[…]ciertas formas nacidas de las aguas tienen más atractivos, más insistencia, más consistencia: porque intervienen ensoñaciones más materiales y más profundas, porque nuestro ser íntimo se compromete más a fondo, porque nuestra imaginación sueña, más de cerca, con los actos creadores.

(Gaston Bachelard: El agua y los sueños)1

Publicado bajo el nombre de Cristina Godefroid, La intimidad del agua2, libro de relatos que recoge un conjunto de trabajos escritos en momentos diferentes de su devenir literario por Cristina Lago, es uno de esos libros que merecerían más atención por parte de la crítica hispana. Hay demasiada obra intrascendente y vana, perfectamente prescindible, en el panorama español; y, en cambio, poco cuidado al sopesar esos títulos que, surgidos desde sellos editoriales menores cuando no marginales, ofrecen al lector una calidad indiscutible.

Tal es el caso que hoy nos ocupa.

Ya el título del libro, tomado de uno de sus relatos (La intimidad del agua), nos interpela: ¿Quién no se interroga, en algún que otro momento de su existencia, acerca de esa «intimidad» cuya memoria persiste en nodos celulares de nuestro cuerpo? Así, nuestra autora, al dialogar con su hijo durante el período de gestación del mismo, nos dice:

Si un día me pregunta de dónde vienen los niños, pues le diré la verdad. Le diré que vienen de un tiempo en el que el alma no se ha separado del cielo y el verde y el azul todavía no se han distinguido. Le explicaré que, en ese tiempo, todos vivimos sin soñar porque somos el sueño mismo y luego le mostraré las fotos de su primera mutación en la intimidad del agua. Le diré que antes de ser humano fue nube y antes de nube lagarto y antes de lagarto probablemente era un dios y que, como todos los dioses, viene del origen —del ἀρχή— al que un día deberá volver.

Nube, lagarto, dios… Origen. La escritura de Cristina Lago, o más exactamente, su diálogo con la materia, facilita esa conexión con el origen, con la palabra que nombra y permite el acto creador mediante la intervención del sueño en contacto directo con los cuatro elementos fundamentales: agua, tierra, aire, fuego. Pilares de la naturaleza que dan sentido, profundidad, proyección y ritmo a esa masa verbal que, al desplegarse ante la absorta mirada del lector, nos muestra la relación con lo más desconocido e ignorado de nosotros mismos. También con los objetos del mundo, con el entorno que nos rodea y que, maravillados, descubrimos como aliados del conocimiento en la extraordinaria, y aun terrible, aventura de la vida.

En su quehacer narrativo, la fantástica presteza del relato nos transmite ecos de la gran literatura de Jorge Luis Borges, o esa mirada atenta que desnuda la realidad hasta captar su esencia, como hacía Julio Cortázar en sus mejores cuentos. Influencias de esos y otros maestros que Cristina Lago ha sabido integrar con armonía y sensibilidad, unidas ambas por la plata de un hilván cuya música, personal y secreta, nos transporta al corazón de paisajes y personajes cuya existencia, en el curso del relato que nos lleva, desvelan nuestro rostro en la corriente del mismo.

«Una tarde en Varanasi», por ejemplo, es una narración particularmente breve que, en la descripción de la experiencia del viaje, nos prepara para ese encuentro con el río en la milenaria ciudad de Benarés, donde la vida y la muerte, al mostrarnos sus entrañas, no revelan sino la suerte que nos aguarda en cualquiera de sus vueltas o recodos. Misterio insondable que palabra alguna puede nombrar.

Otras ficciones, de las que el lector no podrá apartarse, como son «Kanokke y el reloj de arena», o «El hombre de los lobos», brillante evocación esta última del caso homónimo consignado por Freud en sus escritos como experiencia clínica, no son otra cosa que visiones extraordinarias que nos adentran en espacios paralelos a los de Edgar Allan Poe, donde lo cotidiano, amable o familiar, unido a lo siniestro (en alemán, Unheimlich) nos despeñan por cataratas que más nos valdría evitar. Sin embargo, atraídos por el influjo del canto de sirena como por el campo de un imán, el lector, cautivo de la pericia narrativa, nuevo prisionero de Zenda, no podrá esquivar el destino que le aguarda detrás de la lluvia que cae «con lentitud vertiginosa» tras el reloj de arena, o, en el caso del hombre de los lobos, no conseguirá sino ascender «hacia los senderos de la luna como la estela desgarradora de un grito de Munch».

