En el invierno del 96 viajé a San Martín de los Andes, una ciudad del oeste de la Argentina que se encuentra a unos 1600 km de Buenos Aires y está situada en un valle angosto y de frondosos bosques, en cuyo fondo se encuentra el lago Lácar.

Junto a un grupo de amigos de la secundaria, ocupamos una bella cabaña de madera en las afueras de la ciudad, perteneciente a los padres de uno de ellos. Era una etapa en la que todavía el aura de la escuela secundaria —que habíamos terminado hacía dos años y medio— se extendía sobre nuestras amistades y, al mismo tiempo, ya todos empezábamos a crecer hacia lugares diferentes. Tuvimos algunas discusiones intensas y risas payasescas. Hicimos mountain bike, bajando desde los cerros cercanos hasta la ciudad, y pescamos truchas.

Pero estábamos allí para compartir una semana de esquí en el cerro Chapelco, y la falta de nieve frustró el plan. Mis amigos decidieron volver a Buenos Aires, pero yo decidí dirigirme hacia Bariloche, que se encuentra unos kilómetros al sur; tal vez en el cerro Catedral hubiera nieve.

Me quedé en un hotel cercano al Lácar la noche siguiente a la que todos volvieron. Por ese entonces escuchaba incansablemente un casete de grandes éxitos de Charly García, que me había prestado un amigo de la facultad:

escucho un tango y un rock
y presiento que soy yo
y quisiera ver el mundo de fiesta
en Buenos Aires se ve
que ya no hay tiempo de más
la alegría no es solo brasilera.

En el silencio patagónico del hotel, en algún paseo por el bosque colindante, me invadieron algunas reflexiones.

Dos años antes había decidido dejar la carrera de ingeniería civil y pasarme a arquitectura. Abandonaba así el surco paterno y la seguridad del trabajo futuro en su estudio para dedicarme al arte.

Pero yo había pasado la adolescencia entre dibujos publicados en la revista del colegio, grupos de teatro y bandas de rock, y estos, además de la cancha de fútbol, habían sido mis espacios de felicidad. Una vez resuelto lo de la carrera, sin embargo, había empezado a asomar otro problema de fondo:

¿Qué hacer con mi vida?

Me gusta el planteo, descarnado y humorístico, que Joaquín Sabina realiza del drama existencial en la canción “La del pirata cojo”.

Ya que todo viaje iniciático tiene un principio, pienso que el mío comenzó en aquel hotel de San Martín de los Andes, la noche mencionada en la que, además, cumplía 21 años.

A la mañana siguiente fui en bus a Bariloche, con The Fountainhead, de Ayn Rand, regalo de mi padre, bajo el brazo.

Si lo de Charly García era un terremoto en el tálamo emocional, lo de Rand era como un cofre por desenterrar. Yo no sería aficionado a la lectura sino hasta la vuelta de este viaje por el sur del país, pero encontraba la prosa de Rand como una suerte de trama de ideas: la filósofa utilizaba la literatura como excusa para plantear su sistema moral, y pasé algunos arduos momentos frente a sus páginas.

Me quedé en un hostal cerca del centro, donde se compartía habitación con desconocidos, al igual que en los hostels de Europa, y donde había muy buen ambiente.

Había gente de todo el mundo. Estaba Chad, un obrero norteamericano que trabajaba medio año y pasaba la otra mitad haciendo snowboard. También su novia argentina, muy bonita, y su hermana, no tan bonita. Había maestras inglesas, estudiantes en viaje de egresados, hippies flaquísimos que vivían en su auto y subsistían a base de mate y galletas, una banda de rock —que años más tarde identificaría como los Fun People— y mucha gente más.

Y estaba Sigfrido Rubulis.

Sigfrido no vivía en el hostal, pero lo frecuentaba. Se sentaba en la cocina, donde la gente compartía historias en mil idiomas, como si estuviera en su casa.

Era un tipo corpulento, de cabello lacio, grisáceo y de mediana longitud, peinado con raya al medio. Tenía un mostacho que le daba un aire de barón romántico.

Tendría unos 60 años. Un día coincidimos en la mesa de la cocina mientras cenábamos. Me habló de su infancia en Letonia, de la leche recién ordeñada que le traía su abuela a la mesa, espesa como un queso. Nada que ver con las porquerías que venden en el supermercado.

Contaba animadamente cómo le cantaba óperas de Vivaldi a su vecina en algún valle andino. Si bien no fue muy claro al respecto, supuse que era una especie de científico. Había trabajado como ingeniero en distintas empresas y ahora daba conferencias.

Sigfrido había colocado en la biblioteca del hostal una carpeta titulada “Cosas interesantes para leer”. Días más tarde le eché una ojeada: teorías sobre la Tierra como ser vivo y otras coloridas ideas ecológicas similares a la hipótesis Gaia de James Lovelock.

No hablé mucho más con él esa noche. Me dijo que iba a bailar con un grupo de estudiantes. Antes de retirarse, me hizo un comentario acerca de Kurt Cobain, que por esos años ya era una leyenda, y le pregunté si le gustaba su música. Sin decir una palabra, abrió su camisa y, con sonrisa daliniana, me mostró orgulloso una camiseta de Nirvana.

Qué personaje.

Los días siguientes, al confirmar que tampoco había nieve en el cerro Catedral, decidí viajar a Chile. Atravesando en distintas embarcaciones el lago Nahuel Huapi, la laguna Frías y el lago de Todos los Santos, crucé los Andes, cuyas cumbres pude divisar entre espesas nubes, internándome en la indescriptible selva fría chilena.

Tras visitar los saltos del río Petrohué, cuyas aguas color verde esmeralda discurren sobre un lecho de roca negra, finalmente llegué a Puerto Montt, donde me quedé en una añosa hostería de madera que parecía salida de una película de Tim Burton.

Antes de volver a Bariloche al día siguiente, bajé a tocar el océano Pacífico, igual que haría diez años después, en Venice Beach, California, antes de partir definitivamente hacia Europa.

A la vuelta de San Martín de los Andes, los hábitos y manierismos desarrollados en la escuela secundaria finalmente se desvanecieron, y fue surgiendo una nueva identidad. Este flamante ser estaba hecho de desorden, de energía, de perplejidad, de curiosidad y de momentos de soledad.

Creo que crecemos perteneciendo a distintos grupos: a una familia, a un colegio, a un grupo de amigos. Durante el amanecer de la vida, de alguna manera somos esos grupos. Pero poco a poco nos vamos transformando en un ser aparte.

Esta alienación es un vértigo que, en cierta forma, no nos abandona jamás, pero que, como todas las cosas, en algún momento tiene su primera y más potente manifestación.

Por este hueco existencial, que se hizo patente a la vuelta del viaje descrito, se fueron metiendo infinidad de voces: canciones, imágenes, ideas, morfologías y metáforas ajenas. Ingredientes que, macerados bajo la presión implacable de la necesidad del autosostén, sirvieron para desarrollar un contacto más auténtico con el mundo y, finalmente, dar lugar a una voz propia.

Uno de estos ingredientes es mi breve encuentro con un hombre que parecía haber madurado sin perder la inocencia. Aunque me sentí tentado a googlearlo al escribir estas líneas, no sé si me interesa tanto el Sigfrido Rubulis verdadero. Más me vale la impresión luminosa que me causó conocerlo, mientras viajaba solo por el fin del mundo y estaba a punto de empezar un capítulo nuevo en mi vida.