Llegar al Spinnerei sería una casualidad quizás premeditada desde algún momento lejano. El viejo edificio aparecería de noche por primera vez. Después de pasar por Berlín y comprenderlo como amplio y simétrico; las imágenes del Este seguirían alineándose en mi cabeza hasta la ciudad de Leipzig, algo también nuevo para mí. El encargado del taxi, de origen árabe, se sorprendería un poco ante la fachada que encontró en nuestro lugar de destino.
Desde los primeros días, casi a finales de noviembre, el otoño asomaría sus últimos aleteos de colores, pero el gélido viento ya golpeaba mis pasos, pues en mi caso, se trataba de alguien que venía del “otro lado”, de allá, de las selvas tropicales. Las novedosas hojas y formaciones arbóreas encantaban los canales naturales o artificiales que atravesaban la ciudad; el zanate –andariego del sol– de Nicaragua se emparejaba aquí con el robusto cuervo, cuyas alas batía en todas las estaciones.
Con las paredes llenas de grafitis, rústico, como un espacio que suscita escenas anacrónicas o atemporales, se sostenía el recinto. Comenzaría a recorrer sus amplias salas encontrando su nombre completo: “Leipziger Baumwollspinnerei”, una gigantesca fábrica puesta en pie desde finales del siglo XIX, concebida para la hilatura de algodón, transformada en un centro de creación artística en el año 1992.
Para empezar a entender aquella atmósfera, tenía que situarme en el contexto de lo que fue un país dividido, pues las cicatrices de la historia todavía surtían cierto efecto en el espectro psíquico de las diversas regiones germanas. De alguna manera, la influencia soviética que también resonó en Nicaragua, algo que además conocí, se amalgamaba con el eco de los largos pasillos y las delgadas y contundentes torres que sin mucha soberbia estaban llenas de metal. Con todo esto, el arte aquí sería parte de mi siguiente búsqueda.
La fama de aquel sitio no recaía solo en los antiguos hombros estructurales, sino en el encuentro del pensamiento artístico “capitalista” proveniente de occidente y la permanencia técnica de una escuela “comunista”: herencia del largo período en que ambos polos se distanciaron, atravesados por el muro inflexible. Tras la reunificación, en la década de los 90, dicha combinación produciría una especie de arte pictórico autóctono, el cual llegaría a catapultarse en el estrado de una “connotación” global.
Las técnicas figurativas clásicas que resguardaba la “Hochschule für Grafik und Buchkunst Leipzig” conocida como una de las academias de artes visuales más antiguas de Europa, permitiría que los artistas fraguaran dicha consistencia de antaño, con los gestos surrealistas, narrativos,conceptuales o experimentales provenientes de occidente; dando presencia a una pintura figurativa contemporánea, la cual acomodaba su lenguaje en aquel recinto y abría paso a un contraste que se mantendría rumiando entre lo industrial y lo creativo.
Los aspectos que desprendía, por ejemplo, la pintura de Neo Rauch, uno de los más influyentes, eran capaz de narrar cuentos ocultos que a veces flotan en el misterio de la pigmentación pálida, de baja intensidad, o en contraposición: el acompañamiento de motivos lúcidos, vibrantes; con un dominio que se divierte atravesando la perfección o la alteración de la figura; escalas fantasmagóricas que pueden alumbrar desde el fondo hacia la superficie. Descripciones subjetivas del humano y el paisaje rural, industrializado, con un efecto que se sumergía en una tensión antagónica propia de aquel entorno transitorio.
La Nueva Escuela de Leipzig o “Neue Leipziger Schule” sería conocida ya en la década del 2000, por la expresión personal y exploración visual, más que por un estilo dominante. Tal encuentro se revestía además con las creaciones de Matthias Weischer, Rosa Loy, Aris Kalaizis, Christoph Ruckhäberle, Axel Krause, Hans Aichinger, Tim Eitel, Julia Schmidt, Tilo Baumgärtel, David Schnell y Falk Gernegroß. Aquel movimiento activó la atracción de coleccionistas internacionales y llevó al pronunciamiento de críticos e historiadores como los estadounidenses Arthur Lubow y Joachim Pissarro, señalando entonces la ciudad de Leipzig como uno de los focos más relevantes del arte contemporáneo europeo.
