À Jacques, Josiane et Michaël. Ma famille.
No tiene la fama de Brujas ni la monumentalidad de Gante. Durante décadas ha vivido a la sombra de otros destinos belgas mucho más conocidos. Sin embargo, quienes le conceden algo más valioso que una visita apresurada descubren una ciudad que no necesita imponerse para ser recordada.
Hay ciudades que se visitan. Otras se viven.
Algunas ciudades hacen todo lo posible por impresionar al visitante; otras ni siquiera lo intentan. Lieja pertenece a ese segundo grupo.
No presume de un casco histórico perfectamente conservado ni de una colección interminable de monumentos. Durante mucho tiempo quedó eclipsada por destinos belgas mucho más populares y, para muchos viajeros, sigue siendo poco más que una parada en la línea ferroviaria que une Bruselas con Alemania.
Es fácil entender por qué.
Iglesias medievales, antiguos barrios obreros, arquitectura contemporánea, viejas fábricas reconvertidas y amplias avenidas conviven sin preocuparse demasiado por ofrecer una imagen uniforme. Lieja, nunca ha intentado esconder las distintas etapas de su historia.
Ha preferido convivir con ellas.
Los propios liejenses la conocen como la “Cité Ardente”, la Ciudad Ardiente.
El sobrenombre se popularizó a comienzos del siglo XX gracias a la novela La Cité ardente, del escritor belga Henry Carton de Wiart, inspirada en un episodio del antiguo Principado de Lieja. Con el tiempo, aquella expresión terminó convirtiéndose en el símbolo de toda una ciudad.
Pero el fuego del que habla el nombre va mucho más allá de un episodio histórico. Durante casi ocho siglos, Lieja fue la capital de un principado gobernado por príncipes-obispos y una de las ciudades más influyentes del Sacro Imperio Romano-Germánico. Más tarde, el carbón y la siderurgia la transformaron en uno de los grandes motores industriales de Europa occidental. Aquel pasado dejó una huella profunda que todavía hoy puede percibirse en el carácter de la ciudad: orgulloso, directo y extraordinariamente hospitalario.
Quizá por eso Lieja no se entiende contemplando únicamente sus monumentos.
Hay que caminarla, sentarse en sus cafés, perderse por sus mercados y escuchar el rumor del Mosa mientras atraviesa el centro. Solo entonces empieza a revelar quién es realmente.
Llegué allí en 2016 convencida de que sería una etapa más de mi vida. Un lugar de paso, como tantos otros. Nunca imaginé que aquella ciudad de la que apenas había oído hablar terminaría regalándome algunas de las personas, los aprendizajes y los recuerdos más importantes de mi vida.
Con el tiempo comprendí que hay ciudades que se visitan. Y otras que, casi sin darte cuenta, terminan convirtiéndose en hogar.
Esa es la Lieja de la que quiero hablar.
No, la que puede recorrerse en un fin de semana. Sino la que acaba conquistando a quienes deciden quedarse un poco más.
Una ciudad que se descubre caminando
Hay ciudades que invitan a seguir un itinerario.
Lieja, en cambio, recompensa a quienes se desvían del camino.
No hace falta perseguir una lista de monumentos ni consultar el mapa a cada momento. Basta con caminar. La ciudad parece revelar su personalidad en esas calles que no siempre aparecen en las guías, pero que conservan intacta la vida cotidiana.
Rue Neuvice es uno de esos lugares. Una de las calles más antiguas de Lieja que, paradójicamente, también explica mejor su presente. Antiguos almacenes y pequeños comercios conviven hoy con librerías independientes, talleres artesanos y cafeterías donde el turismo sigue siendo un invitado más que un protagonista. Su mayor atractivo no está en la arquitectura, sino en la sensación de seguir perteneciendo, ante todo, a quienes la habitan.
En pocos minutos, el paisaje cambia por completo. La Montagne de Bueren asciende con sus 374 escalones hacia la antigua ciudadela. Su nombre recuerda a Vincent de Bueren, uno de los grandes héroes del antiguo Principado de Lieja, aunque hoy casi nadie sube pensando en aquella historia. La mayoría asciende despacio, deteniéndose de vez en cuando para recuperar el aliento mientras el Mosa comienza a dibujar la ciudad bajo sus pies. Desde lo alto se entiende mejor una de las claves de Lieja: iglesias medievales, antiguas zonas industriales, edificios contemporáneos y espacios verdes conviven sin competir entre sí, como si cada época hubiera encontrado su lugar.
De regreso al río aparece La Boverie, el parque donde los liejenses celebran la llegada del buen tiempo. En cuanto aparece el sol, el césped se llena de familias, estudiantes y grupos de amigos, mientras el antiguo pabellón de la Exposición Universal de 1905 alberga hoy uno de los principales museos de la ciudad. Pocas transformaciones resumen mejor la capacidad de Lieja para reutilizar su patrimonio sin renunciar a su historia.
