Entré a la disquería Fusión como quien entra a una posibilidad. Era diciembre de 1986. Afuera, Santiago todavía era un ruido contenido, una ciudad en transición que no sabía muy bien si despertar o seguir aguantando. Yo venía de otra parte, no solo de París, sino de una forma de estar en el mundo donde la música, la política y la vida no estaban separadas, donde no había que esconderlas y cargaba encima esa mescolanza de canciones. Adentro, entre vinilos y afiches, había un cabro flaco, medio desgarbado. No cruzamos muchas palabras. No hacía falta. Bastó una mirada, una incomodidad palpable, como si en ese cruce se tocara algo que ninguno de los dos iba a nombrar. Mucho después entendí que no era una diferencia personal. Era otra cosa. Era una forma distinta de haber llegado hasta ahí.
Yo venía de una ciudad donde la diferencia también era una forma de pensar. En esos años París era un idioma que no era el mío, pero una rabia, una energía que sí lo era. Era una mezcla de acentos, de ritmos, de historias cruzadas en bares oscuros donde el punk no era una estética, no era una parada, sino una manera de sobrevivir al desarraigo. Tocábamos como si tocar fuera una forma de responder, de no quedarnos callados frente a lo que nos había pasado. De vomitar el exilio. No hablábamos de éxito ni de porcentajes.
Hablábamos, sin saber que lo hacíamos, de cómo seguir juntos cuando todo lo demás había sido quebrado. La música era eso, un espacio donde todavía era posible enfrentar el mundo, armar algo en común, aunque fuera precario, aunque durara lo que dura una canción.
Chile, en cambio, era otra velocidad. No más lento, pero sí más contenido, como si todo estuviera ocurriendo por debajo de una superficie demasiado ordenada. Había algo en el aire que no reconocía del todo: vitrinas nuevas, objetos que llegaban de afuera, una cierta ansiedad por parecer otra cosa. No era solo la dictadura; eso estaba ahí, como un fondo sangriento inevitable; era también la forma en que el sistema empezaba a organizarse en torno a otras urgencias. El dinero, por ejemplo. No como necesidad, que siempre lo fue, sino como centro. Como forma de ser. Como promesa.
Me costó entenderlo al principio. Venía de un lugar donde lo que se había roto, esa vida quebrada, no se podía reemplazar con nada, al menos no con cosas que se pudieran comprar. Y aquí parecía que todo podía ser sustituido por una fachada, comprable, intercambiable, alcanzable si uno se movía lo suficientemente rápido. Había una onda rara en eso, una mezcla de deseo y competencia que se filtraba en conversaciones, en gestos mínimos, en la forma de mirar al otro. No era hostilidad abierta, pero tampoco comunidad. Era otra cosa. Algo que todavía no sabía nombrar, pero que estaba ahí, operando.
Fue entonces cuando escuché a Jorge González cantar, con esa mezcla de ironía y cansancio, que todo giraba en torno a lo mismo. No era una revelación para mí; el tema del dinero siempre ha estado ahí, en todas partes, pero sí la forma de decirlo. Había en esas palabras una certeza dura, casi sin fisuras, como si el mundo no ofreciera ninguna otra salida que correr tras ese hueso.
Esa misma dureza aparecía también en otras canciones del disco. En “El baile de los que sobran”, por ejemplo, la promesa ya estaba completamente quebrada: el esfuerzo no alcanzaba, el futuro estaba repartido de antemano y a muchos solo les quedaba patear piedras. Era una constatación sin consuelo, una verdad que no buscaba suavizarse.
Y había todavía otra capa, más incómoda. En “¿Por qué no se van?”, la crítica dejaba de ser solo estructural y se volvía también cultural. Ahí aparecíamos nosotros, los que veníamos de otras mezclas, de otros recorridos, de una relación distinta con la cultura. Había en esa interpelación algo directo, sin mediación, que incomodaba no solo por lo que decía, sino por lo que excluía.
Lo entendí. Era una lectura lúcida de lo que estaba pasando, una radiografía precisa de ese Chile que empezaba a organizarse en torno al consumo, a la competencia, a la supervivencia individual. Pero al mismo tiempo, algo en mí no terminó de asentarse en esa mirada. No porque no viera lo mismo, sino porque venía de otro lugar. De una experiencia donde, frente a la misma fractura, la respuesta no había sido solo nombrarla, sino intentar hacer algo con ella, frente a ella.