Tras unos días, después de conocer dicho trasfondo, por las noches al dormir,con el color del frío todavía rebotando en las paredes del desgastado ladrillo rojo marrón, de repente y no sé por qué: me percaté de la ausencia del aullido de los perros callejeros, algo común en los barrios de Managua, tampoco se alzaban aquí los gallos remotos que solía colocar el poeta vernáculo. La manifestación de inescrutables graffitis en todo rincón como huella de cada artista pasajero, me hacía sentir la acumulación del silencio, el tiempo y la bulla en tono entroncado, en simultáneo.
Aquella comunidad adoptaría corrientes diversas tras su reconversión, de forma gradual me enteraría que subsiguiente a la primera generación de pintores de la Neue Leipziger Schule, se consolidarían aquí más de cien ateliers o estudios, múltiples galerías y salas expositivas; espacios de encuentro como café o restaurantes; un apartado para el “Archiv Massiv”, secciones de teatro, música. El recinto actuaría como un microcosmos que además alojaría a diseñadores, escultores, arquitectos, escritores, cineastas… Así, en tal ambiente, junto a la fachada que acompañaba a la puerta número 18, tras alguna caminata nocturna, con la neblina moviéndose sin prisa, a la distancia brumosa, se vislumbraban las luces del Cine/Kino, como un farol intacto: recuerdo también aquí unos amigos, entre el olor a vino y madera.
En busca de conjunciones y divergencias
Eventos tangibles llegarían antes del fin de año, ciertos estudios abiertos previos a que la comunidad se escurriera con la Navidad. Seguía buscando el arte de este sitio mientras me acercaba a algunos creadores, galeristas, vecinos, visitantes… Ya vendría el tiempo merecido para algunos: un descanso al lado de familiares y amigos. Para otros, esta pausa sería un impulso de mayor intensidad. En este cruce, la velocidad y el vértigo de los trenes se mezclaban con el olor a pintura. Me sorprendió que a pesar del concurso de carros, vagones, bicicletas y transeúntes, para estas “altas” fechas, la ciudad no se sentía saturada, así se avanzaba con o sin paciencia y otra vez se veía en el ocaso del ciclo un mundo capaz de reír con sus aciertos y sus fallas.
Aunque a veces los cuervos podían celebrar el sol mañanero, ya el invierno “casi encima” vería jugar a los niños sobre cuerpos de ríos congelados. Y aunque el hielo prolongado se asentara aún en la orilla de períodos previstos, las alteraciones climáticas ya trastocaban la región: las aves peregrinas y los frutos de los árboles lucían a veces confundidos. En discordancia, las pantallas de los teléfonos empezaban a anunciar las tensiones geopolíticas por el espacio de Groenlandia, pues aquí irónicamente la preocupación no trataba sobre el deshielo acelerado, sino hacia qué potencia mantendría posesión de aquellos prolíficos recursos.
La accesibilidad y disposición de los artistas para permitirme conocer sus trabajos eran acordes al término “comunidad”, advertí –con quienes tuve contacto– un código de apertura y retroalimentación. De acuerdo a sus propios testimonios, la dinámica en muchos de ellos también permitía “echar una mano” en el presente para recibir otra en el futuro.
Los estudios, gigantescos aposentos que fungieron como antiguas salas de maquinarias, adecuaban una atmósfera individual, creativa, ensimismada: un lugar inmerso en sí mismo; algo que podía cambiar al cruzar las pesadas puertas, pues allí afuera se rompía el hermetismo, llegando a conectar con otros transeúntes de la congregación artística, sin salir de “ la pequeña villa”.
Los caracteres que afloraban en el otro continente también venían a mi mente, allá una parte del arte –el que yo profesaba– se alimentaba de las reminiscencias de lo que fue borrado, hacía unos años los tonos decoloniales empezaban a orientarse sobre rasgos situados, la naturaleza y la memoria. Aquí la escuela figurativa mantenía su sólida raíz y las imágenes buscaban respuestas al subconsciente, era una amalgama subjetiva, un desplazamiento en múltiples aristas. Ambos contextos se abrían ante la complejidad del mundo y se unían en el afán de traslucir una manera casi espiritual en torno a algo que transmitir.
Era común escuchar que Alemania era “varios países en uno”, donde cada región podría tener su propia idiosincrasia o personalidad. Las secuelas que generó la división del muro, se juntaban a particularidades históricas que se remontaban a varios siglos. Un dialecto del sur podría llegar a sonar casi como otra lengua en el espacio del norte; se marcaban ciudades más industrializadas, otras más conservadoras o con distantes costumbres; las alineaciones políticas también divagaban en esta textura. Leipzig, por su parte, tenía un carácter intelectual, verde, musical y artístico; con fama de ciudad joven, progresista y bastante alternativa. Sus calles habían formado parte de la vida de compositores como Sebastian Bach, Richard Wagner; filósofos como Gottfried Leibniz o F. Nietzsche. El arte urbano –grafiti– que se aferraba cual enredaderas a las paredes de la ciudad adquiría un sentido crítico como el antifascismo o rechazo a la gentrificación.