Muy cerca, La Belle Liégeoise, la escultura de Idel Ianchelevici, parece caminar eternamente junto al Mosa. Discreta, serena y casi siempre ignorada por las prisas del visitante, representa esa belleza cotidiana que termina definiendo a la ciudad mucho mejor que cualquier monumento.
Esa misma idea reaparece en “La Cité Miroir”. Durante décadas fue una piscina pública; hoy es un centro dedicado a la memoria, los derechos humanos y la creación contemporánea. El antiguo vaso de la piscina sigue formando parte del edificio como recordatorio de que conservar un lugar no siempre significa inmovilizarlo, sino encontrar una nueva forma de mantenerlo vivo.
Algo parecido ocurre con la Ópera Real de Valonia. Su elegante fachada neoclásica recuerda el prestigio de una institución con más de dos siglos de historia, pero lo verdaderamente llamativo es verla integrada en la vida cotidiana. En Lieja, la cultura parece menos un acontecimiento excepcional que una costumbre. Cuando cae la tarde y el reflejo del Mosa empieza a teñirse de dorado, resulta fácil comprender que el verdadero atractivo de la ciudad nunca ha estado en un monumento aislado. Está en la conversación silenciosa que mantienen todas las capas de su historia. Caminar por Lieja es, en realidad, aprender a escucharla.
Una ciudad que también se entiende con el paladar
Hay ciudades que se recuerdan por un monumento.
Otras, por un aroma.
En Lieja, basta caminar unos minutos por el centro para descubrir cuál es el suyo. Tarde o temprano, el aire se llena del olor a mantequilla caramelizada que escapa de las pequeñas gaufreries. Es un perfume inconfundible, capaz de abrir el apetito incluso después de comer.
Así empieza la historia gastronómica de la ciudad para muchos visitantes.
El gaufre de Liège poco tiene que ver con el gofre ligero y rectangular que suele asociarse a Bélgica. Su masa, elaborada con levadura y enriquecida con mantequilla, incorpora perlas de azúcar que se caramelizan sobre la plancha hasta formar una fina corteza crujiente. Es un dulce pensado para disfrutarse tal y como sale del fuego, sin apenas acompañamientos.
Durante los años que viví allí terminé desarrollando una pequeña debilidad por lugares como Une Gaufrette Saperlipopette o Pollux. Más que dos direcciones concretas, representan una costumbre: detenerse unos minutos, pedir un gofre recién hecho y dejar que el olor a canela y mantequilla acompañe el resto del paseo. Pero reducir la gastronomía liejense a sus gofres sería quedarse en la superficie.
La ciudad también se descubre alrededor de una taza de café.
En Bélgica, los cafés son mucho más que un lugar donde tomar algo caliente. Son refugios contra la lluvia, espacios para leer, trabajar o conversar sin mirar el reloj. Durante años encontré esa calma en Darius Café, mientras que KAWA se convirtió en el lugar al que acudía cuando buscaba un buen matcha. Con el tiempo comprendí que esos pequeños hábitos, aparentemente insignificantes, son los que terminan transformando una ciudad desconocida en un lugar familiar.
La cocina tradicional cuenta otra parte de la historia. El de una región marcada por la minería y la industria, donde la comida debía ser generosa y reconfortante.
Las boulettes à la liégeoise resumen bien esa identidad. Estas albóndigas se sirven con una salsa elaborada a partir del característico sirope de Lieja, una reducción de manzanas y peras que combina matices dulces y ligeramente ácidos. La mezcla puede sorprender al principio, pero basta probarla para entender por qué forma parte del patrimonio gastronómico de la ciudad.
El sirope de Lieja también acompaña desayunos, quesos y numerosas salsas, hasta el punto de convertirse en uno de los sabores más reconocibles de la ciudad
Y, por supuesto, están las frites.
En Bélgica las patatas fritas son casi una cuestión de identidad nacional, y cada ciudad defiende las suyas con orgullo. En Lieja, una parada en una friterie forma parte de la vida diaria tanto como un café o un paseo junto al Mosa.
Crujientes por fuera, tiernas por dentro y acompañadas de alguna de las innumerables salsas belgas, recuerdan que la mejor cocina no siempre necesita ser sofisticada.
No busca sorprender.
Busca reconfortar.
Como esas ciudades que, sin apenas proponérselo, terminan haciéndote sentir en casa.
Donde una ciudad deja de ser un destino
Hay un instante imposible de señalar en el calendario.
No ocurre el primer día.
Ni el primer mes.
Simplemente sucede.
Una mañana descubres que ya no necesitas consultar el mapa para volver a casa. El panadero empieza a reconocerte, sabes en qué puesto del mercado comprar el queso o la fruta y dejas de caminar con la prisa de quien todavía se siente de paso.
Sin darte cuenta, la ciudad ha dejado de ser extranjera.