Brillante, tersa y misteriosa como la superficie del lago en noches de luna llena, la palabra de esta autora se adentra en nuestra intimidad con la magia que destilan los ritos de la sibila: embrujo que capta y transporta el alma hacia regiones que el lector, si bien desea conocer, quiere, al mismo tiempo, evitar. Paradoja que resuelve su contradicción en los signos de un discurso que concentra belleza, conocimiento e inquietud, miedo y horror, exaltación, placer, vicio y virtud, en la seducción de una mirada que, al mostrar nuestro acontecer en la realidad del mundo, nos da otra forma: nos transforma.

Tras la experiencia de lectura, ni el libro ni el lector son ya los mismos. Nuestra visión, es cierto, ha enriquecido todos y cada uno de los pasajes que hemos atravesado, pero también algo importante ha cambiado en nuestro interior. No ocurre siempre. Sólo aquellos escritores que han sabido modelar nuestro espíritu con el cincel de la expresión más certera y ardiente, coherente con la dinámica interna de su tiempo, son capaces de movernos a la emoción y comprometer nuestro ser con el texto, el cual nos impregna el alma al recorrerlo.

Una aleación especial, una amalgama entre el agua y el fuego, tiene lugar entonces con el objeto de sobrecogernos. Como ocurre en el relato XII, que Cristina escribe para rendirnos un cumplido «Elogio a Erasmus Van Rotterdam». En él, la fluidez narrativa, unida a las emociones y vitalidad del personaje, se asocia a la energía pura del aire que anima el fuego de la pasión; ímpetu que cambia, crea o destruye los haces de una razón que no es diferente a la de un pensamiento medieval que sostiene todavía «la ilusión de que es posible confeccionar una lengua en la que el criterio de verdad sea absolutamente binario». A decir verdad, para nuestra autora, dicho pensamiento, de raíz netamente escolástica, «no difiere […] del que domina nuestras sociedades y universidades hoy en día en las que la Inquisición de los mercados, la inteligencia artificial y el pensamiento único han desbancado e incluso ridiculizado el pensamiento humanístico»3.

La alquimia así obtenida por la acción arrebatada de una voz edificante y rigurosa, alienta en las aguas de otras historias que integran el presente volumen: «El día que conocí a Fidel», «El retrato de Alice Lake» o «Un cuento para Nicolás», nos dan la exacta medida de la madurez de esta narradora, dueña de un estilo depurado, receptivo y sólido, capaz de fortalecer el verbo en un crecimiento fértil de continuas significaciones y matices.

En algún lugar que no recuerdo, esta autora dejó escrito que algunos de los textos recogidos y publicados en este volumen los escribió siendo una niña. Creo que se excusaba por la naïveté y ternura de los mismos. A tenor de los resultados obtenidos, uno no puede sino regocijarse por el placer y el talento con que dichos relatos han sido escritos, cualidades que encadenan el espíritu del lector más inteligente, y no menos audaz, en su apuesta por esperar de esta escritora nuevas entregas. Porque la de Cristina Lago es una palabra que, en su pura materialidad significante, al liberar el aire que la encierra, nos devuelve la imaginación del acto creador más genuino.

El presente libro, además, nos ofrece una serie de imágenes que combinan y complementan los textos, agregándoles un notable valor añadido. Son obras realizadas y cedidas por Reginald Nowe, Alain Godefroid, Max Morton, Ilva Sînta y la propia Cristina, quien, en esta obra, nos muestra una de sus facetas más personales: la de ser una ilustradora y pintora de gran talento figurativo y cromático.

Para terminar esta breve reseña, anotaré tan sólo que, en su Diccionario de símbolos, Juan Eduardo Cirlot nos transmite una antigua enseñanza de los Vedas. En esos textos sagrados, «las aguas reciben el apelativo de mâtritamâh (las más maternas), pues, al principio, todo era como un mar sin luz». Sin embargo, en La intimidad del agua, de Cristina Lago, nos encontramos con que la palabra, como si de una rozagante creatura se tratara, cumple su función más noble a lo largo y ancho de su campo: la de dar a luz la vida en el acto preciso de nombrar el mundo.

Notas

1 Gaston Bachelard, El agua y los sueños, Fondo de Cultura Económica (FCE), México, 1978, p. 37. Traducción de Ida Vitale.
2 Cristina Godefroid, La intimidad del agua, La Equilibrista (Colección Narrativa), 2022.
3 Cristina Godefroid, ibidem, p. 84.