La terminal de trenes –Leipzig Hauptbahnhof– dispararía sus largos vagones conformando arterias que tocarían grandes distancias; movilizándome en algunos estados lograba ver en ocasiones cómo las capas de hielo se tragaban el paisaje, o bien, apreciar la voluptuosa persistencia del sol sobre el verde y las frías extensiones del ramaje. En estos túneles móviles, al igual que en las grandes metrópolis cosmopolitas, podía encontrar rostros tensos o afables, consciente de que muchos de éstos aparecerían en mi vida solo por unos segundos.
La intensa nieve blanca contrastaba con los ojos de negra pureza de mi pequeña Inka — quién también me acompañaba—; al verla en su inocencia y su generosa alegría, evitaba pensar en otras realidades, como la hecatombe que perseguía a la reciente historia Palestina; o en los árboles que seguían cayendo en las selvas latinoamericanas.
Impresiones y atisbos circundantes
Llegando al décimo día del mes de enero, aparecería otra escala: una exposición conjunta de los trabajos creativos, conocida como el “Winterrundgang der SpinnereiGalerien” (Gira de invierno de las galerías de la Spinnerei) o simplemente “Rundgänge”. Las exhibiciones múltiples encendían el complejo artístico, iniciando de nuevo… Ciudades vecinas y gente local conformarían una cuantiosa concurrencia que se vería caminar sobre las callejuelas internas, pasando de un edificio a otro, buscando cómo satisfacer su atracción por el arte.
Aquel evento admitía ver el rostro completo del presente artístico que aquí residía, el resultado de años o meses de trabajo se extendía ante el ojo del público en este mes invernal. Si bien el grueso expositivo se encontraba sobre el eje de la figuración hacia distintas corrientes modernas, también se hacían visibles intervenciones de performances, arte objetual, escultura, instalación sonora, fotografía, ensamblaje, arte multimedia y otros tipos de expansión que suscita el lenguaje pictórico.
La combinación de técnicas ya existentes con variaciones en los estilos, conceptos o maneras de narrar la historia visual, generaba la apreciación de un constante sentido exploratorio, se llevaba el óleo sobre superficies texturizadas como arpillera, lienzo bruto y tejidos de urdimbre gruesa; o bien, superpuesto en soportes rígidos como metal, madera, tablas con previos trabajos físicos o capas mixtas. Procesos iniciados con dibujos digitales se imprimían de forma expansiva, decalcomanías alternándose con pigmentos mezclados con aceite, los cuales se asentaban en distintos grados de fases externas hechas a mano. Las escalas agrandadas en algunos trabajos constituían un aspecto conceptual, pues abrían “intersticios” que revelaban tramas y efectos particulares en la interacción del material de fondo y la escena pigmentada.
El paraje temático transcurría mayormente como secuencia de un lenguaje subjetivo que se identificaría con cada receptor de forma distinta, es decir, valdría cada experiencia vivencial como filtro visual o sensible ante lo expuesto. Las muestras múltiples se ocuparían de relatos citadinos, abstracciones sobre la naturaleza, hiperrealismo en imágenes animalistas; allí habría paisajes hostiles, decadentes o lúdicos; infraestructuras con perspectivas divergentes, narrativas cotidianas, atmósferas idealizadas así como otras alteraciones del entorno. Algunas emociones se desplegaban hacia el erotismo, sarcasmo, nostalgia, ironía, humor negro, tensión social, felicidad, dolor y misterio.
Después de aquella gama de colores y algarabía, empezaría a medir más atento los días que me quedaban en el recinto, pues la residencia de tres meses pronto alcanzaría su fin. La sensación de que el tiempo avanzaba rápido, se hacía cada vez más común en cualquier lugar, era como si este hubiera sido construido y acelerado de forma colectiva; ante tal efecto solo podía ver al arte como una de esas escasas formas de “detenerlo un poco”, atrapando su paso con imágenes, sonidos, letras o alguna otra forma de alumbrar un momento fugaz.