Tal vez la diferencia no estaba en lo que veíamos, sino en lo que estábamos dispuestos a hacer con eso. Para algunos, ese paisaje parecía cerrarse sobre sí mismo, como una trampa sin salida donde cada uno debía arreglárselas solo. Para otros, y me cuento ahí con mis hermanos, con Corazón Rebelde, la misma intemperie empujaba en otra dirección. No hacía la competencia, sino que hacía la necesidad de juntarse. No hacía el cálculo, sino que hacía una forma, incluso precaria, de comunidad.
No era ingenuidad. Con mi familia, mis hermanos, veníamos de pérdidas demasiado concretas como para creer en soluciones fáciles. Sabíamos de ausencias, de nombres que no volvían, de historias quebradas por la violencia y la muerte. Pero precisamente por eso, la respuesta no podía ser el repliegue. No podía ser el aceptar que todo funcionaba del mismo modo. Había, incluso en lo mínimo, una banda de rock, una canción, una conversación, una insistencia en lo contrario. En compartir la mesa, aunque no alcanzara. En no asumir que el otro era un competidor inevitable. En sostener, contra todo, que algo distinto podía todavía construirse. Juntos.
Quizás por eso, al escuchar esas canciones, siempre sentí una incomodidad difícil de nombrar. No porque no fueran ciertas, sino porque parecían impedir la posibilidad de otra cosa. Como si la lucidez y la ironía, en lugar de abrir, terminaran por cerrar. Y, sin embargo, al mismo tiempo, ahí estaban, diciendo lo que muchos no decían. Instalando una pregunta que no se podía esquivar. Tal vez de eso se trataba, de habitar esa tensión, entre el diagnóstico y la necesidad de no quedarse ahí.
Pero ese no era el único paisaje. En ese Santiago había otros espacios donde esa lógica no terminaba de instalarse del todo, o al menos no sin resistencia. Lugares donde la noche todavía funcionaba como una zona de encuentro más que de competencia, donde el cuerpo no era un instrumento de cálculo sino de presencia. Pienso en esos galpones, en esas salas improvisadas, en esa mezcla de música, política y deseo que desbordaba cualquier intento de orden. Pienso en ese Chile que no cabía en las vitrinas, que no entraba en la promesa del consumo, que se inventaba a sí mismo en cada encuentro.
Ahí, en esa precariedad compartida, no todo estaba resuelto, ni mucho menos. Había rabia, había exceso, había también contradicciones. Pero no había resignación. Había una voluntad, a veces torpe, a veces desbordada, de sostener algo todos juntos. No creíamos ni pescábamos ese futuro de una promesa garantizada por el consumo, sino que nos metíamos en esa construcción incierta que se jugaba en cada gesto, en cada reunión, en cada noche que se estiraba más allá de lo posible.
Quizás por eso, con el tiempo, entendí que no se trataba de elegir entre una mirada u otra, sino de reconocer que ambas estaban diciendo algo verdadero sobre ese momento. Una señalaba el cierre, la trampa, la lógica de las lucas que se imponía. La otra, de donde yo venía, más frágil, más dispersa, insistía en que incluso ahí, en medio de ese mismo escenario, todavía era posible abrir algo. No una salida clara, no una solución hecha, pero sí un espacio solidario. Un lugar donde la vida no estuviera completamente capturada por esa nueva religión del dinero.
Tal vez, al final, no se trataba de tener razón. Ni de decidir quién vio mejor ese momento. Porque lo que estaba en juego no era solo una interpretación del mundo, sino la forma de habitarlo. Algunos eligieron nombrar la trampa con una claridad que todavía resuena fuerte. Otros, desde otros lugares, desde otras heridas, quizás ingenuos, no quisimos quedarnos ahí, y buscamos, como pudimos, abrir algo en medio de ese mismo paisaje.
Con los años, esas diferencias no desaparecen. Se transforman. Se vuelven más complejas, más difíciles de separar. Pero siguen ahí, como una pregunta que no termina de cerrarse: si basta con entender el mundo tal como es, o si todavía vale la pena intentar torcerlo, cambiarlo, mejorarlo, aunque sea un poco.
Quizás por eso esas canciones siguen sonando. No solo porque dijeron algo de su tiempo, sino porque siguen tocando ese punto incómodo donde cada uno tiene que decidir qué hace con lo que ve. No hay respuesta única. Nunca la hubo. Solo esa tensión, persistente, entre aceptar el orden de las cosas e insistir, aunque sin garantías de nada, en que algo distinto todavía puede ser posible.















