La historia señala el periodo de la Grecia arcaica, desde, aproximadamente, el siglo VIII a. C. hasta comienzos del siglo V a. C. Son tres centurias iniciadas con los primeros Juegos Olímpicos (cerca del 776 a. C.) hasta las guerras médicas de Salamina y Platea (480-479 a. C). Fue la formación de la pólis, la influencia del modelo político y cultural ateniense, el surgimiento de la filosofía presocrática y el tiempo de legisladores y tiranos, destacando los poetas Homero y Hesíodo.
El periodo de la Grecia clásica se extiende poco más de 16 décadas, desde el 480 a. C. con la victoria griega sobre Persia en la batalla naval de Salamina, hasta el 323 a. C., con la muerte de Alejandro Magno. Posteriormente, advino el helenismo. Fue el periodo de hegemonía de Atenas a través de la Liga de Delos y el protagonismo de Pericles, destacado estadista de la pólis que reunía a pensadores, artistas, oradores, filósofos, políticos, literatos, tragedistas, arquitectos, escultores e intelectuales, como cuna cultural de la humanidad. Sócrates, Platón y Aristóteles fueron relevantes.
Del periodo arcaico a la Grecia clásica, la paideia, entendida como ideales culturales griegos, surgió de la aretḗ aristocrática homérica a la virtud cívica y democrática de Atenas, sustentada filosóficamente. El triunfo racional (lógos) relegó el mythos, aunque la pólis colapsaría por el exceso de libertad, las críticas al elitismo y la prioridad de corrientes intelectuales. Hubo primacía popular y la paideia heroica, aristocrática y práctica cambió a la paideia clásica, cívica e intelectual, diferenciándose una de otra por sus enfoques, métodos y contextos.
La época heroica con la aretḗ como excelencia guerrera y la nobleza innata proclive al honor y el coraje –con Aquiles como el modelo de gloria (kleos) gracias a las hazañas físicas y su lealtad al clan– dio paso, en la época clásica, a la aretḗ con contenido racional y ético (dikaiosýne y sōphrosýnē), proclamándose el ciudadano ideal (kalokagathia), bueno y bello, como quien integra la virtud moral, la retórica y el conocimiento para la pólis democrática. Mientras la época heroica consumó la mímesis oral de los héroes y los dioses, cantada épicamente por los rapsodas y reproducida en los banquetes; mientras en Esparta, la agogḗ se orientó a la disciplina y la obediencia colectiva, priorizando la gimnasia, la caza, la música marcial y el trabajo campesino como ethos; en la época clásica se sistematizaron las ocupaciones explícitas y la paideia valoró el florecimiento de los sofistas y filósofos, con la dialéctica platónica formando a los guardianes.
Mientras en la época heroica la élite aristocrática excluyente de basileîs orientaba la paideia oral para perpetuar el linaje idealizado, en la época clásica, la democracia ateniense expandió la paideia al dḗmos de los varones libres. La paideia heroica formó guerreros nobles por imitación mítica, contrastándose con la paideia clásica de ciudadanos racionales con moldes cívicos, trasladándose los mitos físicos a la filosofía de la moral.
En la época arcaica, la paideia expresaba semánticamente la nutrición (trophḗ) y, en su origen, transmitía la excelencia guerrera (aretḗ) y el honor, a través de los banquetes (agṓn) estimulando la vida aristocrática y la oralidad. Varió en la época clásica, del siglo V al IV a. C., ampliándose a la educación cívica. La pólis ateniense moldeaba a los ciudadanos, en acto o potencia, con lo siguiente: lectura y poesía (grammatikḗ), fortalecimiento del cuerpo (gymnastikḗ), armonía y ética (mousikḗ) y retórica sofista. Hubo tránsito desde la crianza familiar hasta la formación filosófica de la psychḗ, y del mito heroico al lógos racional como ideal griego.
