso es, si la anécdota ocurrió del todo, pues tiene el tufillo de las medias verdades, si no de la invención. Se menciona por primera vez en la pequeña biografía de Schopenhauer escrita por Wilhelm Gwinner, albacea y amigo íntimo. Admirador suyo como persona y personaje, aunque opuesto a su pesimismo filosófico y desdén por la humanidad, que no es lo mismo que la misantropía. Pues, como el propio biógrafo escribió: «Lo mismo que se teme a las bestias feroces, pero no se las odia, algo similar le sucedía a él con los hombres. No quiso ser misántropo, sino cataphronthropo, es decir, alguien que no odia a los hombres, pero los desprecia».

¿Hubiera despreciado Schopenhauer también al orangután de Fráncfort, tan tímido y apacible, de haber sido este un poco más cercano a nuestros complejos y caprichos de Homo sapiens? Nadie podrá saberlo. No solo por la imposibilidad de corroborar la veracidad de los encuentros entre el simio y el hombre, que no se mencionan en otras biografías (ni son referidos por el propio Schopenhauer en los escritos anteriores a su muerte), sino también porque es difícil conocer qué tanto sospechaba él sobre el vínculo que nos hermana con el sencillo Pongo. Aquello ocurrió tres años antes de que Darwin publicara El origen de las especies. Quince años antes de la aparición de El origen del hombre, donde se verbalizó por primera vez el papel de la selección natural en nuestra propia evolución. Para cuando ese libro fue publicado, Schopenhauer hacía tiempo que había entregado el alma, lo que no quiere decir que en vida no hubiera estado al tanto de intuiciones similares a las del inglés. Que la naturaleza es una fuerza en cambio constante es una idea que se barajeaba entre la intelectualidad desde muchísimos años atrás, aunque no era una que gozara de prestigio fuera de esos círculos. Tampoco tenía un andamiaje fuerte con el cual sostenerse. Para darle legitimidad, fue necesario el marco teórico de Darwin, así como el pilar del tiempo geológico de Lyell. Ese que apunta cómo la propia superficie del planeta cambia durante millones de años

Sobre la biografía que escribió Gwinner, se dice que es más un producto de la amistad y anécdotas intimistas que un ejercicio de rigurosidad investigativa. Apareció en 1862, dos años después de la muerte del filósofo. Tres luego de la publicación de El origen de las especies. Aunque no es imposible imaginar que Schopenhauer pudiera haber leído el libro de Darwin, de eso no ha quedado constancia en su correspondencia. Gwinner, en cambio, quizás sí lo leyó, lo cual lo llevaría a embellecer un poco el pasaje en donde narra los supuestos encuentros de ese hombre magnífico con aquel simio curioso. En sus propias palabras, Schopenhauer: «… visitó casi a diario a este presunto progenitor de nuestra especie, a cuyo conocimiento personal llevaba esperando en vano casi hasta su septuagésimo año, y exhortaba a sus conocidos a no dejar pasar aquella ocasión sin aprovecharla». Incluso mejor ir a verlo hoy que mañana, porque mañana podía estar muerto.

Nadie hoy se referiría a ninguna de las variantes del Pongo —pygmaeus, abelii y tapanuliensis— como “presunto progenitor de nuestra especie”, aunque la descripción no estaría fuera de sitio en los vocablos de un hombre educado de por aquellos años. Uno interesado en las modernas ciencias naturales, quizás con una impresión más bien vaga de las nuevas ideas que se cocinaban al respecto en Inglaterra. No es un simple guiño culto que, en su descripción del encuentro, Gwinner se tomara la molestia de referirse al orangután por su antigua denominación, Pithecus satyru—hoy en desuso— con la que en aquellos años se etiquetaba a la variante de la isla de Borneo.

