Nací en Sevilla, en una ciudad bañada de luz y empapada de historia, donde cada rincón parece susurrar leyendas antiguas y donde el tiempo tiene otro ritmo, uno que se mide al compás de una guitarra o al aroma del azahar. Crecí entre callejones empedrados y voces que suenan a flamenco, entre los cuentos que mi padre me narraba y el jolgorio alegre del verano andaluz. Mi infancia fue un universo lleno de palabras, de sonidos y significados que parecían nacer del suelo que pisaba.
Desde muy joven sentí una atracción casi física hacia los idiomas, como si las lenguas extranjeras fuesen llaves que me abrían puertas a mundos paralelos. Estudié Lengua y Literatura Españolas con una mezcla de rigor académico y un romanticismo que nunca he querido perder, hasta llegar a ser traductora profesional. Para mí, traducir no es solo cambiar palabras de un idioma a otro, sino realizar un acto de escucha profunda, un puente invisible que respeta lo original y lo lleva, con cuidado, a otra orilla.
Esa pasión me llevó a vivir fuera de España durante varios años. Primero, Italia, donde aprendí que el idioma y la comida tienen la misma raíz emocional. Carrara fue una ciudad que me enseñó a mirar, a observar la belleza en las grietas de los mármoles, a aceptar la simpleza como parte del arte de vivir. Después, Bélgica. Allí, entre idiomas que conviven en silencio, descubrí otra forma de ser extranjera: más introspectiva, más dura a veces, pero también profundamente reveladora. Me enfrenté a otras versiones de mí misma, lejos de casa, y eso me hizo más precisa, más atenta, más consciente de mis raíces.
Porque por encima de todo soy andaluza. No por folclore ni por cliché, sino porque Andalucía es una forma de mirar y de sentir. Mi identidad no es una bandera, es una textura, un ritmo, un compromiso con una cultura rica y a menudo malentendida. Ser de aquí no solo ha marcado mi acento, sino también mi forma de trabajar, de vivir y de resistir. En un mundo que a menudo exige neutralidad, yo defiendo mi acento y mi herencia como herramientas de autenticidad.
Hoy vivo de nuevo en España, y cada regreso ha sido también un redescubrimiento. He vuelto no solo a una tierra, sino a una versión más madura de mí misma, una que se sabe hecha de viajes, pero también de regresos. Trabajo como traductora y subtituladora profesional. Cada día traduzco textos, diálogos, emociones. Subtitular es, para mí, una forma de precisión poética: lograr que una frase en otro idioma no solo suene bien, sino que respire con el mismo pulso que el original. A veces trabajo con películas, otras con series, documentales o textos literarios. Y en cada uno encuentro el mismo reto: ser fiel y a la vez creativa.
Pero no todo en mí es trabajo. Soy una lectora voraz. Los libros me han acompañado en todos mis viajes, en las estaciones, en los hospitales, en los aeropuertos, en las sobremesas largas. Leo como quien busca señales, como quien necesita entender el mundo para poder traducirlo. Me gusta leer con una taza de té, cuando la casa está en silencio y la luz entra suavemente por la ventana. Escribir, por su parte, ha sido siempre una extensión natural de mi pensamiento: un intento de ordenar el caos interno y de atrapar en palabras eso que, de otro modo, se esfuma.
Además de leer y escribir, me gusta bordar. Bordar es mi manera de meditar: hilo, aguja y mi imaginación. Me conecta con una herencia familiar que respeto profundamente. También me gusta cocinar, experimentar con sabores, sobre todo cuando preparo recetas que me recuerdan a mi madre o a mis viajes. Y cuando necesito descargar la energía que acumulo frente a la pantalla, salgo a correr o practico deporte. El cuerpo también necesita traducirse, expresarse.
Viajar sigue siendo un motor vital para mí, no tanto por el turismo en sí, sino por el desplazamiento interno que provoca. Me gusta perderme en mercados, observar cómo habla la gente, aprender palabras nuevas, equivocarme con ellas. Viajar me recuerda que el mundo es vasto y que una nunca termina de conocerse del todo.
Podría decir que vivo entre palabras, pero sería una simplificación. Vivo en ellas, sí, pero también en los gestos, en los matices, en los acentos. Traducir no es solo lo que hago, es una forma de estar en el mundo. Como mujer, como profesional, como andaluza y como ciudadana de este planeta desigual y apasionante.
Escribo porque necesito contar y contarme. Porque a veces las historias que traducimos no son nuestras, pero nos atraviesan igualmente. Y otras veces, escribir es la única forma de reconciliar mis muchas versiones: la que fue, la que huyó, la que volvió.
Quizá mi biografía pueda parecer la de muchas otras mujeres que han vivido fuera y vuelto con una maleta llena de historias. Y puede que sea así. Pero yo sigo creyendo en la belleza de lo particular. En los detalles. En cómo se pronuncia una palabra. En cómo se subraya una frase. En cómo una taza de té puede convertirse en un acto de resistencia íntima. Porque al final, la vida —como la traducción— se trata de eso: de interpretar, de elegir, de cuidar lo que decimos… y lo que callamos.