La literatura clásica –con Esquilo, Sófocles y Eurípides– formaba moralmente al individuo y educaba al dḗmos. Díkē trascendió la venganza (poínē) instituyendo la justicia estatal (eunomía) y castigando la hýbris. En las tragedias de Esquilo y Sófocles, lo justo (dikaiosýne) rivalizó con la hýbris, dramatizándose la lucha de la justicia contra la desmesura, educando al público. Pero, la democracia de Pericles fomentó la retórica sofista y el relativismo jurídico, precipitando la crisis moral (hýbris popular). Los sofistas agudizaron los apremios de la paideia política, por ejemplo, con Protágoras, que abogaba por el hombre como medida de todas las cosas, erosionando así los valores tradicionales arcaicos. El filósofo de Abdera enfrentó el nómos convencional contra la phýsis natural, relativizando la virtud (aretḗ) habitual y consolidando la nueva paideia cultural.
La literatura muestra las tensiones de las obligaciones frente a la justicia y la ley, motivando aporías morales reflexionadas jurídicamente. Un ejemplo es el dilema de Orestes, expuesto por Esquilo en Orestíada, institucionalizándose la justicia al final de la tragedia. El oráculo de Apolo había ordenado a Orestes que vengara a su padre matando a Clitemnestra porque ella lo asesinó. Es decir, el deber religioso y moral de Orestes fue restablecer la justicia y el honor de la familia real, aunque la asesina de su padre fuese su propia madre. Orestes cumplió la orden y asesinó a su madre y a su amante, Egisto, rey de Micenas y cómplice en el crimen de Agamenón. Pero el matricidio violaba la ley ancestral profunda afín con el tabú contra el crimen familiar.
Orestes fue perseguido y atormentado por las Furias o Erinias, divinidades de la venganza encargadas de castigar los crímenes de sangre dentro del linaje. Si bien fue justo, quedó maldito eternamente. Que haya matado a Clitemnestra implicó infringir la ley más antigua de la familia, siendo condenado a ser víctima de las potencias más oscuras de la justicia ancestral. Sin embargo, por otra parte, si no hubiese vengado a su padre, convirtiéndose en matricida, hubiese quedado como traidor al orden divino dictado por Apolo, habría dejado impune un crimen grave, siendo indiferente para actuar contra la deshonra de su padre y habría alterado la sucesión legítima del reino.
El dilema de Orestes es el conflicto entre dos deberes sagrados inconciliables: obedecer a los dioses y vengar a su padre, asesinando a su madre o; por otra parte, respetar el lazo sanguíneo y preservar la vida de su madre incumpliendo el oráculo de Apolo. La situación se agravó porque su padre mató a su hermana, Ifigenia, antes de partir a la Guerra de Troya. Ese fue uno de los tres motivos por los que su mujer, Clitemnestra, mató a Agamenón; otra causa fue que ella, adúltera con Egisto, pretendía dar el trono a su amante. La tercera causa fue la maldición de la Casa de Atreo: después de un crimen, acontecieron otros más.
El dilema no tiene solución. Orestes está compelido a la vez, a actuar de manera necesaria y horrorosa. Sin embargo, en Las Euménides, Esquilo señala que un tribunal –el Areópago– encontró una salida al dilema suspendiendo el peso absoluto de la venganza ancestral. Orestes fue perseguido y enloquecido por las Furias hasta que se cobijó en un templo de Atenas y las autoridades del Areópago liberaron a los hijos de vengar la muerte de sus padres. Que Orestes haya asesinado a su madre implicaba la persecución y hostigamiento eterno de las Furias, pero con el cambio legal de la venganza, las Erinias se convirtieron en Euménides: integradas a la nueva justicia ateniense. Las nuevas leyes protegieron al individuo y su libertad en oposición a los viejos clanes de una sociedad anárquica, siendo Orestes el promotor de la transformación.
Similar reflexión jurídica motivó la aporía moral de Antígona en la tragedia de Sófocles. El personaje se debatió en el conflicto de cumplimiento obligado de una ley no escrita de la tradición religiosa, antigua y venerable y, por otra parte, el sometimiento a la autoridad del Estado. Ante la vulneración de un acuerdo, de su hermano, Etéocles –que debía cederle el trono de Tebas después de un año, por alternancia de ambos príncipes, hijos de Edipo– Polinices se refugió en Argos y desde allí organizó un ejército que enfiló contra su propia patria.