¿Inventó, o quizás solo aderezó, Gwinner la historia? Puede ser, aunque al respecto lo mejor sería no poner la mano al fuego para asegurarlo. Lo cierto es que la figura de Schopenhauer, con su metafísica cósmica, sus paseos solitarios, sus varias (y muy cómicas) broncas con su casera, así como con sus ácidas opiniones sobre la hermandad de los hombres, se prestaba a este tipo de anécdotas literarias. Sobre todo, tomando en cuenta su bien conocido aprecio por los animales. En especial, el cariño que tuvo por sus caniches, quienes recibieron todos ellos el nombre de Atma; algo así como “aliento del mundo” o “alma universal” en sánscrito, herencia de su interés en el hinduismo. Un nombre con el que no solo jugaba con la idea de que cada uno de esos perros fuese una sola esencia reencarnada, sino también uno con el que indicaba su convencimiento de que los animales, tan capaces de sufrir, sentir y desear, están sujetos también a los impulsos irracionales de la Voluntad.

Es esta última uno de los ejes principales en el pensamiento de Schopenhauer, ligada con la Representación. Mientras que la primera es tomada por él como la esencia del mundo —la realidad en sí—, ciega e incognoscible, la segunda es el conjunto de apariencias que esta realidad profunda adopta en la mente de los sujetos: el mundo de los fenómenos, tal como este puede ser percibido, pensado y comprendido a lo largo del espacio y el tiempo, de la causalidad y los propios conceptos. Visto así, la Voluntad se objetiva como los animales, las personas y los planetas, así como la naturaleza inorgánica y las fuerzas físicas del universo. Una piedra sería una objetivación baja de la Voluntad. Las plantas y los animales se encontrarían un poco más arriba en la cadena de complejidad. El ser humano, con su capacidad de razonamiento, es la forma más compleja de objetivación. O al menos hasta donde nos concierne nuestra actual experiencia como especie dominante en esta esquina de la galaxia.

Pero la Voluntad no es accesible a la razón. Uno no puede elaborar ecuaciones y construir máquinas maravillosas con las cuales observarla, a la manera en la que los físicos conocen la estructura atómica de la materia con sus modelos teóricos y aceleradores de partículas. La Voluntad subyace a todo, y la única manera en que puede ser conocida, según Schopenhauer, es a través de la experiencia interna. Cuando se desea ascender una montaña, tomar un vino o seducir a alguien. Cuando uno se hunde en la desesperación, en la violencia más absoluta o en otros estados aberrantes del Ser que solo después de ser sufridos, puede uno llegar a razonarlos, comprenderlos e incluso justificarlos.

En semejante sistema, los animales, al ser formas complejas en las que la Voluntad se objetiva, están sujetos a los mismos impulsos ciegos e irracionales de esta. Todos buscan alimentarse, reproducirse y escapar del peligro. Algunos incluso —como se ha observado en diversas especies de simios y cetáceos— actúan como si les gustara divertirse. Esto no significaba para Schopenhauer que, como nosotros, tuvieran una comprensión reflexiva de semejantes impulsos y, por agregado, acceso conceptual a la Voluntad. Pero eso tampoco significaba para él que deban ser tratados como meros autómatas, tan solo por esa diferencia en el grado de Representación. No por nada, Schopenhauer, burlón e iracundo con los hombres, cínico e impaciente con las mujeres, es visto por algunos como un antecedente en la actual defensa de los derechos de los animales.

¿Habría, entonces, desesperado Schopenhauer con el supuesto orangután con el que Gwinner dice que se encontraba en la Feria de Fráncfort, de haber sido este un simio extraordinario con la capacidad reflexiva y las manías toscas y antojos burdos de nosotros, los Homo sapiens? No hay manera de saberlo, pero puede que le hubiera tenido desdén. Quizás lo habría tomado por un hombrecito en exceso velludo, tras las barras por alguna razón criminal. Pues, «…cuando uno conoce a un hombre por primera vez», como se le atribuye haber escrito en el apócrifo “El arte de conocerse a sí mismo”, «no debe olvidar nunca que probablemente tendría que despreciarlo u odiarlo si lo llegara a conocer mejor».

En cambio, el humilde Pongo recibió su compasión e incluso admiración. Todo en virtud de no pertenecer a esta desgraciada hermandad nuestra de la que tanto nos enorgullecemos. Esta que llamamos La Humanidad.