Pocas veces comprendí mejor esa sensación que los domingos por la mañana en La Batte. Con más de tres siglos de historia, este mercado junto al Mosa sigue siendo uno de los grandes puntos de encuentro de Lieja. Entre puestos de flores, quesos, pan, especias y productos llegados de medio mundo, lo más interesante nunca ha sido lo que se vende, sino lo que ocurre entre los tenderetes: conversaciones improvisadas, saludos entre vecinos y familias que pasean sin mirar el reloj.
Cada jueves, el ambiente cambia de escala en Court-Circuit, un pequeño mercado de productores locales instalado junto a la catedral. Agricultores, panaderos y artesanos venden directamente lo que producen, recordando que todavía existen lugares donde la cercanía importa más que la velocidad.
Ambos mercados dicen mucho sobre la ciudad.
No son solo espacios para comprar; son lugares donde la comunidad se encuentra. Ese mismo espíritu aparece al cruzar el Mosa hacia Outremeuse, el barrio que mejor resume el carácter de Lieja. Sus plazas, comercios tradicionales y fachadas de ladrillo conservan una identidad popular que ha sobrevivido a las transformaciones de la ciudad. Aquí las tradiciones no parecen un espectáculo preparado para el visitante; siguen formando parte de la vida cotidiana.
También pervive el recuerdo del antiguo valón liejense, cuyo eco todavía aparece en algunas expresiones y celebraciones locales. Y, sobre todo, permanecen Tchantchès y Nanesse, los entrañables personajes del teatro de marionetas convertidos en auténticos símbolos de la ciudad. Tchantchès, con su pañuelo rojo y su carácter franco, representa al lejense orgulloso de sus raíces, cercano y poco dado a las apariencias.
Esa identidad se hace especialmente visible durante las Fêtes de Wallonie. Durante unos días, las calles se llenan de música, gastronomía y encuentros improvisados donde visitantes y vecinos celebran juntos la cultura valona con una naturalidad difícil de encontrar en otros lugares.
Pero si existe una imagen capaz de resumir el alma de Lieja, probablemente sea la de Les Coteaux de la Citadelle.
Al caer la noche, miles de velas sustituyen al alumbrado eléctrico y transforman jardines, escaleras y callejones en un paisaje casi irreal. No es solo un espectáculo de luz. Es una ciudad entera celebrando su memoria, recordando que el patrimonio más valioso no siempre está hecho de piedra, sino de las personas que mantienen vivas sus tradiciones.
Y quizá sea entonces cuando uno comprende que el verdadero encanto de Lieja nunca estuvo únicamente en sus monumentos.
Siempre estuvo en la vida que transcurre entre ellos.
Una ciudad que se queda
Hay ciudades que se dejan fotografiar con facilidad.
Otras se dejan recordar. Lieja pertenece, sin duda, a la segunda categoría.
Quizá nunca aparezca entre las ciudades más espectaculares de Europa. Tal vez muchos viajeros sigan pasando de largo el Camino de Brujas, Gante o Amberes. Sin embargo, quienes deciden quedarse un poco más suelen descubrir algo difícil de explicar cuando regresan a casa. Porque el verdadero encanto de Lieja no está en un edificio concreto, ni en un museo, ni siquiera en un plato de comida.
Está en la forma en que consigue integrarte en su ritmo casi sin que lo adviertas.
Hay un momento imposible de fechar en el que una ciudad deja de ser desconocida. Sucede cuando ya no necesitas consultar el mapa para volver a casa, cuando el camarero recuerda cómo te gusta el café o cuando sabes qué banco del parque recibe el último sol de la tarde. Son detalles mínimos. Pero son ellos los que construyen la sensación de pertenencia.
Con el paso del tiempo comprendí que eso era exactamente lo que había ocurrido conmigo. Las calles dejaron de ser nuevas. Los paseos junto al Mosa se convirtieron en rutina. Los domingos empezaron a oler a mercado y las tardes a un gofre recién hecho mientras, casi sin darme cuenta, las conversaciones cambiaban de idioma.
Durante los años que viví en Lieja aprendí mucho más que francés. Construí amistades que todavía forman parte de mi vida y descubrí que un hogar también puede aparecer lejos del lugar donde uno nació. Por eso, cuando pienso en la ciudad, nunca recuerdo primero sus monumentos.
Recuerdo el murmullo de La Batte un domingo por la mañana.
El olor dulce que escapaba de una gofrería en invierno.
Las terrazas llenándose con el primer rayo de sol después de semanas de lluvia.
La luz del atardecer reflejándose sobre el Mosa.
Las velas iluminando los Coteaux.
Pequeñas escenas que, por separado, podrían parecer insignificantes.
Juntas forman el lugar al que siempre regreso cuando pienso en aquellos años.
Hay ciudades que uno visita.
Hay ciudades que uno admira.
Y hay unas pocas que, sin hacer demasiado ruido, terminan ocupando un lugar permanente en la memoria.
Lieja fue una de ellas.