El dilema moral de Antígona es el choque irreconciliable entre dos deberes sagrados. El deber religioso y familiar la obligaba a enterrar a su hermano Polinices, declarado traidor por su tío, Creonte, que gobernaba Tebas después de que los dos hijos varones de Edipo se mataran uno al otro. Así, Antígona cumpliría las leyes divinas de los funerales y respeto a la familia, pese a que la autoridad de la ciudad-Estado –Creonte– mandó que Polinices permaneciera insepulto, siendo carroña para animales salvajes. En cambio, Creonte enterró a Etéocles con honores, por defender Tebas del ataque del ejército invasor liderado por Polinices.
Creonte prohibió el entierro de su sobrino como castigo contra un enemigo de la ciudad, exigió que se cumpla la ley del Estado y, en castigo, encarceló a Antígona, porque enterró a su hermano simbólicamente. El cuerpo de Polinices permanecía insepulto y a Antígona se le otorgaron condiciones mínimas de vida en la cárcel. El adivino ciego, Tiresias, vidente por voluntad divina, advirtió a Creonte que el cuadro disgustaba a los dioses por signos que mostraban malestar; que debía enterrar a Polinices y liberar a Antígona, so pena de que desgracias terribles sobre vendrían a su familia.
Creonte accedió, sepultó a su sobrino y ordenó liberar a Antígona; sin embargo, era tarde, la protagonista, previendo su muerte como inminente, decidió ahorcarse. Junto a ella yacía su prometido, Hermón, que, siendo su primo por ser hijo de Creonte, se suicidó también al verla muerta. La madre de Hermón, esposa de Creonte, al enterarse de la muerte de su hijo, hizo lo propio; dándose el final de la tragedia con la amargura de Creonte que afirmó que el sabio debe obedecer a los dioses.
La colisión de la justicia divina y la humana terminan con la muerte de la mayoría de los personajes de la tragedia. En la civilización, vencer a las fuerzas naturales, con pensamientos y lenguaje, hace del hombre constructor de estados; sin que deba descuidar las normas del orden social que le obligan al cumplimiento de la ley. Sin embargo, el ser humano no debería encontrarse en una situación tal, que al cumplir la ley deshonre a los dioses y se auto-excluya de la vida comunitaria, peor aún, si existiese la aporía de convertirse en alguien que viva en contra de la ciudad (ápólis) porque estaría obligado a violar la ley.
En Las fenicias de Eurípides, Yocasta se suicidó no por descubrir el incesto con su hijo, Edipo; cristalizándose la hýbris de existencia de hijos biológicos simultáneamente nietos genealógicos. Se suicidó porque descubrió que sus hijos-nietos se mataron por el trono de Tebas, pese a su infructuosa mediación. La madre-esposa de Edipo, madre-abuela de Etéocles y de Polinices, los dos fratricidas, también madre-abuela de Antígona e Ismene; abogó por la justicia como orden, responsabilidad y equilibrio entre hermanos, seres humanos y dioses. Recriminó a su hijo-nieto Etéocles, por ser injusto, dominado por la ambición de honores (filotimía) que destruye ciudades y familias; recordándole que la riqueza y el trono son bienes que los dioses confían a la administración del rey. Usurpar el trono atenta contra la justicia, la comunidad y la naturaleza del poder.
A su segundo hijo-nieto, Polinices, Yocasta le reprochó que sea violento e injusto, inconvenientemente, habiendo recurrido a las armas y la guerra contra su patria, con el riesgo de convertir a sus conciudadanos en esclavos. Si fracasase, sería culpable de precipitar la desgracia sobre todos. Su exceso ocasionaría el peso de provocar calamidades. En ambas situaciones moralmente aporéticas, atentaría contra la justicia y la moderación, contra el respeto de los vínculos familiares y las leyes no escritas; transgrediendo el principio básico de no imponerse políticamente por la fuerza.