Las ventanas quedarían abiertas en uno de los pasillos del alto piso, se divisaba el denso humo que emanaba de una lejana fábrica contrastando con el azul celeste, lucía también como una pintura. Aquella recurrente confrontación ya determinaba un preponderante tema en nuestra era. Aquí relacionaba la referencia de una amiga artista en una de sus charlas en el bar “The third room” en las afueras del Spinnerei, cuando ella marcaba la herencia de la figuración en Leipzig como una secuencia implícita del Romanticismo alemán, o sea, no como continuidad estilística, sino como una extensión filosófica.
Esta vez, en mi caso, había algo que también consideraba pertinente y aludía al entendimiento o cosmovisión del arte ancestral de mi región, en este sentido, me dirigía al romanticismo considerándolo como el movimiento que llevó el primer enfrentamiento del artista con la industrialización y la separación creciente entre humanos y naturaleza. Sería conocido el reflejo espiritual con que pintores como Caspar David Friedrich expresaban aquel desfase…
Discurría en esta analogía trasladándola hacia nuestros días y las nuevas distancias que empezaban a crecer entre el arte y la IA —la mente de dios—, donde ya se podía crear y recrear escenarios complejos sobrepasando cualquier patrón antojadizo; ó, en solo instantes extraer todo el pensamiento humano, analizarlo y articularlo a través de los siglos con satélites espaciales registrando cada momento y cada palabra… Apreciaba aquí también las nuevas líneas de la civilización en el ineludible juego a la guerra nuclear.
El bar “The third room” al igual que muchos otros sitios en Leipzig, alojaba a artistas emergentes y de larga trayectoria, una pequeña y apropiada taberna cultural; a diferencia de Berlín, esta ciudad mantenía un cúmulo activo de creadores que se conocían entre sí, como una red que comulgaba dentro y fuera del Spinnerei.
De la misma manera que en Centroamérica y otros países de Latinoamérica, no todos los artistas podían dirigir sus trabajos a un plano prolífico de remuneración, como sí sucedió con la “Neue Leipziger Schule” que llevaría a esa camada de pintores a adquirir sorprendentes sumas; la actualidad mostraba que era casi un privilegio vivir plenamente del arte. Si bien algunos creadores se permitían viajar y colocar sus trabajos en distintos países de la región gracias a la demanda, muchos otros tenían que combinar las ventas de sus obras con otras formas de estabilizarse.
Algunas galerías conservaban a antiguos coleccionistas que visitaron el recinto desde sus comienzos; estos pudientes amantes del arte buscaban rasgos estéticos que se mantuvieran dentro del halo de lo que fue la nueva escuela, sin embargo, era reconocible que las aristas estéticas se habían ampliado en múltiples direcciones. Sin embargo, ante tales ventajas y adversidades, la comunidad mantenía una energía fresca, constante, en movimiento.
Soplaba el viento frío sin retorno y entendía necesario mi camino de regreso a Centroamérica, donde ahora cada pueblo me parecía reinventarse y poseer un poco de locura; a veces un largo viaje servía para saber que el mundo es inmenso y pequeño. Al despedirme de aquel encuentro transitorio ya cabría un toque de nostalgia, guardaba pues una poesía en mi bolsillo, eran letras danzando en un preciado papel… Como siempre, los días vendrían impredecibles, pero con cierta premeditación; para entonces, antes de continuar tomaría de aquí una sonrisa, un nuevo pigmento, un fragmento real del tiempo y una mañana sensible con un guiño de ilusión.
Agradecimientos a artistas entrevistados, así como amigas y amigos que de una u otra forma estimularon este ensayo: Caroline Balabanov (Historiadora de Arte/Galerista, República Checa), Flavio Duarte-Yäna (Músico/Productor, Nicaragua), Illimani Espinoza (Artista/Curadora, Nicaragua), Morena G. Espinoza (Actriz, Productora, Nicaragua), Anna Handick (Artista visual conceptual, Alemania/Nicaragua), Claus Kramer (Músico/Escultor, Alemania), Michael R. Ludwig (Principal del cine en Spinnerei, Alemania), Martins Natacha (Artista visual, Portugal), Naomi Pietros (Artista visual, Alemania), Erwin Poschner (Fotógrafo artístico, Austria), Yamil Rodriguez (Documentalista/Archivo, Nicaragua), Anna L. Rolland (Directora/Leipzig International Art Programme, Alemania), Elish Sari (Pedagoga, Estados Unidos), Sabine Sietina (Historiadora de Arte/Galerísta, Letonia), Estefan Vogel (Artista visual conceptual, Alemania) y Claudia Wiese (Politóloga, Alemania).















